La muerte alternativa.

Hace poco he leído La última historia de los Vengadores, de Peter David y Ariel Olivetti. Es un tebeo de los noventa que Panini reedita ahora en tapa dura —a muy buen precio, eso sí—, supongo que con la idea de aprovechar al máximo el estreno de la película: y muy bien que hacen. El cómic en sí me ha parecido bastante malo, un guion desangelado de David, que pierde lo indecible cuando quiere hacer una historia sombría sin pizca de humor, más allá de alguna idea apuntada al inicio que bien desarrollada daría para más, y un dibujo horrible —para mis gustos en superhéroes— de un Olivetti pictórico. Pero la lectura de esta última historia de los Vengadores sí me ha dado pie a reflexionar sobre toda esta cuestión de las historias alternativas, o los hipotéticos fines de.

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            En La última historia de los Vengadores mueren muchos personajes. Con una violencia inusitada, además. Lo mismo sucedía en la antigua What if?: en la mitad o más de las historias solía acabar todo en una matanza descontrolada. Parece como si los guionistas, una vez liberados de la continuidad y de las obligaciones propias de una franquicia, se lanzaran gozosos a hacer todo lo que no pueden hacer, porque, claro, no lo hacen realmente, son historias imaginarias, son mentira. Ése es el gran valor de las historias alternativas, y también su mayor desinterés: si no son verdad, entonces lo que pasa en ellas no tiene mayor interés. Pueden matar a cuantos personajes quieran, hacerles cambiar de bando, destruir el mundo, y lo que es más interesante, pueden llevarles a una edad que jamás alcanzarán en la continuidad oficial. Continuidad oficial que se veía reforzada con aquella serie de What if?, que, por si alguien no lo sabe, lo que hacía era mostrar universos paralelos en los que algún turning point de la historia de algún héroe había diferido del oficial: Spider-man salva a Gwen Stacy, Fénix no se inmola, la familia del Castigador no es asesinada por la policía corrupta. Y prácticamente siempre esos universos paralelos acababan como el rosario de la aurora, incluso con el mundo saltando por los aires, lo cual, decía, reforzaba la línea temporal principal: las cosas han sucedido como deben, el mundo real es el mejor de los posibles.

            En estas historias además los autores parecen dar rienda suelta a una especie de pulsión de muerte extraña: de todas las posibilidades que ofrecen estas historias, siempre la más atractiva —también para el lector, o por lo menos, lo eran para mí cuando era pequeño— es la de la masacre. Incluso encontramos ejemplos en la continuidad. Una de las historias más recordadas de los Vengadores es la saga de Korvac, en cuyo número final todos los superhéroes morían, aunque resucitaran de inmediato. Una pregunta perversa: ¿se están los autores vengando de esos personajes que les dan de comer pero al mismo tiempo los limitan con su historia y su caché comercial? No lo sé, pero es muy, muy llamativo, que hasta un amante confeso de la continuidad de Marvel, como Kurt Busiek, no dejara títere con cabeza en una historia sobre los X-Men que escribió en los números 46 y 47 del volumen 2 de What if?

            Y no sólo es significativo el hecho de la muerte, sino cómo se produce. En las historias canónicas, cuando un héroe muere, su muerte es casi ritual. Suele haber un sacrificio heroico, su muerte sirve para algo. Rara vez vemos un asesinato propiamente dicho, y casi siempre que lo hay es de algún personaje secundario: Pájaro Burlón, por ejemplo, o Jolt, de los Thunderbolts, aunque luego volviera —bueno, Pájaro Burlón también ha vuelto, pero eso es otra cuestión; si entramos ahí no acabamos nunca—. Tenemos también el caso del Capitán Marvel, que murió presa de un cáncer, pero su valor residía precisamente en la diferencia, en cómo se apartaba de la norma. Y la norma es que un héroe debe morir como un héroe.

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            En las historias alternativas, ya sean What if? o historias finales de algún personaje, por el contrario, las muertes se suceden sin ceremonia, con el horror y el sinsentido que en el mundo real —me refiero al nuestro— acompaña casi siempre a la muerte violenta. Y se amontonan, una detrás de otra, a muerte por viñeta, también, creo, porque este tipo de cómics tiende a contar mucho en muy poco espacio y se necesita esa densidad narrativa, igual que se necesitan las múltiples elipsis a través de las cuales avanzaban los What if?, con la guía del Vigilante. Son muertes, además, fáciles. Me refiero a que no pasa nada que se salga de lo normal en una pelea con superpoderes. Simplemente A le lanza un rayo a B y lo atraviesa. Sin más. De repente, esos personajes que llevan décadas sorteando el peligro sin morir caen fulminados por los mismos ataques que antes esquivaban sin más.

            ¿Por qué? ¿Qué está pasando aquí? Es como si por fin, en estas historias inocuas, que no pueden dañar la continuidad oficial, se pudieran mostrar las consecuencias reales de los poderes que héroes y villanos exhiben en sus combates, y que en las historias reales se muestran castrados. No hace falta irse a Hulk, que es el extremo; ¿qué haría un puñetazo de Spider-man en la cara de una persona normal? Y muchos de sus enemigos físicamente lo son: el Dr. Octopus, Misterio o Electro tienen la fuerza de un hombre corriente. Estamos acostumbrados a ver cómo rayos de energía capaces de atravesar el acero o el hormigón sólo aturden cuando impactan en una persona, o cómo pasa lo mismo con puñetazos de gente que levanta cien toneladas. En el caso de los héroes, siempre ha habido una especie de consenso, explicitado en sus diálogos, de que se contienen. Spider-man lo explica constantemente: contra ladrones vulgares no emplea toda su fuerza —otra cuestión es cómo de fácil es eso de pegarle a uno un puñetazo a medias—. Cíclope se pasó la vida repitiendo que debía tener mucho cuidado con sus rayos ópticos para no dañar a sus seres queridos, pero me cuesta recordar alguna ocasión en la que liquidara a un villano con ellos. Estamos todos de acuerdo en que los héroes tienen cuidado, porque no quieren matar a sus enemigos, por regla general. Pero ¿y los supervillanos?

            En La última historia de los Vengadores comprobamos lo fácilmente que un tipo como Kang, que maneja tecnología de dentro de varios siglos, puede matar a varios vengadores. De maneras sencillísimas. No olvidemos que muchos de ellos son personas corrientes. En el mismo tebeo, vemos lo que puede hacer un tipo con la fuerza de Hulk si agarra por brazos y piernas a Tigra, o cómo un láser hace lo que tiene que hacer un láser y le rebana una pierna a alguien. Los Vengadores contraatacan sin remordimientos —porque otra constante en estas historias es que la ética se deja a un lado con mayor facilidad— y la Avispa mata a a Kang atravesándole los ojos con sus bioaguijones. Así de fácil.

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            Por eso cuando uno lee este tipo de historias, más allá del morbo de ver cómo mueren tus personajes favoritos, luego es inevitable preguntarte a qué juegan, a qué han estado jugando héroes y villanos durante cinco décadas. Porque ciertamente las resoluciones violentas de estas peleas se ajustan mucho más a cómo serían nuestro mundo, y de hecho, revisiones realistas del género exploran ese camino, llámese The Authority o llámese The Boyz. Si existiera gente superpoderosa, desde luego un combate entre ellos se parecería más a los que aparecen en esas series que a lo que solemos ver en Marvel. Es como si existiera un pacto secreto entre héroes y villanos para no hacerse demasiado daño, para bailar una intrincada coreografía a través de los años. Como si fueran consciente de que tienen que hacer durar el invento indefinidamente, pero si suena la campana, si les dicen “chicos, venga, que ésta es la última”, entonces sí, entonces acaban el juego y hacen lo que podrían haber hecho al principio. Y lo mismo pasa con esas soluciones finales que abundan en las historias alternativas, ya sean utópicas o distópicas. En La última historia de los Vengadores el gobierno un buen día juntó a todos los héroes y barrió el país capturando supervillanos. Luego los ejecutó. En Old man Logan pasaba algo parecido pero al contrario: los villanos se reunían y atacaban juntos a los héroes, uno por uno. Son soluciones planteadas de una manera tan simple que es imposible preguntarse por qué no lo hacen en la continuidad oficial, por qué en lugar de terminar definitivamente con un problema alargan el mismo a base de enfrentamientos no definitivos que tienen difícil explicación. Salvo, ya digo, que asumamos que los personajes son conscientes de que son entes de ficción que forman parte de un show que debe continuar ad infinitum, como boxeadores en un combate amañado que saben que no pueden tumbar al contrario en el primer round.

            Vale, como explicación es una locura, pero, eh, al menos lo he intentado.

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5 comentarios

Archivado bajo Opinión

5 Respuestas a “La muerte alternativa.

  1. Vaya, pues muchas gracias, un honor.

  2. no estoy seguro de lo que voy a escribir, pero igual lo hago a partir de lo que escribiste.

    chester gould es un autor que no me gusta mucho pero (si no me equivoco) sus villanos morian y aparecian otros en la vida de dick tracy, al menos al principio. por eso, no entiendo esto de las companias de superheroes (admitamoslo, no hacen historietas, hacen superheroes) por que no crean y crean y crean hasta el infinito. ok, spiderman siempre va a ser spiderman, no crecera, la tia may va a estar con el hasta que el sol se apague, etc. pero los villanos podrian ser una canilla abierta de ideas y conceptos.

    puede ser peligrosisimo. mc donalds no se va a poner a vender pizzas de un dia para el otro si sabe que las hamburguesas venden. marvel lo mismo, sabemos que el duende verde gusta. pero, que pasaria si al menos liberaran un poco mas…
    brian.

  3. Yo tengo un guión para un what if bárbaro: (leer con acento de Chiquito d ela Calzada) ¡ese Galactus de la galaxia espacial… se cansa un día, vuelve a la tierra, pasa de maquinitas pero en dos segundos horada el mundo hasta su núcleo magmático (quedando así fuera del alcance de superhéroes, al menos a cortísimo plazo… ni Thor llega allí en tres segundos), y sin pestañear devora la Tierrra como en su día hizo con el mundo Skrull. En catorce segundos, Galactus, sin dar tiempo a los pequeños supercachas a reaccionar, ha acabado con la vida en el planeta. Se acaba el universo Marvel salvo la serie de Nova (que es
    un coñazo).
    Ala, y lo puedes meter en cuatro folios en la CIMOC, mira qué rápido.

    La continuidad pude ser buena, simpática, emocionante. Nunca racional, y desde luego hoy, totalmente anquilosada.
    Posiblemente la mejor batalla superheróica, la más real también, sea el enfrentamiento entre Miracleman y Kid Miracleman. Si hablamos de “verismo”, claro. Un tío como Superman peleando contra un villano que le mira a los ojos, con poderes del calibre del hijo de Kripton, no puede ir en otra dirección que la que explora Moore. Esto es, en el fondo no hay superhéroes sino armas de destrucción masiva con motivaciones opuestas. Y los pequeños hombres rezarán porque al final de la masacre, al menos, del campo de cadáveres, emerja en que mira por preservar el mundo, no el otro (porque entonces seguirá su fiesta ad eternum hasta que solo queden calaveras).
    Por eso los Sh no son realistas nunca y convierten la violencia (como Son Goku, otro bueno) en espectáculo. Y bienvenido sea, libera feromonas y aplaca los espíritus adolescentes con píldoras de fantasía..

  4. La idea es demostrar cómo estas historias alternativas completamente salidas de madre ponen en evidencia la falta no ya de realismo, sino de coherencia interna de esa línea principal regida por la continuidad… Miracleman no la he leído aún, maldita sea.
    ¡Ah, y tu historia de Galactus no es un what if? porque no parte de ninguna divergencia de la línea oficial! Que lo sepas xD.

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