El Cuentacuentos.

“Cuando las gentes sabían de su pasado a través de los cuentos, explicaban su presente contándose cuentos y predecían su futuro con cuentos, el mejor lugar de la casa junto al fuego, se le reservaba siempre al cuentacuentos”.

Con estas palabras empezaba cada capítulo del Cuentacuentos (The Storyteller), la serie que fue el tributo y a la vez la aportación de Jim Henson no sólo a los cuentos populares, sino también al arte de contarlos. Esas palabras también resumen la idea del folklore que Henson tenía desde su viaje de juventud a Europa: el cuento y el mito son la forma más antigua de conocimiento, una manera de explicar el mundo y al hombre. Los cuentos de hadas no son un pasatiempo infantil, sino que contienen la sabiduría de siglos de tradición oral: todas las historias están en el folklore.

Jim Henson decía que el Cuentacuentos era su mejor trabajo, y la verdad es que, si dejo a un lado la carga emocional que tiene para mí Laberinto, tengo que darle la razón. Todo en esta serie es perfecto, sin más: el tono, el enfoque con el que mira los cuentos que adapta es justamente el adecuado, la mejor manera de acercarse a ellos.

El soldado y la muerte.

En el Cuentacuentos se encuentran todos los tópicos y fórmulas que hacen que los cuentos funcionen y perduren: si hay tres hermanas, dos serán malas y una buena, el demonio está cojo, y el príncipe y la princesa al final se casan y tienen muchos hijos. El ritmo de la narración es perfecto y cada episodio un manual de cómo contar una historia completa en veinte minutos, y la ambientación es exquisita, como no podía ser de otra forma con el impecable gusto estético de Henson. El vestuario, los espectaculares muppets, los escenarios, la tenue iluminación, hasta los colores que predominan, todo es perfecto. Es todo eso lo que hace que la serie transmita autenticidad, que no parezca de cartón piedra. Veinte años después, aún te la crees, y como siempre en todo lo que hizo Henson, el secreto de esto reside tanto en el comedido uso de los efectos especiales en favor de lo artesanal como en el calado y la profundidad de lo que cuenta.

Fueron nueve episodios, basados en diferentes cuentos europeos. Primer acierto de Henson: elegir cuentos poco conocidos en EEUU y sin edulcorar por Disney (cuyas versiones se convierten automáticamente en canónicas anulando las versiones tradicionales). Son cuentos que adapta junto con el guionista Anthony Minguella sin ñoñerías, y sin demasiadas concesiones al público infantil. En cada capítulo, recrea un pasado remoto, difuso e indefinido, con caminos llenos de polvo y niebla, harapos y suciedad, cielos encapotados y luces crepusculares. Lo que en un principio puede parecer un impedimento, la ausencia de escenas rodadas en exteriores, Henson y su equipo lo convierten en un elemento fundamental en ese tono íntimo y ambiguo, tan alejado de la fantasía de purpurina y rayos de colorines que sufrimos hoy en día.

¿Quién necesita efectos digitales?

La mecánica de cada capítulo era siempre la misma: el Cuentacuentos, interpretado por John Hurt, solo en su castillo y sentado junto al fuego, comienza a recordar una historia. Su única audiencia es un perro, un muppet extraordinariamente expresivo manejado por el hijo de Jim, Brian. El cuento avanza en una mezcla entre escenas interpretadas por actores y narraciones en tercera persona del propio Cuentacuentos. En ocasiones, él y su perro intervienen en la trama, viéndose transportados al cuento que están contando. En cada capítulo hay siempre recursos visuales que aún hoy resultan innovadores. A veces los personajes caminan por los tapices y cuadros que hay colgados en el castillo del Cuentacuentos, otras sólo vemos sus sombras contra una pared.

Los actores de la serie, que siempre variaban en cada capítulo (con alguna sorpresa que otra, como un jovencísimo Sean Bean, que años después sería Boromir en la jacksoniana trilogía de El Señor de los Anillos), cumplían bien con su papel, pero sobresale con diferencia el propio Cuentacuentos. Un personaje lleno de matices, que es más de lo que parece, y al que se le intuye toda una historia detrás que es atisbada fugazmente en algunos capítulos. John Hurt, un actor como la copa de un pino, interpreta a un hombre cansado y melancólico, que vive recluído y apartado del mundo, y que pasa sus últimos días contando historias. Y además, destaca la capacidad increíble que tiene el actor para transmitir emociones, para cautivar al espectador y hacerle parte de la historia, dominando la pausa y la entonación para darle fuerza a la narración, algo que de hecho es esencial en un cuentacuentos. Igual que me cebo con los malos doblajes, es justo decir que la excelente voz que le ponen en éste contribuye mucho a todo esto: es la voz perfecta para un cuentacuentos (aunque, ojo, la voz original de Hurt también es excelente).

John Hurt es el Cuentacuentos.

Ésta es la lista de los nueve capítulos de la primera y única temporada de el Cuentacuentos:

El soldado y la Muerte (The soldier and the Death): Mi favorito. Basado en un cuento ruso, es una auténtica obra maestra en veintitrés minutos, que tiene todo lo que un cuento tiene que tener. El mejor ejemplo de todas las virtudes de la serie, y de cómo mostrar la magia, con un final impresionante.

Juan Sin Miedo (Fearnot): Es probablemente el cuento más conocido de toda la serie, la conocida historia de un chico que no conocía el miedo y salió de viaje por el mundo para encontrarlo… Una excelente adaptación, con momentos tétricos.

El niño afortunado (The Luck Child): Basado de nuevo en un cuento ruso, es de los más flojos, lo que no quiera decir que sea malo, ni mucho menos. Aparece uno de los muppets más impresionantes de la serie, el enorme grifón. Destaca sobre todo el final, con el destino del malvado rey… Eso es un cuento popular, cruel y sin noñerías.

Cuando me faltó un cuento (A Story Short): El mejor junto a El Soldado y la muerte. El único que tiene como protagonista absoluto al propio Cuentacuentos. Hay elementos entremezclados de varios cuentos (entre ellos La sopa de piedra), pero la trama principal cuenta qué le pasó al Cuentacuentos el día que se quedó sin cuentos… Y cómo un cuento se hace a sí mismo. Atípico pero magistral.

Hans, mi pequeño erizo (Hans my Hedgedog): Otro excelente capítulo. Uno de los cuentos más extraños y oníricos (inspirado en un cuento alemán), que trata de un niño que nace maldito con la apariencia de un erizo, y que acaba apartándose del mundo para no sufrir las burlas de los demás y el desprecio de su padre. El erizo es espectacular, y verlo montar en su gallo gigante, impagable.

Los tres cuervos (The Three Ravens). Simplemente impresionante. De los más duros, a pesar de que tiene un final feliz. El conjuro que recita la bruja (tenéis el vídeo más arriba), es quizás la mejor escena de la serie.

Cenicienta (Sapsorrow). Es una traducción libre motivada porque en el capítulo hay elementos de Cinderella (el zapato, las dos hermanastras). Una princesa se ve obligada a casarse con su propio padre y para evitarlo se escapa, ocultando su identidad bajo un disfraz de plumas y pelo El resultado final es un poco deslabazado. Aunque tiene buenos momentos, la moraleja es demasiado evidente, lo que hace que baje un poco en el escalafón.

El gigante sin corazón (The Heartless Giant). Otro de mis favoritos. La historia de un gigante preso en un castillo que engaña al joven príncipe para escapar. Para liberar a sus hermanos, el príncipe se convierte en el sirviente del gigante e inicia la búsqueda de su corazón, que guarda en un lugar secreto. El gigante es un muppet de cuerpo entero extraordinario, muy realista y expresivo, y el cuento, el más triste de la serie.

La verdadera novia (The True Bride). Otro de los más extraños. Una joven huérfana, esclava de un troll, recibe la ayuda de un león parlante para cumplir las tareas imposibles que éste le va mandando, y llegado el momento la libera. Tiempo después, la chica tendrá que enfrentarse a la hija del troll para recuperar a su amado, víctima de un hechizo.

La serie fue emitida durante 1988, y aunque el episodio piloto ganó un Emi, no tuvo excesivo éxito en EEUU, supongo que principalmente porque el folklore europeo dejaba frío al público americano, que además estaba acostumbrado a otra forma de contar cuentos (con canciones y animales parlantes, ya sabéis). Pese al éxito que la serie sí tuvo en Europa y Japón, jamás hubo una segunda temporada. El tiempo y el dinero invertidos en la producción de cada capítulo superaba con mucho los que entonces se manejaban en la televisión, y sólo un gran éxito hubiera permitido la continuidad del proyecto. Es algo que siempre lamentaré profundamente. La ceguera del público yanqui frente a la maravilla que Henson les ofrecía nos privó de otra temporada, y nos dejó con las ganas de ver lo que habría hecho con cuentos como Hansel y Gretel o La Bella y la Bestia, por ejemplo.

Lo único que hubo fue una miniserie de cuatro capítulos en la que Jim Henson se implicó mucho menos, y que adaptaba mitos clásicos como el de Ícaro y Dédalo. Aún no la he visto, así que no puedo opinar de ella, pero se considera bastante inferior a la serie original.

Me resulta totalmente incomprensible que no la hayan repuesto jamás desde la primera vez que lo emitieron en España (en la primera encarnación del Club Disney de TVE1), o que sea imposible encontrarla en DVD aunque fue editada hace ya tiempo en EEUU. Quizás por eso poca gente sabe de su existencia. Quienes la recuerdan vagamente, no obstante, suelen hacerlo con nostalgia, incluso aunque no recuerden muchos detalles, ni siquiera que se la debemos al creador de Barrio Sésamo.

Pese a ello, el Cuentacuentos es un auténtico tesoro que combina todo el poder de la narración oral con las maravillas de las que Henson y su equipo eran capaces, y que aún hoy siguen asombrando y a veces, poniendo los pelos de punta. Si no habéis visto nunca el Cuentacuentos, ya tardáis.

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