Orgullo y satisfacción n.º 11, de VVAA.

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Mis ocupaciones me están dejando poco tiempo para escribir este mes, pero no quiero que termine sin mi cita mensual con Orgullo y satisfacción, aunque en esta ocasión no tengo tanto que decir.

Sin embargo, sólo por la portada es de justicia que comente el número. El mismo día que se aprobaba definitivamente la Ley Mordaza, esa vergüenza que confío en que dure lo que dure el gobierno que la ha impusto en el poder, Orgullo y satisfacción número 11 aparecía, con una portada desafiante y, al mismo tiempo, simbólica. Una versión aún más cafre de la portada por la cual El Jueves fue secuestrada en 2007. Es una declaración de intenciones perfecta, que además reivindica la libertad del humor y la trayectoria de los autores de esta revista.

Respecto a sus contenidos, en esta ocasión son más variados aún que de costumbre. Quizá por la cercanía del verano, han buscado algunos temas menos políticos o densos. Tal vez por eso el monográfico esté dedicado a las series de televisión. Está organizado en páginas con dos tiras, cada una referida a una serie, de modo que es un repaso bastante completo al panorama actual… Del que yo conozco algo así como el 1%. Vamos, que de todas las series de las que hablan en el monográfico habrá visto tres o cuatro. Pero a pesar de no pillar tan bien los chistes, hay muchas que me han hecho gracia, porque saben ser lo suficientemente abiertas —o referencian otras cuestiones, van más allá de la serie—. A destacar la visión de Paco Alcázar de The Walking Dead y los huevos de Manel Fontdevila colando una tira sobre… ¡Colombo!

Pero en el resto de la revista hay espacio para todo, también para temas más jodidos. Por ejemplo, me ha gustado mucho el documentado informe de Bernardo Vergara sobre el TTIP, que es el tipo de material que diferencia realmente OyS de otras revistas. Siguen siendo chistes, pero el contexto es riguroso y no renuncia a una densidad mínima que seguramente impida que sea de lo más comentado o halagado del número, pero que para mí es de lo mejor del mismo.

Otra historieta que critica sin piedad una cuestión de actualidad que me ha encantado y que imprimiría y repartiría por las casas es la de José Luis Ágreda y Morán sobre los antivacunas, en su sección habitual de «Misterios insondables». En dos páginas explican bien claro qué pasa cuando, llevados por no sé qué criterios mafugos, ciertas personas deciden no vacunar a sus hijos.

Muy reseñables también las dos páginas de Mel sobre el periodismo que nos viene con la Ley Mordaza; decididamente, me gustan mucho más este tipo de páginas mediáticas que «Paco Pánico».

Y, como en casi cada número, Fontdevila sigue empeñado en darnos un chiste de una página que sea antológico. En esta ocasión es el de la página 10, brillante tanto en su concepción como en su ejecución.

Ya en otros derroteros, la historieta de Luis Bustos sobre neotribus urbanas es hilarante —«hilarante»; qué palabra, ¿eh?—, sobre todo por su última viñeta, brutal; por su parte, Paco Sordo sigue a un nivel muy alto en su «Tebeos basura», una de mis secciones favoritas de OyS, con juegos de palabras e imágenes fantásticos, un contenedor de ideas absurdas divertidísimo.

Las entregas de «Las nuevas aventuras de Emilia y Mauricio», «El show de Albert Monteys» y las diferentes series de Paco Alcázar son geniales, y están entre las mejores de la serie. Pero sobre la entrega de «Bienvenidos al futuro» de Manuel Bartual no tengo duda: es mi favorita hasta el momento, porque sabe entrelazar el comentario a la actualidad —todo lo sucedido con los tuits de Guillermo Zapata— con la propia dinámica de la serie y la experimentación narrativa más loca. «Vida de perros» de Vergara progresa, y aunque al principio no me terminaba de convencer, las últimas entregas están muy bien, especialmente la de este número.

Si contamos el número 0, OyS suma ya 12 números, especiales aparte; un año entero de actividad ininterrumpida. Vistos en conjunto, se aprecia claramente una primera etapa de experimentación, de ensayo y error, aunque seguramente más estable de lo que suele ser habitual en otras publicaciones, porque sus responsables no están faltos de experiencia. El cambio más significativo vino con la introducción de series, pero más allá de eso el modelo estuvo desde el principio más o menos claro: una parte de humor costumbrista, una gotas de absurdo, y una parte importante de sátira política en la que siempre está presente la conciencia de que hay que hacer valer la libertad que se tiene para hablar de lo que nadie más puede hablar —en este sentido, seguramente lo más importante ha sido la publicación del dossier de sobre grandes marcas—, pero también para hacerlo con el tono y la extensión que sean necesarios. La segunda mitad del año ha servido para ajustar dicho modelo, terminar de pulir detalles, equilibrar los contenidos y dosificarlos bien —decidir el orden de las colaboraciones no es, en absoluto, baladí— y que los autores con serie fija cojan carrerilla y encuentren el tono. Ahora, con la revista ya asentada, tanto creativamente como a nivel de mercado, toca no acomodarse, seguir ofreciendo novedades, sorprender y no dejar nunca de ser críticos, ni siquiera en lo que respecta a nosotros los lectores. Aquí estaremos para comprobarlo.

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Lecturas preestivales.

La gente suele aprovechar el verano para ponerse al día con sus lecturas atrasadas, pero a mí me está sucediendo todo lo contrario: ni tiempo para acercarme a las librerías tengo. Lo que sí hice fue leer mucho antes del verano, cómics de todo tipo que llevan tiempo esperando su turno para ser reseñados. Como llegado a este punto me doy cuenta de que jamás podría ponerme al día dedicándole una reseña individual a cada uno —tampoco me apetece hacerlo con todos, por otro lado— voy al menos a ponerme al día con este post, en el que comentaré un buen montón de tebeos.

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Empiezo con un par de nuevas entregas de dos series americanas. La primera es Capitana Marvel: Más alto, más lejos, más rápido, más… (Panini, 2015). Es el tercer tomo de la serie, y supone la llegada de David López como dibujante. Capitana Marvel pedía un dibujante regular potente a gritos, y López lo es: un excelente dibujante clásico, expresivo y conocedor de todos los tics del género. Por ponerle un pero, diré que no sorprende casi nunca, y que, leído del tirón el tomo, puede llegar a hacerse algo monótono, pero el nivel es muy alto. Kelly Sue DeConnick cambia radicalmente la orientación de la serie aprovechando su renumeración y se lleva al personaje a vivir una aventura cósmica, por la que se dejan caer incluso los Guardianes de la Galaxia, ya convenientemente mimetizados con los cinematográficos. Me habría gustado que DeConnick siguiera explorando los temas presentes en las entregas anteriores —el feminismo de Carol, la cuestión generacional, sus problemas de autoestima…— pero no puedo negar que, como aventura al viejo estilo, me ha resultado divertida.

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La otra serie es Prophet (Aleta, 2014) y es un caso muy diferente, porque creo que es el mejor libro por el momento. Brandon Graham está cada vez más atrevido, más críptico e imaginativo, pero al mismo tiempo la trama avanza hacia una guerra cósmica crepuscular y con ecos metafísicos que se centran en la identidad personal, las relaciones entre los diferentes John Prophets, que son al mismo tiempo el mismo y diferentes. Sin olvidarse de lo físico y lo cinético, magníficamente representado por un Simon Roy que empezó bien pero además ha mejorado mucho y ha sabido plasmar las extravagantes ideas de Graham, y su fascinación por la máquina-carne. La recurrente referencia a la ci-fi europea de Los Humanoides Asociados y compañía queda ya muy lejana: esto es otra cosa. Y creo que puede marcar un pequeño hito.

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Recientemente se ha publicado también el tercer libro de Kitaro (Astiberri, 2015), la serie juvenil de Shigeru Mizuki. A pesar de que prefiero al Mizuki que dibujaba para adultos —como es normal; me temo que es lo que soy—, en el fondo esta serie está animada por el mismo humanismo satírico que sus obras posteriores… La ambigüedad moral de todos los personajes, especialmente del cada vez más interesante Hombre Rata, sumada a la ignorancia arrogante de los humanos, completan un cuadro ciertamente complejo para una serie infantil. La mejor historia es la más larga, «El vampiro aristócrata». Con la lectura de este tomo me he preguntado, por cierto, si una obra como Kitaro conserva su interés para la actual infancia, acostumbrada a un dibujo más pulcro y vistoso. No lo sé, la verdad, pero sería interesante comprobarlo.

ghetto brother

Ghetto Brother es el título más reciente de Sapristi —y su cuarto cómic, si no me fallan las cuentas—. Es obra de dos desconocidos en España, Julian Voloj y Claudia Ahlering, y se trata de un libro con vocación documental que se acerca a la figura de Benjy Melendez, el fundador de una de las bandas más importantes del Bronx de los años sesenta y setenta, los Ghetto Brothers, en cuyo seno nacerá el hip hop. Yo, que no sé prácticamente nada de toda esta cultura, he encontrado muy interesante el acercamiento escrupulosamente fiel de los autores a una realidad dura, la de las bandas, la calle, la violencia y las drogas. Pero, al mismo tiempo, el libro es también un buen retrato de un personaje carismático y fascinante, que supo unir a todas las bandas y trabajar por la comunidad viniendo desde abajo y que, pasados los años, miró hacia su interior y se encontró a sí mismo en la religión de sus progenitores. A veces el irregular dibujo se queda corto, no llega a cubrir lo que está exigiendo la historia, pero sigue siendo una lectura interesante.

PORTADA KIMOI

Kimoi (Diábolo, 2015) de Ángel es una recopilación de tiras de gran formato, de dibujo preciso y elegante y humor escatológico y bizarro. Reconozco que no es el tipo de humor con el que más me río, y quizás por eso las tiras que más me han gustado son las más, digamos, poéticas: aquellas en las que el surrealismo se apodera de los mecanismos humorísticos, por ejemplo la del hombre perro, o la del duelo de personajes que acaba con uno cayendo al interior de un coño. Ángel realiza un curioso ejercicio de proyección al tomar como materia elementos puramente japoneses y quere hacer un humor japonés; se nota que conoce bien lo que trata, especialmente en lo que respecta a las prácticas sexuales más extrañas de Japón, un país donde los tabúes, la represión y las propias dinámicas sociales han generado cosas muy chungas. Y no hablo tanto de cuestiones como la filia de lamer ojos, que es muy respetable, sino a lo que tiene que ver con las relaciones con otros seres humanos, que pueden alcanzar niveles enfermizos, donde lo kawai se confunde con lo infantil.

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El siguiente título es un clásico de los ochenta: Ciudad (Astiberri, 2015) de Ricardo Barreiro y Juan Giménez. Cómic argentino adulto de trasfondo político, tan heredero de El Eternauta que hasta recurre a una aparición de Juan Salvo para resolver —precipitadamente— una trama que parecía eterna. El punto de partida no se explica, aunque tampoco creo que haga falta: Jean se pierde en la ciudad y acaba llegando a la Ciudad, un espacio infinito, que parece crecer, donde las leyes de la física no son tales y donde los seres humanos luchan entre sí para sobrevivir o intentar salir de la Ciudad. Jean se encuentra a las primeras de cambio con Karen, una mujer de armas tomar con la que, por supuesto, inicia una tórrida relación. Seguramente no es justo criticar los tópicos del género sin contextualizar la obra, aparecida en publicaciones con reglas muy marcadas, y en un formato, el del episodio corto, que también las tenía. Pero no puedo evitar la sensación de que no han terminado de envejecer bien… A pesar de que, sin ir más lejos El Eternauta sí me parece que conserva toda su potencia. En cualquier caso es justo decir que Giménez está muy bien —aunque a mí no me entusiasme su estilo, pero eso es cosa mía— y que algunos de los capítulos autoconclusivos tienen dejan ese buen sabor de la ciencia ficción más reflexiva y lírica, aunque no invente nada. El final en cambio es totalmente precipitado, y podría haber llegado en cualquier momento en función de la necesidad de prolongar la serie o finiquitarla, otro rasgo demasiado habitual de la época.

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Andrés Magán me parece muy bueno, incluso a pesar de que todavía pienso que no ha hecho una obra que lo demuestre de veras. Sin embargo Optimización del proceso (Ediciones Valientes, 2015) se acerca mucho a su potencial actual. El vigués se desatada en un minicómic en el que un pobre tipo tiene que resolver una compleja ecuación. Como es habitual en el autor, lo gráfico es el protagonista absoluto, y su formalismo pulcro y técnico, lleno de formas geométricas y líneas rectas, se ajusta perfectamente al tema de la ecuación. Y el hecho de tener esa coartada le da solidez, que era algo que echaba en falta en otras historias anteriores de Magán, uno de esos autores jóvenes que está rompiendo con todo y de los que no me pierdo ni una.

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Y termino con otro título de Ediciones Valientes de este año, El problema Francisco, hasta cierto punto tan hermético en su desarrollo como el de Magán, aunque sea muy diferente. El autor es Francisco Sousa Lobo, nacido en Portugal y residente en Londres, que es también el Problema Francisco, en un ejercicio de confesión personal que el autor plantea imponiendo cierta distancia, al hablar de ese Problema Francisco en tercera persona. Es un mecanismo brillante, que evita la mera pornografía emocional: es y no es al mismo tiempo su propio personaje, y de este modo on sabemos hasta qué punto todo es cierto o cuánto hay de eso que ahora llamamos autoficción. El dibujo de Sousa es interesante, pero sobre todo me ha gustado el uso del color y las formas abstractas, empleadas para plasmar conceptos no visuales muy complejos. Culpa, depresión, crisis… grandes temas de nuestro tiempo que hacen que este expurgo personal también sea universal.

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Ensalada de fanzines.

Vamos con un puñado de comentarios sobre algunos fanzines leídos recientemente —algunos aún provenientes de mis adquisiciones en el último GRAF—, sin orden ni concierto, para variar.

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Empezamos con la segunda entrega de Amigas, coordinado por Klari Moreno y con colaboraciones de varios autores y autoras. Como en el primer número, el discurso no está demasiado elaborado: son tiros, puñetazos en el estómago. Activismo, sí, pero a hostias. Todo perfecto, vamos. Destacan las páginas de Joaquín Guirao y Gabi, ambos provenientes del Migas, una que es una soflama fantástica de Paw —«No somos amigas. Nos comemos el coño»— y las páginas de la propia Moreno, siempre potentes.

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Pamplinas recopila varias historias cortas de Néstor F. aparecidas en otras publicaciones, casi todas fanzines. Y en este cuadernillo podemos encontrar algunas de las mejores obras recientes de Néstor F., que se resiste a la historia larga y prefiere la extensión breve, donde, en realidad se maneja muy bien. En Pamplinas puede encontrarse, por ejemplo, «A.M.I.A.», dos páginas aparecidas en el Bravos brutales, o una pequeña historieta en cuatro viñetas sobre Donatello, la tortuga ninja, o una historia muda en cuatro páginas —que no conocía—, siniestra y muy potente gráficamente, de lo mejor que le he visto al autor. Habría sido deseable una listita de la procedencia de cada historia, pero le habría restado anarquía al resultado final.

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Ábrete es una pequeña maravilla de Joaquín Guirao que se regalaba a los compradores de La vida se te escapa en la web de Entrecomics Comics, una historia extraña y con su punto enfermizo, el universo de Guirao más puro, con su humor jodido de siempre. Acercarse al mundo de las terapias de grupo, donde tanto humor se ha hecho ya, y saber ser original es muy complicado, pero Guirao lo consigue, a base de retorcer las situaciones y construir, a partir de una fobia concreta, personajes atractivos. Pero sobre todo, si Ábrete me ha parecido tremendo ha sido por el giro de las dos últimas páginas, donde lo que era una comedia negra alcanza terrenos mucho más oscuros al doblar la apuesta y no tener miedo a darle la vuelta al cerebro del lector. Mientras Guirao no pierda esa valentía no se acomodará nunca.

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Otra novedad reciente de Guirao ha sido Cosicas volumen 1, una recopilación de ilustraciones que compartía en internet, en su mayor parte. Las hay de todo tipo, y en algunas incluso se aleja un poco de su estilo habitual. Las hay muy sueltas, con ese trazo tan fresco que lo caracteriza, pero sobre todo aquí destaca por el uso del color. La ilustración a doble página homenaje a Twin Peaks es fantástica, y hay un puñado de imágenes narrativas donde el autor demuestra su capacidad para contar historias en una sola ilustración, en la que lo que omite, lo que ha pasado antes y después, está encriptado en lo evidente. Por ejemplo, basta ver la escena del hombre vestido como un detective de género negro, con corbata y cigarro en la boca, que acaba de disparar a alguien cuyos pies vemos en un charco de sangre. ¿Qué ha pasado aquí? No podemos saberlo, porque en realidad no ha pasado nada, lo que hay es lo que vemos, pero sus implicaciones alcanzan mucho más. En ese doble juego Guirao acierta casi siempre.

juan fernandez krohn

Juan Fernández Krohn. El sacerdote español que atentó contra Juan Pablo II es un enigmático fanzine de autor anónimo que encontré en el HUL, que cuenta la historia de este personaje enajenado —o no — que intentó asesinar al papa, fue detenido y condenado en varias ocasiones y hoy escribe en un blog y en una cuenta de Twitter. El autor maneja con habilidad herramientas muy sencillas, dibujos icónicos que van ilustrando el texto, fruto de una pequeña investigación cuyas fuentes periodísticas se incluyen en cada capítulo. El retrato del personaje mantiene siempre la distancia emocional con el mismo, al narrar los hechos en tercera persona con un estilo aséptico y ajustarse a las fuentes. Pero tras esos hechos y declaraciones se atisba una persona escalofriante, y más allá de eso, sirve su historia para atar cabos entre la Iglesia, el Opus Dei, la extrema derecha y ciertos medios liberales. Se trata de un ejemplo perfecto de la capacidad expositiva del cómic, si se saben usar sus herramientas y entender que lucirse no es otra cosa sino esto, un ejercicio de contención y síntesis brillante.

Diamante

Y termino por hoy con El diamante, un fanzine impreso en risografía de Sergi Puyol. Se trata de un intento por hacer una historia más o menos clásica, dentro de los estándares de Puyol, que promete continuación. Dibuja con su estilo más caricaturesco las figuras humanas, aunque mantiene, por lo demás, su libertad característica a la hora de componer páginas. Algunas son sobresalientes, pero, en realidad, estamos quizá ante su obra conceptualmente más densa: la trama gira en torno a asuntos metafísicos y paranormales. Un personaje convenientemente hueco descubre que hay un modo de trascender el sistema de pensamiento humano y expandir la conciencia —no parafraseo, conste, es mi interpretación del tebeo—, y tiene que ver con un símbolo abstracto y algo con forma de diamante, clave en la historia. Por supuesto, hay unos «ellos» que están dispuestos a impedir que el protagonista alcance ese estado de conocimiento absoluto, y se coquetea con la idea de que todo sea fruto de su mente, o que lo sea toda la realidad que percibimos, por el contrario. Esta especie de thriller metafísico tiene cualidades envolventes y absorbentes, y tengo verdaderas ganas de seguir leyendo… pero confío en que Puyol sepa tratar los tópicos del género con el mismo afán iconoclasta que anima su estilo gráfico.

Nota: algunas de las imágenes que ilustran este texto las he tomado de la web de Fatbottom, uno de los mejores sitios del mundo para comprar fanzines.

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Gr€zia, de Irkus M. Zeberio.

La situación de Grecia hace meses que copa la actualidad europea, pero ha sido en las últimas semanas, con la que aparentemente es la negociación final entre el gobierno de Syriza y la UE sobre la deuda griega, cuando hemos entrado en una fase de sobredosis de información. Que, no obstante, no puede desviarnos de lo esencial: la gente real que está sufriendo todos los vaivenes macroeconómicos aparentemente racionales.

Por eso la lectura de Gr€zia de Irkus M. Zeberio es ahora tan impactante. Sin embargo, no sorprende que su acercamiento al tema sea poco convencional, aunque sí es muy significativo. Estamos ya acostumbrados a que cierto tipo de novela gráfica actual se ocupe de cuestiones sociales o políticas, pero suele hacerlo desde planteamientos narrativos más conservadores: ensayo, crónica, o tal vez una historia de ficción con el trasfondo adecuado. Pero ¿qué tiene que decir la vanguardia de la época de mierda que nos ha tocado vivir? ¿Puede la estética rompedora de la última corriente autoral tener conciencia política?

Zeberio nos da las respuestas en este cómic de gran formato, impreso en risografía, como en él suele ser habitual, y que funciona como denuncia rabiosa tanto como despliegue gráfico impresionante. Se trata de una distopía en la que Grecia se ha convertido en una especie de parque de juegos de los europeos ricos, que van allí a comprar, divertirse y hasta cazar a sus habitantes. Una hueste de perros guardianes se encarga de aplastar cualquier disidencia o célula terrorista que busque cambiar las cosas. Casi todos estos datos los sabemos desde el prólogo: el cómic se detiene en instantes de conflicto, ofrece panorámicas de la desolación en un mundo tan alienígena como cualquiera de los aparecidos en otros cómics del autor, con trazas de virtualidad —esos entornos vectoriales, de cuadrícula, que recuerdan a Tron—, lleno de restos de una civilización antigua mancillada con marcas corporativas bastante reconocibles. Al emplear una mezcla de euskera e inglés para los escasos diálogos, acentúa aún más esa sensación extraña, que potencia el acercamiento personal y oblicuo al problema griego.

Del dibujo de Zeberio poco puedo decir que no haya dicho ya. Su dominio de los espacios y los volúmenes contrasta con su trazo, aquí en el registro más suelto y espontáneo, donde demuestra su control del movimiento y la anatomía. Hay páginas dobles que son un prodigio de composición de escena, de influencias casi pictóricas.

Gr€zia encierra una ida subversiva que no puede obviarse: el terrorismo como última resistencia contra la opresión económica y policial. Una terrorista llega incluso a introducirse una bomba en la vagina para asesinar a uno de los turistas ricos. Sin embargo, como el dibujo de Zeberio no es realista ni remite a personas reales —ni siquiera tienen verdadero rostro—, la discusión que estas escenas pueden suscitar es siempre ideológica. La secuencia final es una simbólica reconstrucción del pasado, donde los granes pensadores de la antigüedad son piedras que levantarán de nuevo un templo. El peso de una de ellas aplastará al pobre hombre que intenta la tarea en solitario. Simplemente demoledor.

Como también lo es que el amasijo de escombros que simboliza la lucha terrorista contra los poderes fácticos y económicos acabe expuesto en una galería de arte moderno para disfrute de los ciudadanos privilegiados de una Europa sorda y hedonista, que sacrificó a los griegos y, simbólicamente, a sus propias raíces.

Este tebeo gráficamente espectacular, en el que Zeberio aprovecha todas las particularidades de la risografía y se suelta como nunca —y eso es decir mucho—, creo que se ha convertido en mi favorito de él hasta el momento. Original, agresivo, reivindicativo sin caer en el panfleto, sin abandonar la línea autoral, sin renunciar a la estética. Ha dado en el centro de la diana y, tal vez, ha abierto un nuevo camino para el arte de protesta.

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Más allá del arco iris, de Ana Galvañ.

más allá del arco iris

Ana Galvañ es una de las autoras españolas más potentes del momento. Me interesa todo lo que hace y procuro seguirle la pista, cosa que a veces no es fácil, porque casi toda su producción es autoeditada, o publicada por pequeñas editoriales. Su trabajo en Trabajo de clase, la mitad de un tebeo a medias con Marc Torices, me pareció fantástico y de lo mejor de 2014 —y me refiero al conjunto del cómic—. Recientemente se ha autopublicado Más allá del arco iris, un fanzine que recupera páginas aparecidas en Tik Tok y en otro fanzines, como Bulbasaur, y completan una historia redonda y gráficamente muy sugerente.

Se trata de una historia de adolescentes con las hormonas disparadas, que quedan en una cueva para tocar la guitarra, ponerse de orfidales robados a la madre de una de ellas y arreglar el mundo. Se roban los novios, se enamoran de sus profes y se prestan los apuntes. Todo muy convencional, salvo por el hecho de que las dos protagonistas son ponis. Al estilo de My Little Pony, pero en macarras y antropomorfas. Este detalle descontextualiza lo que habría sido una historia convencional y la resitúa en otro nivel, porque si son ponis, y se reconocen como tales, lo que vemos es una representación estilizada de su realidad; ¿cómo pueden dos ponis coger una guitarra, tomar apuntes o ponerse sus mochilas? ¿Por qué andan a dos patas o a cuatro, según la escena? La respuesta es más sencilla de lo que parece: porque son dibujos, y funcionan con la lógica del dibujo. Por eso pueden ser todo eso de manera simultánea, y por eso además, en determinados momentos pueden imaginarse como yeguas realistas, extraídos de grabados veterinarios del siglo XVII.

Las revelaciones adolescentes —«soy yo la que está con el Richard»— se entremezclan con las elucubraciones metafísicas, fruto en parte del orfidal y en parte de la propia angustia adolescente, que tiende a pensar que todo es una mierda, que algo más debe haber… Moverse en estos dos niveles es complicado, pero Galvañ lo hace perfectamente. Ambos son igual de importantes cuando eres una chavala, todo es cuestión del momento y de en qué punto estén las hormonas. Aprobar el examen de mañana es, en el fondo, equivalente a llegar más allá del arco iris.

Pero la jugada maestra de este fanzine está en su final —ojo, que obviamente lo cuento a partir de aquí—. Lo que parecía una historia de costumbrismo teen pasada por el tamiz loco de la mirada de Galvañ se convierte, en sus dos últimas páginas en una exploración súbita sobre la posibilidad de que existan realidades alternativas superpuestas. Ana Galvañ se pone cuántica y nos plantea una disyuntiva, dos líneas divergentes y superpuestas a partir del momento en el que una enorme roca cae sobre las ponis; ¿se ha salvado Vero, o ha sido aplastada? Ambas cosas al mismo tiempo, de la misma manera que las dos ponis son ponis de verdad y ponis de tebeo simultáneamente.

Por supuesto, el dibujo de Galvañ es otro de los valores de Más allá del arco iris. Representa el viaje de orfidal por caminos nada obvios —la representación de los alucinógenos en el cómic está, paradójicamente, bastante estandarizada— y consigue generar ambientes veraces con muy pocos elementos. Es una gran dibujante de cómics, con ideas originales que contar y una visión única, que es lo que diferencia a los buenos de los grandes.

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… No Option! 5 y 6, de Pep Pérez.

En los años sesenta y setenta, con la primera oleada internacional de cómic adulto, los creadores tuvieron que esforzarse en demostrar que la historieta podía ser muy seria. Así fue como a los géneros clásicos se les añadió no sólo una buena dosis de sofisticado erotismo, sino también un subtexto metafísico que pretendía tocar los temas relevantes del momento a través de la alegoría. Por supuesto todo era puro zeitgeist: la espiritualidad de aquella generación en crisis, que desconfiaba de los valores de sus padres y buscaba una trascendencia que no encontraban en el consumismo capitalista, se filtró a los productos de ocio, imbuidos de una mística con afán trascendente que dio, convenientemente mezclada con las drogas alucinógenas, maravillosas obras cósmicas de exploración interior. Había que conocerse a uno mismo, explicarse el universo desde el individuo. Fue la época del rock prog más excesivo, de la ciencia ficción moralista, del auge de El Señor de los Anillos y la nostalgia del terruño, y fue por supuesto la época de esos cómics de ci-fi lisérgica, llena de colores y formas abstractas, visiones de viajes que buscaban una verdad oculta. Fue la época de Los Humanoides Asociados, de Alejandro Jodorowski y Moebius, Druillet y Caza. Aquellas obras expandieron la mente de sus lectores, pero también los límites de lo que podía contarse en el cómic. De repente, uno podía encontrarse obras densas, con discurso, con niveles de lectura, con la misma intención que una novela de ciencia ficción o un ampuloso disco conceptual. La vigencia de todas estas obras hoy en día depende mucho de la sensibilidad del receptor, claro: yo amo el rock progresivo pero me cuesta mucho leer ese tipo de cómic de ciencia ficción. Y me sucede, precisamente, por todo lo que en su momento fue novedoso y revolucionario: la seriedad excesiva, el afán de trascendencia, los textos farragosos y muchas veces demasiado explicativos. Leer Zora y los hibernautas de Fernando Fernández hoy, por ejemplo, me empacha.

¿A qué viene todo este rollo? Viene a que hoy, en 2015, que estamos ya de vuelta de todo, cada vez que veo un producto que apela únicamente a la nostalgia de aquella época —o de los ochenta— e intenta replicar sin más su espíritu, tiendo a huir. Pero hay otro camino. Siempre lo hay. ¿Cómo recuperar aquel espíritu sin caer en el revival plano o, casi peor, en la parodia cutre? Pues a través de la locura y el humor. Dándole la vuelta como a un calcetín a aquella ciencia ficción, mirarla con ojos actuales, desmitificadores y posmodernos. Todo eso ha sido… No option!, la obra de Pep Pérez publicada en seis cuadernillos por Entrecomics Comics. Arrebatarle las palabras a la ciencia-ficción verborreica la devuelve al terreno de lo simbólico y lo sensorial. Pérez se centra en iconos muy propios del universo pulp —nazis, dinosaurios, bárbaros…— pero los lleva a un terreno loquísimo, narrativo pero entrecortado, donde el color es el protagonista absoluto. Se podría escribir mucho sobre cómo el color narra en …No Option!, y cómo genera texturas, volúmenes, y efectos de profundidad. No sé cómo lo hace, pero el color de Pep Pérez es uno de mis favoritos del cómic actual.

no option 6

Ya he hablado de los números uno a cuatro, así que tampoco quiero repetirme. Pero sí diré que los dos últimos son un final magnífico, sobre todo porque le ha dado la vuelta a las expectativas: las diferentes miniseries que incluye … No Option! empezaron a lo loco, pero las historias se podían seguir, se atisbaban relaciones entre varias de ellas… Y uno tiende a esperar que las cosas se aclaren y se expliquen, que al final todo tenga sentido, porque así nos han adiestrado en la ficción, incluso en la más atípica. Por eso es tan maravilloso que nada se aclare, que dejemos de entender lo poco que entendíamos, que la acción furiosa y cromática se adueñe de todo. En el quinto número Mister Electrón, el gurú que flota en medio del cosmos en perfecta armonía con el mismo, se revela como una especie de demiurgo que desencadena la traca final al golpear la ficha de dominó que inicia la caída imparable de toda la fila. Posiblemente ésa sea mi página favorita de toda la serie, aunque candidatas las hay a montones.

Cuidados como objetos artísticos que son, los seis números de … No Option! son un disfrute delirante, un lugar al que acudir para dejarse llevar y permitir que sus imágenes nos inunden. Constituyen la primera parte, según informa la última página del sexto número. ¿Habrá más … No Option!? Espero que sí.

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Fanzines “de-generados”.

La reapropiación de los géneros clásicos del cómic por parte de las corrientes más rupturistas y autorales ha sido una constante desde el underground y sus parodias de los superhéroes o los funny animals, pero más allá de eso, ha adquirido una gran relevancia en los últimos años, sobre todo en lo que respecta a la autoedición. Especialmente en toda la small press norteamericana, donde, lejos de quedarse en una superficial parodia, autores como CF, Josh Bayer o William Cardini van más allá y construyen gigantescos edificios formales donde las citas a esos géneros —fantasía, superhéroes, o lo que sea— sirven como refererentes lejanos, asideros para el lector, en algún caso, pero no se busca recuperar la sensación primaria, no es un revival ni un homenaje, ni siquiera hay siempre algún rastro de ironía posmoderna: lo único que queda más allá de esas citas es el disfrute que suponen aquellos tebeos, la emoción básica, pero esta expresada a través de lo formal, del dibujo puro. No es casualidad que muchos de estos autores prescindan de los diálogos, e incluso de la historia en su sentido más clásico. Como sucedía con el cómic abstracto, esta tendencia ha llegado a la autoedición española, y aunque sigue habiendo muchos fanzines que buscan precisamente lo contrario —recuperar exactamente las mismas sensaciones que sus autores tenían ante el material original— en el último GRAF encontré muchos que responden más bien a ese modelo ejemplificado por CF.

La Furia

El más cercano a ese formalismo vacilón es seguramente Las furias, el mejor tebeo que he leído hasta las fecha de Los Bravú. Impreso a dos tintas —azul y rosa chicle— con risografía, el cómic presenta una aventura protagonizada por dos chonis y un cani que se enfrentan a una especie de banda de enemigos en una playa. Los Bravú, que siempre están experimentando con diferentes estilos y técnicas, adoptan aquí un dibujo muy geométrico y distante, donde el diseño de las viñetas y las páginas lo es todo. Hay algo del citado CF, algo de Yuichi Yokoyama e incluso de Gabriel Corbera —pionero en España, sin duda, de este tipo de cómic—, pero nunca deja de reconocerse el universo de Los Bravú. El detalle y lo cinético están en el centro de toda la narración, que es no es más que eso, los preparativos de la batalla y la batalla en sí, todo contado de manera hiperbólica, jugando con las dos tintas, las onomatopeyas y los recursos formales que sólo permite el dibujo, por ejemplo descomponiendo una cabeza en sus líneas básicas cuando un personaje habla al oído de otro, o sustituyendo cabezas por nubes de humo cuando se les dispara. Lo más asombroso ni siquiera es el despliegue gráfico, sino la madurez que Los Bravú han alcanzado con muy poca obra aún. Ese futuro esplendoroso que se les adivinaba en sus primeras obras está aquí.

Kann

Víctor Puchalski ha sido todo un descubrimiento. Sus dos números de Kann son un revoltijo bien sazonado de cine de artes marciales, ficción sobrenatural y macarrismo de cine quinqui. La sexualidad hipertrofiada —esa primera página del segundo número con una polla repleta de venas en primer plano— se entremezcla con la violencia más desfasada, que se concreta en técnicas de lucha escatológicas, al estilo de las que encontramos en el Pudridero de Johnny Ryan. El dibujo acompaña a este despliegue, con unos colores potentes y planos, un buen uso de las manchas —en esto me ha recordado un poco lo que hace Rubín en Beowulf— y sobre todo encuadres arriesgados, primerísimos planos y un intencionadamente agobiante afán por llenarlo todo, ya sea de detalles o de fluidos que estallan a borbotones. Es un tebeo sudoroso y sangrante, donde el protagonista da mucha grima y las peleas pueden acabar de cualquier forma. Diversión pura en dosis demasiado pequeñas, quizá su punto más débil. Tengo la sensación de que esto funcionaría mucho mejor como un pequeño tomo.

ultratiempo

Por último, hoy quiero comentar un pequeño fanzine, Más allá del valle del ultratiempo, obra de Javi de Castro, un autor que se caracteriza precisamente por darle un par de vueltas de tuerca a los géneros tradicionales y vertebrar sus historias a través de lo gráfico y de un recurso concreto. Este minicómic es básicamente eso: una idea. De Castro agujerea las páginas centrales, y ese agujero real es además un portal temporal que atraviesa un personaje para evitar una traición en el futuro. El resultado es ingenioso y simpático, y aunque no tiene mucho que ver con los anteriores que he comentado, me parece que sí está relacionado con esa idea de retorcer los géneros desde lo gráfico.

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