Stardust, la película.

El cine fantástico actual (al menos el americano) tiene dos grandes males: uno es la infantilización por sistema de cualquier historia; otro, el exceso de medios tecnológicos de los que dispone, que algunos creen que pueden sustituir a la imaginación y el talento. Stardust no es una excepción.

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Cartel de la película.

Empecemos por el principio. Stardust, para quien no lo sepa, está basado (por decir algo) en un relato del mismo nombre escrito por Neil Gaiman (de quien ya hablé en otro post) e ilustrado por Charles Vess. No es una obra espectacularmente buena, pero dentro de la producción de Gaiman es de lo mejor. Tiene la virtud de actualizar aquellos cuentos ilustrados que leíamos de pequeños y a la vez crear una historia disfrutable por adultos. Por supuesto, sería injusto quitarle mérito al trabajo de Vess, un dibujante dotado de una habilidad especial para reflejar el mundo de las hadas, y sin el que Stardust no tendría ni la mitad de interés (razón por la que no entiendo ni entenderé que se empeñen en editarla como una novela, sin los dibujos).

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Una de las portadas del relato ilustrado.

Yo comprendo que el cine y la literatura son medios distintos, y que lo que funciona bien en uno no tiene por qué hacerlo en otro. Entiendo que ciertos cambios son lógicos: la simplificación del argumento, que algunos personajes desaparezcan y otros cambien de función. Pero transformar los varios meses que dura el viaje del protagonista, Tristran, en una semana, convirtiendo su maduración en un absurdo, la aparición de Robert de Niro de capitán travesti, o hacer de los fantasmas de los siete hermanos el alivio cómico de la película, no puedo entenderlo. Que sí, que son medios distintos, pero no justifiquemos con esa obviedad cualquier disparate. Digámoslo alto y claro: el cine NO exige las convenciones que nos venden desde Hollywood. No exige la historia ñoña de amor, no exige el amigo negro del prota que al final muere, ni alivios cómicos. Eso puede exigirlo el cine palomitero, las productoras que buscan el blockbuster de la semana. Pero no el cine. Gaiman podría haber vendido su historia a una productora independiente, con menos medios, con menos repercusión, pero con la posiblidad de mantener su esencia. En lugar de eso, optó por hacer una superproducción y además participar como coproductor, cosa que yo, ingenuo de mí, pensé que garantizaría un mínimo de fidelidad.

Al contrario, es una película que superficialmente puede parecer fiel (como le pasa a V de Vendetta, con la que estoy hasta las narices de que la gente me diga “tío, es clavadita al cómic”, cuando precisamente falla en lo esencial), pero que carece de lo mejor del relato ilustrado, y que, ironía, no es de Gaiman. Todo el folklore, todos los elementos de la tradición que aparecen, han desaparecido en la película. Ni una mención a las hadas, ni a Fairie (que en la película llaman Stormhold, en el relato, el nombre que recibía la fortaleza del rey). El cuento de hadas, con sus reglas, sus crepúsculos, sus profecías imposibles, siempre funciona. Hay en el folklore algo que conecta con nosotros a un nivel inconsciente, que pone los pelos de punta y hace saltar las lágrimas, que nos vincula con nuestro pasado y a la vez con nosotros mismos. El cuento de hadas nos llega tan adentro porque en realidad nos está contando cómo somos, cómo funciona el hombre, cuáles son sus pasiones y sus preocupaciones, que son las mismas siempre.

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Michelle Pfeiffer en su papel de bruja. Todo esto, con mejor o peor fortuna según el momento, se podía encontrar en la Stardust escrita. Sin esto, la película está vacía. Es falsa, hueca, porque lo único que queda es el armazón bajo el cual latía la esencia de la historia. Un armazón que además ha sido azucarado para conformar una película ñoña, “bonita”, en el sentido más despectivo de la palabra, y además, una película que cumple punto por punto el manual de la perfecta película taquillera intrascendente. Por poner un par de ejemplos: el final está totalmente modificado para encajar la obligatoria batalla final que hay que meter por decreto en cualquier película de fantasía, aunque no pegue ni con cola, aunque la historia ni lo pida ni lo admita… Hay que meterlo. De igual forma, la relación entre Tristran y la estrella, que en el cuento era divertidísima y nada cursi (la estrella lo insulta contínuamente), y que al final, SÓLO al final, descubren que están enamorados, cambia radicalmente: el cabreo le dura a la estrella dos minutos: después a ponerse ojitos el uno al otro y a hablar del amor verdadero con cara de cordero degollado. Y qué dos actores más pésimos, por favor. He visto pocas parejas con menos química que estos dos. Tristran, que en su versión original era un joven soñador, con la sangre de las hadas corriendo por sus venas, que va aprendiendo poco a poco a moverse por su mundo, ahora es un gañán torpe que en realidad no hace nada. Y la estrella, bueno, a mí esta chica no me parece que tenga fuego por dentro. La estrella de Gaiman era pura pasión, pura ira contenida en un cuerpo mortal. Esta chica es una sosa que casi desde el principio ya bebe los vientos por Tristran.

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¿Los amantes de Teruel? No, Tristran y la estrella.

Consecuencia de esto es el cambio que hay en el final con todo el asunto (previsible) del corazón de la estrella y sacarse de la manga que al amar a Tristran se lo ha entregado y por tanto lo hace inmortal. Lo que da la vida eterna, ¡es la víscera!, no tiene nada con el amor. Las brujas SE COMEN el corazón de la estrella y con eso consiguen prolongar su vida. Pero qué más da todo, si los dos suben al cielo en forma de estrella, el narrador dice “y vivieron felices para siempre” y todos en sala dicen “oooooh” y comienzan a aplaudir. Pues vale, con su pan se lo coman.

Volvemos al principio del artículo: este final feliz no es más que el mejor ejemplo de cómo una historia que pretendía ser un cuento de hadas para adultos acaba en el polo opuesto: rebajada y dulcificada para entrar en la clasificación para mayores de trece años (que ya les vale también a estos americanos; si esta películas no puede verla cualquier crío, apaga y vámonos). Lo más evidente es la falta de sangre en toda la película (muy divertido, incluso cuando las brujas sacrifican algún animal, sacan las vísceras limpitas), pero hay otras modificaciones en el argumento para hacerlo más políticamente correcto que son bastante lamentables (por ejemplo, el padre de Tristran, que en el relato se casaba con una mortal tras su escarceo con el hada, aquí permanece soltero y fiel hasta que se reencuentra con ella). Otro detalle incomprensible son los sacerdotes del castillo del rey, que son ¡obispos católicos! Y así podría seguir durante varias páginas.

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Me queda el tema de los efectos especiales. Si ya me parece mal que se abuse cuando son buenos, si son ramplones y desfasados (como si la película fuera de hace cinco años) me resulta incomprensible. Las vistas panorámicas de escenarios generados por ordenador cantan muchísimo (¿de verdad suponen un avance respecto a las maquetas?), y ni los efectos ni los escenarios consiguen sustituir dignamente los dibujos de Charles Vess (por ejemplo, fracasa estrepitosamente al mostrar el mercado de las hadas, que tiene que ser fascinante). El ambiente que pedía esta película es brumoso, etéreo. La magia de Stardust no necesita de combates con rayos de colores, sino de sutilidad, de juegos de espejos, de sombras, de semanas con dos lunes. Magia del folklore, no de partida de rol.

Lo peor es que Gaiman todo esto lo sabe mejor que yo, y le ha dado igual. Ha dejado que conviertan una buena historia en una película del montón que no puedo recomendar a nadie, le guste la fantasía o no. Mal camino llevamos, como no entendamos de una vez que la fantasía no es esto.

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