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Silvio José enamorado, de Paco Alcázar.

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Paco Alcázar ha convertido a Silvio José en uno de los iconos del cómic español. Aún es pronto para saber si está a la altura de los grandes personajes de Bruguera, pero yo desde luego tengo claro que nadie ha sabido capturar nuestro zeitgeist —toma ya— como esta serie protagonizada por un caprichoso, asocial y totalmente aempático mostrenco que se parece a nosotros más de lo que podemos reconocer.

Silvio José, destronado fue posiblemente la culminación de la saga de Silvio José porque al desproveerlo de sus atributos y expulsarlo de su paraíso, al obligarlo a recorrer su propio camino del héroe, Alcázar invertía —o subvertía— los valores morales que normalmente convenimos en considerar buenos. De pronto ese tirano insoportable nos conmovía y emocionaba en su determinación de recuperar su felicidad y no renunciar a sus principios… aunque estos sean retorcidos.

Una vez que Silvio ha vuelto a casa y el estatu quo se ha reestablecido, las siguientes páginas —que son con las que arranca este último tomo— parece que van a ofrecer variantes más o menos ingeniosas de lo que ya hemos visto hasta ese momento, con la ventaja, eso sí, de que Alcázar tuvo hace mucho tiempo la vista de empezar a intercalar aventuras de los personajes secundarios y crear nuevos ecosistemas, como el zoológico, el colegio donde trabaja el profesor Hermoso o la novedad en este tramo final de la serie, el parque de atracciones, un entorno con sus propias reglas que funciona como un tiro, a la altura del zoológico. Uno podría caer en el error de pensar que llegada a este punto la serie está tan asentada y su universo tan desarrollado que las historias se escriben solas, pero por supuesto no es así. De hecho precisamente porque existe el riesgo de la inercia hay que estar más despierto y no dejarse llevar.

Alcázar lo consigue casi siempre. No pierde frescura, exprime bien a los secundarios —con frecuencia lo mejor de la serie, y no porque Silvio no sea un personaje tremendo—, inventa nuevas situaciones cada cierto tiempo… y cuando parecía que estaba todo dicho nos mete en un periplo amoroso. Y tiene todo el sentido, claro: ¿qué es lo único que le faltaba por hacer a Silvio? Enamorarse.

Evidentemente, Silvio no mejora ni un ápice cuando descubre el amor al encontrarse con la mujer de sus sueños hecha carne. Al contrario: saca lo peor de sí mismo —lo peor de Silvio es… bueno, os podéis hacer una idea—, se vuelve más obsesivo, egoísta y envidioso. Tras una primera relación con la mujer de sus sueños que acaba en desastre —algo lógico con Silvio en medio, pero, realmente algo de reflexión general sí veo en esto— y un escarceo loquísimo con una chica que piensa que Silvio es un artista conceptual, acaba dando con la horma de su zapato: Silvia, su vecina de abajo, la legendaria crítica de videojuegos que lleva años leyendo, y que pasará bastante de los intentos del tipo por conquistarla. Curiosamente, no he sentido en este tramo la simpatía que sí sentí cuando Silvio perdió su casa, porque aquí en ningún momento quiero que triunfe.

Por el camino, Paco Alcázar ya empieza a soltarse el pelo con páginas del tipo que está haciendo ahora para otros medios o que había hecho en algunos especiales de El Jueves, por ejemplo, la página 30 donde emplea su señalética surrealista, o una página brillante donde él, que ha hecho del texto el centro de sus viñetas, prescinde de él en la mitad de las mismas para lograr un efecto cómico brutal (página 71).

Los sucesos que acabaron con una veintena de dibujantes dejando de colaborar con El Jueves precipitaron el final de «Silvio José». Para la edición en libro, a cargo como siempre de Astiberri, Alcázar ha dibujado unas páginas finales que más que cerrar la serie parecen dejarla hibernando. La solución no sólo es divertida sino que incide, a través de la metarreferencia, a las circunstancias externas que precipitaron el final, y al mismo tiempo puede verse como una declaración sobre por dónde tirará ahora el autor: territorios menos convencionales, más absurdos e ilógicos. El Alcázar más radical que ya hemos visto en las antologías El manual de mi mente y Daño gratuito parece estar de vuelta, aunque nunca se ha marchado realmente. Y en cuanto a Silvio José, vuelva o no, ya es parte destacada del cómic español. Pocas series pueden mantenerse durante tantos años a tan alto nivel y ofrecer momentos tan brillantes incluso en fases tan avanzadas de su historia. Silvio José es seguramente el personaje más importante de los últimos cinco años, sin más.

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Versus, de Luis Bustos.

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Luis Bustos lleva el tiempo suficiente en el negocio del cómic como para haber conocido tiempos difíciles, más difíciles que los actuales. El páramo de los noventa explica que autores más jóvenes tengan más producción que la generación de Bustos —por supuesto teniendo en cuenta todas las particularidades de los casos concretos, hablo grosso modo—: no existe ese peso que atenazó a muchos autores, algunos mayores que Bustos y otros de su quinta, sobre qué podía hacerse y cómo. Este autor pareció quitarse buena parte de ese lastre de encima con Endurance (Planeta, 2009), que es una muy buena novela gráfica, pero es una muy buena novela gráfica de 2009. Cinco años parecen pocos, pero en el cómic español es una eternidad. En esos cinco años han pasado muchas cosas, entre ellas la aparición de obras como Aventuras de un oficinista japonés de José Domingo (Bang, 2011) o El héroe de David Rubín (Astiberri, 2011-2012) que junto con otras abrieron caminos nuevos y expandieron los límites de lo que podía hacerse; cada vez es más evidente. En estos últimos años se están desterrando muchos complejos históricos y muchos tabúes. Se está demostrando que en España sí se puede.

Cuento todo esto antes de entrar a valorar Versus, la última obra de Bustos, porque es una reflexión que he tenido siempre en mente mientras duraba su lectura. En este tebeo de formato atípico —un signo de los tiempos—, magníficamente editado por una pequeña editorial  —otro signo más— que no acumula aún ni una decena de referencias en su catálogo como es Entrecomics Comics, creo muy evidente que su autor se ha vaciado. Que no ha calculado la ganancia, ni las horas que merecía la pena invertir. Luis Bustos, me parece, ha hecho en Versus lo que he le ha dado la gana y ha llegado tan lejos como ha podido: ha echado el resto porque, bueno, si no, para qué meterse en historias, si la vida te la resuelves por otra parte. Creo que él, como muchos otros autores, ha tomado conciencia de que las cosas no van a cambiarse solas y que el primer paso es hacer no sólo buenas obras, sino obras sinceras como ésta.

 

Versus adapta libremente un relato de Jack London, A piece of steak, una historia sobre un viejo boxeador, pero como los buenos adaptadores Bustos se lleva el texto original a su terreno para realizar una obra intrínsicamente personal y desatar todo su talento como dibujante, que está a la altura de los mejores del panorama español. Y pocos cómics pueden leerse que merezcan el apelativo de tour de force más que éste. Versus es un pulso constante en el que Bustos libra su propio combate y se obliga a salir de su zona de seguridad para sorprender en cada página, para que cada viñeta, como cada golpe en una lucha sobre el cuadrilátero, importe. La estructura que adopta intercala flashbacks para mostrar cómo se ha llegado al combate que se narra en forma directa y permite a Luis Bustos un relato de ritmo clásico, en el que subimos y bajamos la intensidad pero que mantiene una línea ascendente que estalla justo cuando debe… Y que deja al lector impresionado en su final.

Una de las cosas más interesantes de Bustos como dibujante es su habilidad para imitar y destilar influencias sin dejar de ser él. Lo hemos visto, por ejemplo, en sus colaboraciones en Orgullo y satisfacción. En Versus resuenan los ecos de Jack Kirby, Will Eisner o Frank Miller, pero también de muchos mangakas, sobre todo de Osamu Tezuka, admirado por Bustos, quien no mira sólo hacia atrás, sino también a los lados, como si fuera consciente de que Versus tiene que ser una obra de su tiempo un cómic español de 2014 que se encuadra en unos presupuestos determinados. El equilibrio entre intelectualización del trabajo propio y la visceralidad que pide un un relato como éste es casi perfecto: Bustos consigue páginas salvajes, furiosamente expresionistas, sobre todo cuando, en el asalto final, deja que el pincel corra desbocado en unas páginas que pienso que no están al alcance de muchos dibujantes, de aquí o de fuera, da lo mismo.

 

En este relato clásico de héroe crepuscular hay mucha amargura. El viejo Tom King lo fue todo, pero ya no es nada. Sus tiempos de gloria pasaron y sólo queda jugársela contra un muchacho insolente que empieza ahora su propio camino hacia la fama y el éxito. Más allá de ciertos elementos del relato original propios de la época que suenan hoy un tanto huecos —me refiero al melodrama presente en cuestiones como el ultimátum de la esposa de King— Versus funciona a un nivel simbólico y mítico perfectamente en el momento en el que entendemos que la lucha entre King y el joven Jesse Sandel es una lucha ancestral entre lo viejo y lo nuevo, entre la experiencia y la fuerza de la juventud, y que se repetirá siempre, porque estamos condenados a declinar y ser superados por los que vienen detrás. King lucha, en el fondo, contra sí mismo.

Es imposible no empatizar con él y vibrar con cada golpe que dibuja Bustos, que revienta cánones y rompe el diseño de página constantemente, y que juega de forma inteligentísima como el diseñador que es con tipografías, rótulos y el propio diseño del libro, por no hablar de su soberbio uso de las tramas que imitan el zip-a-tone e introducen los matices en un blanco y negro de contraste tan rotundo como el de los mangas de Tezuka.

 

Con Endurance, creo que Luis Bustos hizo un gran tebeo como es debido. Ahora, cinco años después, su propia evolución como artista y el contexto que lo rodea le han permitido hacer una gran novela gráfica libre de ciertos valores que en 2009 todavía pesaban en la idea que de la novela gráfica podía tenerse entonces. Porque, es obvio pero parece que haya que recordarlo de vez en cuando, los conceptos culturales están vivos y mutan constantemente, y las cosas nunca son iguales en diferentes momentos ni pueden sustraerse de ellos. Lo mejor de Versus es el propio Versus; el placer primario y el goce estético que aporta a quien lo lea. Pero además cuando uno termina de leer este cómic de vanguardia que demuestra que la vanguardia puede ser comercial —porque lo comercial hoy no es lo que era comercial hace veinte años— queda una sensación de lo más agradable, y que también se encuentra en otras obras fantásticas de la actualidad: esto es sólo el principio, el golpe en la mesa que antecede a obras mejores aún.

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Orgullo y satisfacción n.º 2, de VVAA.

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Tras revolucionar el mercado del cómic digital y vender nada menos que 35.000 ejemplares durante el verano, Orgullo y satisfacción se convirtió en revista mensual y en un proyecto sólido y, de momento, viable para sus autores. Pasada la novedad, lo normal es que la salida de cada número no sea noticia y la revista se integre en la cotidianidad del mercado, pero me apetece, al menos, comentar algunas cosas concretas de este segundo número, dedicado al trabajo.

El número se abre con una historieta de Monteys que muestra la reunión de redacción para decidir los contenidos de esta segunda entrega. Aparte de la gracia innata que tiene —con ese Guillermo sustituido por fotografías de Alain Delon porque a Monteys no le sale bien—, la historia es interesante porque introduce el elemento metanarrativo y con él la historia de la propia publicación y su mecánica de funcionamiento, que desde el principio han estado en primer plano.

Después de esa introducción los contenidos aparecen más ordenados, más de revista que en el número 1. Hay un índice, una primera parte miscelánea, y un dossier central que concentra las páginas relacionadas con el tema del trabajo, más la sección de «Últimas Letizias» con temas de última hora que entran con la escasez de margen que permite la edición digital. Si no me equivoco todos los colaboradores de los primeros números están aquí, aunque en algunos casos con chistes puntuales, como los de Asier y Javier. Pasada la sorpresa el nivel se mantiene, aparecen series nuevas y otras continúan: me parece un acierto que no se caiga en la rutina ni en la conveniencia de la fórmula que funciona.

Y sobre todo me parece un acierto la libertad total que se le está dando a todos los autores. Los que son humoristas gráficos más puros, como Malagón o Mel, hacen lo que saben y lo hacen muy bien. Luis Bustos y Paco Alcázar, por su parte, hacen básicamente lo que les da la gana y están simplemente geniales. Las páginas de anuncios falsos de Bustos —a lo Chris Ware, para entendernos— es de antología, y la historia de la piscina de Alcázar certifica que, sea cual sea el tema, este autor tiene la virtud de llevárselo a su universo, que me parece uno de los más ricos del panorama nacional.

 

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Triz, ya sea junto a Morán o en solitario, está cada vez mejor. Bernardo Vergara es uno de los que más dibujan y está tan fino y tan demoledor como siempre. Guillermo, pese a que no siempre acierta, cuando acierta es brillante, y además me parece el mejor caricaturista de la actualidad. Sus retratos tienen la cualidad de los grandes satíricos: deforman el rostro y el cuerpo para mostrar el carácter y sobre todo la misera moral de la calse política. Es decir, destapan la verdad que late bajo la apariencia a través del dibujo y de su visión.

Monteys no llega a los niveles de «El ecosistema ibérico» del número uno pero tiene páginas brillantes, especialmente las primeras, ya mencionadas, y la del voto de los antiabortistas. Monteys está en estado de gracia desde hace tiempo, y pare páginas con la facilidad, al menos aparente, que le corresponde a ese estado. Manuel Bartual da un par de lecciones de síntesis en tiras de viñetas que funcionan como un tiro y que condensan verdaderas historias completas.

 

Y Manel Fontdevila, bueno, me parece que pocos se acercar hoy por hoy a su nivel. Casi todo lo (mucho) que dibuja en este número me parece brillante, pero «¡Matar a Pujol» es increíble. Lo tiene todo y es de lo mejor que he leído últimamente, en cualquier género. Fontdevila, además de la mirada certera y afilada, de esa cualidad tan útil en el humor político de ir casi siempre un poco más allá de lo obvio, otra cosa esquiva e indefinible: la gracia. Él la tiene; la tienen sus dibujos y la tienen sus textos, y la manera en la que desarrolla esas historias de extensión media en las que parece sentirse totalmente libre.

En conjunto, me gusta que este número de Orgullo y Satisfacción no vaya a lo fácil, atizar a los empresarios únicamente, y tire a los sindicalistas, y a los propios trabajadores, víctimas la mayoría de los casos, sí, pero en ocasiones demasiado acomodaticios y sumisos. Todo tiene una presencia proporcionada y coherente que evidencia la excelente labor de coordinación que se esconde detrás de la revista.

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Justine, de Gauthier.

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Llevo un par de semanas queriendo escribir sobre Justine, un cómic muy breve de Anne Charlotte Gauthier que ha sido el primero publicado por Diminuta Editorial. En realidad me doy cuenta de que tampoco tengo demasiado que decir, pero tal vez sea mejor así, porque el cómic es breve y conciso por un motivo.

En la presentación de Diminuta de hace unos días, en la que participé, dijo Mireia Pérez sobre Justine que debería repartirse en los colegios para ser leído por los adolescentes. Y estoy totalmente de acuerdo con ella. Este cómic de dibujo sencillo y claro, de pocas viñetas por página y síntesis total en su argumento, constituye un panfleto, en la mejor de las acepciones de la palabra: es un arma de lucha política. Una historia que de manera muy cruda y directa —sin reflexiones en forma de narrador, por ejemplo— expone el camino de una persona en su búsqueda de una identidad. Su dilema es de género y sexo: de niña se sentía niño, en la adolescencia tuvo que pasar por la dura experiencia de sentir unos cambios en su cuerpo que evidenciaban aún más su malestar. Después empieza el tortuoso deambular por consultas de médicos, sobre todo psiquiatras, hasta dar con uno que entiende la situación y prescinde de protocolos para procurarle herramientas con las cuales se construya una identidad y un cuerpo con los que sentirse plenamente satisfecho.

Justine habla de algo que en el fondo va más allá de un cambio de sexo. Trata sobre la libertad individual para construirse una identidad y liberarse de la programación de género y del código binario implacable: o mujer u hombre. Explica, de una manera totalmente clara, que definirse como una u otro no es sinónimo de felicidad, y que encajar en un modelo concreto de sexualidad es más tranquilizador para los que te rodean, pero devastador para uno mismo. Por eso me parece tan interesante que Gauthier muestre no sólo el proceso de maduración personal de Justine / Justin, sino las reacciones de su entorno, que vive, especialmente su madre, su propio proceso de aceptación.

Como decía antes, veo Justine como un arma, y por tanto un cómic dibujado con un objetivo concreto en mente. Por eso aunque creo que el desarrollo es precipitado y todo lo que se cuenta habría necesitado más páginas, veo bien que se sacrifique todo eso para alcanzar el objetivo del tebeo. De hecho, también pienso que el efecto va más allá del buscado, y que Justine tiene algo que decir a cualquier persona que se esté buscando a sí misma, en el terreno sexual o en cualquier otro. Porque su mensaje trata de que hay que olvidar ese tópico que dicta que hay que aceptarse tal y como se es y aprender, poco a poco, a tomar las riendas y construirnos a nosotros mismos.

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Lecturas dominicales.

Voy a aprovechar la tarde domingo para comentar un par de cosas de tres cómics que he leído en los últimos días, uno de cada punta del planeta, casualmente.

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El primero es en realidad el último que he leído, hace unos minutos: Las analectas de Confucio. El manga. Sí, justo: un nuevo manga filósofico publicado por East Press Co. en Japón y por Herder en nuestro país. Ya me he declarado alguna vez fan de estos cómics, aunque aún me queden varios por leer: la mezcla de recursos narrativos y visuales típicos del shônen, tono didáctico y referencias pop loquísimas dan como resultado un producto que si bien nunca pierde de vista lo que es y cuál es su función no deja de sorprender y de encontrar nuevos caminos para la adaptación de textos políticos, filosóficos y literarios clásicos. Las analectas se ha convertido en uno de mis favoritos, o al menos su primera parte, porque el tomo que ha publicado Herder es doble y está compuesto de dos tomos japoneses. Mientras que en títulos anteriores los guionistas optan por llevar la acción a la época del autor del texto original, en esta ocasión toman el camino inverso: el manga comienza con el atentado del 11 S y la frase «Estamos en el siglo XXI, y sin embargo…», que deja claro que tratarán de demostrar que las enseñanzas del sabio chino tienen validez en el mundo actual. Y entonces, viene la genialidad: en realidad la lección de ética y moral aparece inserta en una trama de manual de típico manga de instituto, con un protagonista positivo y optimista, una chica seria y melancólica —pero que, felizmente, no quiere ser ni cantante, ni actriz ni madre de familia, sino investigadora— y un «antagonista» hosco y malrrollero. Y en ese contexto se escenifican las típicas tensiones generacionales, que se resuelven, finalmente, gracias al pensamiento de Confucio, que introduce en el instituto una profesora sustituta que tiene… CABEZA DE VACA. Tal cual. Por supuesto, eso no es un problema para que dé clase y se gane a sus alumnos, que aprenderán valiosas lecciones de vida escuchándola hablar de Confucio. Sólo en Japón es posible una locura así. La segunda parte es más convencional y pesada como lectura: diez años después, los estudiantes de la profesora Muu se reúnen con motivo de su muerte, y uno de ellos, que ha llegado a ser profesor de filosofía, narra a los demás la biografía de Confucio. Aquí echo en falta un poco de crítica o por lo menos mesura hacia la figura del pensador, que se aborda prácticamente desde la hagiografía. Ni todo lo que enseñó puede aplicarse tal cual hoy ni muchas de sus ideas no dejan de ser fuertemente conservadoras y conformistas. Pero incluso aunque tengamos en cuenta sólo la primera parte de este tomo, es un manga divertidísimo y tan marciano que se lee con mucho gozo.

los hijos de sitting bull

El siguiente cómic ha sido publicado por Astiberri recientemente: Los hijos de Sitting Bull, de Edmond Baudoin. Baudoin, que me parece un gran dibujante y del que valoro su capacidad para cambiar de técnica y estilo, suele dejarme un poco frío, al menos con el par de cómics suyos que he leído. Nada que objetarle, pero tampoco nada que me llegue de verdad. Los hijos de Sitting Bull iba por ese camino, pero ha acabado por sorprenderme gratamente. Se trata de una biografía del abuelo del propio Baudoin, que emigró a Norteamérica y conoció a, entre otros, Sitting Bull y Buffalo Bill. Es un relato poco denso, por momento casi una memoria ilustrada, y el tono equidistante y descriptivo de Baudoin no parece el más adecuado. Sin embargo, hay algo interesante: el uso de la fotografía como «certificado de verdad», tanto de personas como de documentos que demuestran que lo que cuenta el autor sucedió tal cual… o no, por supuesto, porque, en el fondo, esas fotografías sólo certifican una parte de esa verdad: efectivamente existen referentes tras esas imágenes, que, por extensión, también son percibidos como los referentes de los dibujos de Baudoin, a pesar de que su estilo sea tan poco realista. De alguna forma las fotos fijan los dibujos a la realidad, les añaden un valor de cara al lector, que recibe un mensaje claro: así es como sucedió. Pero se trata de un recurso más al servicio de la narración y, quizás, de la ficción. Supongo que andar en estos días leyendo y pensando sobre todo esto ha hecho que leyera Los hijos de Sitting Bull en esta clave, en una de esas coincidencias felices que suceden cuando uno se centra en un tema. No quiero terminar con el cómic de Baudoin sin comentar que cuando la biografía se transforma en autobiografía y el autor se siente libre de abandonar la neutralidad gana muchos enteros, quizás porque se vuelve más personal, o más sincero… En el breve relato de su viaje a América para documentar la historia de su abuelo hay más verdad que en todo lo anterior. Con un estilo sencillo, de frases cortas, que en parte me ha recordado al tono que suele emplear Emmanuel Guibert, me ha implicado e interesado mucho más. «… Me siento en un neumático. Dibujo lo que tengo enfrente. Se acercan unos niños. Viene un hombre que los coge de la mano. No soy bienvenido». Muy bien.

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El último de los cómics de los que quiero escribir hoy también ha sido publicado por Astiberri: se trata del cuarto libro de Parker, las adaptaciones de novelas de Richard Stark que lleva años haciendo Darwyn Cooke. Matadero es la primera entrega de la serie que leo; no me ha interesado nunca particularmente el género negro —aunque Criminal curiosamente sí suele gustarme mucho—, y aunque Cooke me gusta como dibujante, en general no me llama mucho la atención lo que hace con superhéroes, me parece demasiado nostálgico e incluso cursi. Sin embargo esta historia me ha gustado mucho. O mejor dicho, me ha gustado cómo la desarrolla Cooke, que no es lo mismo… y al mismo tiempo lo es, porque para eso esto es un cómic. Me explico mejor: me refiero a que la trama en sí —un atracador cercado con un botín en un parque de atracciones cerrado y un grupo de polis corruptos que le quieren dar caza— no me interesa nada, pero Cooke ha conseguido, simplemente a base de recursos de puro dibujo, engancharme y hacer que lea el cómic del tirón y con interés. No repite dos veces el mismo recurso o composición de página y no aburre nunca. Me gusta mucho, además, el bitono que emplea, que luce mucho más gracias a que el parque de atracciones está nevado, lo que permite jugar con masas de blanco constantemente. Se nota, y eso es importante, que Cooke está haciendo lo que quiere hacer y que se lo pasa bien en el proceso.

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Aquel verano, de Jillian Tamaki y Mariko Tamaki.

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El verano es un motivo muy visitado en la ficción juvenil porque evoca un pasado idílico, pero también por las posibilidades narrativas que ofrece. Es un periodo de pausa, de hiato de la vida real, que interrumpe la rutina y a menudo supone el traslado a un lugar ajeno, nuevo, donde nadie te conoce, y por tanto, como tan bien se exponía en el episodio de The Simpsons «Summer of 4 Ft.2», es posible ser otro, crearse una nueva identidad cuyas acciones además no tendrán consecuencias porque una vez terminadas las vacaciones volveremos a nuestra realidad y dejaremos atrás ese mundo con reglas diferentes.

Incluso el ritmo del verano es diferente, por el mayor tiempo de ocio, por los días largos y el calor más o menos agobiante, y eso es algo que han entendido bien las mejores obras que tratan el tema. También lo ha entendido Aquel verano, de las canadienses Jillian Tamaki y Mariko Tamaki. Su anterior novela gráfica, Skim, me gustó mucho, especialmente por su tratamiento de la adolescencia. Las protagonistas de Aquel verano también son adolescentes, aunque son menores que aquéllas, y eso es crucial. Como cualquier docente os diría, no es lo mismo un adolescente de 16 que de 13. Hay un mundo de distancia entre quien ya roza la edad adulta y quien sólo está comenzando a intuir lo que es. Ahí se encuentran Windy y Rose, aunque hay matices interesantes. Las Tamaki escogen establecer entre ellas una diferencia de un año, y eso permite apreciar mucho mejor el trance de Rose, la mayor. Rose está justo en ese momento en el que empieza a fijarse en los chicos mayores, y descubre la coquetería y la vergüenza del propio cuerpo. Windy, en cambio, es aún una niña, sin pudor, juguetona, sin demasiada pulsión sexual.

Lo malo de que el verano se haya constituido en tema por sí solo es que ha desarrollado sus propios clichés de género, y Aquel verano no escapa de ellos, pero entiendo que porque tampoco quiere: los toma, más bien, para reconducirlos a su propio terreno. Así, ahí está la amistad forjada en la playa, el primer amor, los paseos libres de padres y adultos, y sobre todo ello la sensación de rito de paso, de hito en la vida de Rose. Pero las Tamaki saben lo que se hacen. Tienen una sensibilidad para tratar cuestiones emocionales construida a base de silencios y pequeños detalles —miradas, objetos— que no subrayan con recursos gráficos excesivos. Al contrario: Mariko Tamaki realiza un ejercicio de contención que no oculta la excelente dibujante que es; ha mejorado mucho desce Skim. El bitono y el trazo difuminado crean el ambiente perfecto para una historia como ésta, y hay imágenes de carga icónica muy sorprendentes, como el momento en el que Rose contempla el beso de dos chicos mayores al trasluz de una gominola con forma de pie. En general están muy medidas estas cosas y aparecen cuando deben, aunque algunas secuencias de carga, digamos, lírica, o en las que se rompe la norma narrativa del cómic y hay cierta experimentación, no terminan de encajar bien, en mi opinión; parecen algo forzadas.

Las personas que dibuja, por el contrario, son tremendamente naturales y vivas. Y los paisajes, detallados y evocadores, transmiten de manera muy universal la noción del verano. No hace falta haber estado exactamente en ese lugar para sentir que es algo familiar, incluso, curioso, para alguien como yo que sólo ha veraneado en la playa con cinco años. Supongo que es un motivo tan extendido que todos lo tenemos interiorizado.

Pero me gustaría retomar el que creo que es el tema principal de Aquel verano —inciso sobre el título: la traducción española induce una sensación evocadora del pasado que en realidad no existe en el original, This one summer—. Me refiero al fin de la infancia, aunque me interesa más que eso en sí la manera en la que se expone, porque no es a través de la historia de Rose, exactamente, sino de las historias que Rose presencia. La del dependiente adolescente —pero algo mayor que ella— y el embarazo no deseado de su ligue y los problemas de pareja de sus padres, motivados por el aborto de la madre y las dificultades para volver a quedarse embarazada. El embarazo es por tanto una cuestión central, y aunque la oposición embarazo no deseado / embarazo negado es bastante obvia lo interesante de veras es cómo afecta a Rose, que es consciente de pronto de su propia sexualidad pero también de una brecha entre su madre y ella que marca de manera dolorosa ese fin de la infancia, paradójicamente por culpa de un sentimiento muy infantil: la sensación de que ella no es suficiente para una madre sumida en la depresión por no poder tener un segundo hijo.

Es un buen verano, pese a todo. Rose disfruta, vive y aprende, aunque el regusto final sea amargo, por todo lo que ha sucedido, y por los muros que se empiezan a levantar. Una vez que empieza el cambio, una vez que uno pierde la inocencia, no hay marcha atrás. El cómic termina sin que sepamos si la herida abierta en esa familia se podrá curar, y si el conato de pelea entre las dos amigas, Rose y Windy, acabará con esa amistad infantil y exclusivamente estival. El año que se llevan puede ser demasiado al verano siguiente, si es que Rose vuelve. No es difícil imaginar que Windy será demasiado infantil para una Rose que habrá pegado el estirón y estará más interesada en los chicos con granos como el dependiente que en ver películas clásicas de terror con una escandalosa y alocada Windy, a la que imagino, quizás siguiendo los pasos de su madre hippy, siendo toda su vida una outsider. Es doloroso aceptar esas rupturas, pero es parte inseparable del propio hecho de hacerse adulto. Las Tamaki logran transmitir todo eso en parte gracias a que trabajan con personajes creíbles —mucha atención a sus diálogos—, pero también porque hay una intención clara de no caer en la moraleja, en la frase motivadora o en el final falsamente cerrado.

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Patrulla 142, de Mike Dawson.

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De Mike Dawson leí hace unos cuatro años su Freddie y yo, que no me pareció buenísimo pero me dejó el suficiente buen sabor de boca como para sacar de la biblioteca y leer Patrulla 142, que publicó La Cúpula en 2012. Lo del buen sabor de boca lo pensé ayer cuando lo tomé de la estantería, pero la verdad es que releyendo la reseña que le dediqué en su momento veo que le encontré bastantes problemas. Y eso me hace pensar que a veces es curioso cómo funciona la memoria, porque al final lo que quedó en mi cabeza de Freddie y yo fueron las cosas que me gustaron, y quizás eso significa algo.

Da lo mismo, vamos al lío. Patrulla 142. El relato de una semana de convivencia en un campamento scout típico norteamericano. Me interesaba porque todo lo que tiene que ver con los scouts siempre me ha generado cierto rechazo. Hablo de los boy scouts tradicionales, los de Baden-Powell, con sus nomenclaturas y reglas que podemos llamar tradicionales pero también, perfectamente, retrógradas, con su homofobia y conservadurismo moral. Sí, claro, obviamente hay valores ahí bonitos y atractivos, de respeto a la naturaleza, de compañerismo y vida sencilla, pero no puedo evitar sentirme un poco… no sé, tenso, ante algo que en parte veo como un club masculino donde un puñado de adultos reverdecen laureles mientras ponen a competir entre sí a niños y adolescentes. Desde fuera, insisto, que no tengo experiencia de primera mano, y sabiendo que hoy en día hay decenas de asociaciones que llevan otro rollo muy diferente.

Por todo esto, aunque parezca paradójico, me gusta leer tebeos donde aparezcan scouts o campamentos de verano. Quiero entenderlo, y quiero saber qué significa esto para un niño, y sobre todo qué valor tiene como rito de paso, que es algo que siempre me ha interesado. Y el retrato de todo esto que refleja Dawson es muy jodido. Básicamente tiene todo lo malo que me imaginaba. A través de Alan, uno de los monitores, Dawson parece manifestar todas las dudas que tiene sobre los scouts, aunque no cargue las tintas, ni se cebe en detalles truculentos. Pero Alan no termina de sentirse integrado ni de entender ciertas cosas. Sobre todo lo que tiene que ver con los valores tradicionales que mencionaba antes, encarnados en un viejo jefe al que los pantalones cortos del uniforme scout no le sientan ya muy bien, y que defiende la tradición sólo porque lo es. A Alan le molestan especialmente dos cosas: que los scouts tengan que ser creyentes por cojones y que sea una organización abiertamente homófoba, como demuesta el discurso final del viejo jefe, que se jacta de ello jaleado por la mayoría de los presentes. Esto era en 1995, por si alguien se está preguntando si la historia procede de la infancia del autor. Luego está el veto a las niñas, que convierte el campamento en un club de chicos con las hormonas a reventar, vigilados por unos monitores, que francamente, dan un poco de grima, especialmente el sieso con bigote. Hay algo sórdido en esos adultos que se empeñan en que los chavales disfruten y entiendan lo guay que es ser scout, pero que lo hacen a base de castigos, gritos y malas caras. Porque, además, tampoco es que ellos parezcan pasárselo muy bien. Simplemente continuan con una tradición, y aunque todo acaba siendo bastante desastroso, volverán al año siguiente.

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Del sinsentido de esto parece darse cuenta Alan cuando tiene que consolar a su propio hijo, que acaba harto del rollo scout. También se debe a que los chavales no sólo no parecen pasárselo bien, sino que además son entre ellos tan hijos de puta como cabría esperarse. Insultos, bromas crueles, acoso directo a un pobre chaval que es el blanco de todo el campamento… La vida es un infierno cuando eres adolescente y estás rodeado de otros sin piedad. Los valores de los scouts no calan entre la muchachada, no sólo porque los vean absurdos y no signifiquen nada para ellos, sino porque sus monitores fracasan totalmente en intentar inculcárselos, y están mucho más preocupados por mantener el orden y sobre todo por promover una competitividad feroz, que quizás es lo que más alergia me da de este tipo de cosas: la carrera loca de insignias y premios, la escala de mandos, la carrera que en última instancia sirve para marcar las diferencias entre unos y otros. La cultura del esfuerzo puede rápidamente convertirse en una cultura clasista en la que cada uno vale lo que valen los parches que tienen cosidos en los uniformes. Y la presión social no ayuda a que un chaval que simplemente no puede llevar a cabo una prueba física se sienta mejor.

Patrulla 142 me gusta además de por todo lo anterior porque cuando he terminado de leerla no me ha quedado claro si Dawson quería ser implacable o sólo fiel a su experiencia. Y me agrada esa incertidumbre. Lo digo porque pese a las putadas entre adolescentes, las tonterías típicas de la institución —que Alan observa con suspicacia, y no hablo sólo de las reglas excluyentes, sino hasta de las canciones de fuego de campamento— y el desaliento generalizado con el que todos vuelven a casa, abre la historia con el lema scout: «Siempre dispuesto». Y la cierra dedicándosela a su patrulla scout. Así que es complicado decidir su intención, más aún porque tiene un estilo dibujando bastante limpio y hasta neutro, que connota poco lo que se muestra, con poca carga psicológica, para decirlo de algún modo. Eso no significa que no resuelva con habilidad muchas escenas, incluso algunas bastante complicadas, pero no tiene intención de ir más allá con el dibujo. Por eso el final, en el que se ve que la vida sigue y tras el grupo scout cuya historia hemos leído vendrá otro, y que las vidas de los chavales protagonista siguen, a su vez, no da al lector una sensación de clausura, y le deja sin saber muy bien qué pensar. Esa sensación de plenitud artificiosa que dan muchas obras de ficción tras cuya lectura entendemos todo no hace acto de presencia, y lo queda es lo contrario, cierto vacío, cierta necesidad, también, de volver a leer para saber qué piensa Dawson, si condena o justifica la institución, si piensa que es positivo para los chavales o una tortura. Quizás el error esté en esto, y se trate, simplemente de que cada uno de los lectores se forme su propia opinión.

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