Sí, yo leí Eragon.

Y aunque a la mayoría de la gente eso ya le parecería suficiente penitencia, yo soy tan masoca que también voy a contarlo. Además, hace tiempo que no critico algo que no me haya gustado, y es sábado por la mañana y me aburro.

Así que sí, confieso: yo leí Eragon. Y no estaba borracho, ni tenía fiebre. Simplemente apareció en el momento adecuado, cuando yo andaba buscando algo de fantasía épica que no fuera rematadamente malo. Es muy difícil encontrar buena literatura en ese género. De hecho yo sólo considero la obra de Tolkien, la de Lord Dunsany y La historia interminable de Ende como buena literatura —y los dos últimos entran en el género sólo cogidos con pinzas, la verdad—. Y El último unicornio de Beagle, casi casi. Después hay algún libro al menos escrito de forma medianamente competente, y una inmensa cantidad de mierda, de trilogías, pentalogías y heptalogías de franquicias que no van a ninguna parte. Así que ahí estaba yo, hace… por lo menos cuatro años, con ganas de leer algo nuevo que fuera por lo menos decente. Y, incauto de mí, me fijé en Eragon, magna ópera prima de Christopher Paolini, cuya publicidad aseguraba que era el nuevo Tolkien —en la última década ha habido no menos de diez nuevos Tolkien, por cierto. Deben de criarlos en granjas—. Hace cuatro años era yo menos gruñón que ahora, pero sí lo suficiente como para no tragarme de buenas a primeras semejante afirmación. Además, esas tontadas a la larga —y a la corta— perjudican más que benefician al publicitado, y más cuando se repite hasta la náusea con cualquier pelanas que venda cuatro ejemplares. Pero vaya, me pareció, por algún motivo misterioso, que el libro podía estar bien, y lo compré a esa digna asociación garante de la cultura que es el Círculo de Lectores —qué tiempos, cuando pedía libros al Círculo de Lectores.

Al empezar a leer el mamotreto, por algún misterioso motivo —ignoro si el mismo que intervino la vez anterior— empecé por la introducción del autor, y ahí fue donde me enteré de que el tal Paolini tenía dieciséis añitos cuando escribió Eragon. A cuadros me quedé: ¡el nuevo Tolkien era un pimpollo imberbe con la cara llena de acné! Pensáreis que el chaval es un niño prodigio de la literatura. Pues… no, más bien no. Yo no niego que hay un porcentaje de personas capaces de escribir una novela interesante a esa edad, que tienen el talento y las suficientes lecturas encima como para elaborar algo mínimamente bueno y original. Pero es algo extraordinariamente raro, y me temo que Paolini no entra en esa categoría. No, lo que yo me encontré no es más que lo que muchos chavales con cierta afición a la lectura pueden escribir a esa edad, una historieta con tooodos los tópicos del género y alguno más, un pastiche absurdo, más plano que una tabla, cuyo argumento es tan simple que ni agujeros tiene. La única virtud de Paolini es la constancia, porque sí es cierto que normalmente las cositas que escribe un adolescente rara vez se llevan a buen término —o a malo— y se pueden organizar en una novela. Y la introducción nos da la explicación a que esto haya acabado publicado: mamá Paolini tiene una editorial. Uno puede imaginarse a esa madre con la baba cayéndosele viendo cómo su hijito junta letras, leyendo las historias que escribe y pensando que tenía en casa una luminaria de la literatura ¿Hay alguna madre para la que su niño sea feo? ¿Quién no ha visto alguna vez uno de esos programas a los que llevan a niños a que imiten a cantantes famosos —siempre, pero siempre, hay uno que hace a Nino Bravo: ¿cómo coño conoce un nene de ocho años a Nino Bravo?— mientras la familia observa desde sus asientos llorando a lágrima viva ante el genio del infante, que está hecho un artista? Pues esto es lo mismo, sólo que esta vez el tópico amor de madre se llevó hasta sus últimas consecuencias y se vio apoyado por el descerebrado mercado que nos ha tocado sufrir. Va contando Paolini en el prólogo, con insufrible ñoñería, por cierto, lo mucho que mami le apoyó, además de cómo otro tipo le ayudó a corregir faltas y puntuación y le adecentó los dos primeros capítulos, que parece ser que no tenían ni pies ni cabeza —menos aún, se entiende—. No hace falta ser un lince para deducir que si se reconoce eso es porque en realidad hubo más y el sujeto metió mano en toda la novela. Tampoco mucha, ojo; leyéndola se hace dolorosamente obvio que Paolini es el autor, que no se ha limitado a poner el jeto y el otro es un mero corrector que tampoco puede hacer milagros.

Y es que la novela está llena de las incoherencias y tonterías que puede esperarse de alguien de esa edad. Ya lo decía antes: Paolini no es un superdotado, sino un chaval normal y corriente, y hace lo que pueden hacer muchos adolescentes con imaginación —y los hay con más, mucha más que él—. Lo que hemos hecho muchos jugando al rol, sin ir más lejos. El niño podía estar fascinado por los cuatro libros de fantasía épica que habría leído en su día —como mucho—, pero le faltan lecturas y sobre todo capacidad de reflexión para hacer algo coherente. Se nota que todo está hecho sin pensarlo demasiado, por mera acumulación, como cuando jugábamos de pequeños. No hay planificación en el relato, y mucho menos en el mundo en el que transcurre, de cartón piedra —más aún de lo habitual en la mala literatura fantástica— por la falta de documentación del chaval, que no es capaz de describir ni una sola actividad propia de la Edad Media. Los nombres de los personajes son especialmente graciosos, porque no tienen nada que ver entre sí, están puestos al tuntún, como en esas partidas de rol desfasadas en las que un personaje se llama Drizzt, otro Legolas y un tercero Pako Jones —la ka es obligatoria en estos casos—. El nombre del malvado enemigo de Eragon es especialmente glorioso, por parecer salido de un álbum de Asterix: Galbatorix.

Al margen de ese tipo de cosas el lineal y pobre argumento de Eragon está plagado de topicazos pobremente utilizados. Que la fantasía funciona por arquetipos es algo que a estas alturas sé perfectamente. La literatura fantástica, como extensión que es del cuento de hadas tradicional, tiene una serie de figuras y temas recurrentes: la búsqueda, el viaje iniciático, el héroe involuntario y débil —sea un niño o un hobbit, da lo mismo—, el maestro mágico… Y esto no tiene nada de malo. Es más, así debe ser para que la fantasía alcance su verdadera dimensión. Ahora bien, la diferencia entre el tópico y el arquetipo es clara, y reside en el punto de vista del autor. En darle a la historia de toda la vida un enfoque nuevo, una vuelta de tuerca que plantee como algo novedoso lo que es tan viejo como el hombre. Justamente lo que hizo Tolkien con El Señor de los Anillos, con el que involuntariamente creó un nuevo canon en la fantasía que todos los mediocres autores del género han copiado en menor o mayor medida desde su edición. Paolini carece de la formación y el bagaje cultural necesario para dar ese nuevo enfoque —sí, nos queda claro que ha leído El Señor de los Anillos quince veces, pero ¿ha leído las sagas, el Mabinogion, siquiera La muerte de Arturo?—, y se dedica a hacer lo que un chaval puede hacer: copiar sin ton ni son. Eragon está lleno de homenajes —taquiones, que dirían los de ADLO!— a El Señor de los Anillos, pero hay más. El inicio de la historia es prácticamente igual al de otra saga épica moderna, La guerra de las galaxias, y el sistema de magia que existe en el mundo de Eragon, basado en conocer el verdadero nombre de las cosas, clama al cielo: está fusilado vilmente del que aparece en las novelas de Terramar de Ursula K. Leguin. Lo del nombre verdadero de las cosas es mucho más antiguo que Terramar, en efecto, pero la forma de enfocar su funcionamiento es tal cual en ambas novelas, con la diferencia de que Leguin intentaba ser original encontrando el nombre verdadero de las cosas y Paolini se limita a coger la palabra en inglés y cambiarle alguna letra, por ejemplo stone y stenr —también es casualidad que los anglosajones sean los que más se acerquen al nombre auténtico de las cosas, ¿eh?—. Además, a Paolini pueden apasionarle los dragones, pero la verdad es que no hizo ningún esfuerzo por intentar acercarse a cómo se comportaría uno y lo que conlleva ser inmortal. No, la dragona que monta Eragon es totalmente humana, o en el mejor de los casos un caballo parlante.

Para seguir con el cachondeo, en Eragon hay elfos, enanos y orcos —perdón: úrgalos—. Todos hablan en idiomas que pretenden emular a los de Tolkien. Igualito con los mapas y los apéndices, un ejercicio de pedantería no exclusivo de Paolini, al menos. los mapas, los glosarios de lenguas inventadas y demás parafernalia sobran en una novela. No deben ser necesarios para entenderla y disfrutarla totalmente. Todo eso tenía sentido en Tolkien, pero es que resulta que Tolkien era FILÓLOGO. Y sabía lo que hacía. Y lo que hacía tenía muy poco que ver con lo que hicieron todos los copiadores que vinieron después. Tolkien creó un mundo entero, una historia basada en mitos preexistentes, unas lenguas con su gramática, que podían hablarse realmente —otra cuestión es que para él fueran un divertimento académico, y que no las creara para que la hablaran en la intimidad cuatro frikis con orejas de plástico puntiagudas, precisamente—. Cuando un chavalín se pone a inventarse palabras sin tener ni puta idea de etimología, sin saber en realidad lo que está haciendo, simplemente poniendo palabras que le suenan bien el resultado es obviamente patético, aunque la verdad, produce cierto candor.

El mismo candor que produce un chico lo suficientemente inocente e inculto como para usar lugares comunes como “negro como ala de cuervo” y creer que está inventando la sopa de ajo. El estilo de Paolini no podía ser otro: el típico de un chaval cuando se pone a escribir “bonito”. Metáforas más viejas que mear de pie, sinónimos varios para el verbo “decir” que quedan fatal —por mal usados—, adjetivación innecesaria y diálogos de besugos que emulan las películas más cazurras de Hollywood. Si a esto le añadimos los terribles problemas de ritmo que arrastra la novela, el resultado es que, incluso aunque se obviaran todos los problemas argumentales e hiciéramos el esfuerzo de ver como novedoso lo que está ya añejo, Eragon seguiría siendo intragable. Y no sólo por el estilo: el principal problema es la falta de trascendencia, de calado. La buena literatura fantástica necesita cierta profundidad, es, debe ser, un reflejo magnificado de los grandes temas que atañen al ser humano desde que lo es. Eragon no lo es ni remotamente, porque no hay reflexión ni conocimiento de la naturaleza humana. Es que no puede haberlo a los dieciséis; a esa edad lo que hay es un sentido adolescente de la justicia y de lo que está “bien”. Como era de esperar el protagonista es una proyección del propio autor y de sus deseos adolescentes, y eso, de nuevo, está muy bien que se ponga por escrito, pero no que se publique. No me vale que el libro esté destinado a un público infantil para justificar la falta de calado, primero porque no son tan pequeños los chavales que yo he visto leyendo el libro —calculo que el público ideal rondará los doce-trece años, vamos, que no son tan infantiles ya—, y segundo porque eso es un error como la copa de un pino. Precisamente es al contrario: escribir para niños es algo tremendamente complicado, y por supuesto que algo infantil tiene que tener profundidad y reflexión. Creer lo contrario sólo puede dar productos vacíos, evasión de mala calidad perfectamente olvidable.

Supongo que habrá quien piense que esta crítica ha sido demasiado destructiva. Que Eragon no está tan mal si tenemos en cuenta la edad del autor, que hay que ser indulgentes. Obviamente no estoy de acuerdo. Vamos a ver, si a mí me llegara un sobrino y me enseña algo como Eragon, lo alabaría, y lo animaría a seguir escribiendo, claro que sí. Tiene su mérito, no lo niego. El problema aquí es que yo a ese sobrino hipotético jamás lo animaría a publicar; le diría que siguiera trabajando duro para poder hacerlo algún día. Porque en el momento en el que se publica, a mí me da igual la edad del autor. Como si es retrasado, francamente. El libro se convierte en uno más, al que hay que medir por el mismo rasero, y las circunstancias vitales del autor no me importan, es más, normalmente ni las conozco. No me valen excusas de ningún tipo: una novela es buena o es mala, y punto. Y es posible que en unos años Paolini llegue a ser un autor decente, por qué no. No mucho más, claro, si hubiera verdadero talento, se habría visto en Eragon. Quizás llegue el día en el que le produzca vergüenza que esa primera novela viera la luz, o quizás viva toda su vida en la luna de Valencia, qué sé yo. Pero lo que tengo claro es que a la larga haber publicado sus pajas mentales adolescentes va a perjudicarle. Y me da igual cuánto haya vendido. Fue un fenómeno de márketing, un hype de temporada que se convirtió en el libro a regalar a hijos, sobrinos y nietos. No se entiende la legión de fans que tuvo salvo si comprendemos que para muchos de ellos Eragon fue el primer libro que leyeron. Es la única forma de que alguien, aunque sea un niño de la generación sms, pase por alto la ínfima calidad del libro y lo flipe con él.

Para los demás, un consejo: aléjense de Eragon como de la peste —y de sus secuelas, por descontado—. Aunque algo bueno saqué de su lectura, la verdad. Gracias a Eragon desterré para siempre la estúpida costumbre de acabar cualquier libro que empiece: fue la última vez que lo hice. Así que pese a todo, gracias, Paolini. La de horas de tedio que me has ahorrado…

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