Maus, de Art Spiegelman.

Hoy, aprovechando esta excelente noticia (a pesar de que tiene miga meterlo en ficción) aparecida en La Cárcel de Papel, os voy a hablar de uno de mis cómics favoritos: Maus.

Maus no es sólo una de las escasas obras maestras absolutas que ha dado el cómic en su corta vida, sino que es también uno de los pocos tebeos que han alcanzado cierta notoriedad fuera de los límites del mundillo. De hecho, siempre que se habla de Maus parece obligado mencionar que ganó el premio Pulitzer en 1992, así que yo no voy a hacerlo. Hum. Mierda.

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Bueno, sigo. ¿De qué trata Maus? Básicamente, es la historia del padre del autor –Art Spiegelman- y sus vivencias como judío en la Europa ocupada por los nazis, entre los primeros años de ocupación en Polonia y el fin de la guerra y la liberación de los campos: desde el gueto hasta Auschwitz. Es una reconstrucción tan completa y minuciosa de lo que le pasó a millones de judíos, aporta tanta información, que debería ser lectura obligatoria en los colegios. El acercamiento sincero por parte de Spiegelman, pero libre del melodrama y la moralina tan frecuentes en este tipo de historias, convierte a Maus en una de las reflexiones más lúcidas y a la vez menos maniqueas que se han hecho acerca del Holocausto. Es una lectura que estremece porque constata que la supervivencia en estos casos, pese a las muestras de ingenio que da el protagonista, es en realidad una cuestión de puro azar.

Pero en Maus no encontramos sólo la historia de un superviviente. Tan importante como ésta, es la historia de la relación entre padre e hijo, una relación de amor y odio que es contada con la misma sinceridad que la otra. Huyendo de la solución fácil –idealizar al padre convirtiéndolo en un mártir-, escoge analizar todas las contradicciones de una persona que sufrió una persecución étnica y sin embargo es racista, alguien a quien todos los años de escasez han convertido en un miserable tacaño que recoge cable teléfonico por la calle y se deja el gas encendido para no gastar cerillas, y que le hace la vida imposible a la mujer con la que vive. El suicidio de la madre, la sombra del hermano muerto al que nunca conoció, están igualmente presentes en las reflexiones del autor, que no nos oculta todas las dudas surgidas durante todos los años que tardó en completar la obra.

En cuanto al estilo de Spiegelman, no debemos dejarnos engañar por la aparente sencillez o incluso puerilidad de su dibujo. Tras ellas se encuentran algunas soluciones gráficas verdaderamente excelentes, no siendo la menor de ellas la representación de los personajes como animales antropomórficos –ratones los judíos, gatos los alemanes, cerdos los polacos-. Spiegelman puede no ser un maestro de la anatomía, pero es un narrador gráfico efectivo y rotundo en su composición de página, además de llevar a cabo interesantes y atrevidos ejercicios metalingüísticos, como la escena en la que discute con su mujer acerca de con qué animal debería representarla, dado que es francesa pero convertida al judaísmo, o la página que tenéis a continuación, absolutamente brillante.

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En definitiva, lo único que me queda por decir es que es un tebeo que os recomiendo totalmente a los que no lo conozcáis, tanto si os gusta el cómic como si no. Y es que, de la misma manera que en el cine siempre tendremos El Padrino por muchas películas que estrene Michael Bay, en el cómic no todo son Mortadelos y Dragonboles…

Un saludo.

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