Animals, de Pink Floyd.

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De los cuatro álbumes que componen la época dorada de Pink Floyd —de Dark Side of the Moon a The Wall— puede que Animals sea el más desconocido y menos valorado, pero si yo tuviera que quedarme sólo con uno, probablemente sería éste, fundamentalmente porque hay algo en su concepto musical que me resulta muy atractivo.

Animals se comercializó en 1977, en un momento en el que la banda había empezado a romperse, entre otras cosas por las tensiones entre David Gilmour y Roger Waters. De hecho Animals es principalmente un disco de Waters, que compuso casi toda la música y las letras, que para mí son, junto a las de The Wall, las mejores de Pink Floyd. Y es que el bajista, que ya había apuntado en temas anteriores su interés por la crítica social, toma ahora como inspiración la Rebelión en la granja de George Orwell para construir una ácida visión de la Inglaterra de su tiempo, una Inglaterra triste y gris, deprimida, sin esperanza de futuro, con las libertades civiles cada vez más recortadas, con la sombría era Thatcher a sólo dos años vista. Es la misma Inglaterra que veo en parte de la obra de Alan Moore o en la excelente película Hijos de los hombres —en la que hay un nada casual homenaje a Animals—, y esta recreación se consigue no sólo con las alegóricas letras del disco, que es relativamente fácil, sino también, y esto ya es otra cosa, con la música.

Porque escuchar Animals es sumergirse en un universo deprimente y turbio, de guitarras distorsionadas y opresivas, de cielos encapotados. Y a eso me refería cuando aludía al “concepto musical”: Animals no es ni la mitad de experimental que Dark Side… o Wish You Were Here, es cierto. No inventa nada. Sin embargo, con una música más directa y menos compleja consigue perfectamente lo que quiere y lo que necesita el disco. Por eso me parece redondo y por eso es el disco de la banda que más escucho. Puede que esto sea el motivo de que Waters dejara un tanto de lado las atmósferas espaciales y los sintetizadores y se centrara más en crear un ambiente distinto, basado sobre todo en las guitarras de un Gilmour en estado de gracia, que sin dejar de sonar como él mismo, tiene un punto de agresividad casi heavy perfecto para Animals. Y cuando aparecen los teclados y sintetizadores hay una diferencia radical con trabajos anteriores del grupo: mientras que en Echoes o Dark Side… evocaban ambientes futuristas, de trasbordador espacial, lo que sugieren aquí es la suciedad y desesperanza de un barrio obrero, las fábricas, los solares vacíos.

Animals empieza y acaba con dos temas prácticamente idénticos, Pigs on the Wing 1 y 2 dos breves canciones acústicas. En medio quedan los tres temas largos, cada uno de ellos haciendo alusión en su título a una de las tres clases sociales de las que habla Waters. Dogs es un tema desgarrador y deprimente —ese momento en el que se oyen perros ladrando y aullando—, quizás mi favorito junto con Echoes. Tiene además la que bien puede ser la guitarra más acojonante de David Gilmour, en una sección de un minuto largo espectacular, del 5:32 al 6:46. Pero es que Pigs no le anda a la zaga, precisamente. Manteniendo el tono, desarrolla una letra más crítica aún, y las guitarras son algo más duras que en Dogs —y más distorsionadas: impagable cuando imitan los gruñidos de cerdos—, especialmente al final. Me resulta muy interesante cómo el tema, que dura unos diez minutos, se construye sobre no más de tres bases rítmicas repetitivas, sin demasiadas variaciones, que crean una sensación de agobio y alienación que le va como anillo al dedo. Sheep, el último de los tres temas centrales, es posiblemente inferior a los dos que lo preceden, pero aún así es notable, especialmente el teclado del principio. Puede saber a poco tras Dogs y Pigs, pero en realidad sigue coherentemente la línea de todo el álbum.

Ya digo, un disco redondo que, aunque entiendo que esté en un segundo plano en la discografía de Pink Floyd, hay que reivindicar por diferente, tanto en su sonido, tan alejado de la producción de los anteriores y a la vez totalmente reconocible, como en su concepto. No deja de ser paradójico encontrar una reflexión tan certera —las ovejas que representaban a los obreros son tan culpables de la situación como cerdos y perros para Waters— en un disco de rock progresivo, al que el punk emergente de los setenta acusaba de dar la espalda a los problemas sociales, cuando no de ser directamente de derechas, frente a ellos, rebeldes y contestatarios. No era así, claro. La diferencia es otra: si al punk le quitas el mensaje, lo que queda es ruido; si se lo quitamos a Animals, lo que queda sigue siendo una obra maestra.

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