Jacarandá, de Shiriagari Kotobuki.

A veces pasa que cuando esperas durante mucho tiempo algo que te interesa, acabas creándote unas expectativas que son imposibles de satisfacer. Al leer al fin Jacarandá, que además lleva sufriendo retrasos desde octubre del año pasado, pensé que probablemente había sido lo que me ha sucedido con él. Pero me temo que no. Leyendo su argumento (básicamente que un árbol gigante destruye Tokio), me imaginaba que habría cierto contenido ecológico, que habría alguna crítica a la sociedad actual, algún simbolismo en la destrucción de la mayor ciudad del mundo.

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Pero nada de nada. Ni rastro de “una de las críticas más ácidas a la sociedad japonesa”, que decía el texto promocional. Vamos, sí, salen dos niñas mirando escaparates mientras ignoran las tremebundas noticias de la destrucción de su ciudad. Qué ácido y qué profundo, ¿eh? El resto, interminables páginas de explosiones y edificios derrumbándose. Punto. Ni idea de por qué ha cosechado éxito y premios, no sólo en Japón sino también en Francia.

El dibujo al menos no está mal. Kotobuki tiene un estilo sucio y descuidado que pega bastante con el tono de la historia y ayuda a recrear el caos y la confusión causados por el árbol de marras, a la vez que dota de un toque caricaturesco a las personas. Por otro lado, tampoco es lo suficientemente bueno como para que no se haga tediosa la “lectura” de las páginas en las que no hay diálogos, que dan lugar a momentos en los que te sientes un poco idiota por haber pagado 16 euros (precio excesivo por parte de Dolmen, aunque la edición no está mal, salvo algún error en los bocadillos) por un tebeo que se lee en quince minutos pese a sus trescientas páginas. Ah, y encima el autor tiene los huevos de reconocer en el epílogo que ha “estirado una tira de cuatro viñetas a lo largo de trescientas páginas”, como si fuera algo digno de elogio. Una cosa es que la narrativa japonesa sea lenta (que puede serlo), y otra esto, que es, a ratos, una tomadura de pelo, que no pasa de ser el equivalente a las películas yanquis de catástrofes al estilo de Volcano o matarratos semejantes. Una pena. El Jacarandá que había en mi cabeza era mejor…

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