Twin Peaks.

Aprovechando que acabo de terminar de verla hace unas pocas horas, hoy voy a hablar de Twin Peaks, la famosa creación de David Lynch y Mark Frost, hoy convertida en serie de culto. La pregunta de “¿quién mató a Laura Palmer?” fue todo un clásico; la imagen de la chica recién sacada del lago, todo un icono televisivo de los noventa.

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

La historia arranca con el asesinato de la joven Laura Palmer en el pequeño pueblo de Twin Peaks, al que llegará el agente especial del FBI Dale Cooper, con el encargo de encontrar a su asesino y esclarecer las circunstancias de la muerte. Contado así, parece una serie policíaca más, pero nada más lejos. Pronto se ve que hay mucho más que el típico argumento de “¿quién lo hizo?”, al empezar a descubrirse toda una serie de secretos, hasta llegar a un conflicto que va más allá del asesinato de Laura, que queda casi en anecdótico.

El gran acierto de la serie, y lo que creo que hizo que hoy siga siendo recordada, fue el protagonismo coral, convertir al pueblo de Twin Peaks en el protagonista de la historia. Un pueblo montañero alejado de la civilización, pero también de la realidad, en el que no cesan de suceder cosas inverosímiles que son aceptadas con naturalidad por los miembros de la comunidad, personajes delirantes que en otro contexto no serían creíbles (destacan por méritos propios Lady Leño y el psiquiatra doctor Jacoby, que como no podía ser de otra forma, es el más loco de todos), pero que aquí no chirrían. ¿Por qué? Ahí está la clave y el gran mérito de Lynch. Todo el pueblo y sus habitantes está envuelto en una atmósfera de ligera irrealidad, como si existieran en su propio universo, en el que ciertos acontecimientos excepcionales pueden ser aceptados. Como si todo el pueblo fuera una alucinación. Y funciona, que es lo sorprendente. El espectador entra en el juego y no enarca las cejas pensando “y qué más”. Un ejemplo: aparece una mujer tuerta, con algunos problemas mentales, y que, como otro pequeño detalle, tiene superfuerza. Y NO SE EXPLICA. Y no nos importa. Y no chirría. De hecho, los que chirrían son los personajes normales, aquellos que por contraste con los otros parecen totalmente grises y anodinos (como los pavisosos Donna y James, pareja insoportable más propia de Sensación de vivir). Porque lo que de verdad importa es todo lo que tienen que ocultar, todos los secretos que hay detrás de cada vida de Twin Peaks. No hay nadie que sea lo que aparenta ser (y menos que nadie, la a priori angelical Laura Palmer). Al final de la serie, todos los habitantes de Twin Peaks han cambiado, de una manera u otra. Ir descubriendo esto, y las relaciones que atan a unos con otros, es uno de los mayores alicientes para seguir la serie.

A este escenario llegará el agente Cooper, el personaje central de la serie y sin duda el más carismático. Con una inteligencia privilegiada y una actitud extraña ante la vida, adicto al café y a la tarta de cerezas, siempre trajeado y dejando constancia de sus pensamientos en una grabadora, budista y entusiasta por naturaleza, Cooper se enamora de Twin Peaks nada más llegar. No choca con el surrealismo del pueblo porque él mismo va chorreando surrealismo por los cuatro costados (estamos hablando de un hombre capaz de interrumpir la descripción de los detalles más escabrosos de una autopsia para señalar lo bien que huelen los pinos de Twin Peaks), de la misma manera que lo hace el desfile de agentes del FBI que va llegando al pueblo para ayudarle en sus investigaciones (entre ellos un David Duchovny pre Expediente-X encarnando a un agente travesti).

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

La imagen más repetida de la serie: Cooper bebiendo café.

Y bajo todo esto, late el elemento sobrenatural, que tiñe en realidad todo lo que sucede, pero que va siendo introducido muy lentamente en la trama. Primero en pequeñas dosis: una visión allí, un sueño allá, un método intuitivo absurdo para seguir la pista del asesino que sin embargo funciona, pero que podría haberlo hecho por casualidad: esta es la verdadera clave. Después, una vez ganado al espectador sin que éste se dé cuenta de que ha entrado en el juego, se convierte en el eje central de la historia, y ya no hay necesidad de velarlo. Y se hace bien, dosificando la información y las apariciones de lo fantástico, que encajan a la perfección en lo cotidiano (aunque lo que en Twin Peaks puede entenderse como cotidiano dista mucho de la normalidad). Quizás sea este tratamiento de lo sobrenatural lo que más me atraiga de la serie, porque me parece tremendamente difícil hacer que algo así funcione.

A lo largo de la serie, vamos siguiendo las investigaciones de Cooper, encontrando pistas, hábilmente diseminadas a lo largo de la historia. Todo está conectado, nada, ni lo más extraño, es gratuito. Todo está anticipado si se sabe ver, en un hábil y arriesgado juego de símbolos y frases crípticas, de enigmas que no tienen que ser necesariamente resueltos. Todo esto, gratinado con un glorioso humor negro que al contacto con la muerte se vuelve casi esperpento, y acompañado de una música sencillamente perfecta, compuesta por Angelo Badalamenti, una música que se ajusta como un guante a la acción y que ayuda tremendamente a hacer creíble todo lo que ocurre: de quitarse el sombrero.

¿Problemas? Hay varios, a pesar de todo. Una vez se ha descubierto al asesino de Laura Palmer, hacia el ecuador de la serie, Lynch la dejó en manos de su equipo de guionistas, y se resintió de forma espectacular. Hay un bajón tremendo en esa segunda parte de la historia, en la que la atención se desvía a insulsas tramas secundarias, y se pierde un tanto ese elemento surrealista que había antes, cayendo en la rutina y perdiendo también verosimilitud con ello. El agente Cooper deja de ser investigador activo y se limita a reaccionar y esperar acontecimientos, algo que decepciona bastante y hace perder el interés: casi parece que se haya vuelto tonto de golpe. Y en determinada trama, la acción se saca de Twin Peaks. Mal. Tremendo, tremendo error. Como explicaba antes, es en el pueblo donde son aceptables ciertos sucesos, entre sus bosques misteriosos y sus habitantes pirados. Fuera de ese escenario, no tiene sentido ni interés alguno.

Afortunadamente, en el clímax final de la serie, Lynch volvió a tomar las riendas, dirigiendo un último capítulo sencillamente brillante, que salvaba el barco a la deriva en el que se había convertido Twin Peaks. Un capítulo arriesgado, en el que se proponían más enigmas de los que se resolvían, en el que se dejaba prácticamente todo abierto y con una secuencia final en la habitación roja, que al margen de todo, está rodada de forma magistral. A mí me ha puesto los pelos de punta, y no digo más por no reventarle a nadie la serie. Ahora bien, el riesgo de que todo parezca una tomadura de pelo es grande, eso es cierto. Lynch fuerza más que nunca al espectador. O entras, o no lo haces. O juegas a adivinar el significado del desconcertante final en el que nada es evidente, o acabas pensando que se están riendo de ti. Yo soy de los primeros, pero francamente, admito que es algo completamente subjetivo.

Para concluir, aquí pongo el vídeo de la mítica cabecera de Twin Peaks:

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s