Francisco Umbral.

Esta mañana nada más levantarme me he enterado de la muerte de Francisco Umbral. Muere relativamente joven, a los setenta y dos años, aunque parece ser que llevaba varios enfermo (dato que yo, con mi habitual apego a la actualidad, desconocía).

Estos días nos van a contar su vida y obra, nos van a decir que ha muerto un grande de las letras españolas, y también nos venderán la moto de su enorme calidad humana y lo buena persona que era. Pues no, joder. Umbral era un cabrón con pintas. No la persona, que sólo le pertenece a él y si acaso a la familia, sino el personaje Umbral, con sus gafas de culo de vaso, el pelo siempre largo, y su permanente aire de cabreo (de hecho, el mayor logro de su vida puede que no fuera su literatura, sino conseguir que nadie lo fotografiara jamás sonriendo). Era un tipo huraño y polémico, quizás un pelo reaccionario. No era agradable en público ni pretendía serlo. Y será lamentablemente recordado más por el pifostio aquel con la Milá (ya saben, “yo aquí he venido a hablar de mi libro”) que por su obra.

Pero también era una persona original, algo de incalculable valor en esta sociedad emponzoñada de corrección política y globalización. Era un respondón que no se callaba ni debajo del agua, dotado con un ingenio rápido y dañino. Umbral era un snob de chupa de cuero. La antítesis del rancio Cela. Un cabrón con pintas, vaya, y dudo mucho que quisiera ser recordado de otra forma. Y sí, también era escritor.

Hace un tiempo, hablando de literatura con Álvaro Naira, me dijo que hay escritores que escriben con la cabeza y escritores que escriben con el corazón. Yo le dije que Umbral escribía con la polla. Y es cierto: con la polla, y sin corregir, o eso parecía. Su prosa era engañosamente descuidada, sus diarios (género que probablemente trabajó para ahorrarse el trabajo de la estructura novelística, el muy zángano) eran a veces repetitivos.

Sin embargo, la sinceridad que destilaban, lo descarnado de su estilo, su capacidad de hablar de lo más intrascendente y hacerlo sagrado, de pasar de lo soez a lo lírico sin despeinarse y sin que chirriara, suplía con creces cualquier defecto. Umbral, al que no le gustaba la música porque no podía olerla, que era capaz de escribir del esmegma que se le quedaba impregnado en el capullo y hacer que fuera fascinante, no era el mejor, pero era único. Y yo hoy estoy jodido.

Leo en la página de El País que será incinerado en una ceremonia privada y estrictamente civil: el último acto de rebeldía de un rebelde sin causa. Con dos cojones, don Paco.

“No, la ciudad no existe, la ciudad es una locura, una invención, una esperanza, una mentira. La sueñan desde allá abajo los que van en Metro, ánimas del purgatorio en túnel, justos en multitud, limbo húmedo, catacumba veloz. No existimos, no tomamos café, no hacemos el amor. Sólo nos sueña, desde lo profundo, un hombre silencioso que va en Metro”.

Francisco Umbral, Mortal y rosa.

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