Hasta la polla del Quijote.

Antes de explicar semejante exabrupto, tengo que decir alto y claro que me gusta El Quijote. Es una puta obra maestra, una cumbre de la literatura española y mundial. Creo que Cervantes consiguió muchas cosas con su novela, entre ellas aniquilar un género literario entero, y para eso hay que ser muy bueno. Lo he leído dos veces, y más que lo leeré a lo largo de mi vida.

Pero de lo que estoy realmente cansado es de lo pesados que pueden llegar a ser políticos, instituciones, educadores y demás fauna con él. De verdad, es cansino hasta límites insoportables. Hace tres años, durante el cuarto centenario —de la primera parte, que de la segunda ya darán buena cuenta dentro de unos años; miedo les tengo—, el bombardeo mediático fue espectacular. Regalaban El Quijote hasta con las compresas. Fue el libro que había que comprar, regalar, y… bueno, leer… eso ya si tenías tiempo y tal. Y pasada aquella fiebre, queda lo de siempre, que no es poco. El Quijote por allí, El Quijote por allá… Parece que leerlo redime a cualquier palurdo de su palurdez, incluso aunque no se haya leído nada más en la puta vida. O como ciertos futbolistas, analfabetos funcionales, que cuando les preguntan en las entrevistas cuál es su libro favorito —también es que los periodistas son unos cabrones—, contestan que El Quijote, porque es el único que les suena ligeramente, claro.

Estoy harto de que gente que no se lo ha leído nos den la tabarra con él, de estudiosos que harían mejor en dejar de recalcar lo importante y sesudo que es y dijeran, joder, que es un libro DIVERTIDO. Y mucho. Si se tiene la suficiente formación para leerlo y entenderlo, claro. Y es que aquí quería llegar: hay que admitir de una puta vez que El Quijote NO es un libro para todo el mundo. Hoy no. Y que porque sea una maravilla, que ya he dicho que lo es, no hace ningún bien que los profesores, por ejemplo, se lo metan por vena a gañanes a los que no han formado para que puedan leerlo y disfrutarlo. Ésta es la realidad, muy triste, sí, pero realidad al fin y al cabo: hoy en día la inmensa mayoría de jóvenes en edad escolar no pueden entender El Quijote. Joder, si apenas pueden entender cualquier libro, menos aún uno del siglo XVII. Es un sinsentido absurdo intentar que la gente que no lee, al menos lea El Quijote, precisamente porque eso es lo peor que se puede hacer si lo que se pretende es estimular el hábito de lectura. Además, es que no se dan cuenta de que normalmente lo que se consigue cuando se machaca tanto con un libro es justo lo contrario: la gente acaba por rechazarlo, y de hecho, entre los adolescentes, y entre gente de mi edad también, casi está hasta de moda decir que El Quijote “es un rollo”. Ellos se lo pierden, claro. Es de risa, directamente, escuchar a gente con su carrerita, que se cree algo por tragar best-sellers a mansalva, decir esto, y claro, luego si tú les sueltas que no, que perdonen, pero que están equivocados y si no son capaces de entenderlo, valorarlo y disfrutarlo, el problema está en ellos, que carecen de herramientas —nivel de lectura, vaya— para hacerlo, quedas como un borde y un intransigente. Pues sí, oigan, y a mucha honra. Que uno está harto de que todo se subordine a la tiranía de los gustos y sea igual y estén a la misma altura El Quijote, Los pilares de la tierra y la cosa esta ultraconservadora y reaccionaria de los vampiros de palo.

Por otro lado, y teniendo esto en cuenta, ¿pasa algo por decir que El Quijote, oh dios mío, tiene fallos, que hay incoherencias argumentales, que Cervantes se equivocó en algunas ocasiones? ¿Es tan terrible o tan inconcebible para las autoridades competentes ver más allá de El Quijote y tener en cuenta otras obras maestras? Porque, joder, para algo bueno que tenemos, nuestra literatura, y nos empeñamos —se empeñan— en ningunearla sistemáticamente al darle tantísimo bombo a una obra pasando de cualquier otra. Creo que lo que más me molesta es el día del libro: leer tooodos los putos años El Quijote. SIEMPRE. Es tan tan tan importante que hay que leerlo todos los años, no vaya a ser que a alguien se olvide de los importante que es. Y mientras tanto, al Lazarillo de Tormes, La Celestina, El Buscón, La Regenta, o Luces de bohemia que los folle un pez. Pues yo digo, ¡sacrilegio!, que éstas están a la misma altura que El Quijote. Y si no lo están, tampoco pasa nada porque se acuerden alguna vez y suban al atril para leerlos los personajes y personajillos patrios. Me parece que tendría mucho más valor eso, intentar dar a conocer o recordar en ese día dedicado al libro —o durante todo el año, vaya— todos los clásicos, y no un único libro, siempre, que además es el que menos lo necesita.

O no, la verdad. Lo mismo todo esto es una tontería. Los buenos libros no necesitan de campañas, y tampoco les pueden perjudicar demasiado. Al final el que quiera leer, leerá. Y un clásico lo es precisamente porque es válido siempre, en el siglo XVII, ahora y dentro de trescientos años. Supongo que lo que me molesta es eso: un clásico ya lo es. No necesita ser reivindicado. No necesita que se invierta en su promoción la cantidad de dinero brutal que se invirtió el año del centenario, la gente ya sabe que existe. Y admitámoslo, la gente pudo comprarlo llevada por el frenesí de la celebración o pudo llegarle por medio de una de los tres millones de promociones que hubo, pero ni de coña se va a leer un tocho como El Quijote si no tiene verdadero interés. Puede empezarlo, claro. Aquello del galgo corredor y el rocín flaco nos suena a todos. Los más voluntariosos llegarán hasta los molinos. Después, acabarán hasta la polla del castellano antiguo, de las referencias a la época, de no pillar ni una, de perderse constantemente, y dejarán el libro tirado por ahí. Estamos en lo mismo, darle El Quijote a la mayoría de la gente de este país es como darme a mí un ferrari: muy bonito, pero oiga, yo no sé conducir.

Así que venga, se me ocurre que voy a acabar este post con una ingenuidad: todo ese dinero que se gastó en los fastos quijotescos, habría estado mucho mejor empleado en promocionar autores noveles y obras más diversas, que habrían llegado a más público y por lo tanto habrían servido mejor para estimular el hábito lector. Buf. No, demasiado ingenuo. En realidad es una gilipollez y no lo pienso en absoluto. No creo que haya que promocionar la lectura ni hacer campañas de ningún tipo: el que quiera, que lea, que ahí están los libros, y el que no, peor para él. Además, se puede ser feliz sin leer: precisamente por no leer se suele ser más feliz. Así que en lugar de con una ingenuidad, mejor acabo el post con una burrada, igual que lo empecé: lo que de verdad deberían haber hecho los políticos con ese dinero es gastárselo en putas y cocaína. Mucho más productivo, sin duda.

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