Holy Terror, de Frank Miller.

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Con una mezcla de curiosidad y miedo, al fin he podido leer Holy Terror, el último cómic creado por Frank Miller. Quería y no quería leerlo, todo a la vez, porque había visto demasiadas críticas negativas pero aún pensaba que, bueno, lo mismo le encontraba algo que nadie hubiera visto, o simplemente, al tener expectativas tan bajas, no me parecería tan malo.

            Pero no. Me ha parecido muy malo. Por muchos motivos. El primero de ellos es que me parece, artísticamente, un tebeo indigno de la trayectoria de Miller, que, para mí, tiene muchos tebeos discutibles, pero que es sin duda un autor clave en la historia del cómic americano. Miller es uno de los grandes para bien o para mal, y como tal tenemos que juzgarlo. Todo lo demás sería hacerle un flaco favor.

            El tebeo, planteado como una obra propagandística, está protagonizado por unos Batman y Catwoman de pega, The Fixer y Cat Burglar, que son tan descaradamente Batman y Catwoman que me maravilla que DC no haya interpuesto una demanda. Aunque, claro, no es un secreto que el proyecto se inició en su seno e iba a ser protagonizado por los personajes originales, intención que se vino abajo, imagino, cuando los mandamases de DC vieron lo que Miller quería hacer con sus criaturas.

            La cosa empieza con una persecución interminable por los tejados de Empire City, jalonada por los cartuchos de textos en primera persona que Miller popularizó en los ochenta y que ahora están no sólo muy vistos, sino casi diría que pasados de moda. Frases cortas, tajantes, a veces sólo una palabra, mucho bastard por allí, mucho damn por allá. Miller sin chicha, plano, casi paródico. Involuntariamente paródico. Gráficamente, por trillada que esté, esa secuencia es lo mejor del tebeo. Es la única donde las enormes viñetas página tienen sentido y están trabajadas un mínimo, con un blanco y negro que remite a Sin City pero con un toque muy sucio, con esa lluvia casi expresionista manchándolo todo. Hay un par de toques de color plano, concretamente el verde de los ojos de Cat Burglar y el naranja de sus zapatillas. Más allá del efecto estético, ignoro qué objetivo narrativo tenía Miller en mente, si es que lo tenía, pero carece de sentido desde ese punto de vista. En todo caso, se repetirá a lo largo del tebeo, provocando exactamente la misma pregunta en el lector.

            Cuando The Fixer alcanza a Cat Burglar se desencadena la lucha entre ambos, que acaba con un conato de polvo que se corta de golpe por el inicio del ataque terrorista. Al margen de que, de nuevo, Miller parece con este cliché uno de sus —malos— imitadores de los noventa, me resulta difícil recordar una secuencia de acción tan confusa e incomprensible como ésta. Simplemente no se entiende qué coño está pasando, más allá de que se están pegando, claro.

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            Cuando estalla la ola de atentados, ambos dejan de lado su relación amor-odio y se unen contra el agresor, en lo que supone un mensaje más que obvio, simplista y facilón. El primer ataque es una lluvia de clavos (¿?), y el segundo una lluvia de cuchillas de afeitar (¿¿??), y suceden al mismo tiempo que una serie de explosiones por toda la ciudad. The Fixer, claro, se decide a luchar contra el agresor sin tregua, con todas sus fuerzas y sin respetar ninguna regla. Es el último hombre duro, el motivo recurrente de Miller pero que aquí aparece deshumanizado, como una carcasa vacía, un mero vehículo para el mensaje propagandístico de su autor. Es el monstruo que se sacrificará para que la sociedad recupere su inocencia. Y a partir de aquí, poco más hay que contar. Páginas y más páginas de The Fixer y Cat Burglar reventando a hostias a terroristas musulmanes. The Fixer con pistola, The Fixer con gas venenoso, The Fixer con un lanzacohetes. The Fixer sin despeinarse porque es muy guay y muy chulo y claramente mejor que esos ridículos y decadentes musulmanes. Aparece por ahí una especie de superhéroe israelí, de nombre David y con la estrella de David tatuada o pintada en su cara. Todo muy sutil, como puede observarse. No pinta nada en la trama, como tampoco lo hace el doble del comisario Gordon que aparece en un par de viñetas. Entre retratos caricaturescos de políticos y personajes americanos varios —Obama, por supuesto, aparece por ahí, y también lo hace Michael Moore, que puedo imaginarme que no serán santos de la devoción de Miller—. El desenlace, en una larga escena que tiene lugar en una mezquita construida en plena ciudad “por los saudíes” está dibujada con una desgana preocupante. En realidad, la misma que se detecta mucho antes, casi tras esa primera secuencia. Hay viñetas torpísimas, como hechas con demasiada prisa, donde el trazo de Miller tiembla demasiado y las soluciones gráficas, siempre destacadas en su obra, se vuelven previsibles y burdas. E incomprensibles. La lucha en la mezquita se lleva la palma. Para empezar, por la delirante mezquita que dibuja, llena de elementos extraños que recuerdan a cualquier cosa menos a la imaginería árabe, y para terminar porque utiliza una simbología rarísima, ininteligible. Un pez abisal, una cabeza de dinosaurio o dragón… Se me escapa su significado, sin más. Todo acaba con The Fixer ajustando cuentas fuera de plano, mientras los cartuchos de pensamiento de Cat Burglar nos detallan las burradas que les está haciendo a los terroristas. Y queda una coda en forma de epílogo, que transcurre unas semanas después, en el que vemos las secuelas psicológicas que los atentados han dejado en el comisario, ese comisario que nos importa tanto, dado su peso en la trama.

            Hasta aquí el análisis formal, artístico, aunque el ideológico se ha filtrado, forzosamente, porque es una obra obviamente ideológica. Pero esto requiere espacio y profundidad. Realmente, no puedo decir que me sorprenda el discurso. Es un discurso compartido por muchos, americanos o no, y que es cualquier cosa menos original. Vivimos tiempos de extremismo y sin salir de nuestro país encontramos elementos muy dados a las soflamas radicales. Pero sí sorprende en Frank Miller. Nunca ha sido de izquierdas, evidentemente, pero tampoco el facha que muchos quieren ver en él. Era un autor con capacidad de análisis y crítica, y que en muchos momentos ha sabido ir un paso por delante de los demás. Pero en Holy Terror está ridículamente desfasado. Presenta a unos terroristas malvados, sin matices, planos y absurdos, que sueltan unas peroratas inverosímiles y hablan a los protagonistas llamándolos “americanos”. Y los identifica, con la misma ausencia de matices, con todos los musulmanes. Musulmán es igual a enemigo en la mente rabiosa de Miller, como demuestra el hecho de que la base de operaciones de los terroristas fuera una mezquita y la cita descontextualizada del Corán con la que se abre el tebeo: “Si encuentras al infiel, mata al infiel”. Es decir, que para Miller el peligro no está en el radicalismo —pues él es tan o más radical que sus adversarios— ni en el uso de la violencia —que no sólo justifica sino que aplaude y alienta—; en la misma raíz del islamismo está el germen de la amenaza que Miller ve. Plantea un choque de civilizaciones, un momento crucial en el que Estados Unidos y sus aliados tienen que enfrentarse a una amenaza terrible perpetrada por gentes capaces de todo. Y digo gentes aun siendo consciente de que, en realidad, Miller los deshumaniza de la manera más burda, utilizando recursos gráficos de primero de manipulación de masas. Rasgos faciales exagerados, caras tapadas, caricaturas no demasiado inspiradas… The Fixer mata a hombres sin rostro, con ojos sin vida, como si estuviera matando crash test dummies. Los musulmanes no son hombres como nosotros, no comparten nuestros valores, y ni siquiera tienen emociones. Sólo con la joven suicida se permite Miller acercar un poco la cámara, darle voz —aunque sea una falsa— y mostrarla como un ser humano.

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            ¿Y qué propone Miller ante el terror, ante este enemigo implacable y loco, al que hay que temer porque no es humano? Pues, lógicamente, como no es humano, propone una lucha sin cuartel en el que la ética más elemental no tiene cabida. Al terrorista se le puede torturar —y pasárselo bien en el proceso—, se le puede matar después incumpliendo la palabra dada, se le puede acribillar a balazos y matarlos a palos sin demasiados remordimientos. Miller, cuya obra siempre ha estado impregnada de valores, y sus héroes han sido siempre garantes de una integridad comprometida por los acontecimientos pero siempre presente, entrega en Holy Terror a este The Fixer a una orgía de muerte justificada no tanto por la extrema violencia desplegada por sus enemigos sino por la deshumanización de los mismos.

            Mención aparte merece la cuestión de género, que resulta tan simple como casi cualquier otra en Holy Terror. Parece increíble que el autor que creara a la fascinante y compleja Elektra pueda escribir un personaje femenino tan patético como Cat Burglar, reducida a juguete sexual que tiene que ser rescatada hasta tres veces por The Fixer, que la usa sin miramientos para tenderle una trampa a los terroristas y que acaba siendo víctima de la fantasía bondage de los mismos. Hasta el exagerado dimorfismo sexual entre los dos protagonistas parece sugerir qué lugar ocupa la mujer en la mente del Miller de Holy Terror. The Fixer se enamora de ella, aunque no importe demasiado. Si lo esencial aquí es la propaganda, el mensaje ideológico, me pregunto qué sentido tiene plantear esta cuestión. Quizás simplemente sea inercia, rutina: tenemos un tío y una tía, pues que se enamoren.

            En esto, como en todo, se demuestra lo desfasado que está Miller. Y al final eso es lo más triste de todo. El autor que se adelantó a todo el mundo con DK2 publica en 2011 una obra que ya no tiene sentido. Es como leer un cómic del Capitán América luchando contra los comunistas. Porque Holy Terror es propaganda, y la propaganda debe tener siempre un objetivo claro. ¿Qué idea quiere transmitir Holy Terror, en qué valores quiere educar? Habría sido comprensible, justificable, en 2001. Con el atentado de las Torres Gemelas reciente el episodio del Spider-man de J.M. Straczynski nos pareció moderado, juicioso: habríamos entendido una soflama, un estallido de rabia ante la atrocidad perpetrada por Al-Qaeda, y más viniendo de un autor visceral. Pero ya no estamos en 2001. Ha pasado una década en la que es de esperar que se haya reflexionado sobre lo que pasó y se haya sabido diferenciar entre terrorista y musulmán. Las heridas han cicatrizado todo lo que podían cicatrizar y el terrorismo islamista ya no se ve con los mismos ojos que entonces. En un mundo hundido en una crisis global, en el que Bin Laden ha caído, ¿de verdad se podía esperar que Holy Terror calara entre el público, que hablara en el idioma del americano de hoy? No. Miller llega diez años tarde a la fiesta, y entrega un panfleto reaccionario que ya no tiene sentido, y cuyo simplismo infantil queda aún más en evidencia. Llega tarde quizás porque Miller ha estado a otras cosas, principalmente sus labores de dirección en el cine, lo que también explica ese desfase del que hablaba al principio que lo convierte en un trabajo paródico sin querer. Miller parece no darse cuenta de que a estas alturas, que un héroe pegue tiros, diga palabrotas o se folle a la villana ya no impacta, no es escandaloso. Hoy lo subversivo casi sería lo contrario, o ni siquiera; hay que encontrar nuevos caminos para la subversión, y eso es cosa de los genios y los visionarios, como fue su propio caso en DK2, tan certero y avanzado, con una distancia irónica tan conseguida —de la que no queda ni rastro en Holy Terror, donde uno siempre está seguro de que Miller se lo cree— que muchos no supimos verla en su momento y necesitamos de madurez y distancia para darnos cuenta de qué trataba aquello.

            Queda otra posibilidad: que Frank Miller esté realmente haciendo propaganda para ahora, para nosotros, ciudadanos de occidente en 2011. Pero, claro, eso es aún más aterrador. ¿Piensa de verdad Miller que este es el momento adecuado para gritar con rabia que todos los musulmanes son el enemigo? ¿Cree sinceramente que es necesario Holy Terror, que el mundo está en guerra y que hay que ganarla por el medio que sea? Si esto es así, si Holy Terror no es un cómic para los americanos de 2001, sino para los actuales, entonces hay un problema. Porque evidencia hasta qué punto Miller ha perdido el pulso de su tiempo, el contacto con la realidad, y cómo se ha refugiado en una fantasía radical, rabiosa y un poco paranoica propia de gente mucho menos inteligente que él. Esperemos que no sea irreversible.

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8 comentarios

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8 Respuestas a “Holy Terror, de Frank Miller.

  1. jeremias ariel

    genial Watcher, tu critica es muy acertada, llega al fundamento de este sinsentido que Miller nos regalo

  2. vale, no puedo más, tengo que leer este Terror… ¡a nadie del entorno le ha gustado! Berni, García, Pepo… de momento solo conozco una opinión que pondera el cataclismo (sin llegar a aprobarlo del todo) y por eso me da mucho miedo. Para mí Miller es un grande… para bien o para bien. Incluso más allá de sus grandes clásicos ochenteros, tiene verdaderos golpes al modo de hacer las cosas, geniales, como DK2, Yellow Bastard y el primer Sin City, 300 en no pocos aspectos… Miller me parece un grande, así que la decepción casi me da pereza… pero la curiosidad ya me corroe, y como dices tú, igual esperar lo peor me lleva a un “no era pa tanto”, que redime un poquito a Frank. Veremos.

    • A mí Miller siempre me ha merecido mucho respeto. Bien, sí, le leí ciertas declaraciones sobre Occupy Wall Street que no me sorprendieron en lo más mínimo. Pero… Que yo me pregunto: ¿se veía venir? ¿eh? Que yo no sigo carreras, yo compro cómics sueltos, de quien me apetece, y me los leo. Así que los entendidos, que respondan. Ea. Digo.

  3. Octavio: tienes que leerlo, aunque sea un mal trago. En Holy Terror Miller está como rabioso, paranoico, y sobre todo terriblemente desubicado. Ah, y con lo de “para bien o para mal” me refería no a que sea malo que sea un grande, sino a que hay que tenerlo en cuenta aunque sea “para mal”, para juzgar con dureza su obra. Igual a otro autor hay cosas que se le pueden perdonar, pero a Miller es más difícil.

    Sarmale, no sé si se veía venir, pero sí creo que sus declaraciones y el hecho de que llevaba demasiado tiempo sin hacer un cómic presagiaban que no sería muy bueno… ahora, creo que el resultado final era completamente imprevisible, yo creo que nadie se esperaba algo así. Una pena.

  4. lo leeré, ya compré las gafas 3D (ah, que no las necesita… pues cualquiera lo diría)

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