Moby Dick, de Herman Melville.

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De pequeño nunca leí Moby Dick; me negaba a leer un libro en el que se masacraban ballenas. Afortunadamente con la edad uno aprende a no confundir el culo con las témporas, y aunque sea a destiempo, he acabado leyéndolo y disfrutándolo. Digo a destiempo porque creo que de haberlo leído con catorce o quince años lo habría disfrutado mucho más y quizás se habría convertido en libro de cabecera. En todo caso me ha parecido un excelente libro de aventuras, escrito con un estilo vibrante y preciso en las descripciones, que no ahorra detalles al describir la caza de la ballena y el proceso posterior a su captura, y que construye personajes con maestría, dotándolos con cuatro pinceladas y alguna conversación de personalidad reconocible. Evidentemente sobresale por encima de los demás la enorme figura del capitán Ahab, uno de los personajes más inolvidables de la novela de aventuras decimonónica, que en su odio visceral hacia Moby Dick arrastra a su tripulación a su búsqueda sin descanso.

Y es en esto donde la novela me ha supuesto una pequeña decepción, en tanto en cuanto no ha colmado mis expectativas: yo esperaba que el conflicto central —la enemistad entre Moby Dick y Ahab— fuera mucho más extenso. Evidentemente Melville no tiene la culpa de las películas que yo me monte antes de leer su libro, y de hecho esto ni le resta valor al mismo ni hace que mi opinión sea peor. Simplemente, sorprende. Moby Dick comienza con el relato en primera persona de Ismael, que se enrola en el Pequod, barco ballenero capitaneado por el cojo Ahab, que a los pocos días de travesía, en uno de los mejores momentos de la novela, enardece a sus hombres consiguiendo su juramento: no descansarán hasta dar caza a la ballena blanca que le arrancó la pierna hace años. A partir de ahí Melville se centra en diversas peripecias del viaje: la caza de las ballenas, los encuentros con otros barcos, las tareas a bordo. Ahab permanece como dormido: encerrado en su camarote casi permanentemente, no se deja ver y es más una presencia simbólica que un protagonista de la acción. Del mismo modo y de forma en absoluto casual, Moby Dick no aparece hasta las páginas finales de la novela. Durante toda ella, la ballena blanca es un fantasma, una leyenda, el final del viaje para los balleneros del Pequod, pero sólo sabemos de ella por los recuerdos de Ahab y el testimonio de los capitanes de los barcos balleneros que se van cruzando en su camino. El punto de inflexión en Moby Dick es, claramente, el capítulo titulado Las calderas, el último que cuenta hechos protagonizados realmente por Ismael. Hasta entonces, el narrador en primera persona era protagonista activo de la historia, participando en las cacerías, interactuando con el resto de personajes. Pero a partir de Las calderas, el narrador prácticamente se convierte en uno en tercera persona. Ismael deja de aparecer como personaje, ya no participa en la acción, e incluso se prescinde de sus valoraciones subjetivas —deja de referirse a su amigo Queequeg con expresiones cariñosas, por ejemplo.

Y esto, que en un principio parece casual o hasta erróneo, rápidamente se revela como una jugada maestra que posibilita la construcción de un clímax impecable, porque de forma paralela a este cambio sutil la narración va volviéndose cada vez más épica: Ahab, presintiendo la cercanía de su enemigo, despierta de su letargo y se erige en el protagonista absoluto de la última parte de la novela, preparándose para su lucha. Lo vemos participando en la caza de otros cachalotes, descubrimos hasta dónde llega su obsesión cuando se niega a ayudar a otro capitán a buscar a su hijo perdido por seguir persiguiendo a Moby Dick, y, en uno de los capítulos más bellos, asistimos a la forja de su particular Excalibur, el arpón con el que espera matar a la ballena blanca. Hasta en los diálogos se observa el cambio, y pasan a estar dominados por las exclamaciones sentenciosas y el soliloquio desencajado y febril de Ahab, que habla de sí mismo en tercera persona. En los últimos tres capítulos, donde al fin se enfrenta Ahab a su némesis, la novela alcanza cotas de tragedia griega, ya que, por mucho que uno lea emocionado y expectante la resolución de la lucha, en el fondo sólo un final es posible: Moby Dick, perseguida durante tres días, acaba destrozando el Pequod, y Ahab acaba arrastrado a las profundidades por la ballena. El destino de los supervivientes que quedan flotando en el mar se nos escamotea; incluso el de Ismael, porque ya no importa, porque la novela acaba, debe acabar, con el final de Ahab, y de ahí que ese cambio en el narrador sea tan acertado.

A menudo se ha dicho que Moby Dick representa el mal absoluto, primero como presencia incorpórea, y luego como aterradora realidad. Sin embargo, yo propongo otra tesis: que el capitán Ahab es el verdadero símbolo del mal. En su afán autodestructivo Ahab es cruel y fanático, se despreocupa de las vidas de sus hombres, y él mismo llega a considerarse “la oscuridad que surge de la luz”. No obstante, la clave que me hace pensar que era ésta la verdadera intención de Melville me la da el oficial Starbuck, a través del cual se da la única valoración moral de los actos de Ahab —como contrapunto a la voz del narrador en esa parte final de la novela, que exalta, como corresponde a la épica, las acciones del capitán—. Starbuck le llega a decir a su capitán que “¡Dios está contra ti, anciano!”, y sobre todo ofrece la reflexión que hizo que se me encendiera la bombilla: “¡Moby Dick no te busca! Eres tú quien comete la locura de buscarle a él”. Estas palabras de Starbuck me parecen muy esclarecedoras, ya que el oficial es la voz de la razón, el sentido común que intenta, sin éxito, ser el Sancho Panza del quijotesco Ahab, y significarían que la ballena es una fuerza de la naturaleza, terrible, sí, pero más allá del bien y del mal por definición. No es un demonio: es un simple animal. Al menos así es para Starbuck, y tal vez —así lo creo— para el propio Melville.

En todo caso, los capítulos finales son tan buenos y dan tanto juego, que compensan con creces esa pequeña decepción de la que hablaba al principio del artículo. Hasta ese punto, la novela se lee con interés, por su detallismo documental y la maestría de Melville como narrador, pero el clímax de Moby Dick se come al resto, y su terrible grandeza es lo que al final, y con justicia, permanece en la memoria del lector para siempre.

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