Entrevista con Raúl Cimas en Entrecomics.

Hoy he publicado en Entrecomics la entrevista que pude realizarle a Raúl Cimas en Barcelona el pasado mes con motivo de la publicación de Demasiada pasión por lo sutyo, su primer cómic, publicado por Blackie Books. Aquí podéis leerla.

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Sandía para cenar, de Javi de Castro.

A estas alturas todavía tengo que escribir sobre varios cómics que compré durante el pasado Graf, lo cual tampoco tiene nada de malo, claro, pero no puedo evitar cierta sensación de urgencia, porque aquí siguen todos, en su pila de reseñas pendientes, mirándome día tras días. Así que voy a ir dando salida en los próximos días a muchas de ellas, aunque sea con textos más breves de lo que merecerían.

sandia para cenar

Quiero empezar con un cómic editado por la Asociación Thermozero obra de Javi de Castro: Sandía para cenar. De Castro es uno de los jóvenes autores con más proyección del momento, y de él siempre sorprende el afán experimentador que tiene y la audacia para intentar cosas nuevas y jugársela. Por eso tenía muchas ganas de ver su primer trabajo largo, que en ese sentido colma las expectativas: hay mucho trabajo, un estilo gráfico definido —quizás hasta demasiado definido, demasiado pronto— que trota entre la línea clara y el aire indie americano. Como la cosa va de sandías, se emplea sólo el verde en combinación con el blanco y negro, casi siempre con buenos resultados ambientales. Los recursos gráficos de de Castro demuestran un dominio notable del medio, aunque, como en otros trabajos suyos, me queda cierta impresión de que le falta medirlos, saber cuándo y dónde usarlos. Aunque hay que decir que lo sabe casi siempre, y de hecho creo que aquí ese aspecto está más controlado que en Agustín —que por cierto no sé si en realidad es anterior; dada la extensión de Sandía para cenar bien podría ser éste el primero en empezar a ser dibujado—, pero todavía me encuentro con alguna página que me parece, digamos, algo desproporcionada en su virtuosismo formal.

No es el caso, por ejemplo, de una fantástica en la que el protagonista charla con su exnovia, con un montón de pequeñas viñetas de detalles del cuerpo de ella esparcidas por la página para decir todo lo que hace falta del momento y de lo que está pensando él. Hay más, pero tampoco se trata de desmenuzar aquí el tebeo: diré a modo de balance que Sandía para cenar alterna dianas muy certeras con fallos por los pelos, debidos al afán de de Castro por superarse y no caer en la rutina. Y yo tengo que decir que prefiero esta montaña rusa al aburrido caminito plano que suele ser un cómic contado sin riesgos, con plantillas clásicas y sin complicarse la vida.

Más allá de esto, Sandía para cenar cuenta una historia de una manera relativamente convencional, en realidad, al menos al principio. Rubén es un veinteañero recién emancipado y al que le regalan una sandía que, de buenas a primeras, empieza a mutar en humanoide, algo que se acepta con naturalidad de realismo mágico y se convierte en el desencadenante de una crisis vital para Rubén. Es una premisa interesante que esconde metáforas a veces bien traídas, otras un pelo obvias, pero que mantienen siempre ese interés hasta el final, a lo cual ayuda no sólo el despliegue gráfico, sino también la habilidad de de Castro para el costumbrismo y el diálogo fresco, al menos la mayor parte del tiempo. De nuevo se echa en falta más regularidad, un hilazón más contundente de las ideas que se ponen sobre la mesa, especialmente hacia el final, donde la decisión del protagonista —que no desvelaré— no se termina de entender. Tampoco es que yo necesite entenderlo todo de lo que leo, ni mucho menos, lo que pasa es que el relato me lleva a ese estado de ánimo en su primera mitad, donde es más clásico de lo que parece.

En esa tensión entre hacer una historia como mandan los cánones y dejarse llevar sin restricciones va a estar la clave de la futura evolución de Javi de Castro: caiga del lado que caiga, estoy convencido de que va a ser interesante, porque talento le sobra. Sandía para cenar tiene un gran mérito y en realidad todo lo que he dicho de ella es lo normal en la obra de juventud que es. No hay, seguramente, muchos autores que siendo tan ambiciosos consigan resultados tan interesantes a esa edad y con tan poca experiencia detrás, aunque de Castro en internet no para quieto un momento, y de hecho, la forma que tiene de aprovechar ese medio es uno de sus puntos fuertes: valga de ejemplo Everybody.

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Entrevista con los autores de Grapa Grapa en Entrecomics.

Hace un par de semanas pude entrevistar a un buen puñado de autores en Barcelona, todos ellos con algo en común: han publicado en Apa Apa un cómic dentro de la colección Grapa Grapa. Son Marc Torices, Ana Galvañ, Camille Vannier, Arnau Sanz, Chema Peral, Alexis Nolla, Irkus M. Zeberio y Sergi Puyol. Aquí podéis leer el resultado.

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Fanzines son amores.

El Graf tiene muchos alicientes para mí: veo a mucha gente con la que sólo coincido en eventos, se crean sinergias, se inician proyectos, se cargan las pilas una barbaridad para seguir haciendo cosas, para seguir motivado en la tarea de aportar todo lo que se pueda a este medio que muestra en el Graf su cara más dinámica e ilusionante. Cuando uno está allí y siente el entusiasmo de la gente no puede evitar sentirse contagiado. Pero aparte de todo eso, que se regala, también se pueden comprar tebeos en Graf. Y sobre todo fanzines, que son para mí lo más interesante, dado que es el material que sé que luego va a ser más difícil conseguir. Personalmente me apena que en Madrid no tengamos una librería especializada verdaderamente bien surtida de fanzines, al estilo de la barcelonesa Fatbottom; Madrid Cómics tiene bastante material, pero es prácticamente la única —que yo conozca— y no está especializada en eso. Pero, bueno, tengo el consuelo de que cada cierto tiempo puedo darme el gustazo de comprar un buen puñado de fanzines de golpe. Por supuesto también los compro por correo, pero no es exactamente lo mismo. No tengo la oportunidad de ponerle cara a su autor, ni te compras cosas que te entran por los ojos de gente que no conoces.

Todo esto viene a cuento porque el último Graf me confirmó la impresión de que estamos viviendo un momento verdaderamente bonito en todo lo que tiene que ver con autoedición. Hay gente muy buena haciendo cosas muy interesantes, gente que publica con editoriales otros proyectos o que no lo hace, autores que militan en el fanzinerismo o simplemente que aman todos los aspectos de la edición y quieren controlar los pasos del proceso en su totalidad. Siento que esta escena —o multitud de escenas, según— es donde hay que estar ahora mismo para saber qué se está cociendo en los márgenes y en la vanguardia de los cómics.

Estoy últimamente a mil cosas y las lecturas acumuladas amenazan con colapsarme, pero quiero dedicarle un espacio a algunos —no todos— fanzines que he leído en estas dos últimas semanas. La mayoría provienen de Graf, aunque otros me han llegado por otras vías en los mismos días.

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Fiebre amarilla, publicado por Joaquín Guirao, es un cuaderno grapado de páginas amarillas que homenajea a la que posiblemente sea la serie de animación más influyente de Occidente: Banner y Flappy. No, claro, hablo de The Simpsons. La influencia en la cultura —cultura pop o cultura a secas— de la creación de Matt Groening es inmensa, y este fanzine es un sincero homenaje que al mismo tiempo no reverencia al original, sino que lo trata con una vocación iconoclasta que estoy seguro de que encantaría al mismo Groening. Entre las ilustraciones y cómics que incluye Fiebre amarilla se encuentran muchos colaboradores del fanzine Migas, como Jehf, Antoine Le Viril, Gabi o Montoya, pero también otros dibujantes amigos: Pablo Ríos, Nacho García, José Tomás o El Otro Samu, así hast treinta y uno en total. Hay cosas curiosas, cosas bizarras y cosas muy buenas.

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Solo perras es la réplica a Solo perros, publicado el año pasado. Un puñado de historias protagonizadas por perras, reales o antropomórficas, a cargo de jóvenes autoras entre las que destaca Ana Galvañ con «La entrevista», un turbio relato de una entrevista laboral, y las cada vez más activas e interesantes Miriam Persand y Cristina Daura, con «Una tarde divina» y «Clan de perras» respectivamente. Pero también me ha parecido muy bonito lo de Laura San Román, que hace varias historias de una página.

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Nowt/Aktion 4 es lo último de Gabriel Corbera, que ahora se lanza a experimentar con la risografía, un método de impresión retro que también hemos podido apreciar en los últimos cómics de Sergi Puyol o Irkus M. Zeberio. La risografía le permite jugar con muchos efectos, desenfocar las imágenes, componerlas con puntitos, ensuciar las páginas de una manera sorprendente en quien había hecho de la línea pura casi una seña de identidad de la serie. La historia es una pasada, una locura visual y cinética llena de osadías que derrumba prejuicios y demuestra que se puede hacer género clásico fuera de los cánones estéticos que asociamos a ellos, porque Nowt/Aktion es un tebeo de acción y aventura, y su misterioso protagonista de pelo afro tiene poderes y lucha contra monstruos y robots. No sabemos a dónde vamos, pero sí que queremos llegar hasta el final de la mano de Corbera, que nos lleva más allá de todo lo que conocíamos.

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Ya que estoy sigo con Zeberio, de quien he leído casi al mismo tiempo dos fanzines alejados sin embargo entre sí unos tres años. Akelarre es de 2011 y muestra una sucesión de combates rituales entre mujeres. Es un Zeberio contenido, de trazo fino y elegante, que maneja la anatomía y las formas blandas con mucha maestría, y cuyo registro gráfico recuerda al que empleó en Cramond Island. El argumento es mínimo, pero hojear este cómic es una delicia.

Europa, por el contrario, es lo último que se ha autoeditado, un modesto cuadernillo grapado e impreso con risografía, como el fanzine de Corbera. En Europa se mezcla el relato futurista que venía desarrollando en otros tebeos, como La mano del hombre, —cuyo protagonista, el hombre del bigotón armado con un bastón, hace aparición—, con los mitos clásicos. Éste es el Zeberio más espontáneo e inmediato, el que, en sus propias palabras, tiene una idea y la plasma directamente en el papel sin pensarlo mucho. El acabado es intencionadamente tosco, y le confiere a Europa un aire artesanal y una frescura tremenda. Hay algo de conjuro arcano en el dibujo no retocado, directo, pero hace falta ser muy bueno para conseguir estos resultados.

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Bravos es una especie de segunda parte de Bravas, autopublicado por Tania Terror y Mar Cianuro. Se centra en la masculinidad con buenos textos hirientes a veces e irónicos otros, pero que reflejan muy bien muchas contradicciones del momento actual. Colaboran, entre otros, Oliver García Mancebo, Jorge Cascante, Nacho García y Néstor F., estos dos últimos con textos e historietas. «Puto maricón» de García y «A.M.I.A» de Néstor son de lo mejor del fanzine.

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¡Qué suerte! es uno de los fanzines veteranos del país, coordinado y editado por Olaf Ladousse. Como siempre, el ¡Qué suerte! se centra en un tema concreto, en este caso Dios, y es un tocho bastante impresionante de papel grapado que contiene historietas de un buen montón de dibujantes, entre los que destacan —desde mi punto de vista, claro— las aportaciones de Lili Z., Mireia Pérez, Martín López Lam, Ana Galvañ o Jorge Parras. La historia de Nacho García también es de mis favoritas —quizás de las dos o tres que más me han gustado—, y eso que ya la había leído en uno de sus últimos fanzines, y la de Mauro Entrialgo también es genial. También quiero mencionar dos experimentos apropiacionistas que reproducen historietas clásicas.

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Por último, quiero mencionar un fanzine muy especial: Cosas brillantes, obra de Tino, un dibujante de diez años hijo de otro, Ed Carosia. De Tino había visto dibujos sorprendentemente buenos para su edad, y ahora tenemos la ocasión de ver que también haciendo cómics se desenvuelve muy bien. Tiene imaginación y cuando usa el color, en algunas páginas, demuestra que también tiene sentido estético. Espero que Tino no deje nunca de dibujar y Cosas brillantes sea en el futuro un documento histórico, el origen secreto de un dibujante de éxito.

Recopilaciones con nombres consagrados, autores jóvenes experimentando y aprendiendo, autores que hacen cosas demasiado marcianas, artesanos de la edición que optan por el fanzine casi como opción política… Todo esto es en 2014 el mundo de la autoedición de cómic, y si lo obviamos en cualquier análisis de la situación estaremos obviamente una parte importante, vibrante y llena de talento.

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Neuroworld, de Borja Crespo.

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Llevo uso días bastante ocupado y con mucho que escribir pendiente, pero no quiero dejar pasar la ocasión de dejar aquí al menos unas palabras del largometraje que ha estrenado hace poco Borja Crespo dentro del marco de Little Secret Films. Conozco a Borja desde hace pocos años, pero suficientes como para preguntarme ya, como todos, supongo, de dónde saca el tiempo este hombre aparentemente inagotable, que cada día está en un punto diferente del país organizando algún evento interesante.

Pues todavía ha tenido tiempo para rodar su primer largo, Neuroworld, aunque dure poco más de una hora y siga las reglas del proyecto Little Secret Films que favorece cierta espontaneidad y obliga a reducir los tiempos de rodaje. La película se inspira en varias obras de M.A. Martín, quien también participa en el guión y que, si no practicara las temáticas que practica, sería considerado en España como el gran maestro del cómic que en realidad es. Pocos dibujantes han desarrollado una obra tan personal, coherente e independiente que él, y posiblemente menos aún han conseguido alcanzar la precisión de su crítica social y política. En los cómics de Martín no hay corrección política ni concesión a los buenos sentimientos, y tampoco los hay en Neuroworld. Crespo ha entendido que la traslación entre medios, más que nunca, no podía ser directa. El universo Martín, convertido en imagen real, tendría un efecto muy diferente en el espectador del que provocan sus cómics, donde, gracias a su dibujo estilizado y quirúrgico, consigue que nos entren por los ojos las perversiones más sofisticadas.

En Neuroworld el sentimiento de malestar existe, pero se consigue sin imágenes explícitas, porque en el cine lo no mostrado es casi siempre más efectivo que lo que sí se enseña. A base de conversaciones, de un ritmo que al principio descoloca pero enseguida nos absorbe, la película nos pone mal cuerpo, cada vez peor, hasta llegar al final. Es el mal rollo que provocan las miradas codificadas que se lanzan los personajes de soslayo, la música sutil, el no saber nunca del todo si los protagonistas mienten o no; en definitiva, desposeernos de certezas y de lugares comunes que nos sirvan como asidero que nos salven del abismo.

El mundo urbano despiadado de Martín está ahí, y también el individualismo salvaje, agresivo, especialmente en el personaje interpretado por Richard Sahagún. La violencia asimilada y reproducida por los medios de comunicación, que reciben su cuota de pedradas en la película, no sólo por su manipulación y su papel de anestésico social, sino también por cómo nos aisla: los silencios autistas de Mónica Miranda y Marta Guerras durante la escena de su cena en los que se emboban con sus móviles son algo cada vez más frecuente en las reuniones sociales. Guerras, por cierto, juega el papel más exagerado y arriesgado, el de la youtuber frívola y embebida por el mundo virtual, adicta a mostrar las tontadas más gordas a sus seguidores con un hilarante lenguaje infantil, pero sale bien parada casi siempre, pocas veces se pasa y nunca se queda corta: es realmente graciosa. También quiero mencionar a Juanra Bonet, que tiene el papel más discreto de los cuatro protagonistas pero a mí me encantó.

El modelo de Little Secret Films tiene sus limitaciones, claro, ahí está parte de la gracia. Con más tiempo y algo más de pasta —pero tampoco demasiada, no os creáis— en Neuroworld se podrían pulir detalles técnicos, diálogos y actuaciones, pero también es algo que puede ser contraproducente: se pierde frescura, espontaneidad y sorpresa. A veces la primera o la segunda toma es la buena y el afán perfeccionista arruina los resultados. Lo importante al final no es tanto cuadrarlo todo al milímetro: de producciones técnicamente perfectas está el museo de los bostezos lleno. Neuroworld engancha y la hora se pasa volando, inmerso en el peligroso juego de cuatro personajes siniestros, cada uno de una forma diferente, en el mundo jodido de Martín, que lo es sobre todo porque es el nuestro levemente deformado.

Trailer de Neuroworld:

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Club de lectura de novela gráfica en la Librería Muga.

Mientras intento recuperarme de la avalancha de lecturas y trabajo del Graf de Barcelona (que fue genial, por cierto) os anuncio un proyecto que llevamos gestando varias semanas y que me tiene muy ilusionado: voy a coordinar un Club de lectura de novela gráfica en la Librería Muga, en la vallecana Avenida Pablo Neruda. Vamos a empezar con Los surcos del azar de Paco Roca el 19 de junio a las 19:00, y habrá una nueva sesión cada tercer jueves de mes. Me hace ilusión porque es la primera vez que organizo algo así, pero también porque es en mi barrio, y porque Muga es una librería con un programa de actividades culturales magnífico, que demuestra que es algo más que una tienda de libros. Para mí va a ser un placer enorme aportar mi granito de arena. Os esperamos a todos los que tengáis interés en pasaros por allí, y os dejo más información en el siguiente pdf.

06 PDF Club de Lectura SURCOS DEL AZAR(3)

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Joe Sacco en Madrid.

He llegado por los pelos, pero he tenido la suerte de poder asistir al acto de presentación de La gran guerra y el cómic digital Srebrenica de Joe Sacco en el auditorio del museo Reina Sofía. Lo llamo presentación pero lo que tengo que decir en primer lugar es precisamente que no ha sido el típico acto promocional que a veces se ve en marcos como éste y con editoriales potentes como Random House, pero tampoco ha sido lo que estamos acostumbrados a ver en una presentación convencional de un cómic.

Lo que ha sido es un debate a tres bandas entre Gervasio Sánchez, periodista y fotógrafo que ha trabajado en zonas con conflictos bélicos, Paco Roca, ahora mismo uno de los dos o tres autores españoles de cómic más importantes y mediáticos y el propio Joe Sacco, en escala desde Portland antes de dirigirse a Barcelona para participar en el Saló del Cómic.

El acto ha empezado puntualmente y la organización ha estado impecable. Se ofrecían auriculares para escuchar la traducción simultánea de las palabras de Sacco, la cual también facilitaba mucho la fluidez de la conversación entre los tres participantes. Soy muy malo para calcular a ojo el aforo, pero había bastante gente, aunque estaba muy lejos de llenarse la sala.

Y la charla en sí, de manera muy orgánica, ha funcionado como una especie de cruce de caminos: Gervasio Sánchez compartía con Sacco su faceta de periodista de guerra y podía encontrar en ello puntos de contacto entre sus experiencias, mientras que Roca compartía con Sacco su condición de dibujante. Pero lo interesante ha sido que los dos contertulios que le daban la réplica a Joe Sacco apuntalaban esos elementos en común obvios con la admiración por su trabajo, en el caso de Sánchez, y con el reciente trabajo de Roca dentro del proyecto de Intermón Oxfam en el que colabora junto a otros muchos dibujantes, y que lo ha llevado a Mauritania, donde ha podido sentir lo mismo que sentía Joe Sacco cada vez que sacaba el cuaderno de dibujo.

Gervasio Sánchez conocía muy bien la carrera de Sacco y abrió el acto con la lectura de un texto sentido e interesante, que vinculaba el trabajo del americano con el de Goya. De Goya comenzó hablando Sacco, que acababa de visitar el Prado y observado sus pinturas sobre la guerra, en concreto Los fusilamientos del tres de mayo.

A partir de ahí, lo que hemos tenido es una charla distendida, pero seria, rigurosa, y donde se ha demostrado que hacer un acto «para todos los públicos», y no sólo para los cuatro que no nos perdemos ni una no significa caer en el show por el show cuando no procede ni rebajar los contenidos. Supongo que en la sala habría muchos periodistas, pero, en realidad, creo que ha sido interesante para cualquier ser pensante con ojos y orejas al que le interese mínimamente lo que pasa en el mundo. Se habló del trabajo del periodista de guerra, de la importancia de implicarse, de ir a buscar los testimonios de primera mano y arriesgarse, de no quedarse en el hotel todo el día. Sánchez y Sacco contaban cómo ellos se alojaban en casas, no en hoteles, para poder así estar más cerca de lo que iban buscando. También se comentó la necesidad moral de estar junto a las víctimas, de rechazar la equidistancia y la objetividad del periodista —cosa que comparto totalmente— y hablar más bien de honestidad. Joe Sacco comentó que se incluye en sus obras porque para él fue un paso natural tras haber empezado dibujando cómics autobiográficos, y que eso le ayuda a mostrar a sus lectores que lo que cuenta es su visión. Es justo una cuestión de honestidad.

Las caras que ponía Sacco cuando Gervasio Sánchez le contaba alguna de las duras anécdotas que ha vivido demostraban cuánta sinceridad hay en su persona, que tiene necesariamente que estar hecha de una pasta especial para hacer lo que hizo él cuando un día decidió marcharse a Bosnia con mil doscientos dólares y sin el apoyo de ninguna editorial, grupo de comunicación o mecenas.

Paco Roca le ha preguntado sobre la tentación de modificar alguna cosa de su investigación con fines narrativos, a lo que Sacco ha contestado que no lo hace, que prefiere que su cómic sea menos ágil a omitir detalles, fundir dos personajes en uno o cosas así. También compartieron sus experiencias dibujando sobre el terreno, y Sacco comentaba que la gente tiende a sentirse menos intimidada, porque el impacto del dibujante es menor que el de un fotógrafo. También le permite mostrar a la gente cómics anteriores suyos para que tengan una idea clara de qué hace con sus testimonios, y aquí se incidió mucho en que eso funciona de inmediato porque el dibujo es un lenguaje universal.

Pero quizás lo que más me ha llegado de todo lo que ha dicho Joe Sacco ha sido una frase, más o menos literal: «La ira es un sentimiento infravalorado». Lo ha dicho cuando se le ha preguntado que en qué se basa para elegir un proyecto al que va a dedicar, a veces, cuatro, cinco o seis años de su vida. Ante eso, ha sido claro: escoge aquello que más le cabrea, aquello que más le hace arder la sangre, porque es la manera de asegurarse de que años después de empezar seguirá teniendo fuerzas para terminar.

La tanda de preguntas final de rigor ha sido también sorprendentemente interesante, porque se ha huido de tópicos y ha permitido ahondar en lo que ya se había expuesto y en las experiencias de Sánchez y Sacco. Y justo para concluir, un detalle que me ha parecido muy significativo: cuando la última persona que ha preguntado algo ha comentado, sin duda con su mejor intención, que tal vez a lo que hace Sacco habría que llamarlo de otra forma en lugar de «cómic», ha sido Gervasio Sánchez el que ha dicho que no ve la necesidad de eso, y ha puesto el ejemplo de los grabados de Goya, hechos en una época en la que los grabados eran un arte más que menor, pero que aquí siguen, dos siglos después.

En fin, no sigo, pero podría, porque me ha encantado y me dejo cosas en el tintero. Me ha dado pena no haberlo grabado, porque además el inglés de Sacco se entendía a la perfección. Pero sí quiero acabar diciendo, porque creo que hay que decirlo, que este tipo de actos que ahora casi vemos como normales no son la norma y, desde luego, hace unos años no eran posibles. El propio Sacco es consciente de la relevancia que ha adquirido su trabajo en la última década. Igual soy pesado con esto, pero me parece necesario no olvidar de dónde venimos y qué es lo que significaba el cómic en la sociedad española hace no tantos años. Hoy, uno de los cuatro o cinco autores americanos vivos más importantes —en mi opinión, claro, pero creo que se lo ha ganado a pulso: prácticamente ha inventado un género narrativo y eso no está al alcance de cualquiera— ha charlado con uno de los más importantes autores españoles y un reportero de guerra en el auditorio de un museo sobre periodismo, cómic, ética y responsabilidad. Y lo han hecho entre iguales, desde el respeto mutuo y la admiración hacia el trabajo de los otros. Lo han hecho como si fuera lo más natural del mundo, sólo que en estas cuestiones no existe lo natural, y sí los procesos sociales y culturales. Hay un camino recorrido detrás del acto de hoy en el Reina Sofía. Pero ahora no me voy a poner con eso, que no son horas.

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