Hergest Ridge, de Mike Oldfield.

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Un año después de revolucionar la escena musical con Tubular Bells, Mike Oldfield compuso el disco que consiguió bajar su primera obra del número uno de las listas de ventas: Hergest Ridge. Fue un disco distinto a Tubular Bells, tanto en intención como en resultado final. Si Tubular Bells era un disco con sabor urbano, Hergest Ridge fue el fruto de un periodo que Oldfield pasó recluido en la zona de la campiña inglesa del mismo nombre. Abrumado por el éxito de su primer trabajo, el joven músico, arrastrando aún —y lo que le quedaría— sus problemas de salud mental, se marchó al campo, donde lo único que hacía era dar largos paseos, en los que gestó uno de los discos más hermosos de su carrera. Es un álbum que refleja su amor por la naturaleza y la vida sencilla, y también un deseo que la vida y su propia personalidad parecían no concederle, pues siempre volvía a esa vorágine autodestructiva que más de una vez estuvo a punto de acabar con él.

No acaban aquí las diferencias. Si Tubular Bells es una acumulación de ideas —fantásticamente engarzadas, eso sí—, Hergest Ridge parte de un único concepto: simplemente, plasmar un día en Hergest Ridge. La metáfora musical, convertir imágenes y sensaciones en música, algo que remite directamente a Vivaldi y sus estaciones, con todas las distancias que se quiera, sí, pero consiguiendo algo desconocido en la música popular comtemporánea. En Hergest Ridge escuchamos el amanecer, el sol saliendo, la bruma matinal despejándose, los pájaros, las nubes formándose y desencadenando una tormenta brutal, que acaba escampando por la tarde… Y todo esto con la dificultad de no haber cursado jamás estudios académicos, a base de talento y de intuición, la misma que demuestra al construir intrincadas marañas melódicas entrelazando líneas de instrumentos, retorciendo y haciendo evolucionar con una naturalidad asombrosa cada uno de los dos temas que forman el disco —obligado por el formato del vinilo, porque en realidad lo suyo habría sido un único tema sin pausa— y que constituyen el mejor ejemplo de lo que es el rock progresivo, por mucho que algunos no acepten a Oldfield entre sus integrantes.

A las guitarras de todos los colores se unen esa maravilla que era el órgano Farfisa, con el que Oldfield construye gran parte de la base del disco, el oboe en muchos pasajes de una serenidad casi sacra, la trompeta, los coros femeninos… La ausencia casi total de percusión —salvo el glockenspiel en algunos momentos— le da a este disco un tono distinto al resto de la producción setentera de Oldfield, al tiempo que hace que el peso rítmico lo lleven bajo y guitarra acústica —de las que en ocasiones aparecen hasta tres distintas sonando a la vez. Y aunque cuando era joven lo que más me impactaba de Hergest Ridge era la tormenta eléctrica —una sección orgásmica de incontables guitarras dobladas unas sobre otras, quizá la más desencajada y brutal de toda su discografía—, con el paso del tiempo he llegado a apreciar mucho más la sección de la primera parte que va del minuto 8:45 hasta el 13:24, un fragmento sencillamente perfecto, en el que Oldfield desarrolla cinco, seis melodías a la vez —al menos dos acústicas, órganos, el oboe…—, cada una con su tiempo, desarrollándose de forma que coinciden todas en sus respectivos clímax en varios momentos, por cómo están encajados, insisto, sin formación musical, sólo con intuición y trabajo artesanal.

Y si Tubular Bells fue el debut más espectacular que puede imaginarse y una explosión de genio y descaro adolescente, Hergest Ridge supuso no sólo la certificación de que el primer álbum no fue fruto de la casualidad, sino también la madurez creativa total del compositor… ¡en su segundo trabajo! Eso es lo más increíble de este disco que el propio Oldfield no tiene en mucha estima, debido a que fue hecho con ciertas prisas por las presiones de Richard Branson, y que incluso entre los entendidos está en un segundo plano frente a Tubular Bells y Ommadawn, a pesar de que como concepto musical es más redondo que éstos, y musicalmente está a su misma altura. Simplemente por el gran nivel que alcanza con la acústica —demostrando que es, o al menos era, un guitarrista enorme— ya merece Hergest Ridge un lugar privilegiado en su discografía y en la historia de la música contemporánea. Eso sí, un aviso: la remezcla de la versión en CD se cargó el sonido original hasta el punto de que algunos instrumentos parecen desaparecer; hay que escuchar la mezcla original para el vinilo.

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