Appaloosa.

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El Far West es la mitología de Estados Unidos. O lo más parecido que tiene. Al ser un país muy joven, sus mitos más antiguos se remontan un par de siglos atrás, a la época de la conquista del oeste, en la que buena parte de su territorio era aún salvaje y la ley no existía. Y en esa época, entre la historia y la leyenda, surge todo un panteón: David Crockett, Billy el Niño, Jesse James o Buffalo Bill, y más adelante otros enteramente ficticios, como el Llanero Solitario o los pistoleros de Marvel —Rawhide Kid o Two Guns Kid, por ejemplo—. Todos eran hombres duros, rebeldes que marcaban sus propias normas, a veces criminales, y otras hombres de ley, como los que ofrece Appaloosa.

Vaya por delante que yo nunca he sido un gran seguidor del western. No he visto demasiadas películas del género. Las que se hacían en los años 50 y 60, tanto las malas como las buenas, me aburren soberanamente con sus tópicos y sus indios malvados, y las revisiones posteriores que presentaban a los indios como hijos de la tierra profundamente espirituales y pacifistas casi me gustan menos. Pero hay ciertas películas en las que encuentro una épica crepuscular que me atrae, y mucho. En spaghetti westerns como El bueno, el feo y el malo o la más reciente Sin Perdón, o en westerns apócrifos como Regreso al futuro 3 u 800 balas —sin coñas— lo que tenemos es un oeste sucio y violento, sin ley, con ese enorme Clint Eastwood de poncho lleno de mierda y la mirada dura como el granito, con los duelos al amanecer de interminables primeros planos como el equivalente moderno de las justas medievales. Sí, hay algo en todo eso que me gusta mucho. Y en Appaloosa encuentro algunos de estos elementos, especialmente en el punto fuerte de la película, su casting, que no está dominado, como suele ser habitual en el cine actual, por un puñado de niñatos de cara bonita, sino por actores veteranos con mucho oficio y presencia. Los personajes de Virgil Cole y Everett Hitch, interpretados por Ed Harris —que también dirige— y Viggo Mortensen respectivamente, recogen el testigo de los personajes de Eastwood y como aquéllos, son hombres duros acostumbrados a vivir en un mundo violento, que crean su propia ley y la imponen por la fuerza. Mortensen es un excelente actor para un tipo de papel concreto, y ya va siendo hora de reconocerlo. En Appaloosa lleva el rifle al hombro como en El Señor de los Anillos llevaba la espada: como si hubiera nacido para ello. Su presencia, el empaque y serenidad que le da a su personaje, justificarían por sí solos ver la película. Harris está igualmente adecuado en su papel de hombre de ley implacable, y además como antagonista de los héroes está Jeremy Irons, capaz de lo mejor y lo peor, que en Appaloosa ofrece su mejor versión. Sólo sobra la chica, que además de ser mala la actriz, como personaje no se entiende bien, y la justificación para que sea más puta que las gallinas es confusa y poco convincente.

Sin embargo la película tiene problemas que impiden que pase de ser una película correcta sin más, y todos giran en torno a lo mismo. En el cine, la épica es evidentemente una cuestión argumental, pero también de ritmo, y a veces por encima del propio argumento. Hablaba antes de los duelos: ése es el mejor ejemplo de por qué un western debe ser lento, al menos en los momentos en los que tiene que serlo. Porque eso crea tensión, y le da una grandiosidad a todo que construye esa épica. En Appaloosa falta la pausa, la cadencia especial que precisa el género, y eso es lo que no entiende Ed Harris. Y echo en falta más tiros. Más acción, vaya, que estamos hablando de una película “del oeste”, no de arte y ensayo. Debe entretener ante todo, y cuando tienes, como mandan los cánones, a los dos mejores pistoleros del oeste como protagonistas, tienen que demostrarlo, no hay otra. Y apenas lo hacen. El duelo central carece de fuerza y se resuelve de una manera que puede ser más realista, pero no me interesa en un western. Y en el desarrollo de los personajes se queda a medio camino. Se echa en falta más conversación, o al menos más definición de los personajes principales. El sheriff Cole y su ayudante Hitch tienen mucha química, y su relación es sin duda lo mejor de la película, pero uno intuye que con esa relación se podría haber hecho algo mejor. La mejor escena de la película puede que sea cuando, ante el intento por parte de la chica de que se pelee con su ayudante, Cole no duda ni siquiera un instante de la palabra de Hitch. La banda sonora es otro de los puntos negros. Pedir algo de la altura de las composiciones de Ennio Moriconne sería mucho, pero es que en Appaloosa la música pasa completamente desapercibida y no es para nada adecuada para el género, y de nuevo eso resta épica al resultado final. Joder, no es tan difícil darse cuenta de cuánto importa la música para eso, sólo hay que darse cuenta de cómo, cuarenta y tantos años después, el mítico tema de El bueno, el feo y el malo aún pone los pelos de punta.

Con estos problemas la trama va avanzando, con algún destello —siempre relacionado con el buen hacer de los dos actores protagonistas—, varias cosas bastante poco creíbles —¿de verdad Cole no sospecha que hay algo raro en la aparición súbita de los hermanos Shelton?— y el esquizofrénico comportamiento de la chica, Allison, como mayor lacra de la película. La conclusión es lo mejor, sin duda, porque supone la constatación de que esos dos hombres duros de otra época, en la que todo podía verse en blanco y negro, se convierten en obsoletos e inútiles en los nuevos tiempos civilizados, en los que los vericuetos políticos sustituyen a sus pistolas. Cole no comprende este nuevo mundo y se aferra a su fe en la ley, aunque ésta haya cambiado, y el viejo sheriff, que antes era una leyenda, ahora no es más que un figura decorativa que no pinta nada. Hitch, en cambio, se resiste al cambio, no por él, sino por Cole, y acaba con su enemigo, para que él tenga una oportunidad de ser feliz en ese nuevo mundo, mientras que él mismo tiene que marcharse, cómo no, hacia el atardecer.

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