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Tiras cómicas, de Flannery O’Connor.

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La avalancha de novedades de los últimos meses del año y otras ocupaciones —un CuCo se aproxima por el horizonte, entre otras cosas— ha hecho que me haya visto un poquito desbordado y algunos libros que querría haber comentado se hayan ido quedando en la pila de pendientes. Quiero solventarlo en lo que respecta a Tiras cómicas de Flannery O’Connor aunque sea con un par de párrafos, porque creo que se lo merece.

Tengo que decir que no he leído a O’Connor ni sé demasiado sobre ella, así que más que por lo que pueda aportar sobre su figura este libro me interesa por otras cuestiones, sobre todo históricas. Se trata de una colección de linograbados que la autora realizó en sus años universitarios para periódicos estudiantiles, en los que la técnica, digámoslo claro, es bastante deficitaria. Se aprecia cierto proceso de aprendizaje, hay mucha distancia cualitativa entre las primeras y las últimas que realizó, pero es lo de menos. No voy a negar que me ha gustado la visión ácida de muchas de estas imágenes y que hay frases punzantes e ingeniosas, pero lo que más me interesa del libro es su valor como testimonio de un momento y un lugar muy concretos: la vida universitaria durante la segunda guerra mundial. Y concretamente, cómo afectó la llegada de las Waves, la reserva femenina del ejército estadounidense que se alojó en el campus a la vida diaria. Son trocitos de vida, dardos furiosos de quien da voz a un montón de compañeras que de pronto tienen que apartarse para dejar sitio a un grupo de mujeres, como ellas, pero uniformadas: la cuestión del género se cruza con la resistencia a la autoridad que debe mostrar cualquier joven de bien. Una de mis viñetas favoritas muestra precisamente a una estudiante, seguramente la propia O’Connor, subida a un árbol con expresión de cabreo para dejar paso a una monolítica procesión de Waves, todas iguales. La viñeta se titula «Tráfico»: una genialidad.

También hay puyas a los profesores y al sistema educativo, aunque sean sutiles, hay meras estampas de vida universitaria y figuras de mujeres anónimas. La viveza de los grabados de O’Connor va en aumento según va dominando la técnica, hasta conseguir expresiones y movimientos muy logrados. Sin embargo, cuando dejó atrás su vida de estudiante no consiguió volver a publicar profesionalmente, y se centró en su carrera como escritora.

La edición de Nórdica es excelente, no sólo por la calidad de los materiales y la encuadernación, sino por el aparato crítico con el que ha acompañado la colección de tiras. Es algo simplemente imprescindible en una edición así, aunque demasiado a menudo las ediciones «históricas», «definitivas» o «de coleccionista» nos escamotean esa información. Seguramente el hecho de que sea una editorial literaria, con otos hábitos y un tratamiento diferente del material que editan, tenga que ver en esto. Tiras cómicas es, de hecho, el título que abre la colección de Nórdica Cómic. También han publicado ya una adaptación de El castillo de Franz Kafka a cargo de Jaromir 99 y Marinowitz, y esperemos que vengan muchos títulos más.

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Orgullo y Satisfacción 4, de VVAA.

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Un mes más tenemos entrega de Orgullo y satisfacción, y me apetece seguir comentándola, porque me parece interesante analizar en tiempo real los inicios de la publicación y la búsqueda de una identidad propia. Me resulta un ejercicio mental muy estimulante comparar estos primeros pasos de una revista digital satírica de 2014 con los arranques de las revistas de la transición que estudio por motivos académicos. Pero dejo de enrollarme y voy al lío.

Orgullo y satisfacción sigue creciendo y ha alcanzado ya, en sólo cinco entregas, un nivel altísimo. Quizás no sea una sorpresa por los nombres implicados, pero en la práctica pienso que empezar siempre cuesta mucho, y dar en el clavo es complicado te llames como te llames. En este caso, la búsqueda de una identidad propia ha sido un proceso relativamente rápido. OyS tiene personalidad y la ha encontrado distanciándose con inteligencia del punto de partida de la revista, la ruptura de su plantilla con El Jueves, suceso que generó adhesión masiva pero que no podía convertirse en el leitmotiv omnipresente de OyS. También se le ha dado más variedad, con la reducción del tema principal a un dossier de unas pocas páginas y la introducción de series que no tienen que ver necesariamente con la política y la actualidad. Esto en concreto ha sido esencial para que autores que no están especialmente interesados en el comentario político como Manuel Bartual o Paco Alcázar se sientan cómodos sin dejar de ser combativos y críticos desde su propia visión e intereses.

Por otro lado, los responsables de OyS saben que es imprescindible evitar la rutina y mantener lo que no funciona, así que intuyo que el cambio acompañará siempre a la revista. De hecho, una de las cosas más divertidas del número 4 es la triple portada de Guillermo: una sorpresa inesperada que acierta porque aparece cuando todavía no nos hemos ni sentado a leer, y porque a las brillantes caricaturas de Guillermo se une el efecto que provoca la transición entre páginas del formato digital, muy diferente a la acción de pasar una página de una revista en papel. Acto seguido uno se encuentra con el editorial, que se ha convertido ya en una de mis secciones favoritas, por todo lo que tiene de reflexión y de metacomentario de la historia de la revista, y también por el running gag de no mostrar nunca el rostro de Guillermo, que está alcanzando niveles geniales.

Otra cuestión que me interesa de este número es que se tocan temas desde enfoques arriesgados, que van en contra del que se puede presuponer como predominante entre el público de OyS. O por lo menos, toca las narices, estimula, desafía, hace plantearse que, ey, tal vez esto que tenéis tan claro puede que no lo esté tanto. Para mí esto es la madre del cordero del humor político; para decirnos lo que queremos escuchar ya está la prensa seria. Por esa línea discurre parte del dossier sobre Podemos, que contiene algunas perlas como los «Grandes momentos de la izquierda ilusionante» o el «¡Démosle una oportunidad al cinismo!» de Albert Monteys, y también la página sobre cierta polémica de Facebook de la semana pasada del propio Monteys —que confieso que no pillo del todo porque no gasto Facebook, pero que tiene un tono tocapelotas certero.

Las series que arrancaron en el número anterior continuan en éste, afianzándose. Rara vez las primeras entregas de una serie son las mejores de su historia, así que sigue siendo pronto para juzgar, aunque en «Adonis, activista de la pista» Manel Fontdevila demuestra que le está tomando el pulso al personaje y al formato muy rápido, y Alcázar o Bartual siguen a un nivel excelente en sus respectivas propuestas. También hay series nuevas que prometen mucho: «La fábrica de problemas» de Alcázar son un puñado de tiras excelentes, y por supuesto una de las noticias ineludibles es la vuelta de la Parejita de Fontdevila, bajo el título de «Las nuevas aventuras de Mauricio y Emilia». Otra noticia: la incorporación al proyecto de Miguel Brieva con «Liquidación por cierre»; es un autor que encaja a la perfección, claro. Por último, no quiero dejar de mencionar la primera sección de «Astutos lectores», el típico correo de revista, pero con una vuelta de tuerca en la manera de plantearlo muy interesante, porque no es una forma de administrarse mutuamente jabón entre lectores y revista, e incluye respuestas dibujadas a las cartas.

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 Más allá de eso ha sido un número con verdadera sensación de antología. Seguramente es el mejor de los cinco publicados hasta ahora, y hay varias historietas que son tremendas. Creo además que hay cuatro o cinco autores a los que la libertad de formato y temática han motivado muchísimo y están superándose a cada número. Es el caso de Luis Bustos, que abre el número, tras el editorial, con una historia magnífica y divertidísma, «El discurso del rey», lleno de recursos, detalles y bromas que son posibles gracias a esa síntesis perfecta que es el ideal de cualquier autor entre dibujo y texto. Bustos está en estado de gracia y parece no tener ya ningún tipo de atadura; hace lo que le da la gana con su talento para el dibujo.

Otra obra increíble y alucinante son las páginas de Alberto González Vázquez sobre Pablo Iglesias. Es todo lo que ha hecho el autor pero llevado al extremo, con más puntos de giro aún sobre una realidad que se va alterando poco a poco y construye una historia enfermiza pero brillante. No hay nadie ahora mismo que haga nada ni parecido a lo que hace Alberto González Vázquez.

Y otra maravilla es la primera entrega de la nueva serie de Albert Monteys: «El show de Albert Monteys». Es… bueno, hilarante. Monteys me hace reír a carcajadas casi siempre. Tiene una facilidad para el gag increíble —basta mirar la viñeta que resume su historia como conductor— y aquí explora la paternidad y la vida adulta en los tiempos de los eternos peter panes cuarentañeros con una autocrítica y una puntería fantásticos. Y con un chiste final antológico.

Hay más cosas interesantes, por supuesto: un chiste dibujado a lápiz por Fontdevila fantástico, una página de Toni sobre impunidad de políticos franquistas muy buena, un buen texto de Iu Forn sobre Pablo Iglesias —su mejor colaboración hasta ahora, pienso—, algunas «Últimas Letizias» muy ingeniosas, la sección de El Mundo Today es tan buena como siempre… Veo a todos los autores centrados y dispuestos a crecer, con una motivación que creo que no da la colaboración freelance tradicional. Orgullo y satisfacción se afianza a base de calidad, de ambición y también de inteligencia a la hora de promocionarse y sobre todo de construir una relación diferente con sus lectores, donde estará la clave para la perdurabilidad de un proyecto que cada vez estoy más convencido de que será histórico a muchos niveles.

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Los fanzines de GRAF (II).

Continuo hoy con el repaso a algunos de los fanzines que adquirí en el pasado GRAF; esta vez me centraré en los cómics más clásicos. Hay mucho, y no tengo tiempo de analizar todo pormenorizadamente, pero creo que lo siguiente merece al menos unas pocas palabras.

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Como el anterior post lo terminé con el Inkfest de Joaquín Guirao, voy a seguir con él comentando su otra novedad, la tercera entrega de su Not Funny, que recopila material aparecido en otros fanzines y en internet, todo viñetas y cómics de una página o dos. Son cosas recientes que demuestran lo mucho que está afinando Guirao últimamente, quizás porque está produciendo mucho, pero sobre todo creo que porque está reflexionando sobre lo que hace, se nota. Como los grandes, Guirao es capaz de crear un mundo entero en una sola viñeta, con sus propias reglas, aunque no se nos expliquen, claro. La situación absurda, el humor chungo, la inversión de valores y las ideas locas y únicas son el reino en el que se mueve, y la verdad es que la mezcla es tan personal que no hay mucho donde comparar. En este tebeo de dieciséis páginas hay espacio para muchas cosas interesantes: «¿Qué es Chupi?» por ejemplo, es maravillosa. La historia sin título del hombre bajito es otra perla, y «Cómo hacer cómics» una declaración de intenciones y un manifiesto en cuatro viñetas. «Funtoons» es otra bomba, oscura y perfecta en su ritmo —es uno de los puntos fuerte de Guirao—, y «Política de privacidad de su frigorífico», con un estilo de dibujo sorprendente, quizás sea lo mejor del cuadernillo, que supone, para los que seguimos con atención todo lo que hace Guirao, una dosis irrenunciable a la espera de nuevos trabajos.

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Por darle algo parecido a un hilo conductor a este texto, voy a seguir con las novedades del colectivo Migas, en cuyas publicaciones suele colaborar Joaquín Guirao. Los Migas, además de tener un espíritu excelente durante todo el GRAF, animando el cotarro hasta con un teclado portátil, piensan lo que hacen —en serio— y saben que a un evento te tienes que presentar con novedades. Entre ellas está el número 3 de Gualtrapa, que es una recopilatorio de casi todo el material de Álvaro Samaniego. Como otros compañeros de colectivo, Samaniego escribe y dibuja de lo que conoce, del aquí y el ahora, y sus historias reflejan esa frescura tanto en las situaciones como en los diálogos, que me parece que son muy representativos de la juventud actual —hostia, qué viejuno acabo de sonar—. También creo que le falta afinarse un poco, no ser tan confuso, en ocasiones, pero en este recopilatorio hay sobradas muestras de que es un buen autor y tiene cosas que decir, además de ser muy versátil. «Pinchito a la interné», por ejemplo, es genial, igual que la historia de la pata Reme o las páginas de «Los yuntas del ritmo», que creo que aparecieron en Maiame 24 horas. Y hay una página muy bonita, un homenaje a su madre. Cuando los cafres hacen estas cosas, son más tiernos que nadie, y no lo digo en broma. De Samaniego también me traje El paripé del mulé, el cómic fruto de su participación en las 24HBD de Angoulême.

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Delisias du pollo es otro recopilatorio, esta vez de M.A. M.A. me había parecido, de todos los autores que suelen publicar en Migas, uno de los menos hechos, en el sentido de estar todavía en proceso de formación. Pero aunque creo que eso es cierto, en este cómic he visto cosas buenas que no había visto en los tebeos de DVD Man, divertidos, pero que sólo me funcionaban a un nivel paródico. «Ácido» es buena, y es lo mejor que he leído de M.A. A otro nivel, los chistes de películas y pollas funcionan y hacen reír, aunque sean básicos, y la frescura underground de cosas como «The final gala» me ha gustado mucho: «Que vuelva Pepe Navarro, zorra». Mítico.

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Pero lo mejor de esta gente es Sex Motel, la novedad en sentido estricto —por ser material inédito— en la que participa la plana mayor de Migas. La premisa para cada uno es realizar una historia de dos páginas ambientada en una habitación de un sórdido motel donde la gente va a follar, entre otras cosas, y el resultado es brutal. Con esa misma idea las páginas de cada autor no podrían ser má diferentes, porque, precisamente, el mayor atractivo de Migas es juntar a dibujantes tan dispares entre sí y al mismo tiempo con una sintonía entre ellos muy clara. Mis páginas favoritas a veces coinciden con mis autores favoritos, como es lógico. Guirao se va por los cerros de Úbeda y se lleva la premisa a su terreno personal; Pablo Romano, que es un tipo de mucho talento, firma otra de mis favoritas, una historia oscura y triste que destaca en el conjunto precisamente por eso. Gabi, que me parece un autor interesantísmo, está muy divertido, y Antoine Le Viril, Óscar Riquelme o JEHF —creador del siamés negro chino, un clásico moderno— están tan bien como siempre. M.A. está súper cafre, en unas páginas que también van incluídas en Delisias du pollo. Buenísima la de Conxita, de Carinio Ediciones, una historia mínima y muy abierta, con un dibujo que me encanta. Iria Alcojor parece salida de San Francisco circa 1968: fantástica. En conjunto Sex Motel funciona de maravilla y aglutina mucho talento. Es una de las novedades ineludibles de GRAF, en mi opinión.

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Y otra es, sin duda, el Oiga, mire. Mañana, una nueva entrega de la autopublicación de Javi de Castro, que en esta ocasión presenta colaboraciones de un buen puñado de autores jóvenes, nacidos entre 1990 y 1993. Es decir, autores entre 21 y 24 años —por si acaso, que a mí me ha costado hacer la cuenta—, ninguno de ellos aún publicado por una editorial convencional a excepción de Fran Fernández, si no estoy equivocado. Tengo que ser sincero y decir que pocas cosas me han parecido realmente buenas o redondas, pero es que de eso se trata; a esa edad las obras ni pueden ni casi deberían serlo. Son historietas de una fase de aprendizaje, y eso que muchos autores ya se ven bastante maduros, pero falta experiencia, rumbo, cosas que contar que realmente sean las que ellos, como autores, pueden y quieren contar… En fin, la juventud —van dos veces que hablo como un puto viejo en este post, me voy a empezar a preocupar—. Estoy seguro de que de muchos de estos autores empezaremos a oír en breve, y este fanzine quedará como una antología que los puso en el mapa. Entre mis favoritos está el propio de Castro, uno de los más prometedores de su generación. Dibujante superdotado con un ansia de experimentación gráfica inusitada, sólo le falta algo más de concreción y de contundencia a la hora de cerrar las historias, y quizás por eso aquí, en historias cortas, es donde me parece que funciona mejor, al menos por el momento. Su historia en solitario se apropia de los tópicos de ciertos animes y ficciones japonesas, y la más larga, la que hace con guión de Diego Núñez, alias DNM Rules, es interesante tanto en lo formal como en lo argumental: un caso imaginado de abuso editorial y robo descarado del trabajo de un autor, algo que hemos visto mil veces en la industria americana, que es la principal referencia de Núñez. Seguramente la historia peque de dar demasiadas cosas por sabidas por parte del lector, que si no está al tanto de las mafias de las editoriales americanas puede no entrar con facilidad, y a fin de cuentas también es cierto que se ha contado muchas veces esto en tebeos, pero no está de más denunciarlo siempre que se pueda y aquí está bien hecho. Me quedo sobre todo con el ritmo impuesto por las elipsis en el relato, muy logrado. La de Álvaro Samaniego sobre el balconing me ha gustado también, aunque hay otras cosas suyas mejores, creo. «Extraños» de Adrián A. Astorgano ha sido una buena sorpresa; no conocía al autor y me ha parecido un muy buen dibujante. Es lo mismo que puedo decir de Xulia Vicente, muy personal. Y la que quizás me ha parecido mejor es la de Ferro, «Orquestra de montería». Tiene cierta influencia de Miguel B. Núñez y una tendencia al horror vacui interesante, que produce páginas abigarradas, estampas de una fiesta de pueblo que tiende a lo sórdido.

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Por último, el GRAF también me sirvió para ponerme al día con los fanzines de Los Bravú, el alias artístico de Dea Gómez y Diego Omil. Los Bravú hacen cómic de vanguardia sin complejos, provienen del arte, se nota y no lo ocultan ni intentan alejarse de sus referencias para hacer cómic de toda la vida. Cambian de estilo y de formatos con naturalidad, no se aferran a la clásica narrativa de pimpampúm, no quieren contar historias, aunque las cuenten. De hecho, recurren a veces al cuento infantil, íntimamente ligado al tono naif que suelen emplear en el dibujo, pero hay giros, y retranca gallega. En fin, que lo que publican es bastante diferente y eso hace que incluso aunque a veces se puedan quedar justo antes de llegar a la meta, sus propuestas me interesan y me parecen autores realmente prometedores. De las tres publicaciones que me traje de GRAF, quiero destacar Un tebeo abstracto en blanco y negro, que es, bueno, un tebeo abstracto en blanco y negro. La verdadera abstracción se ha explorado poco en historieta, y quizás tampoco sea ya momento de hacerlo, no lo sé. Al menos no con los presupuestos que rigieron las vanguardias pictóricas del siglo XX, porque, a fin de cuentas, el cómic no es pintura y la abstracción en él debería articularse de otra forma. Este pequeño tebeo emplea el texto, frases de inspiración surrealista sin continuidad lógica entre sí, acompañadas de páginas con viñetas y formas no figurativas. No sé si la propuesta se agota en sí misma o sirve para construir algo, pero es visualmente muy sugestiva, y logra efectos interesantes y sobre todo bonitos. Me encanta hojearlo y detenerme a observar, sin más.

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Mejor aún me ha parecido la novedad más reciente de Los Bravú: Lujo, calma y voluptuosidad, un cómic de gran formato, con dos enormes viñetas por página. Veo algo de Ed Carosia o de Irkus M. Zeberio en esta historia extraña, que mezcla lo engañosamente costumbrista —una banda de chicas adolescentes— con lo fantástico pop, rollo Johnny Ryan. Humor y estética aderezados con uno de los puntos fuertes de Los Bravú, unos diálogos extraños y únicos. Estamos tan acostumbrados a diálogos naturalistas —de mentira— o textos explicativos influidos por el cine que estas líneas líricas y con un sentido equívoco nos parecen de otro mundo, pero, simplemente, exploran terrenos que el cómic ha dejado siempre de lado, porque ya sabemos que el cómic tiene que contar algo que se entienda o empiezan a saltar todas las alarmas tacañonas. Pero cuando leo algo como «Han pasado eruditos y labriegos a descargar aquí sus pasiones, incluso nos visitó un hombre de oración» me enamoro. Y más con la respuesta: «¿Y eran perros, pájaros o tortugas?» Maravilloso, en su sentido más amplio.

Y hasta aquí el repaso a los fanzines que pude adquirir y de los que tengo algo significativo que decir —que no significa, por supuesto, que sean los únicos fanzines que merezcan la pena; hubo muchas cosas que no pude traerme—. Juventud, innovación y talento. Son tópicos, de acuerdo; también habrá, como en todas partes, muchas cosas chungas. Pero algo veo que no veía hace unos años, unas ganas, un estado de la cosa que ha permtido un rebrote de la autoedición. Hay una generación ahí que puede ser, en cuatro o cinco años, la referencia de la vanguardia. Y si no, da lo mismo: son autores que se lo pasan bien y que hacen lo que les da la gana, y eso es esencial para conectar con el público de los fanzines y progresar. Conviven estilos y filosofías muy diferentes, además, que comparten espacio y una cierta sensación de comunidad que puede respirarse en eventos como GRAF y otros y que me obliga a ser optimista. El mundillo no se acaba; sólo se transforma.

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Los fanzines del GRAF (I).

Con un poco de retraso, quiero comentar algunos —no todos— los fanzines que pude adquirir en el pasado GRAF. Había mucha oferta, y muchas publicaciones que se ponían a la venta por vez primera en esta edición, lo cual tiene sentido y demuestra que los fanzineros conocen a su público y se dan cuenta de lo importante de que la gente que repite cada año encuentre cosas nuevas que comprar. Hay una variedad muy significativa en el tipo de publicación, y también en los formatos. Hay revistas a color y con buen papel, que conviven sin traumas con fanzines muy artesanales en blanco y negro y tiradas casi testimoniales. Es una de las grandes fuerzas de la escena de la autoedición: cada cual hace lo que le da la gana y se inserta en un ecosistema que por definición es variado. Creo que la gente que consumimos fanzines disfrutamos mucho de esa heterogeneidad, que en realidad es la expresión de la voluntad autoral más libre: si voy a montármelo por mi cuenta, qué menos que darle a la obra la forma que me dé la gana. Además de eso, en GRAF se vieron fanzines de todo tipo. Por supuesto el cómic era el protagonista principal, pero había mucho material relacionado con lo gráfico que no era estrictamente historieta. Esta mezcla, completamente natural a poco que no seamos muy rancios con las esencias de las artes, es otro punto de gran interés y permite conocer áreas que no son las que por norma visitamos. Pero también hay fanzines donde es el texto el principal protagonista. En este primer post sobre los fanzines de GRAF, de hecho, voy a centrarme en las publicaciones menos de cómic.

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Y quiero empezar por una de las joyas del GRAF: el especial romántico de Dramáticas aventuras, el fanzine publicado en Madrid por Roberto Bartual y Scari Wo entre otros. Dramáticas aventuras juega con lo pop, lo pulp y lo kitsch para crear un artefacto que basa su valor en la recontextualización de todo ello. Estos rasgos se elevan a la enésima potencia en este especial que parte del apropiacionismo pop de todo lo relacionado con el nazismo y se lo apropia a su vez para producir una parodia de una revista del corazón bastante conocida —ejem— ambientada en la Alemania nazi y centrada en los avatares románticos de Helga Hitler y otras historias. Negro es decir poco: el humor de este Dramáticas aventuras sobrepasa todos los límites y nunca podría publicarse por otro canal más que por éste. Y por supuesto entenderé los reparos que se le puedan poner, porque la apuesta de sus responsables es arriesgada y lo saben, pero a mí me ha parecido una pequeña genialidad, que lejos de reírse de la desgracia satiriza de manera definitiva no sólo el nazismo, sino el negacionismo y la prensa del corazón. Anna Frank recibiendo a una reportera de la revista en su refugio como si fuera la Preysler en su nueva mansión de vacaciones, un cómic romántico supuestamente dibujado por Vince Colleta —o no tan supuestamente, estoy todavía intentando averiguarlo— sobre el romance de Hitler y Eva Braun, otro cómic sobre el romance de Helga por Julián Almazán, y la sección de pasatiempos más burra de la historia: atención a la sopa de letras y los nombres relacionados con «la noble causa de nuestro amado y respetado Füher». Tremendo.

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El segundo número de Bravas es otra de mis adquisiciones favoritas. Se trata de un fanzine que combina las imágenes los textos rotundos y concisos, poéticos aunque sin lirismos superfluos y siempre provocativos, agitadores. Son propaganda en el mejor sentido. Sus artífices son Tania Terror y Mar Cianuro, que no firman por separado su obra. Feminismo directo y juvenil, que cuestiona roles de género sin elaboración teórica, con la inmediatez de textos que parecen ráfagas de metralla, y que están construidos simulando collages hechos de recortes. Destacan «Los inventores del amor» —que es simplemente una lista de esos inventores, pero magistral— y «Orgía. Joya. Nueva maja. Embrujo. Promesa»: «Las nuevas majas seremos brujas, magas, monjas, flexivegetarianas y clitorianas o no seremos».

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Otro fanzine realizado casi íntegramente por mujeres es Amigas, la respuesta del colectivo Carinio Ediciones al Migas Fanthing, donde de hecho colabora Conxita Herrero, una de las responsables de Carinio. Amigas es militante desde lo poético y no renuncia a cierta estética y discurso punk, especialmente en sus textos y en las fotografías. Me gusta el diálogo que establece el fanzine con los amigos masculinos de las autoras y, en realidad, con cualquier lector hombre, para destapar esos mal llamados micromachismos y decir a las claras que no, que los chistes machistas no hacen ni puta gracia —y además son de ser muy cuñao—. Esta autoproclamada «hija lista del Migas» ofrece varias páginas de Conxita Herreros, que es una de las autoras jóvenes que hay que seguir con atención en los últimos tiempos. Como no todas las páginas van firmadas no sé si es ella u otra autora la mano detrás de mis dos páginas favoritas: «Este tebeo se llama “no pasa ná”» y la siguiente, una tira con funny animals muy buena. Pero en cualquier caso es un fanzine con conciencia colectiva, y eso es lo importante. Es además un fanzine de precio libre, consecuentemente con la ideología de las autoras.

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De la misma editorial me traje a casa un minifanzine, La boya, fantástico. Texto ilustrado sobre la experiencia de Hilo Moreno en una expedición científica en la Antártida, enfocada desde un punto de vista lírico y absurdo. Los dibujos de Klari Moreno —sí, los autores son hermanos— son muy interesantes, sueltos pero precisos, con una gran habilidad para el dibujo animal naturalista pero con un toque personal y una subversión de ese naturalismo que consigue con elementos puramente gráficos, a veces: signos de exclamación, por ejemplo.

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Si utilizamos cada vez con más frecuencia la expresión «nosequién se ha pasado internet» igual podríamos decir que Nacho García se ha pasado los fanzines con su calendario 2015 de Jennifer Aniston. Desde luego es una de las cosas más locas que había en GRAF. Consiste, efectivamente, en un calendario con fotografías de la actriz, pero éstas están más o menos trastocadas, o descontextualizadas o… en fin, llega un punto del calendario en que la genialidad de Nacho para decir tanto sin decir nada supera las palabras que se puedan emplear. Detrás del absurdo se esconde a veces el discurso más subversivo, y la obra de Nacho García, tras el aparente sinsentido naif, oculta discurso y oculta ideología.

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Y acabo este post con una de las dos publicaciones nuevas que adquirí de Joaquín Guirao: Inkfest, una recopilación de ilustraciones donde puede disfrutarse del complejo universo de Guirao, que mezcla influencias diversas en un estilo personal y muy atractivo. Hay nonsense clásico, hay animales antropomórficos y cartoon americano clásico, pero también hay algo más, ese algo más que marca a los grandes autores, una verdad personal detrás de todo lo que hace, que dota de una coherencia interna a toda su obra. En las páginas de Inkfest aparecen Sailor Moon y Hellraiser, pero no son simples homenajes; Guirao los hace suyos y habla de sus temas a través de esas citas. La angustia, los traumas, la vida moderna que nos está volviendo locos… todo está ahí, en esas imágenes en las que a veces no pasa nada, simplemente un personaje aparece parado en medio de un escenario. Ésas son, paradójicamente, las ilustraciones que más dicen.

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Inercia, de Antonio Hitos.

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El premio Fnac / Salamandra —antes Fnac / Sins Entido— sigue siendo, tras siete ediciones, un buen referente anual, que ha premiado tanto a autores noveles —Mireia Pérez, Esteban Hernández— como a veteranos —Juan Berrio, Sento—. En su última edición le ha tocado a un seminovel, porque Antonio Hitos, pese a su juventud —29 años— llegó a tiempo de publicar en El Víbora antes de que cerrara. Yo tenía ganas de leer su Inercia, porque los adelantos me llamaban mucho la atención, pero también porque no había leído nunca nada de Hitos. A primera vista su trabajo parecía muy rompedor, y tras la lectura esa impresión se ha confirmado.

Lo primero que destaca de Inercia es su impecable gráfica. Se nota que Hitos se ha esforzado por encontrar un estilo propio muy cerrado y sin referentes obvios, con un acabado limpio y geométrico. Al ver la manera en la que traza las formas de un camión de basuras, un monitor de ordenador o un edificio, con meticulosas líneas rectas, uno puede pensar en Chris Ware —porque es tan inmensa su sombra que se le ve en todas partes— o en David Sánchez, pero en realidad creo que el efecto que consigue Hitos es diferente, porque la clave no está tanto en la aparente asepsia con la que se reproducen los objetos reales, sino en la repetición de los mismos y en el toque irreal que le da el magnífico color que ha aplicado: con un magenta, un amarillo y un azul verdoso el mundo tiene que ser, por narices, un lugar extraño.

La repetición que mencionaba hace un momento es esencial también para que Inercia consiga capturar de manera visual la apatía de sus dos protagonistas, Jaime y Juan, jóvenes españoles de su tiempo —de nuestro tiempo— con trabajo precario y sin ningún trabajo respectivamente, sin expectativas de futuro y sin nada que anime sus días. El formato escogido por Hitos se basa en una plantilla de 3 x 3 —a lo Watchmen— con variaciones mínimas que además se limitan a formar una viñeta el doble o el triple de grande que una normal. Además de eso el uso de planos fijos le permite repetir una y otra vez el mismo escenario o los mismos objetos construidos con líneas rectas, lo cual le da a las páginas un aspecto de celda agobiante perfecto. Las páginas están tan bien planificadas que funcionan incluso sin leer el tebeo, sólo con hojearlo. Además Hitos emplea el efecto máscara y coloca a personajes no realistas, dibujados de un modo muy peculiar, sobre los escenarios casi vectoriales. Es una propuesta provocativa y arriesgada, estudiada al milímetro y que funciona como un tiro.

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A través de esa monotonía de delineante es como mejro puede mostrarse ese lento pasar de los días, todos iguales entre sí, sin salida alguna. La inercia del título alude a la abulia que puede apoderarse de uno cuando el entorno es tan deprimente como el que soportamos la mayoría de miembros de una generación a la que nos habían contado que la vida iba a ser otra cosa. Pero Antonio Hitos no nos exculpa ni convierte su tebeo en una exposición sobre la crisis. Es un viaje personal, una visión instrospectiva donde casi todo está contado a través de lo gráfico: los símbolos y las métaforas visuales son el realidad el centro de Inercia. Es una apuesta ambiciosa por parte de Hitos, y creo que aunque no siempre consigue acertar, es uno de esos claros casos en los que asumir riesgos es ya un valor en sí mismo. La osadía del autor y el descaro con el que sale del terreno seguro del costumbrismo para llegar más allá y dotar de sentido al estilo que escoge son tales que minimizan los fallos que pueda tener. Que tampoco son tales; son más bien excesos, alguna secuencia alegórica que no termina de encajar, por ejemplo la de las páginas 70-71. Aunque la potencia gráfica no se le niega, claro: Hitos es un dibujante técnico soberbio, y si peca de algo es de gustarse demasiado en algún momento puntual, por gozoso que sea para los lectores —es alucinante cómo dibuja, por ejemplo, una cabeza de ducha (p. 20). Por otro lado me parece claro que su intención con todos esos recursos simbólicos y metafóricos no es la de ser unívoco y transparente, aunque tampoco sea especialmente críptico. La cucaracha que mancilla la limpieza hospitalaria de las viñetas de Inercia, el monopatín roto, el gran ojo que flota junto a Jaime… sugieren todos una misma idea y al mismo tiempo permiten al lector que interprete lo que quiera.

En ese universo simbólico sorprenden y descolocan un poco el par de escenas que suceden en la tienda donde trabaja Jaime, las típicas anécdotas con base real de clientes locos. Las librerías y tiendas de discos son una buena fuente cómica para la ficción —me vienen a la cabeza sin pensarlo mucho algunas páginas del Malas ventas de Alex Robinson o la serie que desarrolló Mireia Pérez en Caniculadas el pasado verano—, pero aquí no acabo de entender el sentido de su inclusión.

Leyendo Inercia he recordado otro cómic español reciente, Ikea Dream Makers de Cristian Robles. Al margen de que tengan en común la importancia de lo visual, ambas obras hablan de la alienación, aunque la manera en la que enfocan el tema son casi opuestas: Robles se lleva la acción a un mundo que claramente no es el nuestro y desde él desarrolla una alegoría de moraleja obvia, en su final, mientras que Hitos se mantiene a este lado de la realidad y los elementos fantásticos no son nunca reales; tampoco alcanza ninguna certeza.

Muy al contrario, a partir de determinado momento, cuando Juan da un paso adelante y se marcha con su novia al extranjero —que en el fondo no deja de ser otra manera de dejarse llevar— Inercia se vuelve aún más simbólico, y al quedarse Jaime solo el silencio adquiere mayor presencia. El incierto final es consecuente con el desarrollo y remata un tebeo que no es redondo porque no lo necesita en absoluto. Pocas veces un estilo tan inhumano puede transmitir de modo tan directo sensaciones completamente humanas. La limpieza técnica, que a menudo es un filtro que amortigua la fuerza de las ideas del autor, aquí juega a su favor y multiplica su impacto. Dibujar la depresión y la desorientación que padecemos no es nada fácil, pero Hitos lo consigue. Y con Inercia se planta con firmeza en el escenario del cómic español contemporáneo, en el que la vanguardia no es incompatible con el compromiso social y la necesidad de hablar del aquí y el ahora.

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Orgullo y Satisfacción n.º 3, de VVAA.

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Un mes más tenemos nueva entrega de Orgullo y Satisfacción, su tercer número, y me parece interesante decir unas palabras del mismo porque viene con muchas novedades. Eso por sí sólo ya es una señal. Ajustar una publicación humorística lleva tiempo, y en ese proceso —que en realidad, como demuestra examinar un periodo amplio de cualquier cabecera, nunca termina— es importante la autocrítica y las ganas de ser cada vez mejores.

Lo primero que destaca es que se ha reducido el peso del tema monográfico en el conjunto de la revista. Me parece buena idea porque ahí tienes dos vías: o temas transversales muy amplios —como la democracia del primer número— o temas concretos que sean noticia de tal importancia que justifique que se le dedique el número. Pero los temas transversales de acaban y los concretos dependen de la actualidad, que últimamente está más por la inundación que por el impacto único. Por eso es un acierto que la revista se diversifique y atienda a la cantidad tremenda de mierda que ha tocado tragar en octubre: la gestión del ébola, las tarjetas black de la antigua Cajamadrid, la corrupción que alcanza ya niveles infames, el pequeño Nicolás —símbolo de hasta qué punto está podrido esto—, la vergüenza de la valla de Melilla… Esta mezcolanza no sólo sirve para cubrir toda la actualidad, sino que también ayuda a que la revista sea variada y la lectura sea más divertida aún. En esta primera parte de OyS destacaría dos páginas bestiales de Bernardo Vergara sobre la actuación de la Guardia Civil en Melilla, sus chistes recurrentes sobre Nicolás a una página con texto al pie, la aventura de Guillermo sobre el «Partido Socialista Obsoleto Español», el repaso de Morán y Triz a los desgloses de gastos de las tarjetas black —impagable el notas que pagó figuritas de Warhammer con su tarjeta, a la que me juego el cuello que llamaba «Black Lotus»—, y algún chiste de Toni y Malagón, que ofrecen las colaboraciones más cercanas al humor gráfico tradicional de viñeta política. Aunque creo que el pelotazo de este número, o uno de ellos, es la historia larga de Alberto González Vázquez sobre Mariano y su reacción ante el ébola. Mejor no decir nada y leerla sin más.

Otra novedad está en las series que varios colaboradores de la revista han puesto en marcha. Las series, creo, a menudo son un arma de doble filo: crean personajes icónicos que ayudan a fidelizar a los lectores y sobre todo permiten evolución, pero al mismo tiempo pueden acabar siendo un lastre cuando continuar con ellas se convierte en una obligación. Como en OyS no hay un gran consejo de administración detrás dudo que esto último pase, y de momento las propuestas prometen. Manel Fontdevila ha creado «Adonis, activista de la pista», que es una serie de temática poco definida que le va a permitir satirizar ciertas actitudes de cierta izquierda, y que seguro que Fontdevila afina muy pronto. «Tebeos basura» de Paco Sordo me ha encantado: se trata de una especie de cajón de sastre lleno de chistes-idea y de juegos de palabra dibujados, que aporta algo diferente al conjunto de la revista. Y también me han gustado mucho las series de Manuel Bartual y Paco Alcázar. «Bienvenidos al futuro», del primero, es una idea brillante —hablar del hoy desde un hipotético mañana en el que se vean sus consecuencias— y con el personaje del fantasma del abuelo que habla como si estuviera en Twitter se ha ganado el cielo del humor. Y «La gran época» es la versión jodida de una sitcom que sólo la mente de Alcázar podría parir.

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El tema monográfico se concentra, en este caso, en un dossier de veinte páginas que aparece justo antes de «Últimas Letizias». Viene dedicado a la cuestión catalana y el enfoque que tiene me ha encantado porque satiriza a las dos partes y no se queda en la superficie del problema. Cuando el humor político es bueno debe cabrear a todos, y estoy seguro de que este dossier va a hacerlo. Triz retrata a Rajoy y Mas como dos críos enfadados, por ejemplo, y Monteys va más allá en unas páginas brillantes que analizan el nacionalismo de todo signo y expone sus contradicciones y, sobre todo, que es una cuestión totalmente emocional. «¡Estar orgulloso de cosas que te han costado cero mola!»: me quito el sombrero. Las dos páginas de Luis Bustos son un despliegue gráfico apabullante, a la altura de su último trabajo largo, Versus. Y las aportaciones de Fontdevila son palabras mayores. Tenemos aquí al mejor Manel: ácido, analítico, desplegando todos los recursos de la historieta para contar de una manera directa —que no gustará a nadie totalmente— el proceso independentista. Sé por declaraciones suyas que llevaba tiempo queriendo dar su visión de estas cuestiones, y el resultado es fabuloso, sobre todo porque expone las contradicciones de ambas partes y dirige el tema a quienes deberían ser sus protagonistas: los ciudadanos.

«Ultimas Letizias» sigue en su tónica habitual ofreciendo chistes rápidos, que tienen sobre todo la frescura de la inmediatez frente a la reflexión que el tiempo permite en el resto de la revista. Hay chistes muy coyunturales que no se van a entender pasado mañana y otros que entroncan con problemas más amplios que seguirán presentes el mes que viene, por desgracia. Y, claro, hay chistes mejores y peores, pero varios flashazos de genio. Por ejemplo, la tira sobre Teresa Romero de Monteys, o la viñeta de Bartual sobre Renée Zellweger.

Peeero no se vayan todavía, ¡que aún hay más! Este mes viene con sorpresa para los suscriptores: un especial sobre la muerte de Juan Carlos I antes de que se produzca, de 23 páginas. Me ha encantado de principio a fin, sobre todo porque recuerda que Orgullo y Satisfacción está aquí para hablar de lo que no puede hablarse en otros medios. Los chistes sobre el hermano del exrey muerto de un balazo, Corinna, Bárbara Rey y otras aficiones del campechano entran en ese campo, y arriesgan bastante. Así que bravo por ello, porque nunca podemos olvidar de qué va todo esto, y por qué nació OyS.

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Silvio José enamorado, de Paco Alcázar.

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Paco Alcázar ha convertido a Silvio José en uno de los iconos del cómic español. Aún es pronto para saber si está a la altura de los grandes personajes de Bruguera, pero yo desde luego tengo claro que nadie ha sabido capturar nuestro zeitgeist —toma ya— como esta serie protagonizada por un caprichoso, asocial y totalmente aempático mostrenco que se parece a nosotros más de lo que podemos reconocer.

Silvio José, destronado fue posiblemente la culminación de la saga de Silvio José porque al desproveerlo de sus atributos y expulsarlo de su paraíso, al obligarlo a recorrer su propio camino del héroe, Alcázar invertía —o subvertía— los valores morales que normalmente convenimos en considerar buenos. De pronto ese tirano insoportable nos conmovía y emocionaba en su determinación de recuperar su felicidad y no renunciar a sus principios… aunque estos sean retorcidos.

Una vez que Silvio ha vuelto a casa y el estatu quo se ha reestablecido, las siguientes páginas —que son con las que arranca este último tomo— parece que van a ofrecer variantes más o menos ingeniosas de lo que ya hemos visto hasta ese momento, con la ventaja, eso sí, de que Alcázar tuvo hace mucho tiempo la vista de empezar a intercalar aventuras de los personajes secundarios y crear nuevos ecosistemas, como el zoológico, el colegio donde trabaja el profesor Hermoso o la novedad en este tramo final de la serie, el parque de atracciones, un entorno con sus propias reglas que funciona como un tiro, a la altura del zoológico. Uno podría caer en el error de pensar que llegada a este punto la serie está tan asentada y su universo tan desarrollado que las historias se escriben solas, pero por supuesto no es así. De hecho precisamente porque existe el riesgo de la inercia hay que estar más despierto y no dejarse llevar.

Alcázar lo consigue casi siempre. No pierde frescura, exprime bien a los secundarios —con frecuencia lo mejor de la serie, y no porque Silvio no sea un personaje tremendo—, inventa nuevas situaciones cada cierto tiempo… y cuando parecía que estaba todo dicho nos mete en un periplo amoroso. Y tiene todo el sentido, claro: ¿qué es lo único que le faltaba por hacer a Silvio? Enamorarse.

Evidentemente, Silvio no mejora ni un ápice cuando descubre el amor al encontrarse con la mujer de sus sueños hecha carne. Al contrario: saca lo peor de sí mismo —lo peor de Silvio es… bueno, os podéis hacer una idea—, se vuelve más obsesivo, egoísta y envidioso. Tras una primera relación con la mujer de sus sueños que acaba en desastre —algo lógico con Silvio en medio, pero, realmente algo de reflexión general sí veo en esto— y un escarceo loquísimo con una chica que piensa que Silvio es un artista conceptual, acaba dando con la horma de su zapato: Silvia, su vecina de abajo, la legendaria crítica de videojuegos que lleva años leyendo, y que pasará bastante de los intentos del tipo por conquistarla. Curiosamente, no he sentido en este tramo la simpatía que sí sentí cuando Silvio perdió su casa, porque aquí en ningún momento quiero que triunfe.

Por el camino, Paco Alcázar ya empieza a soltarse el pelo con páginas del tipo que está haciendo ahora para otros medios o que había hecho en algunos especiales de El Jueves, por ejemplo, la página 30 donde emplea su señalética surrealista, o una página brillante donde él, que ha hecho del texto el centro de sus viñetas, prescinde de él en la mitad de las mismas para lograr un efecto cómico brutal (página 71).

Los sucesos que acabaron con una veintena de dibujantes dejando de colaborar con El Jueves precipitaron el final de «Silvio José». Para la edición en libro, a cargo como siempre de Astiberri, Alcázar ha dibujado unas páginas finales que más que cerrar la serie parecen dejarla hibernando. La solución no sólo es divertida sino que incide, a través de la metarreferencia, a las circunstancias externas que precipitaron el final, y al mismo tiempo puede verse como una declaración sobre por dónde tirará ahora el autor: territorios menos convencionales, más absurdos e ilógicos. El Alcázar más radical que ya hemos visto en las antologías El manual de mi mente y Daño gratuito parece estar de vuelta, aunque nunca se ha marchado realmente. Y en cuanto a Silvio José, vuelva o no, ya es parte destacada del cómic español. Pocas series pueden mantenerse durante tantos años a tan alto nivel y ofrecer momentos tan brillantes incluso en fases tan avanzadas de su historia. Silvio José es seguramente el personaje más importante de los últimos cinco años, sin más.

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