Viviana y Merlín, de Benjamín Jarnés.

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Sé que con ese título parece la enésima macarrada de autor actual que basándose en un conocimiento superficial del ciclo artúrico perpetra un atentando al buen gusto, pero no. Viviana y Merlín es una novela extraña de preguerra (1930) de un autor oscuro y semidesconocido, Benjamín Jarnés, uno de esos tipos que no salen en los libros de texto o si sale es en una ristra de nombres de los que nunca se estudian. Es una obra a la que, quizás por falta de lecturas, no le encuentro referente claro en la literatura española de la época. Sí, la recreación que hace del medievo y de la imaginería artúrica viene directamente del romanticismo, como puede apreciarse simplemente echando un vistazo a las ilustraciones de la edición original. Y la estética por tanto tiene algo de prerrafaelita, como bien vio Cátedra al calzarle en la cubierta La seducción de Merlín de Burne-Jones. Y el estilo recuerda a algunos de la generación del 27, en la adjetivación, en el tono lírico. Pero a partir de ahí, Jarnés se desmarca con una novela a medio camino entre la narrativa y el ensayo, que no es fantasía, ni novela realista, sino más bien un juego intelectual en el que, contando las peripecias del hada Viviana para arrebatarle el mago Merlín a la corte de Arturo, se juega a oponer las dos caras del ser humano: el intelecto y la pasión, Apolo contra Dionisos. O, en la novela, el recto Merlín encerrado en su torre, leyendo a Plotino, ajeno por decisión propia a los placeres del mundo, chocando contra el fuego del hada Viviana, que es a la vez la lujuria y la sensibilidad artística, las musas griegas y la Eva que incita al pecado. Básicamente toda la novela gira en torno a esta dialéctica, a una lucha de voluntades que sólo puede acabar de una manera: ni una ni otra sino ambas, como se lee en la exhortación final: “Que en todos nuestros actos, aun en los más menudos, vayamos siempre del brazo de la pareja más encantadora de toda la Edad Media y de todas las edades. Con la gracia y la sabiduría. Con Viviana y Merlín”.

Jarnés es un escritor inteligente, con un humor sutil y nada agresivo y con una cultura rara en la época, que se ve reflejada en la novela. Conoce por igual los mitos griegos y las corrientes filosóficas de su época —yo no dejo de ver algo de Kierkegaard e incluso de un primer Nietzsche en Viviana y Merlín—. Su estilo es extraño: usa en la narración la primera persona de forma casi exclusiva —se nota en esto que también escribía teatro, al igual que en los diálogos, la mayoría de la veces sin verbos de habla que los introduzcan o apostillen—, es lírico, pero no a la manera modernista, o no del todo: hay cierto comedimiento, como si se quisiera guardar el mismo equilibrio que al final tiene que haber entre Viviana y Merlín. Jarnés, sin ser un escritor espectacular, escribe bien, muy bien incluso, tiene ideas geniales —la descripción del castillo de Arturo como si fuera un cuerpo humano a mí me parece buenísima— y pule el lenguaje, a pesar de que hay que lamentar ciertos descuidos y alguna repetición que empañan el resultado final: una imagen valiosa deja de serlo si aparece dos veces.

A pesar de ello le dan de sobra a Jarnés su capacidad e imaginación para ofrecer momentos brillantes en la novela. Por ejemplo, de las alusiones y juegos con el Quijote —Jarnés aprovecha que Merlín aparece en un capítulo de la obra de Cervantes— surge uno de los mejores pasajes, en el que Viviana enfrenta a los caballeros de Arturo a su esperpéntico reflejo de La Mancha, ante el que montan en cólera porque, como dice Merlín al poner orden, “No podéis aún comprender del hombre del bacín y del labriego. No podéis aún comprender el espectáculo. Aún no llegó el tiempo con que podamos soportar nuestra propia caricatura”. Y de la pugna entre Viviana y Merlín que es la columna vertebral de la novela, lógicamente salen momentos gloriosos, especialmente el clímax temprano que supone el primer intento de Viviana de tentar y hacer flaquear al viejo sabio, a ese Merlín que creía que ya estaba más allá de ciertos sentimientos, y que intenta rechazar al hada en una escena con muchísima fuerza, un diálogo tenso y extraordinariamente bien escrito —“Merlín, Merlín… Quiero ser entre tus manos uno de esos librotes que acaricias con tanto mimo, uno de esos librotes que abres tembloroso, como se desnuda a una virgen— en el que poco a poco el mago va cediendo a los encantos de Viviana y, a pesar de que en el último momento consigue escapar, ya se ve que acabará cayendo y dejándose arrebatar por ella.

Viviana y Merlín es uno de mis libros de cabecera, y aunque a base de relecturas se me ha ido cayendo un poco, no por eso deja de parecerme muy recomendable. Una novela a descubrir que aun con sus defectos me parece mucho mejor que otras de la época o de pocos años después encumbradas más por realistas que por ser buenas. Quizás ése fue el problema de Jarnés, escribir a destiempo, tratar temática artúrica —aunque sea como excusa para tratar otras— en un momento en el que la literatura empezaba a volver la vista hacia la política y en la que el realismo sucio estaba a punto de explotar y acapararlo casi todo. En todo caso, para el que quiera y sepa apreciarlos, ahí quedaron esta novela y este autor inclasificable y único en su generación.

RECTIFICACIÓN: Me dicen que tan inclasificable y único no es, que lo que hace Jarnés es novela intelectual. Queda dicho. Tengo que leer más…

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