Una de fanzines.

No se me ocurre un modo mejor de calentar motores para el GRAF de este fin de semana que pasar revista a unos cuantos fanzines que he leído en los últimos tiempos, y que me han encantado. Todos tienen en común que forman parte de lo más artesanal del fenómeno: pequeños cuadernillos grapados, totalmente libres en su contenido. No es lo único que hay en GRAF, claro, pero sí es una parte que tiene especial interés para mí porque representa el futuro más furioso e imprevisible.

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Empezamos con un fanzine colectivo publicado por Lupa y sombrero, o lo que es lo mismo, Inma Lorente y Chema Peral. Boogie Woogie es un cuaderno muy cuidado en el que se dan cita un autor consagrado como Miguel B. Núñez, otra camino de estarlo, como Ana Galvañ, y un puñado de jóvenes entre los que están, por ejemplo, María Herreros y Nestor F. Lo más sorprendente es encontrarse al jovencísimo Tino, que tras su primer fanzine largo, Cosas brillantes, demuestra una evolución muy significativa. Cada vez dibuja mejor y si sigue así va a hacer cosas muy interesantes de mayor. Su historia, un homenaje a Michael Jackson, gira en torno al baile, al igual que la mayoría de las colaboraciones. La de Nestor F., sobre un dandy farsante, es buena, pero la que más me ha gustado de todas es la aportación de Joaquín Aldeguer, un ejercicio plástico brutal sobre una coreografía.

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Una cuestión menor de Conxita Herrero seguramente sea lo mejor que he leído de esta autora. De ella me gusta no sólo su dibujo, excelente, sino también la libertad con la que aborda su obra. No tiene la necesidad de mantenerse fiel al cómic, simplemente usa lo que necesita en cada momento para conseguir lo que desea. En los pequeños gestos cotidianos, en los silencios y en las frases lanzadas al vuelo Herrero encuentra una espacio narrativo que huye de modelos clásicos —sus historias de una página en el último Migas son buen ejemplo— y busca las sensaciones, las reflexiones íntimas que por su sinceridad nos llegan y provocan las propias. En Una cuestión menor hay textos y hay cómic, pero todo forma parte de un mismo hilo. Una pregunta importante pero formulada banalmente, que provoca una conversación de la que Herrero ofrece mútiples variantes cambiando los diálogos pero manteniendo la misma página. Y después, las opiniones de familia y amigas, y una deducción lógica a la que no le falta humor. Herrero ha encontrado una forma original de abordar temas cotidianos y sencillos, y está demostrando una espontaneidad fantástica. Y, por supuesto, a cada nueva obra mejora, y ésta ya tiene nivelazo.

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De Klari Moreno he leído recientemente tres fanzines, que me confirman que es una de las dibujantes más prometedoras de la escena fanzinerosa. Está haciendo ya cosas interesantísimas, dibuja con osadía, se atreve con todo, no para de sorprender y, se nota, poco a poco se va encontrando con su propia voz. Mierda de golondrina es una pequeña recopilación de historietas, textos e ilustraciones. Es un ejemplo perfecto de su versatilidad: si toca dibujar realista tira líneas y puntos de fuga como nadie, y si toca ponerse cartoon, hace unas historias con perros antropomorfos a las que, seguramente, todavía le faltan un par de vueltas pero que hablan de cosas importantes. Lxs autoshxxters —en colaboración con Cráneo Prisma— entra en terrenos más experimentales, donde Moreno se mueve mejor aún, en mi opinión. Es una especie de ensoñación en la que una chica se transmuta en animal y vive una pequeña aventura con otro. Estos animales de poder, por llamarlos de algún modo, se mueven con total libertad por la página, rompen los límites de las viñetas, flotan por el vacío… El trazo espontáneo de Herrero es perfecto para representar el movimiento de los animales sin envaramientos académicos, y me gusta, sobre todo, que el dibujo nunca deja de ser consciente de que lo es, y de que en la página puede pasar cualquier cosa y no basta con imitar la realidad.

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Pero el que más me ha gustado es Canina. Con él he despejado cualquier duda que pudiera quedarme sobre el futuro que le espera a Moreno. Es una obra mucho más redonda, más hecha, sin perder espontaneidad e inmediatez. Se nota que está dibujando mucho, y eso, a ciertas edades, no puede hacerse sin que vaya acompañado de una mejora palpable. Canina sigue en cierta forma el camino de Lxs autoshxxters; una aventura muda que desdeña la narrativa clásica para centrarse en el movimiento, pero aquí eso contrasta con un sentido de lo geométrico, de puro dibujo técnico, fantástico. En esta historia, que me ha recordado a algunas de Gabriel Corbera, una mujer poderosa, de cuyo cuerpo mana una especie de fuego, se ve impulsada a avanzar. Simplemente avanzar, a través del paisaje y de la línea, de la propia página. No hay palabras porque no hacen falta: lo esencial queda claro. Lo gráfico es ya sorprendentemente sólido en una autora tan joven, pero lo mejor es saber que en el próximo, seguramente, hará algo totalmente diferente.

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Por último, la última creación de Nacho García, una de las voces más personales y locas del cómic español. Suddenly Christian es una colección de historias protagonizadas por un monigote en precarias 3D que es cristiano —y habla en inglés—. Gags sin chiste final, sorprendentes, que juegan con la composición del muñeco, formado por varias partes. Es un gráfico hecho por ordenador que no oculta su naturaleza. Como en otras obras de Nacho, su aparente sencillez encierra una acidez subterránea, y este cristiano tristón que no entiende el arte ni tiene sueños, que parece dejarse llevar por la vida y ser tan gris que hasta sus ojos pasan de él, lo demuestra. Pero además es divertido de un modo tan puro que me hace feliz. Los tebeos de Nacho son como rayos de sol.

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Más allá del cómic vuelve con Mauro Entrialgo.

Mañana Roberto Bartual y yo retomamos nuestro ciclo de charlas en el café Molar aperiódico y anárquico, Más allá del cómic, y esta vez contaremos con Mauro Entrialgo para hablar sobre el fenómeno del coleccionismo, desde todos los puntos de vista que se nos ocurran. Si tenéis la necesidad de confesar en público un hábito coleccionista un tanto turbio, seguramente no tendréis mejor oportunidad. Mauro ha tenido la gentileza de dibujarnos el cartel de la charla, donde tenéis todos los datos de la misma.

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Arte, cómic y masas.

El carácter único de la obra de arte es lo mismo que su imbricación en el conjunto de relaciones de la tradición […]. El modo originario de inserción de la obra de arte en el sistema de la tradición encontró su expresión en el culto. Las obras de arte más antiguas surgieron, como sabemos, al servicio de un ritual que primero fue mágico y después religioso […] por primera vez en la historia del mundo la reproductibilidad técnica de la obra de arte libera a ésta de su existencia parásita dentro del ritual […]. De la placa fotográfica es posible hacer un sinnúmero de impresiones; no tiene sentido preguntar cuál de ellas es la impresión auténtica. Pero si el criterio de autenticidad llega a fallar ante la producción artística, es que la función social del arte en su conjunto se ha trastornado. En lugar de su fundamentación en el ritual, debe aparecer su fundamentación en otra praxis, a saber: su fundamentación política.

Walter Benjamin, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936).

La religión del arte jerarquizó siempre y dispuso que lo verdaderamente encomiable era un fruto escogido que el genio entregaba directamente al hombre superior. Entre tanto, las masas, en proceso creciente de concienciación y organización, tenían sus supersticiones y sus santos agoreros condenados en los tratados, aunque no tanto desde el púlpito: eran los medios y lo que estos suministraban, el opio popular, el “pseudoarte ramplón”, la carnaza para el ignorante.

Juan Antonio Ramírez, Medios de masas e historia del arte (1976).

La situación conocida como cultura de masas tiene lugar en el momento histórico en que las masas entran como protagonistas en la vida social y participan en las cuestiones públicas. Estas masas han impuesto a menudo un ethos propio, han hecho valer en diversos periodos históricos exigencias particulares, han puesto en circulación un lenguaje propio, han elaborado pues proposiciones que emergen desde abajo. Pero, paradójicamente, su modo de divertirse, de pensar, de imaginar, no nace desde abajo: a través de las comunicaciones de masa, todo ello le viene propuesto en forma de mensajes formulados según el código de la clase hegemónica […] una cultura de masas en cuyo ámbito un proletariado consume modelos culturales burgueses creyéndolos una expresión autónoma propia.

Umberto Eco, Apocalípticos e integrados (1964).

En 1968, el Museo del Louvre y el Museo de las Artes Decorativas de París celebraron una exposición dedicada al cómic. Aunque estaba clara la vocación de reconocer el valor artístico de la historieta […] la exposición se rendía a Hal Foster y Burne Hogarth como máximos representantes del arte del cómic. Se entendía la calidad artística de éste en función de la eficacia con la que algunos de sus dibujantes eran capaces de reproducir los modelos que la ilustración comercial de los años 20 y 30 había derivado de la figuración romántica decimonónica.

Santiago García, “Después del cómic. Una introducción”, en Súpercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea (2013)

Unos extractos de cuatro libros con los que estoy trabajando estos días, para la ponencia que impartiré en el curso de verano de Alcalá sobre cómic. No sé qué sugieren leídos por separado, pero mi trabajo está siendo precisamente demostrar que están estrechamente relacionados entre sí. Seguiremos informando.

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Isaac el pirata y la BD de aventuras en el blog de librería Muga.

Hoy he publicado un nuevo artículo en Las calles de Venecia, el blog de la librería Muga, donde llevo ya casi un año coordinando su club de lectura de novela gráfica. En esta ocasión, como el próximo título que vamos a leer es Isaac el pirata de Christophe Blain, aprovecho para hacer un repaso al cómic francobelga de aventuras. Aquí podéis leerlo.

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Orgullo y Satisfacción 9, de VVAA.

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Llevo un mes entre unas cosas y otras que no paro y me van quedando cosas en el tintero, pero aunque sea con retraso quiero seguir con la tradición de comentar cada nuevo número de Orgullo y satisfacción. En mayo se ha publicado ya el noveno número, que siga la buena tónica de los últimos y no asienta tanto la parte más crítica y política como la más, por llamarla de algún modo, lúdica.

Algunas series están alcanzado cotas muy interesantes. Es el caso de «El show de Albert Monteys» de Monteys —obviamente—, que es siempre una de las primeras secciones que leo de la revista. Me encanta el humor contra sí mismo, y la parodia de su propio viejunismo y el cabreo que se pilla a cuenta de los emoticonos. Y qué demonios, que tiene mucha gracia dibujando. Lo mismo puede decirse de las series de Paco Alcázar, anárquicas y sin orden fijo, dado que una, «La fábrica de problemas», en realidad es un contenedor de tiras que pueden desaparecer de una semana a otra. En «La gran época», la otra serie de Alcázar, en este número aparece uno de sus personajes más grandes. Y no digo más.

«Tebeos basura» de Paco Sordo sigue excelente, cada vez más fino. «Bordes, raros y bobos» de Iu Forn y Bernardo Vergara también afina en esa renovación del comentario de titular de prensa —reproducido literalmente— que se remonta a los tiempos de El Papus y las secciones de Ivá. «Paco Pánico» de Mel, en cambio, no termina de entrarme, más allá de alguna tira concreta; prefiero sus colaboraciones puntuales. «Adonis, activista de la pista» parece estancada, como Manel Fontdevila estuviera buscando aún la mejor manera de desarrollar al personaje. Espero que dé con ello, porque su función es necesaria: hay que parodiar también al progre. En este número falta a su cita Manuel Bartual, pero a cambio tenemos serie nueva de Triz, «Eva… hace lo que puede». De momento es pronto para juzgar.

Pero las bombas de este número son otras. Lo de Luis Bustos, por ejemplo, otra currada monumental, esta vez para hablar de Blablacar y seguir haciendo crónica de nuestros tiempos con un dibujo que recoge tantas tradiciones diferentes que el resultado por fuerza tenía que ser bueno. No, en realidad eso es mentira; es muy complicado hacer esto bien. Y encima redondea su participación con un retrato chulísimo de Lemmy en la sección de textos de John Tones. Y otro que nunca falla es Alberto González Vázquez. Prefiero cuando entra a saco en temas políticos, pero tengo que reconocer que esta historieta sobre Antonio Banderas es brutal.

Y casi todo lo incluído en el dossier de las elecciones municipales también lo es. Lo que más me ha gustado es que por un lado evitan ponerse aleccionadores y decirnos a quién tenemos o no que votar, sin caer tampoco en el demagogo «todos son iguales», porque no lo son. Pero, por otro lado, como ya vienen demostrando desde el principio, no están aquí para dorarnos la píldora ni decirnos lo listos que somos. «¡Si el año que viene seguimos igual de mal, es que somos tontos del culo!», escribe Vergara, y creo que da totalmente en el clavo. Todos y todas tenemos nuestra parte de responsabilidad en esta mierda, y el humorista político no puede obviarlo. Aparte de lo de Vergara, están muy bien las aportaciones de Fontdevila y Monteys sobre los alcaldes, el lado más oscuro, chanchullero y populista de la política. Y ahora que han pasado unos días desde la publicación de este número y hemos entrado de lleno en la campaña electoral lo estamos viendo de sobra.

Dos apuntes más antes de cerrar: Guillermo está cada vez mejor. Que es un caricaturista supremo ya lo sabíamos, pero se está poniendo las pilas, o eso me parece a mí, y ganando en la distancia larga. Su historieta sobre Ana Botella es fantástica, por ejemplo.

Y el último: Fontdevila está últimamente dándole coba a una faceta suya muy negra que me encanta, que casi parece heredar un tipo de humor tremendista que pareció morir con la democracia: el que hacían los Chumy Chúmez, Gila y Summers, por ejemplo, toda la escuela de Hermano Lobo. A la página 98 me remito.

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No es un día cualquiera.

Ayer se emitió un reportaje sobre la historia del cómic en el programa “No es un día cualquiera”, de RNE, en el que me realizaron una entrevista teléfonica. A partir del minuto 9:50 podéis escucharlo.

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Murcia, de Magius.

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Por muchos motivos, demasiados para profundizar aquí en ellos, la ficción española parecía reacia a mezclar nuestra historia y nuestra identidad con códigos de género y, más concretamente, con asuntos del fantástico. Cuando el cómic español ha tirado por esos derroteros casi siempre ha sido mediante una deslocalización: rara vez una historia fantástica se ambienta aquí. Lo nuestro era más el realismo sucio, más o menos estilizado o exagerado, desde Makinavaja a Makoki. Tal vez alguna historia de Martí sí tirara por ese camino, y por supuesto, a su manera, el Fanhunter de Cels Piñol demostró que se podía hacer ciencia ficción ambientada en España y que al público le interesara. Pero, seguramente, quien más ha hecho por abrir una vía del fantástico español que no sea una mera imitación neutra es Álex de la Iglesia, que con películas como Acción mutante y, sobre todo, El día de la bestia, demostró que el realismo y la sátira podían mezclarse con tramas fantásticas; y que la historia resultante podía asentarse totalmente en la realidad española más esperpéntica sin que por ello el resultado fuera cutre. Al contrario: potenciando ese esperpento se alcanzaba algo nuevo.

Y ahora, en 2015, acabamos de ver en la televisión estatal una serie, El ministerio del tiempo, que se entrega al fantástico sin rubor y lo entremezcla con medidas dosis de realidad social y hasta velada crítica política. Y mientras, ¿qué pasa en los tebeos? Hace muy poco tuvimos una fantástica muestra de esta tendencia: Nosotros llegamos primero, de Furillo. Pero en este caso el humor más bestia estaba en primer plano. La propuesta que hoy tengo entre manos es más sutil y requiere, seguramente, de una lectura más calmada.

Diego Corbalán es murciano, y este dato, que en otros autores podría ser más o menos anecdótico, es esencial para entender su obra reciente. Aquí, investido como Magius, culmina con una historia larga su búsqueda de algo así como una mitología oscura enraizada en la historia y la naturaleza murciana: Lovecraft en la huerta. En las páginas de Murcia se nos presenta un culto arcano, que se debate entre el dios cristiano y las deidades paganas, y cuyos miembros salen en procesión igual que realizan pactos de tintes satánicos en ignotos sótanos, que incluyen sodomía y sacrificios humanos. Pero hay algo más allá de la iconografía y la trama, digamos, oscura: la verdadera dimensión de este cómic no se entiende sin atender qué está reflejando, que es donde está el verdadero veneno. Los protagonistas son un grupo de empresarios conservadores y religiosos, con muchísimo dinero y ninguna intención de dejar de tenerlo. Controlan en la sombra la política y la economía de Murcia y tejen una red clientelar a la que atan con obligaciones mágicas, mientras usan como meros peones a la gente de clase baja, «los huertanos». La metáfora es maravillosa, y alude directamente a una casta que se ha situado en los principales puestos de poder de las empresas y bancos españoles, e incluso en los ministerios. Magius no menciona su nombre, «Opus Dei», pero sí alude a la universidad católica y al «camino neocatecumenal». Esa ligazón con una realidad tan oscura o más que la que se muestra en Murcia es lo que otorga a la obra una dimensión verdaderamente perturbadora.

Por lo demás, es interesante cómo Magius emplea el folclore murciano, bastante desconocido en el resto de la península. Los trajes regionales convertidos en uniformes sectarios, la huerta como siniestro escenario de sacrificio a los dioses arcanos —en una secuencia soberbia—, el dialecto panocho convertido en lengua críptica empleada por un grupo religioso-terrorista… Me encanta el ambiente que consigue y, sobre todo, pienso que es tremendamente original, algo de vaor incalculable cuando se publica tanto como ahora.

La edición de Entrecomics Comic acierta de lleno en el formato, suficientemente grande como para que los densos textos respiren y se lean con comodidad, y el dibujo de Magius, tan certero en la caricatura como en el reflejo de los ambientes de Murcia, se complementa con una paleta de colores sobria y oscura, perfecta. El final abierto redondea la estructura atípica de la historia, que deja enigmas por el camino; tal vez por eso perturba al lector como lo hace, aunque, como en los grandes esperpentos, el humor siempre está ahí.

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