Esto está muy vivo.

Estamos a 16 de julio. Pronto el sector del cómic, como el resto del país, echará el cierre por vacaciones, y aunque siempre habrá novedades, nos vamos a quedar al resguardo del calor que, al menos en Madrid, ha llegado de verdad en los últimos días, y reuniremos fuerzas para septiembre, cuando todo vuelva a empezar. Pero el caso es que me he puesto a recapitular sobre lo que he escrito últimamente, y me he encontrado con que en el último mes y medio, entre este blog y Entrecomics, he escrito sobre un buen puñado de novedades de autores españoles. De hecho, son abrumadora mayoría. Y eso es porque cada vez me interesa más lo que se hace aquí. Cada vez se producen obras de mayor calidad y las diferentes generaciones de autores que dibujan en nuestro mercado en la actualidad están mejorando en cada obra. Se respira un ambiente artístico, rico y variado, en el que, como sucede en los momentos culturalmente relevantes, el talento individual se beneficia del colectivo, de lo que uno tiene a su alrededor cuando se pone a dibujar. Los autores españoles, posiblemente, nunca han estado más cerca de formar una verdadera comunidad, más allá de grupos locales. Y eso genera un caldo de cultivo inmejorable para crear. Mirando los textos que he escrito estos días, me doy cuenta además de que hay una gran variedad de formatos y temáticas. Hay novelas gráficas, hay cuadernillos grapados, hay publicaciones de editoriales con cierta trayectoria, y otras de editoriales jóvenes, con la vocación de llegar allí donde no llegan las grandes. Y hay autoediciones, y hay webcómic. Y hay autobiografía, aventura, humor, vanguardia formalista e historias fantásticas. Así que sí, lo pienso, de verdad: esto está muy vivo.

Y ya que estoy, hago sumario aquí de todos los cómics producidos en España de los que he hablado en el último mes y medio.

Sandía para cenar, de Javi de Castro

… No Option!, de Pep Pérez

23 fotogramas por segundo, de Albert Monteys

He visto ballenas, de Javier de Isusi

Orgullo y satisfacción, de VVAA

Tengo hambre, de Santiago García y Manel Fotndevila

PutoKrío, de Jorge Riera y VVAA

El polo sur, de Alexis Nolla

El fin del mundo, de Santiago García y Javier Peinado

Fútbol. La novela gráfica, de Santiago García y Pablo Ríos

Culto Charles, de José Ja Ja Ja

Hot metal, de Gabriel Corbera

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Hot metal, de Gabriel Corbera.

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Hot metal es el último cómic de Gabriel Corbera, y puede que sea lo que más me ha gustado de cuanto ha hecho hasta el momento, y eso es mucho decir. Impreso en risografía, con papel reciclado, tinta azul y abundantes tramas, Hot metal recuerda a los cómics antiguos de batalla, de usar y tirar, pero al mismo tiempo es un objeto novísimo, un artefacto que sólo puede entenderse inserto en el aquí y el ahora. Es un festín de puro dibujo alienígena, en el que Corbera se recrea y está más fino que nunca.

Hot metal arranca con un personaje vestido con un extraño traje futurista que inicia un viaje simplemente porque quiere vivir una aventura. No hace falta más justificación y de hecho ésta es la que mejor podemos comprender en la actualidad, donde casi todo lo que hacemos lo hacemos porque nos aburrimos. Si en la mayoría de los cómics de Corbera hasta el momento primaba la acción sobre todo lo demás, aquí tenemos varias páginas del personaje caminando por tierra desconocida, esas Western Highlands que están más allá del horizonte y que prometen novedades y aventuras, pero que resultan ser un paraje rocoso y silencioso «not different from the rest —darker if anything». Es increíble la intimidad que consigue Corbera sin recurrir a ninguno de los recursos obvios para lograrla, sólo a base de dibujar a este hombre del que no sabemos nada a solas con sus pensamientos en medio de una nada magníficamente dibujada. Empatizar con lo alienígena sin necesidad de concesiones emotivas es algo realmente complicado, pero aquí se consigue con una naturalidad pasmosa. Este hombre solitario enfrentado a la decepción y a su propio tedio nos resulta cercano sin que importe mucho la manera en la que se alimenta de electricidad o de algo que extrae del propio suelo.

Pese a la desilusión, el protagonista continua avanzando, observando el paisaje mientras hace comentarios en voz alta y recoge algunos objetos. De repente, en el capítulo de «Hopes, Fears & Dreams» —cuyo título no sé si es una pista de que quizás no es real lo que le sucede al explorador— el protagonista se haya huyendo de algún tipo de prisión, con la misma lógica que tienen los cambios de escena en un sueño. Echa a correr perseguido por espectros y monstruos, tan del gusto de Corbera, y salta un foso para huir de ellos. Entonces nos encontramos con una de las páginas más acojonantes que he visto en los últimos tiempos.

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Las dos viñetas que forman la página están compuestas de los elementos mínimos indispensables para transmitir la información de lo que sucede, sin ningún tipo de adorno o dibujo que distraiga de la acción. En la viñeta superior Corbera solamente la línea del suelo que alcanza el protagonista con su salto, y la silueta de este coloreada completamente de azul, lo que genera aún mayor sensación de abstracción. Y el punto vacilón, ese «Yes» con el que expresa brevemente la alegría por conseguir el salto, para, acto seguido, con una elipsis cojonuda, verse perseguido de nuevo por los monstruos. Ambas viñetas contrastan bruscamente en su disposición: una vista lejana que desdibuja la humanidad del explorador frente a otra en la que lo vemos en primer plano, expresando su miedo  y angustia a través de las arrugas de su ceño y las gotas de sudor que le resbalan por la frente. La línea que puede trazarse uniendo la cabeza y el codo del personaje dibuja una sutil simetría con la línea del barranco, de modo que la transición entre las dos viñetas, abrupta en cuanto a la acción, no lo es tanto en el aspecto visual, o al menos ésa es la sensación que tengo observándola.

Si alguien sigue pensando que Gabriel Corbera no es un dibujante dotado técnicamente después de Hot metal, la verdad es que ya no sé cómo se le podrá convencer. Pero eso en el fondo da lo mismo: cada uno es libre de leer lo que le guste. Pero eso no impide que esté totalmente seguro de que Corbera es uno de los autores de los que, ahora mismo, no pienso perderme ni una. Porque pocos me transmiten la misma emoción y curiosidad cada vez que se autoedita un nuevo tebeo.

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Culto Charles, de José Ja Ja Ja.

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¿De qué planeta ha venido José Ja Ja Ja? No lo sé, pero su Culto Charles me tiene subyugado, y desde hace días busco la manera de meterle mano para escribir un poco sobre él. Es complicado porque dista mucho de ser un cómic convencional y no ofrece demasiadas referencias del medio a las que agarrarse; seguramente si yo tuviera más conocimientos sobre pintura contemporánea o diseño la cosa cambiaría. Pero da lo mismo: hay que ser valiente en esta vida.

De todas formas a primera vista sí vienen a la cabeza referentes: Yokoyama puede ser el más claro, pero también algunos de los autores norteamericanos más vanguardistas. La tentación que se tiene al leerlo es la de calificar a Ja Ja Ja de formalista, pero no es exactamente eso, aunque la peripecia que se cuenta sea mínima; hay contenido, sólo que no es tan evidente ni se expone de manera convencional. Y desde luego la forma es importante. La mayoría de las grandes páginas de Culto Charles no tienen viñetas, sino que son una única imagen con una secuencia, minuciosamente estudiada, y ejecutada con plumilla y tiralíneas. Es un dibujo técnico, tanto que a veces hasta se muestra el papel milimetrado como si fuera una trama. No es de extrañar semejante virtuosismo, volcado en la obsesión por la línea y la geometría, en un arquitecto. Es el tipo de dibujo que suele causar rechazo en los aficionados al cómic más clásico, que cometen el error de calificar como virtuoso o académico solamente el estilo de quien imita a Harold Foster —usando el término «academicismo» con el uso que se le daba en el siglo XIX—, sin darse cuenta de que hay mucha técnica en gente como José Ja Ja Ja y Yokoyama, o incluso en autores de vanguardia como Irkus M. Zeberio o Gabriel Corbera. Otra cosa es que las suyas sean interpretaciones naturalistas de la realidad, pero mezclar eso con el virtuosismo creo que es confundir el culo con las témporas. Aunque, en todo caso, lo que importa aquí es el pulcro universo que dibuja Ja Ja Ja a base de eliminar la tercera dimensión en muchas de las páginas, como si fuera un pintor románico. En Culto Charles, como en las magníficas páginas que incluyó del mismo autor Terry, el fondo de las escenas están situadas en la parte superior de la página, y los personajes se mueven hacia la zona inferior cuando se mueven hacia el primer plano, mientras dejan como rastro a sus yoes pasados, como si lo que en un cómic convencional veríamos en varias viñetas sucesivas aquí se mostrase de forma simultánea. Es un código representativo basado en la descomposición del espacio, con reglas propias pero muy claras, que nos empuja a una nueva forma de codificación de la realidad, a una manera de leer, en definitiva, distinta.

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Todo lo que necesitamos saber de la historia detrás de Culto Charles está en la cubierta, que contiene más texto que todas las páginas interiores juntas. El Culto Charles es una secta fundada en 1960 basándose en la idea de que hay un lugar entre la vida y la muerte «an occult dimension lays in the border between life and death». En el interior se desarrollan las biografías de varios miembros del culto, aunque muchas veces sólo se nos muestran momentos puntuales de su vida, o de su muerte. Fiestas, bailes, batallas navales, partidos de tenis… No son biografías al uso ni entendemos siempre por qué son esos los momentos que se dibujan, salvo por la oportunidad de mostrar determinadas cosas con ese código propio, donde, además, el movimiento es una preocupación central de Ja Ja Ja. La frialdad deliberada con la que desfilan las diferentes historias deja paso a una desarmante y demoledora historia de un niño tuerto y su perro, pero que consigue ese efecto emocional precisamente porque maneja un código que durante todo el tebeo hemos interiorizado: a base de simetrías, repetición y pura puesta en escena.

Culto Charles es un cómic minoritario que asume que lo es. La edición de Fulgencio Pimentel —de 500 copias— lo convierte en un objeto bello y de aspecto único, pero también refuerza esa sensación. No es un problema, por supuesto, ni le estoy poniendo ninguna pega al libro por esta cuestión. Al contrario: me parece algo a celebrar que se estén editando cada vez más obras como ésta, que se esté dando salida a un cómic de vanguardia, a esa posnovela gráfica que en España estaba tardando en arrancar, por motivos cronológicos obvios. Durante demasiado tiempo hemos interiorizado el discurso del cómic para masas y para todo tipo de público como forma de ampliar mercado y hacer industria. Pero cosas como Culto Charles también hacen industria y llegan a un lector que seguramente no estará en absoluto interesado en esas obras para todos los públicos. Aquí tiene que caber todo el mundo. Y autores como José Ja Ja Ja, ahora mismo, me parecen imprescindibles.

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Entrevista a Santiago García y Pablo Ríos en Entrecomics.

Hoy he publicado en Entrecomics una monumental entrevista con los autores de Fútbol. La novela gráfica, Santiago García y Pablo Ríos. Aquí podéis leerla.

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El fin del mundo, de Santiago García y Javier Peinado.

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El fin del mundo es un cómic grapado de la colección Jaimito de ¡Caramba!, y es obra de Santiago García y Javier Peinado. Los Jaimitos son cómics de humor, aunque el sentido amplio con el que Alba Diethelm y Manuel Bartual entienden el género hace posible que en el seno de la colección se agrupen cosas tan dispares como los cómics de humor amable de Laura Pacheco y familia, las burradas de Molg H. o historias como La muerte en los ojos de David Sánchez o la propia El fin del mundo, donde el humor está presente pero funciona activando mecanismos que nada tienen que ver con la gracia o la risa. Pero no quiero adelantarme; voy a empezar por el principio, sin preocuparme de spoilers, ya sabéis.

En el tebeo se desarrolla un día cualquiera en la vida de un tipo, excelentemente dibujado por Javier Peinado, con un trazo limpio pero con el punto justo de suciedad y realismo, sin caer en lo sórdido. Tal y como contaron los autores en la presentación del cómic, cada página en un principio iba a equivaler a una hora de ese día, aunque finalmente tuvieron que hacer algunos ajustes. Al protagonista pronto lo identificamos como un perdedor, un don nadie del que no sabemos ni el nombre. Pero sí sabemos, y ahí comienza el chiste, que es dibujante de tebeos, y que de hecho la historia que nos cuenta a través de su monólogo la está dibujando, según sus propias palabras. Así se se rompe desde el principio la cuarta pared y el protagonista es tan consciente de ser un personaje de tebeo como nosotros de estar leyéndolo. Además se establece un doble nivel narrativo, dado que lo que leemos es lo que el narrador ha dibujado, no lo que le ha sucedido realmente; podría ser que ambos niveles coincidieran, pero también podría ser al contrario. Esa indefinición, como veremos, será una de las claves para interpretar el final de El fin del mundo, valga la redundancia.

García y Peinado no disimulan ese artificio, sino que lo subrayan y lo traen al primer plano para hacerlo el motor de la historia, de un modo que me ha recordado a alguna de las historias cortas que García realizó con Pepo Pérez con los personajes de El Vecino. Porque la cuestión no es sólo que existan esos dos niveles, sino que la historia nos la cuenta al mismo tiempo en que se desarrolla su actividad diaria, sin que nos mire en ningún momento: sencillamente los bocadillos de texto tienen un discurso y las imágenes otro. No sólo las imágenes, sino también los bocadillos de los personajes con los que se relaciona el protagonista, que insinuan conversaciones banales y cotidianas. Es un recurso que sólo es posible en un cómic, y que además permite cruces entre ambas líneas discursivas: cuando su madre le dice, revisando fotografías antiguas, «Fíjate aquí qué guapo estabas», él nos está diciendo a nosotros que «Éramos grandes tiranosaurios rojos».

«¿Grandes tiranosaurios rojos? ¿Pero no nos había dicho este tío que el protagonista es un pelanas de vida gris?», estaréis pensando. Y aquí llegamos a la madre del cordero de El fin del mundo: el dibujante tristón nos cuenta qué paso después del fin del mundo. La humanidad fue aniquilada el 24 de diciembre de 2012 durante la cena de Nochebuena, y rehecha de inmediato tal y como es ahora. Pero no lo recordamos. El único que lo recuerda es este pobre hombre cuya vida consiste en desayunar en pijama en el bar de abajo, visitar a su anciana madre, echar un polvo en algún puticlub y cenar en el Kebab de la esquina. Y Ellos —los que manejan el cotarro; nunca sabemos quiénes son exactamente, pero conociendo a Santiago García, igual estaba pensando en Celestiales kirbyanos— sólo le dejan contarlo en forma de cómic, porque «nadie se tomará en serio lo que diga un tebeo». Lo mejor lo dejan para el final, cuando descubrimos que todo lo leído nos ha estado preparando para una revelación tremenda: si el dibujante muere el mundo terminará de nuevo, y esta vez para siempre. Y llevando la vida que lleva, ganas de morir no le faltan… aunque por suerte está en nuestras manos darle motivos para vivir, colaborando, expresando «nuestro apoyo» con una donación económica que deberá ser enviada a un apartado de correos dado en la última viñeta del cómic.

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Desde cierto punto de vista y si atendemos únicamente al argumento no puedo evitar recordar algunas historias cortas de Neil Gaiman leyendo este cómic. Con la premisa del único ser humano que recuerda el fin del mundo estoy seguro de que el británico habría escrito algo muy suyo. Pero, por supuesto, en realidad no tiene nada que ver con su trabajo. El enfoque lo es todo. Lo que sucede en las imágenes mientras el pobre desdichado nos cuenta su historia en primera persona es vital  para entender este cómic, que podría pasar, en todo caso —aunque estoy bastante seguro de que no fue la intención de sus autores— por una actualización de ese tipo de narración clásica con ecos míticos y trascendentes. Una actualización posmoderna, irónica o, digámoslo abiertamente, española. Y aquí entronco con lo que hace una semana escribía sobre Tengo hambre y la tradición literaria española de sátira, picaresca y realismo sucio. Pasado por ese tamiz, dibujado y escrito desde esa tradición y no impostando una ajena, esto más que de The Sandman sería The Sandman meets Makinavaja.

Es broma, claro. El fin del mundo tiene suficiente personalidad como para no ir buscando titulares chorras. Pero lo que sí es cierto es que en ese día de mierda que vive el dibujante reconocemos ambientes y rasgos intrínsecamente nuestros, y eso, en el fondo, es esencial para que el tebeo funcione a otro nivel. Porque si Tengo hambre hablaba del aquí y del ahora de España, El fin del mundo creo que también lo hace, recorriendo otra senda. No es difícil ver los efectos de la crisis en la vida desocupada del protagonista, y no sólo la falta de pasta —al fin y al cabo tiene un buen móvil y un ordenador que parece bastante moderno—; hablo de la crisis profunda, sistémica, la crisis que ya estaba aquí cuando pensábamos que no había crisis. Ésa es la crisis que nos atenaza, que hace proliferar las depresiones y que, en definitiva, nos lleva a la desesperación y la infelicidad. Para mí el tema de El fin del mundo es la desesperación, la soledad que nos amenaza aunque vivamos rodeamos de gente y más conectados con los demás que nunca. Hay algo que hermana el final del cómic con los príncipes nigerianos que nos ofrecen un dineral por correo electrónico o los videntes que de madrugada responden nuestras llamadas en ignotos canales de la TDT. ¿Por qué siguen existiendo en 2014, por qué la mayor información que manejamos no acaba con ellos? Porque no tiene nada que ver con eso, en el fondo. No es una cuestión de información ni de cultura. Es, bueno, lo que decía: una cuestión de infelicidad. La propuesta de ese hombre funcionaría en el mundo real —de hecho, no descarto que funcione—, porque apela a una insatisfacción que es parte de nosotros. Pero también de él, porque el mayor acierto de García es dejar abierta cualquier interpretación: puede ser alguien desesperado, puede ser un jeta aprovechado, o puede ser un loco que crea de verdad que tiene razón. O puede tenerla realmente, por supuesto.

Es posible que haya lectores a los que el desenlace de El fin del mundo no guste porque les desconcierte. De hecho ése es el riesgo y la apuesta de García y Peinado. Hay que pillar el chiste, entrar en el juego. Lo que sí es cierto es que no se ve venir, no sólo por lo medido del guión y su ritmo, sino porque el dibujo de Peinado, de quien he dicho menos de lo que debería a estas alturas de texto, es perfecto: su estilo no trasluce ninguna connotación que nos ponga en guardia con respecto al final. Un estilo más humorístico o caricaturesco sí lo habría hecho, y habría arruinado no sólo el giro final, que en el fondo es eso, un final, sino toda la lectura de una intesa historia que nos habla del fin del mundo pero que, como todas las buenas historias apocalípticas, nos habla de nosotros y de nuestros propios problemas.

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El polo sur, de Alexis Nolla.

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Sigo sacándole tiempo a los días para escribir sobre cómics que he leído en las últimas semanas —más bien meses ya— y que tenía pendientes. Hoy le toca a El polo sur de Alexis Nolla.

Nolla es joven, aunque su actividad en fanzines hace que acumule ya un buen montón de páginas a sus espaldas. Sin embargo, El polo sur es su historia más larga hasta el momento: 40 páginas en un cómic grapado editado por Apa-Apa, que también le publicaron en 2012 un tebeo reversible de historias cortas, Escondite / La isla del diablo.

De Nolla diría que es nuestro indie más genuino si no creyese que la etiqueta le llegaría un poco tarde, en 2014 y habiendo nacido él en 1987. En todos sus trabajos se advierte la poderosa y reconocida influencia de Jason, del primer Sammy Harkham o de Anders Nielsen, y, como en ellos, su punto fuerte no es sólo la creación de atmósferas emocionales, sino todo lo que se adivina tras sus páginas. El hermetismo que convoca el silencio, el halo de misterio y la inexpresividad de sus personajes acaban conformando historias atípicas, en las que ni se nos dan todas las respuestas ni sabemos nunca qué está pasando del todo. Creo que eso es lo que más me atrae de la obra de Nolla, aunque también tiene otras virtudes, por ejemplo, narrar aventuras más o menos clásicas de manera diferente, con el punto de mira centrado en los detalles, en las emociones o en lo nimio. En aquello que no pasa a la historia.

El polo sur es un ejemplo perfecto de todo esto porque toma una historia real bien conocida pero la cuenta al mismo desde dentro y desde la subjetividad. La carrera por llegar al polo sur que tuvo lugar hace algo más de un siglo entre la expedición de Amundsen y la de Scott terminó con la victoria de la primera, aunque ambos han pasado a la historia como héroes, si bien con diferentes connotaciones. Es muy significativo que Alexis Nolla se haya decantando por contar la historia del derrotado, de los que perdieron la vida no sólo por una cuestión científica, sino también política, de prestigio internacional. Todo el tebeo está por tanto impregnado de la épica del perdedor y de la fatalidad de la muerte, que está presente desde la primera página: los lectores sabemos cuál es el desenlace, lógicamente, y Nolla lo utiliza a su favor, para subrayar los aspectos de la historia que realmente le importan: los aspectos humanos.

Centrarse en lo emocional no significa centrarse en lo emotivo. Los protagonistas de la historia de hecho hacen alarde de contención: son hombres duros que asumen su destino y su fracaso, y no exteriorizan sus sentimientos. No lloran, no gritan, no se vienen abajo. Nolla los dibuja casi tan hieráticos como Jason suele retratar a sus personajes, con lo que refuerza esa sensación, pero también el impacto de lo no dicho, de lo no explicitado. La llegada al polo sur, donde Scott y los suyos encuentran la bandera noruega y una carta de Amundsen, es durísima aunque no se recalce con recursos gráficos o diálogos dramáticos, y el ritmo anticlimático con el que Nolla conduce el viaje de vuelta es magnífico, totalmente adecuado. Hay otra cuestión interesante: mientras otros autores destacarían la pequeñez del hombre frente a la naturaleza hostil con frecuentes viñetas grandes y planos abiertos, Alexis Nolla emplea pequeñas viñetas, por lo que incluso cuando dibuja las pequeñas siluetas de los exploradores sobre el blanco del polo no nos genera una sensación tan acentuada. Y, además, la mayor parte del tiempo vemos muy de cerca las actividades de los cinco hombres; nunca perdemos de vista su humanidad.

Esos hombres que van viendo cómo poco a poco sus cuerpos se deterioran y la desnutrición va haciendo mella en sus fuerzas, que van perdiendo una batalla imposible de ganar, no parecen héroes. Incluso el momento en el que uno de ellos se entrega al frío para morir y no ser una carga para sus compañeros está desprovisto de épica. Es algo deliberado, por supuesto, y sin el tono que Nolla crea con ese tipo de decisiones no sería tan redondo e impactante la secuencia final de dos páginas en las que los tres expedicionarios que quedan se meten dentro de una tienda de campaña y ya no salen más.

Más allá del buen —pero amargo— regusto que deja El polo sur, también queda la sensación, como pasa con muchos otros autores de la generación de Alexis Nolla, de que aún está lejos de alcanzar su potencial, lo cual, no hace falta decirlo, es algo fantástico. Lo que hará dentro de cinco años este talentoso grupo de autores que Apa-Apa ha tenido el buen ojo de aglutinar en su catálogo será aún mejor que lo que ya están haciendo, pero el camino, como siempre, es lo que más se disfruta. Ver crecer a estos autores en cada nuevo tebeo es uno de los privilegios de leer cómics en España a día de hoy, con la situación de la industria de hoy. Pero en eso no entro, que me enrollo y no es el día.

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Tengo hambre, de Santiago García y Manel Fontdevila.

Cuando leí dos de las últimas novedades de ¡Caramba!, Tengo hambre y El fin del mundo, ambas guionizadas por Santiago García y dibujadas respectivamente por Manel Fontdevila y Javier Peinado, me gustaron y me suscitaron la necesidad de escribir sobre ellas, que es algo que a estas alturas tengo en realidad bastante interiorizado, y que vivo como una extensión natural del disfrute que me supone leer cómics. Pero en este caso la inmediatez me generaba un dilema, ya que ambos cómics contenían una sorpresa final a la que debían buen parte de su gracia. ¿Podía hablar de ellos sin reventar esas sorpresas? Sí, claro, pero no me motiva demasiado escribir un texto en el que simplemente me limite a decir que algo me ha molado mucho, sin poder entrar en pormenores. Y quizá era demasiado pronto para hacer spoilers, aunque, os lo confieso, así entre nosotros, cada vez me importa menos eso, porque entiendo que, bueno, si alguien no quiere saber nada de una obra que aún no ha leído, es su responsabilidad no buscar información, no la mía. Si alguien simplemente quiere saber de qué va un cómic, que acuda al texto promocional de la editorial, ¿no creéis? Yo no puedo escribir un tocho de los míos sin entrar en análisis que algo, siempre, van a destripar. A pesar de eso, sigo avisando cuando se trata de una novedad y el spoiler es gordo, porque pienso en los lectores y también en el autor, pero cada vez me cuesta más hacerlo, la verdad. Yo no me trago ningún spoiler no deseado simplemente porque no leo reseñas y análisis de aquello que no me quiero destripar; los dejo para después.

De todas formas, entre unas cosas y otras, llevo un mes tan liado y con tantas cosas que hacer y escribir que es un debate interno que el tiempo ha dejado sin sentido. El que haya querido leer estos tebeos ya ha podido hacerlo, y ya no tiene sentido reseñar por hacer acuse de recibo, así que procedo a pasármelo bien un rato, primero con Tengo hambre.

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Ya no me cabe duda de que Manel Fontdevila es uno de los autores grandes del momento. Lo lleva siendo desde hace tiempo, y si algo ha impedido ese reconocimiento para quien no está lejos de Max o Gallardo posiblemente sea el hecho de que hace sobre todo humor gráfico. Pero Fontdevila es dibujante de cómics, como demuestra cada día con sus viñetas, que aprovechan toda la potencia del medio que conoce en profundidad y estudia con devoción. Si Super Puta fue una especie de puesta a punto, su particular manera de situarse en las coordenadas del nuevo cómic —Fontdevila nació como autor en un paradigma que se derrumbó al poco de llegar él, y esa circunstancia es algo que creo que ha afectado a muchos autores que han tenido que pasar su particular proceso de readaptación— y No os indignéis tanto fue la confirmación de que Fontdevila ya se había encontrado a sí mismo y sabía qué quería hacer y cómo iba a hacerlo, Tengo hambre constata que, básicamente, alguien como él puede hacer lo que se le antoje. Santiago García, por su parte, cuyo trabajo como teórico es una de mis mayores referencias, también parece haber encontrado en los últimos tiempos la determinación necesaria para potenciar su faceta de guionista y liberarse de cualquier carga que le impidiera ser tan prolífico como podía. Su inteligencia y su capacidad de análisis del medio, que son sus puntos fuertes como guionista, también podrían dar a algunos lectores la sensación de que era demasiado racional y analítico, poco emotivo, que es una cualidad que por sí sola no es ni buena ni mala pero que, en cierto tipo de ficción, parece que se ha convertido en canon. Uno tiene que hacer llorar para ser memorable. Sin embargo, yo creo que hay mucho amor y emoción en lo que García hace, y la pasión que demostró en el guión de Beowulf (Astiberri, 2013) despeja cualquier duda al respecto de si también era capaz de dejarse llevar. En Tengo hambre, que es tan sutil y cerebral como cabe esperar de García, también hay pasión y rabia, pero sobre todo hay algo que sí creo que no siempre demuestra, aunque sea una de sus mejores virtudes: la mala leche, el sentido del humor negro que inocula en pequeñas dosis en otros trabajos, tan pequeñas que a veces pasan desapercibidas.

La manera en la que Fontdevila ha decidido plasmar un guión que en origen estaba pensado para tres páginas demuestra varias cosas, entre ellas que el guión no es nada por sí solo, y que lo que cuenta, lo que importa, es la plasmación del mismo en la obra final. También demuestra que a las historias hay que darle el espacio que piden, y que la densidad narrativa, el contar mucho por página, no tiene nada que ver con la calidad. El cómic tiene sus propias reglas y hay otro tipo de información y de valores a transmitir más allá de una buena historia.

Pero esa forma que ha tenido Fontdevila de articular el cómic, con grandes viñetas y prescindiendo de una plantilla fija para todas las páginas, esa preeminencia de lo gráfico, con sus trazos gruesos de pincel expresionista y rabioso, no deberían ocultar algo fundamental: en realidad Tengo hambre es un relato clásico. Tan clásico que es, en esencia, un cuento popular, con los motivos del índice Aarne-Thompson más a la vista de lo que parece. En esta fábula cruel y aleccionadora hay una bruja o un ogro malo que engaña a los niños confiados para llevarlos a su casita de chocolate y devorarlos, sólo que la posmodernidad y los tiempos que corren han transformado al ogro en un español de orden, a los niños confiados en inmigrantes desesperados, y a la casita de chocolate en un chalé en las afueras. El desarrollo es en su mecánica repetitiva igualmente tradicional. Los tres inmigrantes podrían ser los tres típicos hermanos de cuento: el primero que cae víctima del engaño no lo llegamos a conocer, porque Tengo hambre comienza in media res; al segundo sí lo vemos caer víctima del ogro, y el tercero, el más joven y el más despierto, es el que lo vence, aunque más por suerte que por astucia.

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¿Dónde está entonces la novedad? Como casi siempre, en el punto de vista que adoptan Fontdevila y García para contar esto. En algunas reseñas se ha hablado de los clásicos de EC y del Creepy, y es verdad que su estructura y chiste-giro final remite a esos referentes, pero estoy más de acuerdo con los que recuerdan a Martí al hablar sobre Tengo Hambre, porque veo en ambas algo que las hermana y las inserta en una tradición específicamente española cuyas huellas pueden rastrearse en la literatura desde La celestina y el Lazarillo de Tormes, pasando por El buscón y Don Quijote hasta el esperpento de Valle-Inclán o el tremendismo de los Cela y compañía: la sátira cruel y descreída, el realismo sucio y amoral que dibuja el mundo como un lugar sin esperanza en el que nadie es virtuoso y cualquiera es capaz de las mayores atrocidades para conseguir sus propios intereses. Ésa es para mí la esencia de la literatura española, si es que hay una, o sólo una, y responde también a una voluntad contestataria y crítica con la sociedad y las instituciones que no debemos olvidar. Es algo que en el cómic español no siempre se ha visto, por muchos motivos, pero sobre todo porque durante gran parte de su historia fue un medio destinado a los chavales y sometido a la vigilancia de las autoridades. Pero hay un hilo que une los tebeos de Bruguera con el fugaz underground barcelonés y la revista El Víbora, una crónica social que se va tornando en rabiosa y combativa —y me acuerdo aquí del ensayo de Daniel Ausente y su teoría de las bombas pop en Supercómic (Errata Naturae, 2013)—, pero al tiempo resignada a la naturaleza de la humanidad en general y de los españoles en particular. Lo grotesco está en la mirada, en el espejo deformante con el que Valle explicaba su esperpento. Luces de bohemia reducida a su mero argumento no sería lo que es.

Cuando descubrí la obra de Martí gracias a Atajos (La Cúpula, 2013) de hecho pensé muy pronto en el esperpento y en el realismo sucio. Ahora ha vuelto a pasarme, y es muy significativo, porque si Martí y sus compañeros de El Víbora fueron hijos del desencanto de la postransición y de la crisis económica de los setenta, Santiago García y Manel Fontdevila concibieron su tebeo justo antes de que lo más crudo de la actual crisis comenzara a golpearnos. Que haya sido publicado precisamente ahora, cuando el drama de los subsaharianos en la frontera entre Marruecos y España está alcanzando un punto crítico y cuando el nuestro propio amenaza con devorarnos, sólo le añade actualidad a algo que en realidad siempre la tendrá, porque la perversión es desgraciadamente universal en nuestra historia. Y por eso nuestra ficción está llena de héroes ambiguos, y el único verdaderamente idealista de nuestros iconos literarios era considerado un loco. Respecto a esto los propios autores comentaron en la presentación del cómic que cualquier mala situación tiende a empeorar, y que antes de la crisis en realidad ya estábamos en crisis. Es una postura pesimista, pero yo siempre he pensado que los grandes cínicos son grandes humanistas: para ser cínico las cosas tienen que importarte lo suficiente.

Lo que sí creo que es cierto es que en épocas de bonanza uno se adormila, y quizás en España el cómic, y en general todos los medios, se amodorraron en los noventa. Como decía antes, es posible que todo lo que ahora nos indigna ya estuviera ahí, pero como no nos iba tan mal mirábamos a otro lado, o nos parecía más tolerable. Pero sea como sea, sí tengo la sensación de que el cómic español ha retomado en los últimos años ese camino allí donde lo dejó El Víbora.

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Desde esa visión del mundo y desde esa tradición que comentaba antes no puede caber ni la corrección ni la piedad. Y los personajes de Tengo hambre, como los de los cuentos, no son tanto personajes como los entendemos en la ficción moderna, sino símbolos, arquetipos convenientes. Es por eso que no se busca que empaticemos con ellos y sus actos no se perciben como decisiones individuales sino como perversiones colectivas y sociales. Porque lo que se cuenta es tremendo. El típico hombre español, bajito, rechoncho, calvo y con bigote, que engaña a desesperados inmigrantes subsaharianos para llevárselos uno a uno a un lejano chalet donde los mata, trocea y devora en mangas de camiseta Imperio. Los diálogos son negrísimos: «De tanto trabajar se va a quedar en los huesos», y Fontdevila se recrea en la violencia, y su aproximación caricaturesca lejos de mitigarla la acentúa: es la manera de que esos personajes que en realidad nos son ajenos —porque no sabemos nada de ellos— nos resulten humanos y cercanos cuando deben serlo. Por eso nos perturba más ver la manera en que la víctima se salva. Porque no es sólo que el último de los chicos mate al macho ibérico en legítima defensa —usando para ello los restos óseos de sus compatriotas—, sino lo que hace después de eso, que es exactamente lo mismo que querían hacer con él: zampárselo. Esa atrocidad irónica, en la que el personaje se recrea con una frase llena de mala hostia —«Te dije que esta gente nos daría de comer»—, añade una vuelta de tuerca más, porque convierte a la víctima en verdugo, y demuestra que no hay nada en la naturaleza del español con bigote que no esté en la del joven subsahariano. Y eso es muy jodido. Y además en cierta manera recupera uno de los estereotipos racistas más presentes en la cultura pop y por extensión en los tebeos: el negro antropófago, sólo que lo posiciona en otro contexto y lo carga de otras connotaciones. Al fin y al cabo el mero hecho de que sea el héroe ya cambia nuestra percepción. Por si fuera poco, con la carne del señor bigotudo prepara kebabs, y no sé si esta elección por parte de García y Fontdevila es casual, pero a mí me sugiere algo: el kebab simboliza al mismo tiempo y según a quién le preguntes la invasión y la integración cultural. No es un símbolo superfluo en un país que hace de la gastronomía bandera como España.

Creo que no es descabellado decir que Tengo hambre es un cómic de denuncia social, pero no es aleccionador. Por supuesto, como fábula que es, nos tienta interpretar en clave metafórica lo que sucede: nos aprovechamos de los inmigrantes y los explotamos, los devoramos simbólicamente. Pero entonces ¿cómo debemos interpretar el duro final del tebeo? ¿Simboliza, consecuentemente, la posibilidad de que esos inmigrantes explotados se rebelen y nuestros malos actos se vuelvan en nuestra contra? Es el peligro de pasarse de frenada interpretando, porque tal vez Tengo hambre no contenga lección ni moraleja alguna, y sea simplemente una estampa grotescamente deformada de nuestro egoísmo y crueldad. O la visión de un futuro cercano…

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