Laberinto.

En 1985, tres años después del estreno de Cristal Oscuro, Jim Henson y su equipo iniciaron el rodaje de su siguiente largometraje, Labyrinth (traducida como Dentro del Laberinto en España, aunque yo siempre me he referido a ella y lo haré en este artículo como Laberinto a secas). En esta ocasión, el proyecto contaría con la producción ejecutiva de George Lucas (hasta las cejas de dinero tras el estreno de su trilogía de Star Wars), lo que le permitió acceder a lo más avanzado en efectos digitales de la época. Y de nuevo, Henson confió la creación gráfica de los personajes a Brian Froud, que tan buenos resultados le dio en Dark Crystal, pero esta vez partiendo de un guión.

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George Lucas, David Bowie y Jim Henson.

En el rodaje de la nueva película estuvo su inseparable Frank Oz, aunque esta vez no como codirector, y además su hijo, Brian Henson, que había empezado poco antes a involucrarse en la compañía de su padre y trabajar como marionetista con él. Como guionista, Henson contó con Terry Jones, ex-Monty Python (algo que se nota mucho en ciertas escenas humorísticas), de forma que buena parte del resultado final de la película es culpa suya.

La historia bebe mucho de los libros de Alicia y el Mago de Oz, al menos en su punto de partida: Sarah, una chica con una imaginación desbordante que tiene que quedarse en casa cuidando de su hermano pequeño, invoca al rey de los goblins de las historias que lee para que le libre de él. Y aparece. Se lleva a su hermano, dándole un tiempo determinado para que llegue a su castillo, en el centro de un laberinto, antes de que el crío se convierta en un goblin para siempre. A partir de ahí, empieza el viaje de Sarah a través del laberinto, lleno de peligros, acertijos y tentaciones, hasta llegar al enfrentamiento final con el rey de los goblins.

En esta ocasión, Henson decidió que habría actores humanos interactuando con las marionetas. El papel de Sarah está interpretado por Jennifer Connelly, mientras que a Jareth, el rey de los goblins, lo encarna David Bowie. Aunque choque al principio, la verdad es que es uno de los mayores aciertos de Laberinto. Bowie está GENIAL, sin más. Es la definición de carisma, el villano perfecto, con esa cara de mala leche y su peculiar mirada de dos colores, caracterizado fabulosamente bien. Además, se involucró bastante en Laberinto, incluso componiendo varios de los temas que aparecen (incluyendo la fantástica Underground).

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Jareth en la réplica de la escalera de Escher.

Las marionetas de Laberinto siguen la línea de Cristal Oscuro y se benefician de todas las sofisticaciones técnicas logradas por el equipo de Henson en el anterior largometraje. Aunque perdían protagonismo frente a los actores humanos, fueron cuidadas al detalle. Los goblins (las marionetas más froudianas) son geniales porque en lugar de estar construídos en serie son todos distintos, pero el mejor sin duda es Hoggle, quizás la marioneta más realista creada nunca. Además de la actriz que iba dentro, era manejada por un equipo de cuatro personas que se coordinaba para dar vida a todos sus rasgos faciales (los ojos, la boca, las cejas) mediante un sistema de control remoto. Sin embargo, tanto las marionetas como los decorados y el vestuario, de alguna forma se notan al servicio de la historia, a diferencia de lo que sucedía en Cristal Oscuro, donde daba la sensación contraria.

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Hoggle y Jennifer Connelly.

Lo más importante de Laberinto es la magia. Desde el principio hasta el final transmite una sensación de maravilla (“El lugar en el que todo parece posible y nada es lo que parece”, decía una frase promocional) que nunca he vuelto a ver en ninguna película. A pesar de contar con los efectos especiales de los Industrial Light & Magic de George Lucas, sólo se usan para cosas muy concretas. Ése es el secreto de la atemporalidad de la película: mientras que los morphings de Willow (más o menos de la época) hoy en día son sonrojantes, la transformación de Jareth al principio de la película, de la que sólo vemos su sombra, funcionará siempre y es mucho más efectiva. La magia en Laberinto es algo sutil; es ilusión. Juegos de espejos, efectos ópticos, trucos de encuadre y enfoque con la cámara. Es el mismo laberinto, que parece infinito, las manos que forman caras, la escalera de Escher, y los malabarismos con esferas de cristal. La magia es una princesa que debajo del vestido lleva unos vaqueros.

No obstante, aunque me encante, Laberinto tiene algunas pegas. Con menos canciones y menos humor la historia ganaría. La escena de la batalla contra los goblins hacia el final no me gusta nada, pero todo ello son cosas comprensibles si tenemos en cuenta que la película está dirigida sobre todo a un público infantil. Pero bajo todo eso late lo verdaderamente importante, algo que se intuye detrás de lo evidente, y que no se terminar de explicar: en realidad todo lo que ha pasado es lo que Sarah deseaba que pasase. Se insinúa en la secuencia del enfrentamiento final entre ella y Jareth (mi parte favorita) y todo lo que aparece en el viaje de Sarah está en su habitación, de un modo u otro. Todo ha sido producto de su imaginación, pero no por ello deja de ser real. Eso es una de las cosas que más me gustan: no se utiliza el sobado recurso de sembrar la duda en el espectador de si todo ha sido un sueño. Ha pasado y punto, y con la misma naturalidad que lo acepta Sarah lo aceptamos nosotros.

Pero el mayor valor que Henson plasmó en Laberinto es la idea de que la fantasía y la ficción no son meros entretenimientos intrascendentes, sino que son, como han sido siempre, los mejores vehículos de aprendizaje y crecimiento. No es sinónimo de escapismo. Al principio Sarah es una cría caprichosa, y es a través de la fantasía como madura y se hace adulta, sin que eso signifique dejar atrás el mundo de su infancia, que la acompañará siempre (“En algunos momentos de mi vida, sin ninguna razón en especial, os necesitaré”, dice Sarah al final de la película) Jareth representa ese escapismo egoísta, y como tal tienta a Sarah, que en una simbólica escena rechaza la posibilidad de olvidarlo todo y quedarse para siempre jugando con sus juguetes.

Laberinto se estrenó en 1986, y fue el último largometraje que dirigió Jim Henson, y también el mejor testimonio del trabajo de toda su vida. Simplemente, es la imaginación en estado puro, un tesoro que podrás disfrutar toda tu vida. Fue una película que marcó a mucha gente de mi generación, y que es recordada como una de las mejores películas de fantasía que se han hecho nunca. Es lo que pasa cuando las cosas se hacen dejándose el alma en ellas.

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3 thoughts on “Laberinto.

  1. Una pelicula de mi infancia, la cual me encanto q hasta el dia de hoy recuerdo y volveria a ver una y otra vez… el impacto del personaje de David Bowie fue lo q mas me atrajo…

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