Exposición CuestionARTE en el Colegio de arquitectos de Madrid.

Hasta este domingo puede verse en el Colegio de arquitectos de Madrid (calle Hortaleza, 63) la exposición CuestionARTE, una iniciativa en la que participa Oxfam Intermón y en la que se exponen los primeros trabajos derivados del proyecto que lleva a artistas de todas las disciplinas a países donde hay proyectos de desarrollo. Pueden verse por tanto los trabajos en cómic de Álvaro Ortiz, Miguel Ángel Giner, Cristina Durán y Sonia Pulido. Os dejo el enlace a la nota de prensa.

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Entrevista con Catalina Mejía en Entrecomics.

La semana pasada entrevisté a Catalina Mejía con motivo de la creación del sello de novela gráfica Salamandra Graphic, del que Catalina es editora. La transcripción de dicha entrevista la podéis leer en Entrecomics.

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Thor en Entrecomics.

Se me pasó ayer avisar de que he publicado en Entrecomics una reseña sobre las primeras sagas del Thor de Jason Aaron y Esad Ribic. Aquí dejo el enlace.

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C-Chemtrail, El Temerario 9 y Niños de Komodo, de Ediciones Valientes.

edvalientes

Ediciones Valientes es uno de los colectivos de autoedición más activos e interesantes de los últimos años en España. Martín López Lam no para, y ya sea con sus obras propias o coordinando obras colectivas, está aportando mucho a la escena independiente, a eso que en EE. UU. denominan small press y que considero imprescindible para que el medio avance y se consolide un movimiento verdaderamente internacional de autoedición. 2014 ha empezado con fuerza con tres publicaciones de las que no puedo pasar sin decir al menos un par de palabras.

C-Chemtrail es un desplegable que adapta el que quizás sea el proyecto más experimental de López Lam: un webcómic semiabstracto que dinamita los conceptos clásicos de narración y que se expande por la pantalla como un work in progress infinito. Como la web, el desplegable es una experiencia sensorial llena de formas y colores combinados por pura intuición. A mí me tiene fascinado por completo.

El temerario es un fanzine colectivo de gran formato centrado en la ilustración. El número que aparece este enero, el noveno, es el primero que leo, y me ha sorprendido mucho por la calidad de varios de sus colaboradores. La idea parece ser conjugar estilos que choquen entre sí casi con violencia: vamos de la ilustración no figurativa al realismo de base fotográfica, del apropiacionismo de iconos pop a la nueva carne. Hay algunos dibujos potentísimos con temas de naturaleza, y un par de páginas con anuncios falsos en la línea de los que hace Chris Ware muy buenos. En el enlace tenéis el nombre de todos los colaboradores, que son, como en muchos proyectos de Ediciones Valientes, de estados diferentes.

El último artefacto es Niños de Komodo, un fanzine de edición limitada a cien ejemplares que plasma el trabajo realizado en el taller del mismo nombre por unos cuantos historietistas, siguiendo el método de trabajo conocido como OuBaPo —explicado por Álvaro Pons en un pertinente epílogo—. Practicado en origen por L’Association, el OuBaPo funciona al aplicar restricciones voluntarias al cómic que se está haciendo, como forma de estimular la creatividad. Las restricciones pactadas por los autores de Niños de Komodo no se revelan, aunque hay alguna formal que se deduce —seis viñetas por página—. El resultado es una especie de caos ordenado, una historia que no parece tal que sucede en un parque y que implica a una niña y un niño que juegan a cambiar de sexo y a un pato salido.

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Mentiré si es necesario, de Daniel Ausente.

Daniel Ausente —o Absence— es uno de los mayores expertos en cultura pop y serie B que tenemos en España. Sus conocimientos enciclópedicos y el volumen de datos que maneja son avasalladores, pero siempre he pensado que todo eso es secundario y está también al alcance de otros. Lo que creo que importa es lo que hace con toda esa información, que no es tanto limpiarla de ruido como sumergirse en ella y extraer lúcidas conclusiones del océano de lo pop y de lo desvergozadamente trash. Daniel Ausente entendió hace mucho tiempo que el pop habla de nosotros, de la vida. En la cultura mal llamada baja late el ritmo de nuestro tiempo, y sólo si esto se tiene en cuenta se podrá llegar a la verdad.

Por eso Mentiré si es necesario debía tener forma novelada, para permitir entrelazar lo que, en realidad, siempre estuvo unido: la memoria vital y la memoria (sub)cultural. Recordar el pasado es recordar los tebeos, las películas y los libros que nos marcaron, cualidad que no tiene siempre que ver con la excelencia de la obra, sino con las circunstancias que la rodean y con nosotros mismos. O con Ausente, en este caso, que arma una biografía llena de brío, que se devora de una sentada porque se intuye en ella una verdad profunda que no tiene que ver con el grado en el que se ciñe a los hechos, sino con algo emocional. De hecho, el propio título ya nos está advirtiendo de que lo que leemos puede o no ser cierto, y precisamente en ese juego realidad-ficción está el mayor valor de Mentiré si es necesario, porque evidencia que la respuesta a la pregunta carece de relevancia: la verdad en el arte no tiene que ver con los hechos, que, por otro lado, nunca, por definición, pueden llegarnos de manera objetiva. Desconfiad siempre del que en ciencias sociales demuestra un hecho, y más aún del escritor que esgrime como gran valor de su obra que está contando hechos reales. Toda narración es una gran mentira. Todo relato es una ficción. No existe el hecho sino la interpretación del mismo. Y el proceso narrativo implica, al menos, dos filtros distorsionadores: el del emisor y el del receptor.

Una vez esto se asume lo esencial está en otra parte. Está en esa verdad profunda, emocional, increíblemente más importante y terrible. Da lo mismo que lo que cuenta Ausente sucediera tal cual o esté adornado, o directamente inventado: las sensaciones son reales. Su sinceridad es total. El despertar sexual, las primeras salidas, esas visitas a casas enormes de familiares que el tiempo convierte en mitos fundacionales de la personalidad, el cine como descubridor primero de la vida… Y el retrato duro de una Barcelona oscura, de droga y violencia, que convierte al niño en hombre a hostias, y en la que tiene aún más significado que Daniel Ausente no pierda nunca su mirada romántica de la realidad, y siga leyendo tebeos de Conan y viendo pelis de zombis, y viendo en ellos nuestro reflejo. Cuando escribe sobre su pasado más reciente, convertido ya en padre de familia, no sólo conserva esa mirada sino que la dota de una dimensión diferente, la que da el tiempo, y es capaz de escribir la que, para mi gusto, es la mejor pieza del libro: «Lepismas en el imperio secreto».

Casi todos los comentarios que he leído sobre Mentiré si es necesario inciden en que se lee de una sentada. Y es verdad, yo me lo leí en dos ratos, y porque no pude leerlo en uno. Creo que se debe, en parte, a que Ausente no se pierde intentando escribir bonito, que es algo que los que verdaderamente escriben bonito no intentan, sino que va duro y a la cabeza. Su estilo es conciso, rico en oraciones breves, y alcanza la poesía por el camino del concepto más que de la forma. Si siempre es un placer leer a Absence, en este libro lo es de una manera distinta, porque habla de todos nosotros y la amargura es inevitable. Aunque, en realidad, todos sus textos hablan de nosotros.

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Baco 2 en Entrecomics.

Hoy reseño en Entrecomics el segundo tomo de Baco, de Eddie Campbell. Aquí el enlace.

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Señores del caos, de Michael Moynihan y Didrik Søderlind.

señores del caos

No quiero dejar pasar más tiempo sin comentar Señores del caos, que terminé de leer hace ya unas semanas. Se trata de un apabullante trabajo periodístico de Michael Moynihan y Didrik Søderlind que analiza con una profundidad bastante infrecuente el fenómeno del black metal, especialmente el noruego. Y digo fenómeno porque esto es clave en el libro: es un trabajo que trasciende lo musical y se convierte en un estudio cultural y sociológico, con todas las implicaciones que esto tiene. La música está ahí, evidentemente, pero sin ninguna duda lo más interesante de Señores del caos es otra cosa. Es el proceso por el cual aparece, en un país remoto del frío norte, una escena mínima y underground, sus implicaciones sociales, las relaciones entre sus miembros, la psicología de sus líderes, la filosofía, la religión, la política… y el circo mediático que se genera a su alrededor cuando ese puñado de inadaptados paso de las fantasías a los hechos.

El rigor con el que ambos autores han conducido una investigación de años es admirable, especialmente porque están tratando una materia en la que la tentación de caer en el amarillismo siempre va a estar ahí. Pero muy al contrario, de lo que se trata aquí es de hacer un retrato fiel, en el que se atienden a versiones diferentes, muchas veces radicalmente opuestas, sin posicionarse, o haciéndolo, pero dejándole margen al lector para que él también se forme su opinión. Para todo esto es crucial el manejo de fuentes. Sin una selección correcta, como sabe cualquiera que se dedique a las ciencias sociales, una investigación, por bienintencionada que sea, se puede venir abajo. Søderlind y Moynihan rebuscan entre la prensa de los diferentes países con escena black metalera, han realizado decenas de entrevistas a los protagonistas y a otras personas involucradas en las polémicas acciones de las bandas black, y más allá de eso lo han sabido hilar en un relato fascinante y absorbente, que se lee como una novela, del tirón, especialmente en lo que respecta a la escena noruega, la que inició todo y la que ofrece los mayores interrogantes desde el punto de vista sociológico.

Porque ya decía al principio que esto es la clave de todo. ¿Cómo pudo suceder esto? ¿Qué mecanismos sociales operaron ahí para que un grupo de chavales acabara quemando iglesias antiguas o cometiendo asesinatos? Señores del caos habla de decadencia cultural, de sociedades bloqueadas y sumidas en su autocomplacencia, de valores que no pueden dar respuestas a quien es marginado de las supuestas bondades del sistema, que intentará encontrar las suyas propias, en un sincretismo al que no sé si llamar posmoderno o terriblemente tradicional, que mezcla satanismo, paganismo, nacionalsocialismo y hasta a los ancient aliens para organizar una especie de teoría integral que explica todos los males de la contemporaneidad y aboga por una vuelta a la pureza pasada, basada en otro sistema de valores. Es una paradoja, una falacia lógica: críos fascinados con el nazismo y abiertamente homófobos y racistas hablando de libertad suprema para el individuo.

Eso también es interesantísimo. Lo de los críos, digo. Porque en el fondo, al menos al principio, eran eso: chavales que se dejaron llevar demasiado y que crearon un microuniverso con sus propias normas, y que chocó brutalmente con la realidad cuando trasgredieron las suyas. Leyendo Señores del caos, creo que una de las claves para que esto sucediera justo en ese momento y lugar estuvo, precisamente, en el tiempo y el espacio. Una sociedad nórdica, con poca vida social y en comunidad, comparada con las de países con mejor clima, un buen nivel socioeconómico y sobre todo pacífica, sin grupos radicales previos. Con un lugar por ocupar que el Círculo Negro ocupó. Creo que el fenómeno habría sido imposible si Oslo hubiera sido una ciudad con bandas punks, neonazis o de cualquier otro tipo, donde estos jóvenes introvertidos que se pintaban el cuerpo como cadáveres habrían sido una nota colorista, y no los señores del mal que la prensa local dibujó. Varg Vikernes en la Vallecas de los años 80 habría durado dos telediarios.

Pero todo esto —aparte de ser una teoría personal, por supuesto— sólo hace que todo lo que se cuenta en Señores del caos sea aún más sobrecogedor. La historia de cómo esos chicos pasaron de grabar maquetas sin apenas saber tocar sus instrumentos, con una música mucho menos aterradora de lo que ellos pensaban a cometer delitos que llevaron a la cárcel a prácticamente toda la plana mayor de la primera escena noruega. Y más concretamente la relación de Vikernes y Euronymus, las dos cabezas del Círculo Negro, es interesantísima. Como también lo es la comercialización del fenómeno y la exportación a otros mercados, previa limadura de aristas incómodas, tanto las delictivas como las que no lo son pero dan en la diana cuando atacan los puntos débiles de nuestro sistema.

He dejado al final todo lo que se refiere a la edición española, lo cual es algo injusto porque desde luego no es lo último a tener en cuenta. Es Pop Ediciones ha llevado a cabo un trabajo extraordinario, que da valor al libro como objeto y recoge las ampliaciones que los autores realizaron posteriormente, además de un prólogo de Javier Calvo y el impresionante trabajo gráfico de Miquel Porto.

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