La mazmorra, de Joann Sfar, Lewis Trondheim y otros.

Este año se cumple el décimo aniversario de la publicación del primer tomo de La Mazmorra, una de mis series actuales favoritas.

La Mazmorra es el fruto de la perfecta simbiosis creativa de Sfar y Trondheim, quienes, quizás junto a David B., son el mayor exponente del nuevo cómic francés, iniciadores en L’Association de una visión del cómic más personal y alejada del mercado, que, paradójicamente, ha conseguido un éxito de ventas brutal con esta serie.

La idea de la que parten Sfar y Trondheim es genial: una mazmorra típica de cualquier partida de rol gestionada como un negocio, con los monstruos como empleados y aventureros incautos como clientes. A partir de ahí ambos desarrollan una espectacular saga-río plagada de personajes, artefactos y razas absurdas y delirantes, fruto posiblemente de desfasados brainstorming en los que ambos se lo tienen que pasar teta, jugando a ver quién dice la cosa más chorra… y usándola luego en los cómics, por supuesto. El propio plan de la obra ya es una flipada considerable: anunciaron La Mazmorra como una serie limitada… de trescientos números. Si ya suena descabellado, más lo es si se tiene en cuenta el ritmo de publicación habitual en el mercado francés. Y sin embargo, en esto —como en todo lo relacionado con la serie— demostraron Trondheim y Sfar lo inteligentes que son. Ese plan les permite una libertad total a la hora de ir ofreciendo las piezas que conforman este puzzle monumental que poco a poco se va completando, dado que la serie no está pensada como algo lineal, sino que, organizada en tres grandes líneas argumentales —Cénit, Crepúsculo y Amanecer—, van apareciendo números salteados desde el -99 hasta el 199, para explicar los hechos justo cuando hay que explicarlos, sabiendo crear expectación y resolviendo con maestría las muchas incógnitas que plantean, como en las mejores sagas épicas.

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Y es que ése es el gran hallazgo de estos dos monstruos del cómic: unir en un solo género el humor y la épica, pasar de una a otra sin que chirríe, o mejor dicho, hacer lo humorístico épico, convertir auténticas paridas (como el temible papirotazo) en cosas que emocionan al lector y le flipan. Es increíble, por otra parte, la maestría que tienen cuando hacen esto, y cuando plagan sus cómics de detalles sutiles, de guiños internos que se van comprendiendo cuando vamos completando los huecos de la historia, y descubrimos que un simple chiste, o un comentario sin importancia, tiene su repercusión años después en la historia. Releer La Mazmorra es una experiencia muy divertida, porque siempre se pueden encontrar ese tipo de detalles que quizás a la primera lectura se pasaron por alto, y también plantearse nuevas preguntas, darse cuenta de todo lo que falta aún por explicar. Y hay que ver lo bien que hacen esto, y lo increíblemente difícil que es hacerlo bien. Siempre dan la sensación de tenerlo todo pensado desde un principio, sea verdad o no, de estar contando algo que en sus cabezas está ya perfectamente estructurado. Jamás dan la impresión de estar improvisando o de sacar números de relleno: cada álbum ofrece nuevos datos y hace avanzar la historia de un modo u otro, e incluso cuando se está contando la historia de un personaje secundario, se tiene la sensación de que también te están contando La Historia, la principal.

Por cierto, aunque el mérito principal sea de sus creadores, es justo reconocer la aportación de los dibujantes invitados que han pasado por la serie. En un principio Sfar y Trondheim se ocuparían de todos los guiones de forma conjunta, quedándose Sfar con el dibujo de Crepúsculo y Trondheim con el de Cénit. Para Amanecer contarían con el excepcional Blain. Pero con el tiempo, y debido, supongo, a la enorme cantidad de trabajo que tienen ambos —son dos de los autores franceses más prolíficos— pronto recurrieron a otros dibujantes, lo que ha convertido La Mazmorra en un escaparate perfecto de toda una serie de autores jóvenes, representantes de ese nuevo cómic francés del que hablaba al principio.

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A estas alturas de artículo es redundante decir que estoy enganchado a la serie, pero es que es así: La Mazmorra engancha. Primero por su sentido del humor, muy particular, a veces inteligente, a veces muy básico, pero siempre con cierto tonillo negro, perverso, y muy irónico. El universo de Terra Amata, donde transcurre la saga, ya es en sí mismo una fuente de coñas inagotable —ese pollo pulpo ninja, por dios—, pero es que además los diálogos son realmente brillantes y divertidos. Me he acabado dando cuenta de por qué funcionan tan bien, además: no pretenden recrear un habla “medievalizante”, con sus “vos” y sus “pardiez”, sino que hablan de forma completamente actual. Los habitantes de la mazmorra se llaman gilipollas, se mandan a la mierda, y hablan de follar y cogerse cogorzas… De hecho, cuando algún personaje intenta hablar a lo medieval, se cachondean de él.

Pero sin el sentido narrativo de Sfar y Trondheim, la broma habría acabado por perder la gracia. Al contrario, son muchos los que se han acercado a La Mazmorra buscando echarse unas risas y han acabado enganchados completamente a esa enorme historia que se va contando, y en la que tienen cabida, como en todas las buenas historias, todo aquello que nos inquieta. En La Mazmorra hay violencia y sexo, y se habla de amistad, de amor, de religión, de justicia… De nuesta naturaleza, a través de la de esos personajes surrealistas. Claro, se hace de una forma muy particular, sin sermones, sin reflexiones profundas. Los personajes son tremendamente humanos, igual que sus motivaciones, y además se comportan de una manera que puede verse en otros cómics de Trondheim y sobre todo de Sfar: lejos de ser trágicos y atormentados por sus grandes ideales, dudan, cambian de opinión, incluso en su filosofía de vida. Actúan de una forma muy natural y con la que es muy fácil simpatizar, y es fruto de dos autores ya maduros que en toda su carrera se han preocupado sobre todo de eso, de la naturaleza humana, de la épica de lo cotidiano, que no tiene por qué ser lo realista… Puede ser las andanzas de un pato y un dragón.

Para acabar, supongo que por intentar ser objetivo tendría que comentar algún aspecto negativo de La Mazmorra, pero como no se me ocurre ninguno, prefiero describir un poco las distintas subseries que forman este edificio monumental, que espero ver acabado antes de palmarla —Norma Editorial mediante, que detenta los derechos de publicación en España, y que se va dejando, preocupantemente, un puñado de números inéditos que no sé si veremos algún día—.

La Mazmorra: Cénit (niveles 1 a 99): Es la serie “central”, ambientada en la época de plenitud de la propia mazmorra y en la vejez del Guardián. Cuenta las andanzas de Marvin el dragón y el pato Herbert, y cómo éste acaba poseyendo la Espada del Destino, vinculada a los objetos del destino y a la propia Terra Amata. Quizás sea la que tiene un tono más humorístico, aunque en sus últimos números publicados se está empezando a oscurecer y a acercarse al de Crepúsculo.

La Mazmorra: Crepúspulo (niveles 101 a 199): Varios años en el futuro, el planeta de Terra Amata ha dejado de girar. No hay ni rastro de la mazmorra o el Guardián, Herbert se hace llamar el Gran Khan y aloja dentro de sí todo el mal del mundo, gobernándolo con puño de hierro. Marvin es ahora un dragón viejo y cansado, desprovisto de la vista y alejado del mundo, pero acabará volviendo para enfrentarse a su viejo amigo. Crepúsculo es quizás mi serie favorita, porque es donde, sin renunciar al humor, más intensidad hay. Al ser la última, también juega mucho más con la incógnita de cómo se habrá llegado a esa situación, y las múltiples preguntas que plantea, empezando por qué ha pasado con la mazmorra.

La Mazmorra: Amanecer (niveles -99 a -1): Ambientada en la juventud del Guardián en la ciudad de Antípolis, tiene un marcado acento urbano y de novela de capa y espada a lo Los tres mosqueteros, lleno de intrigas políticas. Tiene algunos números realmente buenos, y ofrece la posibilidad de ver a los principales empleados de la mazmorra en su juventud, y al joven Guardián primero como idealista enmascarado garante de la justicia, y después como jefe del clan de asesinos de la ciudad. Si en Crepúsculo tenemos la intriga de cómo llegará a su fin la mazmorra, aquí tenemos lo contrario: cómo llegará el Guardián a construirla, o más importante, cómo demonios se le ocurrirá algo tan peregrino.

La Mazmorra: Monstruos: En principio su cometido es ofrecer aventuras de personajes secundarios, pero además es utilizada magistralmente por los autores para ir rellenando huecos entre las tres series, obviando el orden cronológico. Lejos de ser accesoria, ofrece información vital para entender la historia, cosa que en Norma parece que no saben, porque se lo van dejando por el camino casi todos.

La Mazmorra: Festival: El alivio cómico de una serie cómica. Cinco números que cuentan aventuras sucedidas entre los números 1 y 2 de Cénit. Quizás sean los más prescindibles, pero aún así son muy divertidos.

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