Desocupado, de Lewis Trondheim.

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Si tuviera que elegir cuál ha sido el mejor tebeo de 2008, tendría muchos problemas para decidirme entre El jardín armado de David B. y este Desocupado. Como ya hablé en su día del primero, hoy le toca el turno a la que, por el momento, considero la mejor obra del francés Lewis Trondheim.

Como ya me pasó con Joann Sfar, mi primer contacto con Trondheim fue en La Mazmorra. A partir de esa obra, poco a poco, he ido consiguiendo gran parte de sus trabajos, y la verdad es que, aunque me han gustado todos, siempre lo he puesto en un peldaño más bajo que Sfar, quizás porque, aunque en ambos está presente el humor —dos humores muy distintos, por cierto—, muchas veces en Trondheim esto es lo más importante en sus trabajos. Ojo, que a mí Lapinot o Las pequeñeces de Lewis Trondheim me parecen series estupendas, y además conecto muy bien con el humor de Trondheim y su particular forma de ver la vida. Es simplemente que prefiero al Trondheim que, sin renunciar a su humor, se muestra más reflexivo. Y pese a que en Lapinot y sobre todo en Las pequeñeces… esa reflexión existe, es en obras como Desocupado donde da rienda suelta a sus pensamientos más personales.

En Desocupado, el propio autor es el protagonista, en un momento de su carrera delicado: alcanzada la madurez de los cuarenta años, habiendo recibido el premio especial del salón de Angulema —el mayor reconocimiento a un autor de BD—, se plantea algo que cualquier artista se plantea en algún momento: el miedo de haber tocado techo, de que todo lo que quede a partir de entonces sea la decadencia como autor. Trondheim, en un hiato de ochenta días en su frenética producción, reflexiona acerca de ese miedo, y analiza su relación con las editoriales, con sus colegas de profesión —parte importante del álbum y magistralmente “zoomorfizados”—, con el público, con su personaje Lapinot… La lucidez de sus pensamientos es la de alguien que ha dedicado mucho tiempo a pensar en el tema, y eso se nota. Trondheim —o el alter ego que aparece en sus obras, es indiferente— es una persona obsesiva que tiende a darle muchas vueltas a aquello que le preocupa. Afortunadamente, eso sabe hacerlo de tal manera que los resultados, lejos de ser ombliguistas, ofrecen una visión de la industria francesa tremendamente interesante y una búsqueda de las causas de esa degeneración que parece ineludible para todos los autores plagada de hallazgos formales y estéticos propios de alguien que sabe muy bien lo que hace cuando planifica una página o elige una forma de contar las cosas y no otra, y que es capaz de ocultar bajo la forma de un diario personal un discurso brillante y humilde a la vez, desprovisto de cualquier pedantería.

Aunque en realidad, supongo que la gran fuerza de Desocupado, al margen de todo esto, está en el diálogo que mantiene Trondheim consigo mismo, que es el fondo del tebeo. Las historias personales de los grandes de la historieta francesa —Franquin, Morris, Moebius— y de sus contemporáneos —Sfar, David B., Blain— pueden servirle para intentar comprender el fenómeno general, pero a Trondheim lo que de verdad le mueve es una lucha consigo mismo como autor, y el miedo, tan común por otra parte, de enfrentarse a la página en blanco, de repetirse, de no estar a la altura. Esta conversación la escenifica al poner en boca del público aquellas verdades que sabe pero no quiere oír, como forma casi terapéutica de enfrentarse a la vez a las verdades y al público —“…el lector es difícil. Quiere leer siempre la misma cosa que le gustó, pero también quiere ser sorprendido”—. Del mismo modo se enfrenta a Lapinot —al que hacía muy poco tiempo había matado en el final de su serie—, a través del cual se da a sí mismo la única solución que hay a su problema: “Trabaja lo mejor que puedas. Punto”.

Y es que si a alguna conclusión llega Trondheim, después de tantas vueltas, de tantas entrevistas, de tantas opiniones a favor o en contra —impagable lo que le dice Berberian: “También puedes hacer un álbum sobre ¿por qué los panaderos envejecen mal? Y otro, ¿por qué los carniceros envejecen mal? Es un concepto genial… La colección Envejecen mal.”—, al final todo se reduce a eso: hay que seguir trabajando. Cuando la creación es una parte indispensable del creador, cuando escribir y dibujar es lo mismo que respirar, pese a todas las dudas, todas las crisis, no hay otra opción que seguir. Eso es lo que nos dice Trondheim en la magistral secuencia final de Desocupado. El autor, después de dar vueltas durante todo el álbum, se encuentra frente a una infinidad de caminos. Empieza a plantearse si esa escena, tal y como la ha dibujado, es un final adecuado para la historia. Se empieza a preguntar si es original, si hay creatividad en lo que está haciendo. Parece que todo va a empezar otra vez. Entonces, abruptamente, Trondheim interrumpe su propio discurso: “¡¡Alto!! ¡Hay que seguir trabajando!”. Y la última viñeta nos lo muestra afanado en su estudio.

Francamente, me resulta muy difícil encontrarle algún pero a este tebeo, perfecto en el fondo y en la forma, con una claridad expositiva impecable. Sí, se podría recurrir al sobado tópico de que no es un cómic para todos los públicos. Pero la verdad, en este caso, si ocurre eso, el problema no está en el tebeo, precisamente.

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