Yo maté a Adolf Hitler, de Jason.

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Jason es un autor que siempre ha llamado mi atención, pero al que hasta ahora no me había acercado, no sé muy bien por qué. Afortunadamente he remediado esto con la lectura de su último tebeo publicado en España: Yo maté a Adolf Hitler.

Como muchos otros grandes autores, Jason maneja su propio universo gráfico, que lo hace perfectamente reconocible de un primer vistazo: un trazo limpio que lo emparenta con la línea clara, colores oscuros y planos, y el uso de personajes zoomórficos —cosa que me recuerda a Lewis Trondheim, por ejemplo—. Llama la atención la sobriedad de la férrea composición de página que maneja durante todo el cómic: seis viñetas del mismo tamaño por página, excepto la última viñeta que es doble. Jason sigue unas reglas narrativas muy estrictas, pero lo hace de forma consciente y consiguiendo unos resultados brillantes, porque la historia que cuenta se beneficia de la mecánica monotonía de su composición y del excelente uso de la elipsis por parte de Jason en muchos momentos.

Y es que en el mundo creado por Jason —en lo poco que atisbamos— hay mucho de mecánico. Es un mundo alienado, en el que la rutina y la desgana se han apoderado del protagonista, un asesino a sueldo —profesión común en el particular universo del tebeo— que realiza su trabajo con la eficiencia desapasionada de un oficinista kafkiano —sí, hay algo de Kakfa en esta historia, salvando las distancias, porque de alguna forma la estructura monolítica de las viñetas es el equivalente en historieta a los párrafos interminables de Kakfa—. El tedio y la desgana parecen ser los rasgos dominantes de la vida del protagonista y por extensión de todo el relato, que avanza sin sobresaltos para los personajes, a pesar de que motivos para sorprenderse tendrían, ya que al asesino a sueldo le encargan acabar con la vida de Hitler, viajando en el tiempo hasta los primeros tiempos del tercer Reich, con el mismo desapasionamiento con el que toma sus anteriores encargos. Ojo, Yo maté a Adolf Hitler no es una historia de aventuras, ni de género negro: es una exploración de las paradojas temporales desde un punto de vista poco usual —que remite a Borges más que a H.G. Wells, dado que son una excusa no para contar aventuras sino para buscar una reflexión— y sobre todo de los sentimientos; sin sensiblerías, sin grandes monólogos, a través de la acción y de los silencios, y siempre sin abandonar el hermetismo de la narración, reforzado por la ausencia de textos de apoyo o globos de pensamiento.

No sé si será el mejor cómic de Jason porque es el primero que leo —aunque poco a poco iré consiguiendo más—, pero es un cómic notable de un autor con voz propia y algo que contar, y que sobre todo consigue lo que quiere. Una historia que sin ser una obra maestra resulta redonda, y a la que sólo se le puede reprochar cierta frialdad formal que puede no ser del gusto de todo el mundo, acostumbrado como está el público a las convenciones de género y los esquemas predefinidos.

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