A vueltas con la música celta.

Yo jamás hablo de “música celta”. Hace tiempo que me niego a usar el término, usando en su lugar folk o simplemente música tradicional. En este artículo, aunque no les importe lo más mínimo, les voy a contar por qué. Para ello, voy a tener que dar unas cuantas vueltas alrededor de la cuestión, pero como punto de partida —o de llegada, en realidad— de mi argumentación, quédense con dos premisas: una, que no hay nada celta en ella; y dos, que no es más que una etiqueta comercial, y lo mismo habría dado llamarla música etrusca, o música élfica. Empecemos por el principio, que siempre suele ser la mejor opción, dejando claro antes que no pretendo descubrir la sopa de ajo; esto que voy a exponer lo sabe perfectamente cualquier investigador serio.

¿Quiénes fueron los celtas?

El celta es primero y sobre todo una lengua, o un conjunto de lenguas si se quiere, que procede del indoeuropeo. Se puede llamar celta a todo pueblo que habló el celta —o un dialecto del mismo— si se quiere, pero hay que ser consciente en todo momento de que apenas sabemos nada de dicha lengua ni de dichos pueblos. Los celtas históricos serían un conjunto de tribus de la Edad del Hierro, con todo lo que eso conlleva: tribus guerreras de carácter nómada o sedentario, con un desarrollo tecnológico limitado. Y, según las fuentes —Julio César, por ejemplo—, los celtas estarían localizados en la Galia. En otras palabras, sería un sinónimo del término “galo”. Los griegos ya habrían utilizado previamente otro, “keltoi”, del que deriva la palabra celta, para referirse a los pueblos que rodeaban Grecia. Ahora bien, de ningún modo, por mucho que se empeñen los gurús de lo céltico, podemos hablar de los celtas como una cultura homogénea que pobló Europa desde la Península Ibérica hasta la actual Rusia, ni mucho menos usar términos tan disparatados como “nación celta”. Ampararse en la suposición, cierta en parte, de que en toda Europa había grupos humanos que compartían características culturales similares, es una perogrullada: efectivamente, sí, había tribus en Rusia que vivían de manera semejante… y en África, y en América, y en Asia. Porque estamos hablando de grupos humanos de la Edad del Hierro, y evidentemente tiene que haber puntos en común entre ellos. Pero eso no puede de ningún modo servir para darles a todos ellos el calificativo de celta. Una vez delimitado el espacio geográfico real de los celtas, desmontemos otro de los mitos: los celtas NO tenían conciencia de sí mismos. No se consideraban un pueblo ni mucho menos una nación, luego no fueron una realidad sólida y homogénea. Para que se hagan una idea, hablar de una nación celta sería una falacia del calibre de hablar de España en la época de los Reyes Católicos. Ni siquiera se llamaban celtas a sí mismos: ése fue simplemente un término que los romanos usaron para referirse a unas tribus bárbaras a las que, por otra parte, no conocían demasiado bien. Y como hemos dicho, el término es aplicable a la Galia. Se puede llamar celtas a pictos, escotos y britanos si se quiere, pero eso no los hará más celtas.

Tengan en cuenta además que la información que ofrecen sobre los celtas las fuentes romanas son escasas, y poco fiables, dado que, se sabe desde hace tiempo, en muchas ocasiones los historiadores clásicos estaban fabulando, y en otras, escribían a partir de rumores, habladurías y testimonios sin comprobar. Valorando todo esto, si abordamos el estudio de los textos referentes a los celtas, encontraremos datos aún insuficientes sobre su forma de vida u organización sociopolítica. Y ahí radica el problema: sabemos muy poco de ellos. Muy poco de su religión, también: aparecen nombres de deidades, sí, pero no sabemos hasta qué punto son propias, asimiladas de la religión oficial romana, o cualquier otra cosa. Tan poco sabemos que resulta increíblemente fácil inventarse datos o tergiversar los que hay en beneficio de teorías escabrosas, así como confundir realidades históricas que nada tienen que ver entre sí. Es significativo la insistencia por parte de ciertos iluminados en la relación entre el monumento megalítico de Stonehenge con las prácticas religiosas de los celtas, siendo la cultura megalítica espectacularmente anterior en el tiempo, o la vinculación que siempre se hace de ciertos textos muy posteriores —después de Cristo— como el Mabinogion o El ciclo del Ulster —por no hablar del conjunto de textos que conforman la llamada materia de Bretaña. En este totum revolutum sin pies ni cabeza tienen cabida hasta Merlín, figura cuyo origen, siendo generosos, podemos datar en el siglo XIII, o el Santo Grial, cuya primera mención es del siglo XII. Pero ya hablaremos más adelante de este fenómeno asimilador que acabará haciendo celtas hasta los cereales para el desayuno. Demos ahora el siguiente paso en esta historia, no sin antes hacer un apunte acerca de la música de estos pueblos, breve por necesidad: no tenemos ni idea de cómo era. Podemos especular, estableciendo semejanzas y paralelismos con pueblos similares que sí ofrecen datos o, sobre todo, con tribus que han podido ser estudiadas por sobrevivir hasta época contemporánea, sin olvidar aquello que se ha encontrado en yacimientos arqueológicos. Y la conclusión lógica a la que se puede llegar es que, como buen pueblo guerrero, su música se interpretaría fundamentalmente con percusión. Habría algún instrumento de viento rudimentario y arpas, pero no arpas enormes como las que vemos en los conciertos actuales, no; arpas de mano, fáciles de transportar. No tenían los celtas, maravíllense, ni violines ni acordeones ni gaitas —que por cierto, eran romanas. Y, pueden fiarse de mí, no bailaban gigas ni reels.

El romanticismo y los nacionalismos.

Nada menos que diecinueve siglos tenemos que saltar para encontrar el siguiente hito en esta historia. ¿Qué fue hasta entonces de nuestros “celtas”? Naturalmente, los pueblos que así eran llamados por Julio César fueron romanizados. La edad oscura no se llama así por nada, y durante esos años que marcan la bisagra entre el mundo antiguo y el medieval, desaparecen los celtas y lo único que queda es una Europa cristiana y de herencia romana. El “espíritu celta” no permaneció vivo y oculto durante diecinueve siglos. Esta idea, por literaria y sugerente que sea, se cae por su propio peso. Pero, ¿qué ocurrió en el siglo XIX? Básicamente, que la corriente cultural que había nacido en Alemania a finales del siglo anterior, el romanticismo, comenzó a interesarse por el mundo medieval y las tradiciones populares. La convulsa situación política de Europa favorece que la cultura vuelva la vista atrás, en busca de un paraíso perdido, que los románticos encuentran en el medievo. Los intelectuales encuentran decadentes los valores aristocráticos tenidos hasta entonces por superiores, y buscan en el pueblo llano unos nuevos, más puros y sencillos. Esto conlleva una recuperación de cuentos populares que supone el nacimiento de los estudios folcloristas como disciplina más o menos rigurosa. El folclore deja de verse como una colección de supersticiones y cuentos para niños y suscita el interés de estudiosos e intelectuales. Y aquí debo hacer un inciso para que no se me malinterprete: me encanta el folclore. No, dicho así suena frívolo; lo que quiero decir es que, como ya he dejado claro —o al menos intentado— en este blog, considero el folclore una aportación vital a la cultura, una fuente de conocimiento y sabiduría que, a lo largo de los siglos, nos habla de nosotros mismos, de cómo somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Así que no puedo, bajo ninguna circunstancia, ver con malos ojos su estudio y su recuperación por parte de la cultura moderna. Sin embargo, eso no puede impedirme señalar que las tradiciones e historias que gente como W.B. Yeats en su Crepúsculo celta o Philarète Chasles en El ojo sin párpado en absoluto provienen o entroncan con la supuesta tradición celta, sino que, en el mejor de los casos, recogen elementos populares de la Edad Media, y, mucho más frecuentemente, de los siglos XVII y XVIII. Las hadas, los duendes, las selkies y demás bestiario son figuras tradicionales del riquísimo folclore irlandés —y no sólo irlandés—, pero no tienen su origen en época prerromana, o al menos —y lo que es lo mismo—, no hay pruebas de que así sea, y que escritores como el ya mencionado Yeats usen el término “celta” ni puede esgrimirse como tal ni tiene mayor trascendencia. Era una palabra evocadora y con un componente de misterio muy del gusto de la época: no es casual que el siglo XIX sea también el siglo del esoterismo de salón y la egiptología.

Paralelamente a esta recuperación de la cultura popular asistimos en el terreno político al nacimiento y configuración de la mayoría de los movimientos nacionalistas modernos, algunos de los cuales —Irlanda, Escocia, la Bretaña francesa— van a encontrar en la cultura redescubierta la base perfecta para diferenciarse y justificar esa diferencia como histórica. Sin entrar en valoraciones morales ni políticas, es un hecho afirmar que todo nacionalismo necesita su mitología, y que los mencionados la encontraron en ese pasado remoto que sugerían los románticos, en el que querían encontrar ya la identidad nacional.

La semilla estaba plantada: se había dado el primer paso en la construcción de este invento que es “lo celta”.

La Comunidad Europea y el retorno a la tierra.

Aquella semilla germinó durante el siglo XX, y el interés por época pasadas aumentó, con objetivos diversos. En política, la Comunidad Económica Europea va a impulsar y subvencionar en el ámbito universitario estudios procélticos, que buscarán de forma interesada la visión más o menos idílica de una Europa unida ya desde la prehistoria en un solo pueblo, el celta, como forma de justificar su propio proyecto político. El objetivo es claro: demostrar que el estado “natural” del continente es la unión, y la fragmentación en estados soberanos —y su consiguiente enfrentamiento entre ellos durante toda la historia— un accidente, una degeneración de aquel estado natural que ahora la Comunidad Europea venía a restaurar. No es extraño, teniendo esto en cuenta, que hubiera unos años, sobre todo en los 60 y 70, en los que los arqueólogos se apresuraran a etiquetar como celta cualquier yacimiento que encontraran, con el objetivo de obtener financiación y repercusión en los medios.

Menos interesadas y más legítimas fueron las evoluciones en el campo de la cultura de todo este movimiento. El interés por el folclore que los románticos habían reavivado siguió aumentando, llegando a las universidades. La incipiente antropología, tras fijar su atención en los pueblos primitivos en África u Oceanía, vuelve la vista a aquellos pueblos con similares características que poblaron el pasado de Europa. La historiografía deja de lado lo que hasta entonces había sido la Historia, la de las élites, la crónica política y militar, y se vuelca, con la escuela de Annales a la cabeza, en el estudio de “la Historia desde abajo”, las minorías, los marginados, la historia social. En este nuevo marco académico, el estudio del folclore tiene, lógica y felizmente, un lugar mucho más destacado que el que había tenido hasta entonces.

Todo esto cuaja, no podemos olvidarlo, en una Europa en crisis económica y moral. Aquí encontramos la clave para entender el fenómeno de lo celta: en los hippies, en los descastados, en toda una generación que vive desencantada con los valores sociales en los que crecieron sus padres. El escepticismo que se adueñó de todo en los años 60 —también en las ciencias y en las humanidades— estallará en el mayo del 68, protagonizado por una juventud que reniega de todo y huye del devenir histórico que produjo, primero, dos guerras mundiales, y después, una Guerra Fría con la amenaza de la guerra atómica siempre presente. Esos jóvenes buscan otros valores más sencillos, y en su búsqueda, al igual que reinventan el cristianismo y convierte al cristo en una suerte de protocomunista, reinventan el pasado para convertirlo en el jardín del Edén que quieren revivir en las comunas. Es el retorno a la tierra: la vuelta a un mundo más sencillo, más apegado a la naturaleza y por extensión más espiritual, en el que el avance tecnológico es rechazado por autodestructivo. En este contexto explicamos por ejemplo el boom de El Señor de los Anillos, la trilogía de novelas que Tolkien había escrito más de veinte años antes; en ella se encuentran todos esos valores, y si la Comarca es ese pasado idílico que hay que recuperar, Mordor era el mundo actual, mecanizado y desprovisto de valores y sentimientos. El mismo fenómeno se daba con las culturas orientales, también, como la celta, debidamente decoradas y recortadas para encajar en la mentalidad occidental: diferentes, sí, pero no tanto.

No me olvido de la música. Ese mismo espíritu que pedía la vuelta al terruño fue el que impulsó la recuperación de la música tradicional o folk en el ámbito anglosajón. Despreciada por popular, las músicas tradicionales habían estado siempre a la sombra de la música culta, pero durante los últimos años y desde el siglo pasado, habían empezado a surgir bandas que recuperaban canciones y bailes típicos de Irlanda, Escocia —pero también de Inglaterra, cuidado— y que empezaban a dar conciertos y actuar en los pubs. Evidentemente, hasta el inicio de la industria discográfica y la popularización y comercialización del vinilo como soporte físico, no pueden darse a conocer estas bandas al resto del mundo. The Dubliners y The Chieftains son los pioneros más conocidos, que no los únicos, de la emergente escena folk irlandesa de los años 60. La labor de recuperación y estudio de músicas tradicionales es inmensa y encomiable, pero ni remotamente se acerca a la época en la que vivieron los “celtas” históricos, quedándose, como mucho, en el último siglo de la Edad Media, y esto con muchos matices. Fundamentalmente, esa labor de búsqueda y puesta al día se circunscribe a las músicas populares de los siglos XVI a XIX, entre las que, ahora sí, tenemos gigas y reels. Nótese que ninguna de las dos bandas mencionadas, ni ninguna otra de la época, afirma estar haciendo música celta.

La era de acuario.

No sin cierto recochineo titulo así el penúltimo epígrafe de este artículo para hacer referencia al emerger de la llamada nueva era, esa especie de religión para ateos, que aglutina multitud de creencias —básicamente, todas las que quiera el interesado— y que de alguna forma define a la perfección nuestros tiempos: todo vale. En este batiburrillo pseudofilósofico de todo a cien cabe cualquier cosa: de las creencias del antiguo Egipto al espiritismo, de la reencarnación a la telekinesis. Y el zodiaco, los chacras, los libros de autoayuda, la wicca, las magias de todos los colores… La nueva era es un animal insaciable que todo lo devora y regurgita convertido en un objeto de consumo políticamente correcto y con todas las asperezas limadas. A esa espiritualidad endeble de la que hace gala se une una ñoñería intrínseca que hace que todo persiga la paz y el amor y que evita hábilmente cualquier elemento desagradable de las religiones o prácticas religiosas asimiladas —por ejemplo, los sacrificios humanos o animales— para convertirlas en algo moral y socialmente aceptable en nuestra sociedad actual. La nueva era, que se ha convertido —si acaso no lo fue desde el principio— en una máquina de hacer dinero, adapta el conocido dicho periodístico y lo hace suyo: no dejes que la realidad te estropee un buen negocio. Así, la tendencia entre inconsciente e intencionada en todo el asunto celta de dejar volar la imaginación, se dispara, alcanzando cotas absurdas. La maquinaria industrial de la nueva era no sólo vende el concepto de lo celta como entidad histórica homogénea que ya he desestimado en este artículo, sino que además construye una imagen del celta completamente ahistórica e idealizada, similar, por otra parte, a la que construyen de los nativos americanos: individuos hondamente espirituales, en comunión con la tierra y los seres vivos, de una gran sabiduría, y perseguidos por ello por los ignorantes que no conocían esa gran verdad que la nueva era vende en cómodos paquetes listos para su consumo. Podría extenderme más, pero he encontrado un texto que es el epítome de todo esto y que lo ilustra mucho mejor de lo que podría hacerlo yo. Les juro que es real: aparece en el libreto del primer volumen del recopilatorio de “música celta” Naciones Celtas:

“Cae el sol arrodillado ante el inagotable poder de seducción de la luna. Entre luces y sobras, los bosques abrazan el mito. El paraíso celta de Tir Na Norg desciende. Mientras, el agua en torrentes o manantiales, compone cadentes melodías que mirlos, gaviotas y amigos acompañan. Orquestaciones naturales de la mente. Inspiración de arpas, gaitas, violines, zanfonas, de oníricos cantos a los dioses, a la siega, al amor, al mar, a la tierra madre y a los seres invisibles que pueblan el cielo, el agua y las sombras.”

Esta imagen bucólica del celta va acompañada, evidentemente, de una gran cantidad de mercadotecnia: al archiconocido trisquel, se unen todos los manuales de magia druídica que se quiera —sin importar que de los druidas lo único que sepamos sean cuatro escritos escasos—, amuletos, inciensos, una mezcolanza de duendes y hadas, el alfabeto celta, y hasta ¡el tarot celta! Absolutamente cualquier cosa puede ser celta mientras haya mercado.

En el ámbito político la utilización de lo celta se decanta definitivamente hacia las causas nacionalistas. La proliferación de ligas celtas, no sólo en los países donde a priori parece más lógico, sino también en otros más insospechados, como Argentina, demuestran la consolidación de lo que ellos mismos llaman “la causa celta”. Como base para sus reivindicaciones nacionalistas y culturales se sirven de un ideario basado en todos los conceptos erróneos y reinterpretaciones tardías que he apuntado aquí, asumiéndolos como dogmas de fe —no puede llamarse de otra manera lo que se cree careciendo de pruebas. En los textos de estas asociaciones se recurre con frecuencia a las llamadas a la hermandad entre las naciones celtas, e incluso se introducen términos nuevos que responden a realidades derivadas de la débil base en la que se asienta el movimiento; “diáspora celta”, por ejemplo. Entiéndase que el problema de estas ligas no es su carácter nacionalista: esa reivindicación me parece totalmente lícita. Lo que no es tan lícito es falsear la historia, conscientemente o no, para acomodarla a dichas reivindicaciones y buscar la legitimación que da la antigüedad, en lugar de asumir que el movimiento celta nace cuando nace, en el siglo XIX. Más lamentable resulta el uso de lo céltico que llevan a cabo cada vez más grupos neonazis y ultraderechistas de toda Europa, aunque si se piensa con detenimiento, la Europa celta primigenia de la que ya he hablado puede fácilmente entenderse como una Europa aria libre de influencias foráneas.

Paradójicamente esta consolidación llega de forma paralela al descrédito que sufren las tesis procélticas en el ámbito académico. A partir de los años ochenta los prehistoriadotes británicos, en su mayoría, directamente niegan la existencia de una realidad histórica celta y el arquetipo celta, argumentando que es algo creado durante el siglo XX. En España, sin llegar a tales extremos, el profesor Ruíz Zapatero, de la universidad Complutense de Madrid, ha sido uno de los principales críticos de la cuestión, señalando que lo celta es una realidad mucho más reducida y compleja de lo que se ha hecho creer y que, en todo caso, se sabe demasiado poco aún como para llegar a las conclusiones que muchos dan por buenas.

El motivo de que los estudios rigurosos de los historiadores y arqueólogos tengan menos éxito que la mezcolanza espiritualista y niujera es obvio: un historiador que no tiene todas las respuestas es más aburrido que un charlatán que se las inventa. El grado de aceptación que ese universo celta prefabricado a partir de elementos dispares que poco o nada tienen que ver entre sí es muy elevado, especialmente entre la gente joven, que busca, como sus padres en el 68, nuevos valores espirituales y estéticos. Y en esto, así como en el abrumador éxito comercial de lo celta, tiene un papel muy importante la música.

Es difícil precisar el momento en el que comienza a usarse el término de “música celta” de un modo generalizado, pero lo que es seguro es que es durante los años ochenta. El período comprendido entre mediados de los ochenta y finales de los noventa es la auténtica edad de oro del género, que en realidad no es más que el folk que hacían, y siguen haciendo, los antes mencionados The Chieftains y The Dubliners, o en algunos casos con elementos de otras músicas tradicionales o del pop/rock. Tampoco en esto son pioneros, no obstante; es exactamente lo mismo que hacía Gwendal en los años 70 sin recurrir al vocablo “celta” para nada. Sin embargo, la popularización del fenómeno celta provoca que cada vez más formaciones asuman la etiqueta —y frecuentemente la carga política que puede conllevar— en aras de un mayor éxito comercial. Independientemente de su calidad —hay, evidentemente, de todo—, bandas como Clannad, ya en activo desde los 70 con una joven Enya en sus filas, Capercaillie (1984), The Poozies (1990), Deanta (1993) o Lunasa (1997) alcanzan una repercusión que si bien cada vez es menor —toda moda termina—, aún pervive. Otros músicos, como Alan Stivell, de Bretaña, o Bieito Romero, líder de la longeva formación gallega Luar Na Lubre, han hecho suyo el discurso intercéltico y la causa nacionalista de sus respectivos países, por extensión. El atractivo que lo celta tiene en el mercado musical queda demostrado, por otra parte, con el uso que hacen del calificativo quienes lo atribuyen a ciertas bandas que no tienen más que una tangencial influencia —a veces ni eso— folk, como pueden ser The Corrs o, en España, Mägo de Oz o El sueño de Morfeo, u otras que, haciendo folk, trascienden el ámbito de lo europeo para explorar música tradicional de todo el mundo o incluir elementos del rock actual, como la canadiense Loreena McKennit o Dead Can Dance.

El uso y abuso del término también se puede apreciar en la proliferación de festivales de música a la que hemos asistido en los últimos años, y que, como el festival intercéltico de Avilés o el Festival Interceltique de Lorient, insisten en recalcar su vinculación con lo celta como el mejor reclamo publicitario posible.

Éste sería el estado de la cuestión actual. Es evidente que toda la parafernalia pseudocelta contamina cualquier intento riguroso de acercamiento a la materia. No ayuda tampoco el relativismo permanente en el que las humanidades parecen haberse instalado, al menos hasta hace pocos años. La posmodernidad ha cambiado la pregunta fundamental que en historia hemos de hacernos, y que ha dejado de ser “¿Por qué?” para ser “¿Por qué no?”. Todo vale. La falta de evidencias históricas sólidas da alas a émulos de “investigadores” como Herbert Von Danyken o J.J. Benítez que pretenden hacer pasar sus elucubraciones más o menos fantasiosas por teorías, si no ciertas, al menos plausibles. Y así, encontramos teorías completamente anacrónicas que piensan la Historia hacia atrás cometiendo el error de aplicar esquemas mentales contemporáneos a pueblos antiguos: feministas que imaginan una sociedad celta matriarcal donde la mujer tenía una libertad que se le negaba en el mundo grecolatino, o ecologistas que hablan de una unión cuasi espiritual entre los celtas y el medio. Todas estas teorías están mezcladas con disparates como los ya mencionados en este artículo y que vinculan a los celtas con los megalitos —de los que por cierto hay gran cantidad en Mallorca; ¿también allí hubo celtas?—, el ciclo artúrico, Merlín, o el Santo Grial.

Pero pese a todo ello, el ámbito académico debe insistir en un irrenunciable rigor, incluso aunque eso suponga perder la batalla mediática frente a los gurús de lo celta. Estoy convencido de que, una vez agotada la corta vía de los textos, sólo quedan dos caminos principales para el estudio de los celtas históricos: el arqueológico y el filológico. Lo demás son monsergas.

Conclusiones.

“Lo celta” es una construcción que nace en el siglo XIX en el seno del Romanticismo, basada tangencialmente en una realidad histórica mínima o cuando menos desconocida en su mayor parte, a la cual se le van añadiendo elementos de diferentes épocas sin conexión con la misma a lo largo del siglo XX hasta configurar un movimiento cultural, político y religioso que pretende ser heredero de un “espíritu celta” que lejos de ser una realidad histórica no es más que una parte de dicha construcción.

Cada cual, por supuesto, tiene libertad para creer lo que quiera. Es evidente que el universo celta puede ser, sobre todo a ciertas edades, atractivo y tremendamente inspirador. El problema es cuando desde una inclinación personal o una moda en el peor de los casos, se pretende elevar esa fabulación colectiva que es lo celta a la categoría de verdad histórica incontestable. Esto, y no el hecho de que “crean”, es lo que me molesta de ciertos talibanes célticos que, perdidos en sus propias mistificaciones, rechazan con violencia cualquier crítica a sus postulados, por más que las evidencias en contra sean aplastantes. No me valen los pobres argumentos que se aferran a la existencia de leyendas y figuras mitológicas semejantes en todos los territorios que ellos denominan celtas, en primer lugar porque van en contra de lo que dicta la lógica —un cuento popular puede viajar, y su aparición en lugares distintos no es prueba de origen común—, y en segundo porque el que los esgrime ignora algo muy básico y que cualquier folclorista sabe bien: que los mitemas se repiten. Del conejo de la luna se hablaba en Japón y en Norteamérica, el cuervo es el creador del mundo en infinidad de culturas. No tiene nada de extraño ni sorprendente.

Molesta, igualmente, la tendencia de muchos que intoxicados por la nueva era hacen gala de un misticismo garrulo y excluyente, en el cual se creen en posesión de los derechos absolutos sobre la espiritualidad y la magia del folclore. A menudo da la impresión de que sólo ellos tienen leyendas, sólo ellos son especiales y conocen sus raíces, cuando en realidad las desconocen en absoluto. Va siendo hora de que se enteren de que el folclore no es patrimonio suyo, y de que eso que ellos consideran tan especial, está en todas las culturas y es parte esencial del ser humano, y no por no ser exclusivo de las “naciones celtas” es menos valioso.

Y volvamos a la música, que, a estas alturas es evidente, no era más que un pretexto tan bueno como cualquier otro para reflexionar sobre una cuestión mucho más amplia. La música celta, creo que ha quedado claro, es otra construcción moderna, más incluso. No se habla de música celta antes de los años ochenta, cuando se hace conveniente acuñar el término como marca comercial. Y como tal puede ser útil para fines comerciales, pero nada más. No hay relación alguna entre la, recordemos, totalmente desconocida música de los celtas históricos y la que hacen hoy en día estas bandas, que, como mucho, se remontan en sus temas al siglo XVI. Así que, de acuerdo, convengamos si no hay más remedio en hablar de música celta, pero no perdamos nunca la perspectiva y seamos conscientes de que, como decía al inicio de este artículo, lo mismo habría dado hablar de música élfica.

Quede claro, para acabar, que a mí me apasiona el folclore y me encanta la música tradicional, y que lo único que rechazo es la etiqueta de celta en sí misma. Soy consciente de la enorme y necesaria labor de recuperación de músicas e instrumentos llevada a cabo por muchas de estas bandas, se autoproclamen celtas o no. Pero asimismo, esto no impide que llame las cosas por su nombre y que, si de Historia pretenden hablarme, me niegue a comulgar con ruedas de molino y a aceptar ese falso axioma de que todas las opiniones son válidas, que se ceba siempre con las humanidades, por cierto. Pues no, señores, en historiografía, como en cualquier disciplina, no todo es opinable. Hay método, y hay verdades y hay falsedades. Y hay profesionales, y hay cantamañanas —y algunos profesionales cantamañanas, claro—, pero el estudio de la historia tiene que estar en manos de los historiadores, no de iluminados. O si no, si alguna vez tienen la desgracia de contraer una sífilis, vayan ustedes al carnicero, hombre, que su opinión también cuenta…

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