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Orgullo y Satisfacción n.º 3, de VVAA.

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Un mes más tenemos nueva entrega de Orgullo y Satisfacción, su tercer número, y me parece interesante decir unas palabras del mismo porque viene con muchas novedades. Eso por sí sólo ya es una señal. Ajustar una publicación humorística lleva tiempo, y en ese proceso —que en realidad, como demuestra examinar un periodo amplio de cualquier cabecera, nunca termina— es importante la autocrítica y las ganas de ser cada vez mejores.

Lo primero que destaca es que se ha reducido el peso del tema monográfico en el conjunto de la revista. Me parece buena idea porque ahí tienes dos vías: o temas transversales muy amplios —como la democracia del primer número— o temas concretos que sean noticia de tal importancia que justifique que se le dedique el número. Pero los temas transversales de acaban y los concretos dependen de la actualidad, que últimamente está más por la inundación que por el impacto único. Por eso es un acierto que la revista se diversifique y atienda a la cantidad tremenda de mierda que ha tocado tragar en octubre: la gestión del ébola, las tarjetas black de la antigua Cajamadrid, la corrupción que alcanza ya niveles infames, el pequeño Nicolás —símbolo de hasta qué punto está podrido esto—, la vergüenza de la valla de Melilla… Esta mezcolanza no sólo sirve para cubrir toda la actualidad, sino que también ayuda a que la revista sea variada y la lectura sea más divertida aún. En esta primera parte de OyS destacaría dos páginas bestiales de Bernardo Vergara sobre la actuación de la Guardia Civil en Melilla, sus chistes recurrentes sobre Nicolás a una página con texto al pie, la aventura de Guillermo sobre el «Partido Socialista Obsoleto Español», el repaso de Morán y Triz a los desgloses de gastos de las tarjetas black —impagable el notas que pagó figuritas de Warhammer con su tarjeta, a la que me juego el cuello que llamaba «Black Lotus»—, y algún chiste de Toni y Malagón, que ofrecen las colaboraciones más cercanas al humor gráfico tradicional de viñeta política. Aunque creo que el pelotazo de este número, o uno de ellos, es la historia larga de Alberto González Vázquez sobre Mariano y su reacción ante el ébola. Mejor no decir nada y leerla sin más.

Otra novedad está en las series que varios colaboradores de la revista han puesto en marcha. Las series, creo, a menudo son un arma de doble filo: crean personajes icónicos que ayudan a fidelizar a los lectores y sobre todo permiten evolución, pero al mismo tiempo pueden acabar siendo un lastre cuando continuar con ellas se convierte en una obligación. Como en OyS no hay un gran consejo de administración detrás dudo que esto último pase, y de momento las propuestas prometen. Manel Fontdevila ha creado «Adonis, activista de la pista», que es una serie de temática poco definida que le va a permitir satirizar ciertas actitudes de cierta izquierda, y que seguro que Fontdevila afina muy pronto. «Tebeos basura» de Paco Sordo me ha encantado: se trata de una especie de cajón de sastre lleno de chistes-idea y de juegos de palabra dibujados, que aporta algo diferente al conjunto de la revista. Y también me han gustado mucho las series de Manuel Bartual y Paco Alcázar. «Bienvenidos al futuro», del primero, es una idea brillante —hablar del hoy desde un hipotético mañana en el que se vean sus consecuencias— y con el personaje del fantasma del abuelo que habla como si estuviera en Twitter se ha ganado el cielo del humor. Y «La gran época» es la versión jodida de una sitcom que sólo la mente de Alcázar podría parir.

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El tema monográfico se concentra, en este caso, en un dossier de veinte páginas que aparece justo antes de «Últimas Letizias». Viene dedicado a la cuestión catalana y el enfoque que tiene me ha encantado porque satiriza a las dos partes y no se queda en la superficie del problema. Cuando el humor político es bueno debe cabrear a todos, y estoy seguro de que este dossier va a hacerlo. Triz retrata a Rajoy y Mas como dos críos enfadados, por ejemplo, y Monteys va más allá en unas páginas brillantes que analizan el nacionalismo de todo signo y expone sus contradicciones y, sobre todo, que es una cuestión totalmente emocional. «¡Estar orgulloso de cosas que te han costado cero mola!»: me quito el sombrero. Las dos páginas de Luis Bustos son un despliegue gráfico apabullante, a la altura de su último trabajo largo, Versus. Y las aportaciones de Fontdevila son palabras mayores. Tenemos aquí al mejor Manel: ácido, analítico, desplegando todos los recursos de la historieta para contar de una manera directa —que no gustará a nadie totalmente— el proceso independentista. Sé por declaraciones suyas que llevaba tiempo queriendo dar su visión de estas cuestiones, y el resultado es fabuloso, sobre todo porque expone las contradicciones de ambas partes y dirige el tema a quienes deberían ser sus protagonistas: los ciudadanos.

«Ultimas Letizias» sigue en su tónica habitual ofreciendo chistes rápidos, que tienen sobre todo la frescura de la inmediatez frente a la reflexión que el tiempo permite en el resto de la revista. Hay chistes muy coyunturales que no se van a entender pasado mañana y otros que entroncan con problemas más amplios que seguirán presentes el mes que viene, por desgracia. Y, claro, hay chistes mejores y peores, pero varios flashazos de genio. Por ejemplo, la tira sobre Teresa Romero de Monteys, o la viñeta de Bartual sobre Renée Zellweger.

Peeero no se vayan todavía, ¡que aún hay más! Este mes viene con sorpresa para los suscriptores: un especial sobre la muerte de Juan Carlos I antes de que se produzca, de 23 páginas. Me ha encantado de principio a fin, sobre todo porque recuerda que Orgullo y Satisfacción está aquí para hablar de lo que no puede hablarse en otros medios. Los chistes sobre el hermano del exrey muerto de un balazo, Corinna, Bárbara Rey y otras aficiones del campechano entran en ese campo, y arriesgan bastante. Así que bravo por ello, porque nunca podemos olvidar de qué va todo esto, y por qué nació OyS.

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Silvio José enamorado, de Paco Alcázar.

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Paco Alcázar ha convertido a Silvio José en uno de los iconos del cómic español. Aún es pronto para saber si está a la altura de los grandes personajes de Bruguera, pero yo desde luego tengo claro que nadie ha sabido capturar nuestro zeitgeist —toma ya— como esta serie protagonizada por un caprichoso, asocial y totalmente aempático mostrenco que se parece a nosotros más de lo que podemos reconocer.

Silvio José, destronado fue posiblemente la culminación de la saga de Silvio José porque al desproveerlo de sus atributos y expulsarlo de su paraíso, al obligarlo a recorrer su propio camino del héroe, Alcázar invertía —o subvertía— los valores morales que normalmente convenimos en considerar buenos. De pronto ese tirano insoportable nos conmovía y emocionaba en su determinación de recuperar su felicidad y no renunciar a sus principios… aunque estos sean retorcidos.

Una vez que Silvio ha vuelto a casa y el estatu quo se ha reestablecido, las siguientes páginas —que son con las que arranca este último tomo— parece que van a ofrecer variantes más o menos ingeniosas de lo que ya hemos visto hasta ese momento, con la ventaja, eso sí, de que Alcázar tuvo hace mucho tiempo la vista de empezar a intercalar aventuras de los personajes secundarios y crear nuevos ecosistemas, como el zoológico, el colegio donde trabaja el profesor Hermoso o la novedad en este tramo final de la serie, el parque de atracciones, un entorno con sus propias reglas que funciona como un tiro, a la altura del zoológico. Uno podría caer en el error de pensar que llegada a este punto la serie está tan asentada y su universo tan desarrollado que las historias se escriben solas, pero por supuesto no es así. De hecho precisamente porque existe el riesgo de la inercia hay que estar más despierto y no dejarse llevar.

Alcázar lo consigue casi siempre. No pierde frescura, exprime bien a los secundarios —con frecuencia lo mejor de la serie, y no porque Silvio no sea un personaje tremendo—, inventa nuevas situaciones cada cierto tiempo… y cuando parecía que estaba todo dicho nos mete en un periplo amoroso. Y tiene todo el sentido, claro: ¿qué es lo único que le faltaba por hacer a Silvio? Enamorarse.

Evidentemente, Silvio no mejora ni un ápice cuando descubre el amor al encontrarse con la mujer de sus sueños hecha carne. Al contrario: saca lo peor de sí mismo —lo peor de Silvio es… bueno, os podéis hacer una idea—, se vuelve más obsesivo, egoísta y envidioso. Tras una primera relación con la mujer de sus sueños que acaba en desastre —algo lógico con Silvio en medio, pero, realmente algo de reflexión general sí veo en esto— y un escarceo loquísimo con una chica que piensa que Silvio es un artista conceptual, acaba dando con la horma de su zapato: Silvia, su vecina de abajo, la legendaria crítica de videojuegos que lleva años leyendo, y que pasará bastante de los intentos del tipo por conquistarla. Curiosamente, no he sentido en este tramo la simpatía que sí sentí cuando Silvio perdió su casa, porque aquí en ningún momento quiero que triunfe.

Por el camino, Paco Alcázar ya empieza a soltarse el pelo con páginas del tipo que está haciendo ahora para otros medios o que había hecho en algunos especiales de El Jueves, por ejemplo, la página 30 donde emplea su señalética surrealista, o una página brillante donde él, que ha hecho del texto el centro de sus viñetas, prescinde de él en la mitad de las mismas para lograr un efecto cómico brutal (página 71).

Los sucesos que acabaron con una veintena de dibujantes dejando de colaborar con El Jueves precipitaron el final de «Silvio José». Para la edición en libro, a cargo como siempre de Astiberri, Alcázar ha dibujado unas páginas finales que más que cerrar la serie parecen dejarla hibernando. La solución no sólo es divertida sino que incide, a través de la metarreferencia, a las circunstancias externas que precipitaron el final, y al mismo tiempo puede verse como una declaración sobre por dónde tirará ahora el autor: territorios menos convencionales, más absurdos e ilógicos. El Alcázar más radical que ya hemos visto en las antologías El manual de mi mente y Daño gratuito parece estar de vuelta, aunque nunca se ha marchado realmente. Y en cuanto a Silvio José, vuelva o no, ya es parte destacada del cómic español. Pocas series pueden mantenerse durante tantos años a tan alto nivel y ofrecer momentos tan brillantes incluso en fases tan avanzadas de su historia. Silvio José es seguramente el personaje más importante de los últimos cinco años, sin más.

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Versus, de Luis Bustos.

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Luis Bustos lleva el tiempo suficiente en el negocio del cómic como para haber conocido tiempos difíciles, más difíciles que los actuales. El páramo de los noventa explica que autores más jóvenes tengan más producción que la generación de Bustos —por supuesto teniendo en cuenta todas las particularidades de los casos concretos, hablo grosso modo—: no existe ese peso que atenazó a muchos autores, algunos mayores que Bustos y otros de su quinta, sobre qué podía hacerse y cómo. Este autor pareció quitarse buena parte de ese lastre de encima con Endurance (Planeta, 2009), que es una muy buena novela gráfica, pero es una muy buena novela gráfica de 2009. Cinco años parecen pocos, pero en el cómic español es una eternidad. En esos cinco años han pasado muchas cosas, entre ellas la aparición de obras como Aventuras de un oficinista japonés de José Domingo (Bang, 2011) o El héroe de David Rubín (Astiberri, 2011-2012) que junto con otras abrieron caminos nuevos y expandieron los límites de lo que podía hacerse; cada vez es más evidente. En estos últimos años se están desterrando muchos complejos históricos y muchos tabúes. Se está demostrando que en España sí se puede.

Cuento todo esto antes de entrar a valorar Versus, la última obra de Bustos, porque es una reflexión que he tenido siempre en mente mientras duraba su lectura. En este tebeo de formato atípico —un signo de los tiempos—, magníficamente editado por una pequeña editorial  —otro signo más— que no acumula aún ni una decena de referencias en su catálogo como es Entrecomics Comics, creo muy evidente que su autor se ha vaciado. Que no ha calculado la ganancia, ni las horas que merecía la pena invertir. Luis Bustos, me parece, ha hecho en Versus lo que he le ha dado la gana y ha llegado tan lejos como ha podido: ha echado el resto porque, bueno, si no, para qué meterse en historias, si la vida te la resuelves por otra parte. Creo que él, como muchos otros autores, ha tomado conciencia de que las cosas no van a cambiarse solas y que el primer paso es hacer no sólo buenas obras, sino obras sinceras como ésta.

 

Versus adapta libremente un relato de Jack London, A piece of steak, una historia sobre un viejo boxeador, pero como los buenos adaptadores Bustos se lleva el texto original a su terreno para realizar una obra intrínsicamente personal y desatar todo su talento como dibujante, que está a la altura de los mejores del panorama español. Y pocos cómics pueden leerse que merezcan el apelativo de tour de force más que éste. Versus es un pulso constante en el que Bustos libra su propio combate y se obliga a salir de su zona de seguridad para sorprender en cada página, para que cada viñeta, como cada golpe en una lucha sobre el cuadrilátero, importe. La estructura que adopta intercala flashbacks para mostrar cómo se ha llegado al combate que se narra en forma directa y permite a Luis Bustos un relato de ritmo clásico, en el que subimos y bajamos la intensidad pero que mantiene una línea ascendente que estalla justo cuando debe… Y que deja al lector impresionado en su final.

Una de las cosas más interesantes de Bustos como dibujante es su habilidad para imitar y destilar influencias sin dejar de ser él. Lo hemos visto, por ejemplo, en sus colaboraciones en Orgullo y satisfacción. En Versus resuenan los ecos de Jack Kirby, Will Eisner o Frank Miller, pero también de muchos mangakas, sobre todo de Osamu Tezuka, admirado por Bustos, quien no mira sólo hacia atrás, sino también a los lados, como si fuera consciente de que Versus tiene que ser una obra de su tiempo un cómic español de 2014 que se encuadra en unos presupuestos determinados. El equilibrio entre intelectualización del trabajo propio y la visceralidad que pide un un relato como éste es casi perfecto: Bustos consigue páginas salvajes, furiosamente expresionistas, sobre todo cuando, en el asalto final, deja que el pincel corra desbocado en unas páginas que pienso que no están al alcance de muchos dibujantes, de aquí o de fuera, da lo mismo.

 

En este relato clásico de héroe crepuscular hay mucha amargura. El viejo Tom King lo fue todo, pero ya no es nada. Sus tiempos de gloria pasaron y sólo queda jugársela contra un muchacho insolente que empieza ahora su propio camino hacia la fama y el éxito. Más allá de ciertos elementos del relato original propios de la época que suenan hoy un tanto huecos —me refiero al melodrama presente en cuestiones como el ultimátum de la esposa de King— Versus funciona a un nivel simbólico y mítico perfectamente en el momento en el que entendemos que la lucha entre King y el joven Jesse Sandel es una lucha ancestral entre lo viejo y lo nuevo, entre la experiencia y la fuerza de la juventud, y que se repetirá siempre, porque estamos condenados a declinar y ser superados por los que vienen detrás. King lucha, en el fondo, contra sí mismo.

Es imposible no empatizar con él y vibrar con cada golpe que dibuja Bustos, que revienta cánones y rompe el diseño de página constantemente, y que juega de forma inteligentísima como el diseñador que es con tipografías, rótulos y el propio diseño del libro, por no hablar de su soberbio uso de las tramas que imitan el zip-a-tone e introducen los matices en un blanco y negro de contraste tan rotundo como el de los mangas de Tezuka.

 

Con Endurance, creo que Luis Bustos hizo un gran tebeo como es debido. Ahora, cinco años después, su propia evolución como artista y el contexto que lo rodea le han permitido hacer una gran novela gráfica libre de ciertos valores que en 2009 todavía pesaban en la idea que de la novela gráfica podía tenerse entonces. Porque, es obvio pero parece que haya que recordarlo de vez en cuando, los conceptos culturales están vivos y mutan constantemente, y las cosas nunca son iguales en diferentes momentos ni pueden sustraerse de ellos. Lo mejor de Versus es el propio Versus; el placer primario y el goce estético que aporta a quien lo lea. Pero además cuando uno termina de leer este cómic de vanguardia que demuestra que la vanguardia puede ser comercial —porque lo comercial hoy no es lo que era comercial hace veinte años— queda una sensación de lo más agradable, y que también se encuentra en otras obras fantásticas de la actualidad: esto es sólo el principio, el golpe en la mesa que antecede a obras mejores aún.

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Orgullo y satisfacción n.º 2, de VVAA.

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Tras revolucionar el mercado del cómic digital y vender nada menos que 35.000 ejemplares durante el verano, Orgullo y satisfacción se convirtió en revista mensual y en un proyecto sólido y, de momento, viable para sus autores. Pasada la novedad, lo normal es que la salida de cada número no sea noticia y la revista se integre en la cotidianidad del mercado, pero me apetece, al menos, comentar algunas cosas concretas de este segundo número, dedicado al trabajo.

El número se abre con una historieta de Monteys que muestra la reunión de redacción para decidir los contenidos de esta segunda entrega. Aparte de la gracia innata que tiene —con ese Guillermo sustituido por fotografías de Alain Delon porque a Monteys no le sale bien—, la historia es interesante porque introduce el elemento metanarrativo y con él la historia de la propia publicación y su mecánica de funcionamiento, que desde el principio han estado en primer plano.

Después de esa introducción los contenidos aparecen más ordenados, más de revista que en el número 1. Hay un índice, una primera parte miscelánea, y un dossier central que concentra las páginas relacionadas con el tema del trabajo, más la sección de «Últimas Letizias» con temas de última hora que entran con la escasez de margen que permite la edición digital. Si no me equivoco todos los colaboradores de los primeros números están aquí, aunque en algunos casos con chistes puntuales, como los de Asier y Javier. Pasada la sorpresa el nivel se mantiene, aparecen series nuevas y otras continúan: me parece un acierto que no se caiga en la rutina ni en la conveniencia de la fórmula que funciona.

Y sobre todo me parece un acierto la libertad total que se le está dando a todos los autores. Los que son humoristas gráficos más puros, como Malagón o Mel, hacen lo que saben y lo hacen muy bien. Luis Bustos y Paco Alcázar, por su parte, hacen básicamente lo que les da la gana y están simplemente geniales. Las páginas de anuncios falsos de Bustos —a lo Chris Ware, para entendernos— es de antología, y la historia de la piscina de Alcázar certifica que, sea cual sea el tema, este autor tiene la virtud de llevárselo a su universo, que me parece uno de los más ricos del panorama nacional.

 

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Triz, ya sea junto a Morán o en solitario, está cada vez mejor. Bernardo Vergara es uno de los que más dibujan y está tan fino y tan demoledor como siempre. Guillermo, pese a que no siempre acierta, cuando acierta es brillante, y además me parece el mejor caricaturista de la actualidad. Sus retratos tienen la cualidad de los grandes satíricos: deforman el rostro y el cuerpo para mostrar el carácter y sobre todo la misera moral de la calse política. Es decir, destapan la verdad que late bajo la apariencia a través del dibujo y de su visión.

Monteys no llega a los niveles de «El ecosistema ibérico» del número uno pero tiene páginas brillantes, especialmente las primeras, ya mencionadas, y la del voto de los antiabortistas. Monteys está en estado de gracia desde hace tiempo, y pare páginas con la facilidad, al menos aparente, que le corresponde a ese estado. Manuel Bartual da un par de lecciones de síntesis en tiras de viñetas que funcionan como un tiro y que condensan verdaderas historias completas.

 

Y Manel Fontdevila, bueno, me parece que pocos se acercar hoy por hoy a su nivel. Casi todo lo (mucho) que dibuja en este número me parece brillante, pero «¡Matar a Pujol» es increíble. Lo tiene todo y es de lo mejor que he leído últimamente, en cualquier género. Fontdevila, además de la mirada certera y afilada, de esa cualidad tan útil en el humor político de ir casi siempre un poco más allá de lo obvio, otra cosa esquiva e indefinible: la gracia. Él la tiene; la tienen sus dibujos y la tienen sus textos, y la manera en la que desarrolla esas historias de extensión media en las que parece sentirse totalmente libre.

En conjunto, me gusta que este número de Orgullo y Satisfacción no vaya a lo fácil, atizar a los empresarios únicamente, y tire a los sindicalistas, y a los propios trabajadores, víctimas la mayoría de los casos, sí, pero en ocasiones demasiado acomodaticios y sumisos. Todo tiene una presencia proporcionada y coherente que evidencia la excelente labor de coordinación que se esconde detrás de la revista.

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Justine, de Gauthier.

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Llevo un par de semanas queriendo escribir sobre Justine, un cómic muy breve de Anne Charlotte Gauthier que ha sido el primero publicado por Diminuta Editorial. En realidad me doy cuenta de que tampoco tengo demasiado que decir, pero tal vez sea mejor así, porque el cómic es breve y conciso por un motivo.

En la presentación de Diminuta de hace unos días, en la que participé, dijo Mireia Pérez sobre Justine que debería repartirse en los colegios para ser leído por los adolescentes. Y estoy totalmente de acuerdo con ella. Este cómic de dibujo sencillo y claro, de pocas viñetas por página y síntesis total en su argumento, constituye un panfleto, en la mejor de las acepciones de la palabra: es un arma de lucha política. Una historia que de manera muy cruda y directa —sin reflexiones en forma de narrador, por ejemplo— expone el camino de una persona en su búsqueda de una identidad. Su dilema es de género y sexo: de niña se sentía niño, en la adolescencia tuvo que pasar por la dura experiencia de sentir unos cambios en su cuerpo que evidenciaban aún más su malestar. Después empieza el tortuoso deambular por consultas de médicos, sobre todo psiquiatras, hasta dar con uno que entiende la situación y prescinde de protocolos para procurarle herramientas con las cuales se construya una identidad y un cuerpo con los que sentirse plenamente satisfecho.

Justine habla de algo que en el fondo va más allá de un cambio de sexo. Trata sobre la libertad individual para construirse una identidad y liberarse de la programación de género y del código binario implacable: o mujer u hombre. Explica, de una manera totalmente clara, que definirse como una u otro no es sinónimo de felicidad, y que encajar en un modelo concreto de sexualidad es más tranquilizador para los que te rodean, pero devastador para uno mismo. Por eso me parece tan interesante que Gauthier muestre no sólo el proceso de maduración personal de Justine / Justin, sino las reacciones de su entorno, que vive, especialmente su madre, su propio proceso de aceptación.

Como decía antes, veo Justine como un arma, y por tanto un cómic dibujado con un objetivo concreto en mente. Por eso aunque creo que el desarrollo es precipitado y todo lo que se cuenta habría necesitado más páginas, veo bien que se sacrifique todo eso para alcanzar el objetivo del tebeo. De hecho, también pienso que el efecto va más allá del buscado, y que Justine tiene algo que decir a cualquier persona que se esté buscando a sí misma, en el terreno sexual o en cualquier otro. Porque su mensaje trata de que hay que olvidar ese tópico que dicta que hay que aceptarse tal y como se es y aprender, poco a poco, a tomar las riendas y construirnos a nosotros mismos.

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Lecturas dominicales.

Voy a aprovechar la tarde de domingo para comentar un par de cosas de tres cómics que he leído en los últimos días, uno de cada punta del planeta, casualmente.

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El primero es en realidad el último que he leído, hace unos minutos: Las analectas de Confucio. El manga. Sí, justo: un nuevo manga filósofico publicado por East Press Co. en Japón y por Herder en nuestro país. Ya me he declarado alguna vez fan de estos cómics, aunque aún me queden varios por leer: la mezcla de recursos narrativos y visuales típicos del shônen, tono didáctico y referencias pop loquísimas dan como resultado un producto que si bien nunca pierde de vista lo que es y cuál es su función no deja de sorprender y de encontrar nuevos caminos para la adaptación de textos políticos, filosóficos y literarios clásicos. Las analectas se ha convertido en uno de mis favoritos, o al menos su primera parte, porque el tomo que ha publicado Herder es doble y está compuesto de dos tomos japoneses. Mientras que en títulos anteriores los guionistas optan por llevar la acción a la época del autor del texto original, en esta ocasión toman el camino inverso: el manga comienza con el atentado del 11 S y la frase «Estamos en el siglo XXI, y sin embargo…», que deja claro que tratarán de demostrar que las enseñanzas del sabio chino tienen validez en el mundo actual. Y entonces, viene la genialidad: en realidad la lección de ética y moral aparece inserta en una trama de manual de típico manga de instituto, con un protagonista positivo y optimista, una chica seria y melancólica —pero que, felizmente, no quiere ser ni cantante, ni actriz ni madre de familia, sino investigadora— y un «antagonista» hosco y malrrollero. Y en ese contexto se escenifican las típicas tensiones generacionales, que se resuelven, finalmente, gracias al pensamiento de Confucio, que introduce en el instituto una profesora sustituta que tiene… CABEZA DE VACA. Tal cual. Por supuesto, eso no es un problema para que dé clase y se gane a sus alumnos, que aprenderán valiosas lecciones de vida escuchándola hablar de Confucio. Sólo en Japón es posible una locura así. La segunda parte es más convencional y pesada como lectura: diez años después, los estudiantes de la profesora Muu se reúnen con motivo de su muerte, y uno de ellos, que ha llegado a ser profesor de filosofía, narra a los demás la biografía de Confucio. Aquí echo en falta un poco de crítica o por lo menos mesura hacia la figura del pensador, que se aborda prácticamente desde la hagiografía. Ni todo lo que enseñó puede aplicarse tal cual hoy ni muchas de sus ideas no dejan de ser fuertemente conservadoras y conformistas. Pero incluso aunque tengamos en cuenta sólo la primera parte de este tomo, es un manga divertidísimo y tan marciano que se lee con mucho gozo.

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El siguiente cómic ha sido publicado por Astiberri recientemente: Los hijos de Sitting Bull, de Edmond Baudoin. Baudoin, que me parece un gran dibujante y del que valoro su capacidad para cambiar de técnica y estilo, suele dejarme un poco frío, al menos con el par de cómics suyos que he leído. Nada que objetarle, pero tampoco nada que me llegue de verdad. Los hijos de Sitting Bull iba por ese camino, pero ha acabado por sorprenderme gratamente. Se trata de una biografía del abuelo del propio Baudoin, que emigró a Norteamérica y conoció a, entre otros, Sitting Bull y Buffalo Bill. Es un relato poco denso, por momento casi una memoria ilustrada, y el tono equidistante y descriptivo de Baudoin no parece el más adecuado. Sin embargo, hay algo interesante: el uso de la fotografía como «certificado de verdad», tanto de personas como de documentos que demuestran que lo que cuenta el autor sucedió tal cual… o no, por supuesto, porque, en el fondo, esas fotografías sólo certifican una parte de esa verdad: efectivamente existen referentes tras esas imágenes, que, por extensión, también son percibidos como los referentes de los dibujos de Baudoin, a pesar de que su estilo sea tan poco realista. De alguna forma las fotos fijan los dibujos a la realidad, les añaden un valor de cara al lector, que recibe un mensaje claro: así es como sucedió. Pero se trata de un recurso más al servicio de la narración y, quizás, de la ficción. Supongo que andar en estos días leyendo y pensando sobre todo esto ha hecho que leyera Los hijos de Sitting Bull en esta clave, en una de esas coincidencias felices que suceden cuando uno se centra en un tema. No quiero terminar con el cómic de Baudoin sin comentar que cuando la biografía se transforma en autobiografía y el autor se siente libre de abandonar la neutralidad gana muchos enteros, quizás porque se vuelve más personal, o más sincero… En el breve relato de su viaje a América para documentar la historia de su abuelo hay más verdad que en todo lo anterior. Con un estilo sencillo, de frases cortas, que en parte me ha recordado al tono que suele emplear Emmanuel Guibert, me ha implicado e interesado mucho más. «… Me siento en un neumático. Dibujo lo que tengo enfrente. Se acercan unos niños. Viene un hombre que los coge de la mano. No soy bienvenido». Muy bien.

matadero

El último de los cómics de los que quiero escribir hoy también ha sido publicado por Astiberri: se trata del cuarto libro de Parker, las adaptaciones de novelas de Richard Stark que lleva años haciendo Darwyn Cooke. Matadero es la primera entrega de la serie que leo; no me ha interesado nunca particularmente el género negro —aunque Criminal curiosamente sí suele gustarme mucho—, y aunque Cooke me gusta como dibujante, en general no me llama mucho la atención lo que hace con superhéroes, me parece demasiado nostálgico e incluso cursi. Sin embargo esta historia me ha gustado mucho. O mejor dicho, me ha gustado cómo la desarrolla Cooke, que no es lo mismo… y al mismo tiempo lo es, porque para eso esto es un cómic. Me explico mejor: me refiero a que la trama en sí —un atracador cercado con un botín en un parque de atracciones cerrado y un grupo de polis corruptos que le quieren dar caza— no me interesa nada, pero Cooke ha conseguido, simplemente a base de recursos de puro dibujo, engancharme y hacer que lea el cómic del tirón y con interés. No repite dos veces el mismo recurso o composición de página y no aburre nunca. Me gusta mucho, además, el bitono que emplea, que luce mucho más gracias a que el parque de atracciones está nevado, lo que permite jugar con masas de blanco constantemente. Se nota, y eso es importante, que Cooke está haciendo lo que quiere hacer y que se lo pasa bien en el proceso.

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Aquel verano, de Jillian Tamaki y Mariko Tamaki.

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El verano es un motivo muy visitado en la ficción juvenil porque evoca un pasado idílico, pero también por las posibilidades narrativas que ofrece. Es un periodo de pausa, de hiato de la vida real, que interrumpe la rutina y a menudo supone el traslado a un lugar ajeno, nuevo, donde nadie te conoce, y por tanto, como tan bien se exponía en el episodio de The Simpsons «Summer of 4 Ft.2», es posible ser otro, crearse una nueva identidad cuyas acciones además no tendrán consecuencias porque una vez terminadas las vacaciones volveremos a nuestra realidad y dejaremos atrás ese mundo con reglas diferentes.

Incluso el ritmo del verano es diferente, por el mayor tiempo de ocio, por los días largos y el calor más o menos agobiante, y eso es algo que han entendido bien las mejores obras que tratan el tema. También lo ha entendido Aquel verano, de las canadienses Jillian Tamaki y Mariko Tamaki. Su anterior novela gráfica, Skim, me gustó mucho, especialmente por su tratamiento de la adolescencia. Las protagonistas de Aquel verano también son adolescentes, aunque son menores que aquéllas, y eso es crucial. Como cualquier docente os diría, no es lo mismo un adolescente de 16 que de 13. Hay un mundo de distancia entre quien ya roza la edad adulta y quien sólo está comenzando a intuir lo que es. Ahí se encuentran Windy y Rose, aunque hay matices interesantes. Las Tamaki escogen establecer entre ellas una diferencia de un año, y eso permite apreciar mucho mejor el trance de Rose, la mayor. Rose está justo en ese momento en el que empieza a fijarse en los chicos mayores, y descubre la coquetería y la vergüenza del propio cuerpo. Windy, en cambio, es aún una niña, sin pudor, juguetona, sin demasiada pulsión sexual.

Lo malo de que el verano se haya constituido en tema por sí solo es que ha desarrollado sus propios clichés de género, y Aquel verano no escapa de ellos, pero entiendo que porque tampoco quiere: los toma, más bien, para reconducirlos a su propio terreno. Así, ahí está la amistad forjada en la playa, el primer amor, los paseos libres de padres y adultos, y sobre todo ello la sensación de rito de paso, de hito en la vida de Rose. Pero las Tamaki saben lo que se hacen. Tienen una sensibilidad para tratar cuestiones emocionales construida a base de silencios y pequeños detalles —miradas, objetos— que no subrayan con recursos gráficos excesivos. Al contrario: Mariko Tamaki realiza un ejercicio de contención que no oculta la excelente dibujante que es; ha mejorado mucho desce Skim. El bitono y el trazo difuminado crean el ambiente perfecto para una historia como ésta, y hay imágenes de carga icónica muy sorprendentes, como el momento en el que Rose contempla el beso de dos chicos mayores al trasluz de una gominola con forma de pie. En general están muy medidas estas cosas y aparecen cuando deben, aunque algunas secuencias de carga, digamos, lírica, o en las que se rompe la norma narrativa del cómic y hay cierta experimentación, no terminan de encajar bien, en mi opinión; parecen algo forzadas.

Las personas que dibuja, por el contrario, son tremendamente naturales y vivas. Y los paisajes, detallados y evocadores, transmiten de manera muy universal la noción del verano. No hace falta haber estado exactamente en ese lugar para sentir que es algo familiar, incluso, curioso, para alguien como yo que sólo ha veraneado en la playa con cinco años. Supongo que es un motivo tan extendido que todos lo tenemos interiorizado.

Pero me gustaría retomar el que creo que es el tema principal de Aquel verano —inciso sobre el título: la traducción española induce una sensación evocadora del pasado que en realidad no existe en el original, This one summer—. Me refiero al fin de la infancia, aunque me interesa más que eso en sí la manera en la que se expone, porque no es a través de la historia de Rose, exactamente, sino de las historias que Rose presencia. La del dependiente adolescente —pero algo mayor que ella— y el embarazo no deseado de su ligue y los problemas de pareja de sus padres, motivados por el aborto de la madre y las dificultades para volver a quedarse embarazada. El embarazo es por tanto una cuestión central, y aunque la oposición embarazo no deseado / embarazo negado es bastante obvia lo interesante de veras es cómo afecta a Rose, que es consciente de pronto de su propia sexualidad pero también de una brecha entre su madre y ella que marca de manera dolorosa ese fin de la infancia, paradójicamente por culpa de un sentimiento muy infantil: la sensación de que ella no es suficiente para una madre sumida en la depresión por no poder tener un segundo hijo.

Es un buen verano, pese a todo. Rose disfruta, vive y aprende, aunque el regusto final sea amargo, por todo lo que ha sucedido, y por los muros que se empiezan a levantar. Una vez que empieza el cambio, una vez que uno pierde la inocencia, no hay marcha atrás. El cómic termina sin que sepamos si la herida abierta en esa familia se podrá curar, y si el conato de pelea entre las dos amigas, Rose y Windy, acabará con esa amistad infantil y exclusivamente estival. El año que se llevan puede ser demasiado al verano siguiente, si es que Rose vuelve. No es difícil imaginar que Windy será demasiado infantil para una Rose que habrá pegado el estirón y estará más interesada en los chicos con granos como el dependiente que en ver películas clásicas de terror con una escandalosa y alocada Windy, a la que imagino, quizás siguiendo los pasos de su madre hippy, siendo toda su vida una outsider. Es doloroso aceptar esas rupturas, pero es parte inseparable del propio hecho de hacerse adulto. Las Tamaki logran transmitir todo eso en parte gracias a que trabajan con personajes creíbles —mucha atención a sus diálogos—, pero también porque hay una intención clara de no caer en la moraleja, en la frase motivadora o en el final falsamente cerrado.

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