La regenta VS La colmena.

Pues sí, como hace poco que he leído por primera vez (ya me vale, a mis años) estas dos novelas, se me ha ocurrido enfrentarlas, aunque sea algo parecido a enfrentar a Lobezno con Visión en Perspectiva (o para los que no han leído tebeos de Marvel, a Bruce Lee con una octogenaria). No comparo los dos libros porque sí, sino porque los dos pretenden hacer lo mismo: el protagonismo coral, hacer del escenario el verdadero protagonista, en realidad (en La Regenta Vetusta, en La colmena Madrid). Salvando todas las distancias temporales, en esencia la base de ambas novelas es la misma: retratar a la sociedad de la época bajo una lente crítica.

No es que Cela escriba mal. Al margen de la antipatía personal que me produce una víctima de la censura que acaba de censor (que no tiene que influir a la hora de analizar su obra), Cela tiene buena prosa; quizás vista desde hoy en día la crudeza que en su momento tanto impactó se antoja inmadura, con demasiado afán de escandalizar. Aún así es evidente que La colmena tiene hallazgos y fragmentos excelentes. El problema es que donde los críticos ven una compleja deconstrucción de la estructura tradicional de la novela, yo veo el experimento fallido de alguien que tiene una intuición de lo que quiere hacer pero desconoce cómo llevarlo a cabo. Y claro, si uno lee primero la novela de Cela y luego la de Clarín (como fue mi caso), aún se aprecia mucho más esto. Los intentos balbuceantes del primero, que dejan un sabor de “sí pero no” al lector, son como los primeros pasos de un bebé al lado del maratón que corre Clarín con La Regenta, tras cuya lectura uno realmente se da cuenta, por contraste, hasta qué punto La colmena fracasa.

Simplemente, La Regenta es una Novela, con mayúsculas. LA Novela, más bien. Es la novela total en el sentido décimonónico, es un cuadro de una ciudad, Vetusta (Oviedo, vamos), que vive y respira como a Cela le hubiera gustado que lo hiciera su Madrid decadente y sucio de posguerra. Y Clarín no buscaba revolucionar nada. Sólo cuenta, describe, escribe con un control total de todos los elementos narrativos, cambia de voz, entra y sale de los personajes con una naturalidad y una facilidad insultante, hace de la descripción más nimia algo prodigioso. Los personajes de Clarín (tantos o más que los de La colmena) no tienen fisuras, son completamente reales. El retrato físico y psicológico de cada habitante de Vetusta es perfecto, cada uno con sus matices, con sus contradicciones, con su propia voz, su forma de expresarse, sus tics, sus manías. Y sin caer nunca en el cliché o en la caricatura barata. Con qué maestría Clarín nos recuerda a un personaje aparecido anteriormente con un simple gesto, una expresión al hablar, o un rasgo físico, y cómo contrasta con la torpeza de Cela, que necesita la mayoría de las veces recordar la escena anterior del personaje, por mucho que la crítica resalte su habilidad para mover más de cien personajes (que los mueve, sí, pero no bien). La mayor parte de sus personajes son además demasiado tópicos. Es cierto que Cela trata con un abanico de tipos y clases sociales más amplio que Clarín, pero eso no es un valor literario per se. Clarín se centra en la burguesía y los pequeños nobles de provincia, sus valores decadentes, sus costumbres hipócritas, sus juegos de sociedad. Y lo hace de forma perfecta. Son arquetipos en su concepción, como los de Cela, pero mientras éste no es capaz de salir del tópico, Clarín construye a partir de ellos personajes.

Es cierto que a primera vista la extensión de La Regenta le da cierta ventaja en el tratamiento de los personajes, de la misma manera que puede parecer que Clarín se centra en tres o cuatro, y fundamentalmente en la propia Regenta y don Fermín de Pas, pero también es cierto que dentro de lo que la extensión de La colmena le permite, Cela también maneja a Martín Marco como un personaje principal. No, la diferencia está en la madurez a la hora de tratarlos, de mostrar sus pasiones, sus sentimientos, y sobre todo sus miserias. Sí, los personajes de Cela son miserables, en su mayoría, pero de un modo fácil, obvio; las complejas psiques de los habitantes de Vetusta están a años luz de La Colmena. Todos ellos, las burguesitas ociosas de Visitación y Obdulia, el miserable Glocester, Álvaro Mesía, Don Víctor en la inopia, Frígilis, Trabuco con sus latinajos; todos tienen más de una cara, todos son capaces de actuar de manera que sorprenda, porque son humanos, porque están llenos de dudas y de contradicciones, como nosotros mismos. No son ni buenos ni malos, aquí reciben todos: los liberales y los conservadores. Los católicos no tienen fe verdadera, los ateos se convierten antes de morir. La Regenta es un edificio sólido, una compleja estructura en la que Clarín muestra todas las cartas, poco a poco, en su momento, sin prisas, pero sin pausas, en esas casi mil páginas sin una sola de paja, en las que todo personaje es examinado con minuciosidad de buen realista.

Y sobre todos ellos, brilla con luz propia el enorme Fermín de Pas. El Provisor de Vetusta, que a pesar de ello es y se siente hombre en cuerpo y alma, pero disfrazado de sacerdote, prisionero de la sotana, de ambición desmedida, que maneja con mano de hierro a una ciudad que tiene cogida por donde más duele. Jamás había leído a un personaje tan visceral y tan contenido a la vez, tan poderoso y tan obsesionado. De Pas gobierna Vetusta como su madre, Doña Paula, “de figura como recortada a hachazos”, lo gobierna a él. Ese sacerdote con dos puntas de acero en los ojos, contemplando la ciudad desde el campanario, o avanzando por las calles de la misma con el manteo al viento, saludando con leves inclinaciones de cabeza a la gente que se aparta con miedo y reverencia a su paso, que está lleno de ira, odio y deseo, es uno de los personajes más redondos que he leído nunca, y su caída en desgracia y posterior alzamiento, que vertebran la novela, y el impresionante, soberbio final, desmienten categóricamente el tópico de que el realismo es un coñazo (tópico del que yo era víctima hasta hace bien poco): lo que es un coñazo es el realismo malo. La mala literatura, vaya.

Ante todo eso, resulta casi pueril el texto de Cela. También es cierto que ambos estaban en momentos muy distintos de sus vidas, y España también era muy diferente. Pero la calidad de Clarín está ahí, y no sólo la calidad. Es la riqueza semántica y de estilo, la variedad de registros, la sensación que transmite de no tener fisuras, de no caer en errores. La certeza de estar ante un grande, frente al cual yo, que suelo ser bastante crítico cuando leo, me veo totalmente desarmado.

En fin, que hay que leer La Regenta, simplemente. La colmena también, supongo… pero menos.

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