Mike Oldfield y Music of the Spheres.

Aprovechando que ya está anunciada la salida de su nuevo disco, Music of the Spheres, hoy voy a hablar un poco de Mike Oldfield, que ya tocaba (pobre, encima que le plagio el título del blog). Existiendo esta página, todo lo que pueda escribir de su trayectoria es redundante. Pero vaya, hagamos un repaso más o menos rápido por su historia: A los diecinueve años, un chaval descarado, egocéntrico, y hasta las cejas de problemas mentales (y drogas), consigue publicar Tubular Bells en Virgin, y se convierte en un bombazo que sólo pudo bajar del primer puesto su siguiente disco, Hergest Ridge. El joven Oldfield, admirador de Bach, de Sibelius, sorprendió al mundo con un disco instrumental, muy complejo, ecléptico, en el que él tocaba prácticamente todos los instrumentos. Dos partes de veintitantos minutos sin pausa de música grabada artesanalmente, con una paciencia infinita, y con una intención más cercana a la música sinfónica que al pop. Tanto Tubular Bells como sus tres discos siguientes fueron producto de alguien desesperado, inestable, que volcaba toda su angustia en una música en la que encontraba todo el control que le faltaba en la vida real. Vivía para ella y gracias a ella, componía en un estado febril, delirante y, con su genio y su entrega, parió esas cuatro obras por las que pasará a la historia de la música.

Dedicado, con cariño, eso sí, a todos los que meten a Oldfield en el mismo saco que Vangelis y J.M. Jarre.

Después, una etapa progresiva, probablemente inferior, pero aún muy recomendable (especialmente Five Miles Out). Pero a medida que el chaval se hacía mayor, y encontraba la calma, su música se fue volviendo más simple, como si sólo desde la ira y el malestar fuera capaz de imprimir garra y pasión a sus creaciones. Se volvió un compositor de éxitos pop (algunos excelentes, pero sin comparación posible), y empezó a dejarse llevar por los cantos de las sirenas tecnológicas. Y se acabó perdiendo, la música dejó de ser una prioridad (no; una necesidad: lo único que lo mantenía con vida) y se acomodó en el éxito del que parecía haber rehuido toda su vida como músico. Amarok, en el 90, fue un golpe en la mesa, un “aquí estoy”, una locura genial fruto, de nuevo, de la ira. Para muchos, su canto del cisne, aunque yo creo que el posterior Tubular Bells 2 fue su último buen disco. Después, sólo momentos; alguna canción, alguna cosilla que me hacían recordar quién era su autor entre tanta mediocridad, tanta música para relajarse y tanto abuso de la pobre campana, que maldita la culpa que tendrá.

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Portada de Crises (1983).

Y llegamos a hoy: tras tres discos decepcionantes, llenos de samples, sin apenas trabajo, hechos desde el conformismo y el relax en lugar de la rabia y la necesidad de demostrar de lo que es capaz, en menos de cien días tendremos un nuevo disco de Mike Oldfield. Y al fin llego a lo que yo quería comentar (sí, vale, el “repaso más o menos rápido” se me ha ido un poco de las manos, lo sé): ¿Qué podemos esperar a estas alturas de Oldfield? Pues en contra de lo que se pudiera pensar, yo soy optimista. Muchos de los vicios de los últimos años (el ombliguismo, la producción pesada y meliflua que ocultaba melodías simples y repetitivas) parecen desterrados. Se ha vuelto a rodear de buenos músicos, como Lang Lang, que además de una máquina parece ser que es uno de los pianistas más respetados del momento. Ha dicho por activa y por pasiva que se acabaron los instrumentos sampleados (por no hablar de las horribles voces informáticas de Light + Shade), parece (repito: parece) que ha vuelto a currar. Se le nota picado en su orgullo, es muy posible que las flojas ventas de ese Light+Shade le hayan servido como toque de atención para darse cuenta de cuál es su sitio real a día de hoy: uno muy, muy secundario. Ha despertado muchas expectativas, no sólo las mías. La gente está, por primera vez en muchos años, relativamente ilusionada. No creo que nadie espere una obra maestra, pero sí un disco decente, un disco que no compremos por resignación y casi como tributo agradecido al pasado glorioso. Un disco del que no se cachondeen fuera del círculo de sus seguidores. En sus manos está (o ha estado, que el disco está grabado y su suerte sellada). Lo veo en una situación muy similar a la que había con aquel ya lejano Amarok: la misma necesidad de reivindicarse, el mismo prestigio perdido, el mismo callejón sin salida. Sólo que la caída ahora ha sido mayor. Porque en aquella época, se sabía que su discográfica lo presionaba para hacer determinada música. Hoy, hace lo que le da la gana, con lo que ya no tiene excusa alguna. Ha levantado demasiadas expectativas y el riesgo de que muchos se cansen definitivamente y lo manden a paseo es demasiado alto. Con Music of the Spheres, o alza el vuelo, o se estrella para siempre. Dentro de cien días, la respuesta, en este mismo blog.

Discografía básica:

Tubular Bells (1973).

Hergest Ridge (1974).

Ommadawn (1975).

Incantations (1976).

Five Miles Out (1982).

Crises (1983).

Amarok (1990).

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