El camino de Frederik Peeters y el mercado francobelga

Bajo el sugerente título de El olor de los muchachos voraces, casi de libro de Francisco Umbral, ha publicado recientemente Astiberri la última obra dibujada por Frederik Peeters, junto a la guionista Loo Hui Phang. Se trata de un western posmoderno, un producto autoconsciente que replica el giro a la europea que ya recibió el género hace cuarenta años, y le añade el adjetivo «sobrenatural», algo que efectivamente ya se ha hecho antes. El resultado no sorprende, porque el cómic recurre a elementos consustanciales de esta versión revisada del género clásico, vistos ya muchas veces: los comanches como pueblo violento pero noble, el simplista y malvado hombre blanco, perverso incluso en lo sexual, que bajo la bandera del progreso y la razón está dispuesto a provocar un genocidio para hacer negocio, el hombre misterioso de pasado oculto que huye al oeste… y, por supuesto, el pasado que lo persigue y lo alcanza. El cóctel sobrenatural acaba siendo confuso, por recurrir a recursos simbólicos y casi diría psiconalíticos, que recuerdan por momentos a los embrollos a menudo mal digeridos en los que se metía Alejandro Jodorowsky, aunque, y es una virtud, sin su verborrea. Todo se explica —o no— a través de la acción y la imagen, y si el resultado final me ha dejado frío es más porque todo parecía apuntar a una resolución menos esotérica, incluso aunque el elemento extraordinario siempre está presente. Ni siquiera funciona como ruptura de las expectativas y salida sorpresa, porque tampoco lo pretende.

Hay, no obstante, un tema muy interesante, y relativamente bien llevado: la ambigüedad sexual de un protagonista que se declara homosexual —es en parte el motivo de su huida— y se siente irremediablemente atraído por el joven prepúber que acompaña a su corta expedición, y que resulta ser una chica que ocultaba su sexo. Su relación se construye sobre esa ambigüedad y hace que el hombre se cuestione muchas cosas, al tiempo que, espero, también lo hagan los lectores.

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Sin embargo, en realidad lo que me ha generado una reflexión no es tanto la historia de El olor de los muchachos voraces, sino lo que supone este álbum en la carrera de Peeters, un autor con una trayectoria llamativa, por ser —casi— única. Peeters empezó su carrera haciendo historias corta, algunas de las cuales eran más que buenas, como puede verse en el recopilatorio Dándole vueltas (Astiberri, 2009). Por supuesto, su obra más conocida de esos comienzos es Píldoras azules (Astiberri, 2004), una de los novelas gráficas más importantes, por repercusión e influencia, en el mercado español. Creo que junto a Blankets (Astiberri, 2004) significó la toma de contacto de mucha gente con cierto tipo de cómic autobiográfico, con dibujo virtuoso y extensión ambiciosa. En el caso de la obra de Peeters, suponía un caso claro de cómic de autor, libre de imposiciones en cuanto al tema o al formato, que obtenía bastante éxito en un mercado como el francobelga, en el que no hacía tanto los autores de la Nouvelle BD tenían que publicar en los márgenes del sistema.

Tras aquel primer éxito, sin embargo, la evolución de Frederik Peeters ha seguido un camino llamativo: no parte de lo comercial y de encargo para conquistar el terreno de la libertad autoral, sino que parte de ésta para integrarse en la gran industria francobelga. Pasa de realizar una obra sin restricciones formales a hacer un álbum a color, no muy diferente en forma e intención de los que podía producir un Bourgeon a principios de los ochenta. Por el camino, ha firmado trabajos que, sin plegarse a este estándar, profundizaban en un género muy del gusto francés: la ciencia ficción; si bien en obras como Lupus (Astiberri, 2011) o Aama (Astiberri, 2012) tenían un enfoque, sobre todo la primera, muy orientado al intimismo y lo cotidiano.

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Decía Santiago García en La novela gráfica (Astiberri, 2010) que la industria francobelga siempre ha sabido integrar las corrientes alternativas en el mainstream de un modo más efectivo. Eso implica, creo, que muchos autores no vean a las editoriales tradicionales como el enemigo, un lugar al que jamás acudir con tus propuestas, sino más bien como un aliado potencial, alguien a quien convencer, con tu éxito inicial fuera de su circuito, que puedes resultarles rentable. Incluso aunque ésa no sea la intención inicial, como, estoy seguro, fue el caso de gran parte de los autores de L’Association, es lo que acaba sucediendo. Al menos hasta fechas muy recientes, donde quizá la vanguardia que se aloja en la autoedición haya ido demasiado lejos, incluso para la capacidad de cooptación de la gran industria francesa. Los autores de aquella editorial fundada por Menú parece que imponen sus propias reglas cuando tratan con las grandes editoriales. Y no lo digo sólo por sus estilos gráficos, que mantienen incluso aunque se entreguen al color, sino a su tratamiento de los géneros considerados clásicos en la BD: Lewis Trondheim carece de interés en acercarse a ellos si no es desde cierto tono épico-paródico, Joann Sfar siempre los ha utilizado como excusa para hablar de los temas que le interesan, y David B. los reformula siempre en una clave tan personal que casi dejan de ser géneros. Podría llamárseles autores «caballo de Troya». Está también el caso de Christophe Blain, quien parecía que iba a seguir los pasos de sus predecesores en sus renovaciones de géneros clásicos —Isaac el pirata (Norma Editorial, 2003-2007) y Gus (Norma Editorial, 2007-2009)— y finalmente ha optado por hacer algo muy diferente: obras de no ficción en colaboración, para un público adulto y muy comerciales, como Quai D’Orsay (Norma Editorial, 2014).

Peeters no ha hecho una cosa ni otra; no se apropia de los códigos comerciales, sino que acomoda su talento a los mismos, para realizar —sobre guión ajeno— una actualización casi puramente estética de un género con tanta tradición como el western, desde Jerry Spring a El teniente Blueberry. Peeters dibuja con su estilo, desde luego, y además se implica, y el cómic no da sensación de trabajo de encargo que se realiza con eficiencia pero sin pasión: la hay, quizá no tanta como en Aama, donde da un Do de pecho, pero ahí está. Dibuja bien, y en ocasiones, muy bien: la estampida de caballos, o un par de viñetas maravillosas en la página 62 en las que las formas de las rocas coinciden con las curvas del sexo de una muchacha.

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Nadie puede dudar de que Peeters es un autor como la copa de un pino: es uno de los grandes dibujantes de su generación. Pero a mí me interesa analizar esa trayectoria. Visto en perspectiva, quizá la clave esté en analizar Píldoras azules como una obra puntual, fruto de una necesidad concreta que su situación vital había generado en el autor. Cubierta esa necesidad de expresión personal, que, felizmente, supuso un éxito comercial, Peeters desarrolló una carrera más convencional como dibujante, porque tal vez ese fue siempre su deseo. Si esto es así, tal vez el tono íntimo de la ci-fi de Lupus no se deba tanto a una intención deliberada de mezclar el género clásico con el costumbrismo más propio de la novela gráfica como a la intención de seguir interesando a los muchos lectores que consiguió con Píldoras azules, al tiempo que se sumergía en el tipo de historias que en realidad le interesaban. Sea como fuere, lo importante es que en el mercado actual podemos estar seguros de que Peeters está haciendo lo que quiere hacer. Un autor con su cartel podría plantear a editoriales potentes obras más personales, menos encajables en una clasificación genérica, sin demasiados problemas. No es un autor especialmente experimental bajo los estándares actuales. Si hace obras como El olor de los muchachos voraces es porque cree en ellas, no por obligación. Quizá es porque, conquistada la libertad, también puede usarse para cumplir las reglas…

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La hora caníbal

Hace poco tuve el gran placer de participar en La hora caníbal, un programa de radio de entrevistas conducido por Borja Crespo. También estaba invitada Mireia Pérez, y además de pasarlo muy bien y hacer chistes malos (y alguno bueno), hablamos de muchas cosas, entre ellas El guión de cómicCuCo, Cuadernos de cómic, pero también sobre fanzines, sobre el mercado editorial, sobre la naturaleza del cómic y el nuevo público… Aquí os dejo el enlace, por si no conocéis aún el programa de Borja. Os invito a bucear en sus archivos, porque tiene algunos programas que son oro puro.

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Presentaciones y firmas de El guión de cómic

El guión de cómic lleva ya varias semanas en el mercado, y me consta que está ya en muchas librerías por toda España. Hemos presentado el libro en Barcelona y en Madrid, pero esto no ha hecho más que empezar. En las próximas semanas tendrá lugar algo que podemos calificar de Gran Gira Mundial, sin miedo a exagerar. Iremos difundiendo todo ello, pero, por el momento, a continuación tenéis las citas que están ya confirmadas en diferentes puntos de la geografía española, tanto presentaciones como sesiones de firmas en la Feria del Libro de Madrid.

28 de mayo (12:00): Sesión de firmas en la Feria del Libro de Madrid. Caseta de Atom Cómics.

4 de junio (19:00): Sesión de firmas en la Feria del Libro de Madrid. Caseta de Atom Cómics.

9 de junio: Presentación en Joker (Bilbao).

11 de junio: Sesión de firmas en la Feria del Libro de Madrid. Caseta de Librería Muga.

17 de junio: Presentación en El armadillo ilustrado (Zaragoza).

22 de junio: Presentación en Librería Bartleby (Valencia).

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Presentación de El guión de cómic en Madrid

Hoy a las 19:00 presentaremos El guión de cómic en Madrid, en la librería El Molar (alias mi segunda casa), ese espacio que Kika y Antonio han convertido en mi librería favorita. Me acompañará como presentador el gran Roberto Bartual. La idea es presentar el libro, pero sobre todo pasar un buen rato charlando sobre cómics, que es algo que nos gusta un poquito. El libro, por cierto lleva toda la semana a la venta en El Molar, por si alguien de Madrid lo está buscando. Espero poder ofrecer en breve una lista de puntos de venta, ya que el libro va llegando poco a poco a librerías de toda España. No obstante, también podéis solicitarlo directamente a la editorial escribiendo a diminutaeditorial@gmail.com.

Aquí os dejo el cartel con toda la información de la presentación de esta tarde. ¡Nos vemos!

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Picnic saturnal, de Peter Jojaio

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Picnic saturnal (Apa-Apa, 2016) de Peter Jojaio, se lee en poco rato, pero su impacto permanece mucho tiempo. Inocular el desconcierto es una de las mayores virtudes de un autor aún joven (1988), que se mueve de un modo un tanto esquivo en el panorama de vanguardia, con colaboraciones en fanzines colectivos, alguna monografía autoeditada y, en mi opinión, dos grandes hits: «Mañana serás papá» en Tik Tok —por supuesto, no podía faltar en este portal— y «Tétanos», su historia incluida en Terry (Fulgencio Pimentel, 2014). Jojaio proviene de Bellas Artes y no está interesado en trabajar un solo estilo de dibujo, porque, como muchas otras figuras emergentes, ni proviene del cómic comercial ni le interesa llegar a él.

Por eso puede practicar un formalismo perfeccionista con «Tétanos» y luego ofrecer en este Picnic saturnal un dibujo caricaturesco engañosamente descuidado, en el que el color estridente —en la línea de un maestro de este campo como Tommi Musturi— refuerza la condición de irrealidad del relato, que comienza in media res, pero con un argumento conocido que permite que nos situemos: dos monitores y dos niños scouts, perdidos en el bosque y refugiados en una cueva. No sabemos cómo han llegado aquí, ni qué les pasa —y me refiero a qué les pasa psicológicamente—; el clima onírico, reforzado no sólo por el comportamiento errático de los dos adultos, sino también por los diálogos, carentes de lógica, nos envuelve desde la primera página.

En un primer momento, lo ridículo de la situación y la escatología de la primera escena nos hacen pensar que estamos ante una comedia un tanto burra: un torpe y fuera de forma monitor que resbala y cae sobre su propia mierda puede ser un humor muy burdo, pero sigue siendo humor. Sin embargo, Jojaio demuestra una habilidad admirable para dirigir su relato desde este arranque extraño pero banal, incluso podríamos decir tontorrón, como de comedia adolescente estadounidense, a una catarsis de violencia, fuego y muerte. Lo hace sin espacio, en poquísimas páginas, donde cada viñeta cuenta: pim, pam, pum. Lo hace sin desarrollo de personajes al uso ni una trama coherente; lo hace cmo se supone que no pueden hacerse las cosa si atendemos a las reglas clásicas, pero lo hace. Las últimas páginas profundizan en el tópico de la vuelta lo atávico del hombre civilizado al tomar contacto con la naturaleza, pero lo hace de un modo directo y, sobre todo gráfico: con las armas que da la imagen, sin necesidad de replicar la densidad literaria para transmitir ideas. Las imágenes, no debería hacer falta decirlo, también se leen y portan tanta información como la palabra.

Como decía al principio, Picnic saturnal se lee en un suspiro, unos pocos minutos que son como una descarga. No sabe a poco, ni deja con ganas de más, porque la locura que emanan sus últimas páginas —se atisba perfectamente en algunas viñetas de las mismas— perturba. Atrae, por supuesto, pero sabemos que no es buena idea acercarse. Al trabajo de Peter Jojaio, en cambio, uno tiene que acercarse todo lo que pueda.

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Peeping Frank, de Jim Woodring y Charles Barnard

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Las láminas en tres dimensiones son una de esas cosas que me hacen quedarme boquiabierto como un niño, al igual que me sucede con los libros de pop up. Por eso me hizo muy feliz la noticia de la publicación de Peeping Frank por parte de Fulgencio Pimentel, un libro de Jim Woodring y Charles Barnard que sumerge el universo del Unifactor en la magia de las 3D.

El libro tiene un evidente factor lúdico, de descubrimiento y asombro a cada plancha que observamos con las gafas que incluye el artefacto. Es un 3D alucinante, técnicamente impecable. No soy experto en la cuestión, pero no recuerdo ver un libro que emplee esta tecnología con tantos planos, unos volúmenes tan suaves como realistas, ni contrastes tan logrados. Barnard ha aplicado a las ilustraciones de Woodring un laborioso proceso —explicado en el propio libro— que consigue unos resultados espectaculares, que casi cuesta creer.

Pero hay un determinado momento en el proceso de lectura de estas imágenes en el que la sonrisa de maravilla se congela, porque, en realidad, lo que estamos observando es una colección de las pertubadoras visiones de Woodring. Sus personajes de sonrisa inquietante, el repugnante Manhog, las criaturas amorfas del Unifactor, la falta de empatía ante el sufrimiento que caracteriza a este mundo donde todo es posible. Con el agravante, además, de que no son historias, sino momentos congelados en el tiempo: no sabemos qué está pasando exactamente, ni cómo se ha llegado a esa situación. Incluso los momentos de calma, de descanso de Frank y sus amigos, están teñidos de es sensación que, sin darnos cuenta, hemos dejado que nos envuelva. Engullidos sensorialmente por el 3D que nos provoca un efecto de caída hacia la página, nos habíamos centrado en admirar la forma, de modo que bajamos las defensas contra el contenido infeccioso de sus páginas. El mayor poder de este libro es hacernos disfrutar como críos con las imágenes malsanas que siempre han caracterizado la obra monumental de Woodring. Puede que nos demos cuenta cuando un Manhog de tres caras nos mire directamente con una de ellas —saliendo de la página, por obra y gracia de la tercera dimensión—, o cuando Frank ría divertido mientras lo que parecen partes del cuerpo de alguna criatura anfibia se esparcen por el suelo. O tal vez cuando una miriada de pequeñas criaturas inunde la página, como si de una imagen de El Bosco se tratara, cada una de ellas con su propio volumen y posición en el plano.

Peeping Frank es un regalo. Un regalo envenenado, como los mejores, que complementa los cuatro volúmenes publicados hasta el momento por Fulgencio Pimentel, que plantea un acercamiento diferente al universo de Jim Woodring, igualmente perturbador y atávico, aunque se envuelva en la sofisticación de un 3D imposible de lograr sin herramientas informáticas. Acordaos de quitaros las gafas cada cierto rato si no queréis perderos para siempre en el Unifactor.

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Los ángeles de María, de Roberto Bartual y Julián Almazán

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Los ángeles de María de Roberto Bartual y Julián Almazán funciona muy bien como entretenimiento, y como sátira —a veces cruel y a veces cariñosa— tanto de una España tardofranquista donde la Iglesia más reaccionaria y los usos sociales retrógrados seguían vigentes como de todo el fenómeno paranormal que alcanzó su pico de popularidad en esos mismos años —seguramente, no por casualidad—. También funciona tan fantásticamente como Dramáticas aventuras, el fanzine en el que ambos autores colaboran, como remezcla pop-castiza de muchos elementos tanto de la cultura adoptada —la americana— como la propia, rara vez codificada en términos pop. En sus páginas el brazo incorrupto de Santa Teresa y la familia Franco se mezclan con los inevitables nazis, aliens grises o los superhéroes. Y el inefable padre Pilón, líder del grupo Hepta, jesuita e investigador de sucesos paranormales: lo más parecido a un profesor Xavier que hemos tenido en España, como verdadera estrella de un show grotesto dibujado con mucho acierto por Almazán con un ojo puesto en Bruguera y otro en South Park. La historia de tres niños a los que se les aparece la virgen para dotarlos de poderes que pasan a estar bajo la tutela de los servicios secretos jesuítas y son adiestrados por el padre Pilón —y su wild pack de monjas particular— es un desmadre loquísimo y muy divertido.

Sin embargo, lo que más me ha interesado de este librito con apariencia de novela de a duro de tiempos antiguos es el juego constante entre realidad y ficción. O, por decirlo de otro modo, entre verdad y mentira, que es en realidad el mismo juego que llevamos jugando desde la transición, fundamentada en mitos y realidades por igual, y con demasiados hitos envueltos aún en la niebla del secreto oficial. Bartual acierta al sustentar ese juego en lo transmedia, porque el medio es el mensaje, y esa ambigüedad que persigue se logra del modo más efectivo al presentar el relato en soportes verídicos: noticias aparecidas en periódicos, documentos oficiales y páginas de publicidad. Todo ello se intercala con las páginas de cómic y con otro juego referencial, un fragmento de una novela protagonizada por los tres niños con poderes católicos escrita por Enid Blyton, pero en realidad el conjunto forma un relato con una narrativa lineal, que, simplemente, adopta el formato más adecuado para transmitir la información necesaria en cada momento.

El resultado de esta estrategia es que cuando lees Los ángeles de María no sabes si te estás riendo de algo inventado o de algo que sucedió realmente. ¿Cuántos de los recortes de prensa que aparecen están manipulados? No lo sabemos. El cómic es un simulacro, una farsa que nos recuerda que, en realidad, todo lo es: lo que leemos en la prensa seria también puede serlo. De hecho, precisamente el componente cómico y/o falso de ciertas noticias se revela de un modo mucho más contundente cuando se insertan en un tebeo con un aspecto deliberadamente trash como éste, que abraza gozoso los códigos del cómic y la literatura de derribo y que ofrece un aspecto rudo, con fuentes tipográficas en los bocadillos chirriantes y montajes de imágenes que parecen de otra época.

En la entrevista al padre Pilón que se incluye, se destaca como titular la siguiente cita textual: «Es fundamenal saber distinguir el fraude de lo genuino». La carga irónica de semejante afirmación termina de redondear una lectura en la que, precisamente, es imposible saber distinguir el fraude de lo genuino. Quizá también lo sea para Pilón, inmerso en una conspiración dentro de una conspiración que concluye con un prometedor vistazo al futuro, unos posibles años noventa en el que, como no podría ser de otra forma, los ya adolescentes son dibujados a la Jim Lee. Me tomo esto como una promesa en firme sobre la continuidad del cómic en nuevas aventuras que sigan profundizando en nuestor pasado reciente, que, a veces parece que sólo revisitando en clave de farsa podemos llegar a comprender.

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