Tubular Bells, de Mike Oldfield.

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Mike Oldfield tenía sólo veinte años cuando, en 1973, consiguió grabar su primer disco: Tubular Bells. Oldfield llevaba tocando desde los doce o trece años en varios grupos, entre ellos la banda de Kevin Ayers que por aquel entonces era a la vez maestro, padre y amigo del joven Oldfield, y llevaba cierto tiempo moviendo su maqueta por diversas discográficas, siempre con la misma respuesta: NO. La música que llevaba componiendo desde los diecisiete años era rara, y en lugar de remitir a las bandas de moda de la época, lo hacían a la música sinfónica y a compositores contemporáneos más bien oscuros. La maqueta instrumental de Oldfield no era comercial, e incluso llego a ser tildada de enfermiza por más de un empleado de sello discográfico, que se negó a escuchar más de unos segundos de la misma. Entonces el azar quiso que el músico se cruzara con Richard Branson, con resultados de sobra conocidos: aquella maqueta se convirtió en Tubular Bells y fue la primera piedra del hoy poderoso imperio Virgin.

Grabado durante dos semanas en los estudios de The Manor con la ayuda de los ingenieros y productores Tom Newman y Simon Heyworth, Tubular Bells fue un grito de rabia, el desahogo de un joven con problemas mentales, prácticamente alcohólico, con una familia conflictiva, incapaz de relacionarse con los demás, alguien que sólo a través de la música podía expresarse a la vez que escapaba de un mundo que lo aterraba. Conociendo sus circunstancias vitales uno entiende y aprecia más si cabe la furia y la pasión que hay contenidas en los cincuenta y tantos minutos de música del disco, una música sincera, directa, en la que se pueden oír crujir los instrumentos como si estuviera tocándolos a nuestro lado. En eso tienen mucho que ver las circunstancias especiales que rodearon su grabación, que marcaron totalmente el resultado final, quizás más que en cualquier otro álbum. Las técnicas precarias que tuvieron que usar no sólo para grabar, sino sobre todo para mezclar las distintas cintas, hicieron que Oldfield y sus colaboradores tuvieran que recurrir a infinidad de pequeños trucos y directas chapuzas para poder conseguir lo que querían dándole a Tubular Bells un sonido único y muy particular, donde la magia reside precisamente en la imperfección de la artesanía con la que se grabó: basta con comparar la grabación original con la regrabación que Oldfield hizo en 2003 para ver cómo algo que aparentemente no debería marcar tanto el producto final resulta ser vital.

Pero evidentemente si yo pongo toda mi pasión y esfuerzo en hacer un disco me saldría una mierda. No, no era sólo eso; detrás de aquella rabia hay un talento musical único, un talento que hoy muchos vemos desaparecido o al menos agotado, estaba entonces en su punto más alto, apoyándose en la arrogancia que sólo da la juventud. Aquel Oldfield tenía una visión, una idea muy clara de qué quería hacer, que no se parecía a ninguna otra cosa. En Tubular Bells se rastrean las influencias de la ya mencionada música sinfónica, pero también del rock, del blues, del jazz, incluso alguna pincelada folk —mucho más presentes en el futuro Ommadawn—, y el resultado sin embargo es algo nuevo con una personalidad propia e inclasificable, una obra maestra sin paliativos que admite comparación con muy pocas cosas. Desde el mítico, archiconocido inicio, Oldfield, interpretando guitarras, bajo, viento, teclados —todos los instrumentos, en suma, salvo puntuales colaboraciones— desarrolla tema tras tema sin pausa, enlazándolos con espectaculares transiciones, lo mejor del disco, esos clímax que son a la vez fin e inicio de dos secciones consecutivas. En la perfecta alternancia de momentos de furia eléctrica con los remansos acústicos son siempre protagonistas las guitarras de Oldfield, de inconfundible y ya plenamente definido estilo, tanto con la eléctrica como con la acústica, combinando púa con la manera clásica de tocar, con los cinco dedos. Pero cuidado, porque pese a que sean esas guitarras las que nos pongan los pelos de punta, el secreto de Tubular Bells está en entender que antes que un disco de guitarras, es un disco de bajo: en la solidez de las líneas de bajo complejísimas que compuso Oldfield está la clave de la unidad del disco, más si tenemos en cuenta que la ausencia de batería —hay percusión, pero relativamente poco presente— lo deja como único elemento sustentador del ritmo. De haber flojeado Oldfield en ese aspecto toda su habilidad para tocar la guitarra no habría servido para mucho, pero es que además consigue combinar decenas de instrumentos y usarlos desarrollando durante todo el trabajo eso que desde entonces y durante mucho tiempo fue su marca de fábrica: el hacer evolucionar las melodías, repetirlas en ciclos introduciendo variaciones y complicándolas cada vez más, metiendo y sacando instrumentos —el ejemplo más representativo, el final de la primera parte—. Con eso consigue una música compleja pero apasionada a la vez, un disco que puede escucharse millones de veces sin que pierda ni un ápice de su fuerza, porque siempre se puede encontrar un matiz nuevo, un instrumento que estaba ahí y no escuchábamos, o una ligera variante que nunca habíamos notado. La ausencia de voces puede sorprender al oyente igual que sorprendió a Branson, que exigió a Oldfield que metiera al menos una sección con letra —la respuesta del compositor a esta petición fue el fragmento conocido como Caveman, en el que él mismo lanzaba alaridos que lo dejaron dos días afónico—, pero la belleza del mosaico instrumental que es Tubular Bells creo que acaba pronto con cualquier prejuicio. Por ponerle un pero al álbum, lo único que puedo decir es que la segunda parte no es tan redonda como la primera, no da la misma sensación de todo perfecto, debido a que la gran mayoría del material que incluye fue compuesto en esas dos semanas de grabación y muchas cosas fueron prácticamente improvisadas. Ojo: no es mala, de hecho tiene el fragmento más bello de todo Tubular Bells, esa maravilla de cuerdas entrelazadas al final de la segunda parte —la sección denominada Ambient Guitars—, simplemente parece algo deslavazada.

Apostar por Tubular Bells fue algo tremendamente arriesgado, tanto para Branson como para Oldfield. Era un disco de debut muy atrevido, y de haber salido mal la jugada su carrera habría terminado. Pero eran tiempos diferentes a los nuestros, tiempos en los que un disco de música instrumental podía empezar a vender y vender sin parar. Fue uno de los discos más influyentes de los setenta, probablemente el germen de muchos estilos que emergieron en las décadas siguientes. La inclusión de su inicio como parte de la banda sonora de El exorcista no hizo sino aumentar su popularidad, y hoy, treinta y cinco años después, creo que es una auténtica leyenda, que consiguió algo alucinante y que creo que no ha vuelto a repetirse: estuvo en el número uno de las listas de ventas inglesas durante un año, y nadie, absolutamente nadie, pudo bajarlo de allí, hasta que lo hizo él mismo con su siguiente trabajo, Hergest Ridge. Otros tiempos, ya digo.

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