Harry Potter y la orden del Fénix.

Cuando uno va al cine a ver una película de Harry Potter, ya sabe a lo que va. Al igual que los libros no tienen precisamente el nivel de Kafka, las películas tampoco están a la altura del recientemente fallecido Bergman. Los libros son lo que son: un magnífico entretenimiento, escritos decentemente (que es más de lo que se puede decir de la mayoría de los best-sellers o de otros “hypes” de la fantasía actual, como Eragon), que enganchan, y que tienen algo que valoro mucho: carecen de moralina, no parece que la autora quiera adoctrinar a los niños con ellos. Son algo gamberretes, tienen cierta dosis de humor inglés, e incluso se critica al poder político y se valora la toma de decisiones personales al margen de las reglas. Vale, tampoco es que sean un alegato anarquista, pero me gusta y me tranquiliza que en estos libros que están leyendo millones de chavales aparezcan estos mensajes y no otros más reaccionarios.

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Tienen todos cara de malote menos Neville, que está el pobre más perdido que un pulpo en un garaje.

Siempre he pensado que el quinto libro era el más difícil de adaptar al cine, entre otras cosas por su extensión, pero el director ha dado en el clavo: la solución no es rodar un tocho infumable de cuatro horas, sino sintetizar más y mejor. El resultado es una película de dos horas y poco, ágil y entretenida, nada farragosa, y que se entiende por sí misma sin necesidad de leerse el libro, pero que tampoco lo destroza convirtiendo en irreconocible la historia. No es la leche, no revoluciona nada, pero es un entretenimiento digno (que hoy por hoy es decir mucho), y dudo que se pueda hacer mucho mejor, la verdad. Y es que el problema cuando tienes que renunciar a cosas, es que aunque aciertes siempre se echarán en falta. Gran parte del éxito de la serie de libros está en el día a día del colegio (como novela de internado que en realidad es, aunque los alumnos lleven varita), lo que yo llamo chorradas, aunque me encanten: A tal le gusta cual, pero acaba saliendo con pascual, Ron y Harry tienen que presentar un trabajo de tal cosa, o copian en un examen… Chorradas, al fin y al cabo, pero que le dan vidilla a la cosa, y que en la película no tienen cabida. De hecho, cuando en anteriores entregas han intentado meterlas, no ha salido bien, porque se rompe el ritmo. En El cáliz de fuego, la sensación que me daba cuando la vi es que iban a toda pastilla. Era una película acelerada que sin embargo se para demasiado tiempo en algo que no deja de ser anecdótico, el baile. Por eso me quedo con los libros. ¿Por qué renunciar a nada? Ahí tengo todo. Lo que pasa es que hoy en día, si un libro no es adaptado al cine, parece que no existe. Era inevitable, y además, tampoco veo por qué J.K. Rowling tendría que renunciar a la pasta que se habrá llevado. Pero donde de verdad hubiera funcionado una adaptación de Harry Potter es en el formato televisivo: una serie, a razón de una temporada por libro. Claro, el cine da más dinero, y cuando se empezó a adaptar la saga aún no vivíamos esta era dorada de las series (con todo lo que conlleva respecto a presupuesto), así que ya es tarde. Tampoco es que me quite el sueño, y además ya digo que las películas tampoco son basura.

El cásting es lo más acertado de lejos, como siempre: Ron ha mejorado muchísimo, y este director no lo interpreta como un bufón, así que eso que salimos ganando (a ver si mojan él y Hermione de una vez en el último libro). Hermione tampoco está tan exageradamente repipi como en las anteriores, y Harry sigue siendo correcto. Me mola un montón Luna, han encontrado a la actriz perfecta para ella, por su aspecto, pero también por el aire entre zumbado y místico que tiene. También me ha encantado Tonks, y eso que en los libros pasa desapercibida. Sirius, Ojo Loco y Lupin, también me convencen. Y Snape es simplemente genial, cada minuto (pocos) que sale en la película es un tesoro: divertidísimo. Dumbledore, convincente, y Voldemort, bueno, no me acaba de gustar, pero es pasable. Bellatrix Lestrange en cambio me ha gustado mucho, con ese aspecto histriónico de bruja piruja filogótica. Umbridge, bien, sin más. El problema con los personajes es que se ha llegado a un punto en la saga en el que hay que mover demasiados, y la mayoría saben a poco. Hay algunos que no saldrán ni tres minutos en total, y casi sin diálogo (Draco Malfoy por ejemplo: vaya papelón le ha tocado al chaval que lo interpreta). De todas formas, poca solución tiene.

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Luna Lovegood: Perfecta.

Los decorados y los efectos especiales muy bien, como siempre. Incluso quizás mejor que otras veces, porque no hay ese afán por mostrar todo explícitamente. El misterio y la insinuación es algo que acabará por desaparecer del cine, porque prácticamente ya puede mostrarse cualquier cosa tirando de ordenador. Eso no significa que deba hacerse, pero pocos directores lo saben. En La Orden del Fénix, en cambio, hay escenas que llaman la atención por eso: en lugar de tirar de morphing, Sirius Black se transforma detrás de una puerta y sólo vemos su sombra. Perfecto. Y en una de las mejores escenas de la película, la de los centauros, también se beneficia de esa falta de afán por alardear de efectos, de “mira lo que podemos hacer”.

En conjunto lo que se nos ofrece es algo cada vez más raro: una película fantástica, de aventuras, hecha con esmero y sin tratar al espectador como un gilipollas; ni al adulto, ni, lo que es aún más infrecuente, al niño. A ver si podemos decir lo mismo de la avalancha de películas del género que se nos viene encima…

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