Volátil, de Luis Durán.

La salida al mercado de una nueva obra de Luis Durán siempre es una buena noticia. Un autor diferente, que se define como un “contador de historias”, con unas marcadas señas de identidad y sobre todo, un autor que tiene algo que contar y la habilidad para hacerlo, que no es poco.

En Volátil, Durán cuenta la historia del joven Tobías, que tras acabar sus estudios, pasa un verano en el pueblo de sus tíos, donde toma la decisión de seguir sus instintos y dedicarse a escribir la historia de un petroglifo vikingo que lo obsesiona desde su infancia. Lo hace a partir de un nombre, Audum, y de unos cánticos en su honor inscritos en la piedra (extraídos del poema de Taliesin del siglo XIV). Contará con la ayuda de su tía Ariadna (profético nombre), escritora de varios libros en su juventud pero en sequía creativa desde hace varios años.

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Luis Durán bien puede ser ahora mismo el autor español de más calidad, y eso que considero que aún no ha parido una verdadera obra maestra. Sin embargo, Volátil es sin duda su mejor tebeo hasta el momento, y esa es la gran baza de Durán: salvo alguna excepción, siempre se está superando. En cada uno de sus libros se le nota más seguro y más suelto con los recursos que ha elegido para contar sus historias. Su ritmo pausado, sin prisas; ese particular foco que nos lleva del detalle más nimio a lo universal; ese tratamiento del elemento fantástico integrado en lo cotidiano, heredado del realismo mágico (cuánto le debe Durán a García Márquez). En Volátil, lo que llama la atención es que el elemento fantástico queda para la historia dentro de la historia, para el libro que está escribiendo el protagonista. Y fuera, la magia reside en el hecho de crear: la literatura es lo fantástico. Ese es el mayor hallazgo del album, mostrar la forma en la que lo que va sucediendo entorno al escritor configura la historia que está creando, cómo, en realidad, ambas historias se crean la una a la otra, entrelazándose hasta el punto de que es imposible disociarlas. La magia del proceso literario. Los símbolos, tan importantes en toda su obra, también aparecen en Volátil: los cuervos, las libélulas…

Su estilo gráfico, ya plenamente definido y madurado, sigue teniendo la misma cualidad extraña de siempre: al principio, choca violentamente, esos cuerpos casi deformes, esas cabezas anormalmente grandes… Sorprende la huida del realismo. Pero, a medida que se va leyendo la obra, el lector va entrando en ese particular universo, en el que ese estilo de dibujo es una pieza vital, hasta el punto de que, cuando acabamos la lectura, es imposible imaginarlo dibujado por otras manos (de hecho, en el trabajo más flojo de Durán, La cruz del sur, sólo se encargó del guión). En Volátil, además, se anima a ir un poco más allá en la experimentación gráfica, dándonos algunas páginas, como las del capítulo de Cuentos para libélulas, realmente sorprendentes. También sorprendente puede parecer el apego del autor al blanco y negro en estos tiempos de colores infográficos, pero lo cierto es que comparando sus obras a color con ésta, por mí que siga muchos años con esa obstinación. El uso que hace de las sombras y de los contrastes le añaden una rotundidad a sus dibujos que se pierde con el color, que además es completamente innecesario.

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Bien, y, a pesar de todo esto, ¿por qué no considero Volátil una obra maestra? Probablemente porque aún le falta peso a Durán como narrador. En algunas ocasiones, a sus finales les falta contundencia: en Volátil, menos, pero también. El principal problema que le encuentro es que, en el fondo, Durán siempre me cuenta la misma historia: la del hombre que se busca a sí mismo. Me la cuenta muy bien: tanto, que no me aburre por más veces que me la cuente. Pero un autor de su capacidad debería empezar a plantearse otro tipo de historias, porque puede llegar un día en el que sí aburra. Durán es un autor maduro; este año cumple los cuarenta, y tiene una producción realmente asombrosa en calidad y cantidad. Pero su mayor desafío será cambiar de historia manteniendo esa sinceridad que le caracteriza, y que le convierten en el mejor contador de historias del cómic español.

Bibliografía esencial:

Antoine de las Tormentas. Astiberri, 2003.

Álgebra. Astiberri, 2004.

Caballero de Espadas. Planeta, 2005.

Nuestro verdadero nombre. De Ponent, 2005.

La ilusión de Overlain. Planeta, 2005.

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