Incantations, de Mike Oldfield.

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En 1978 aparece el cuarto álbum de estudio de Mike Oldfield: Incantations. Venía precedido de tres años de silencio desde Ommadawn, tres años en los que Oldfield, siempre inestable, había cedido al fin a la presión. No aguantaba la fama, no soportaba las críticas de una prensa “especializada” que no entendía su música —ni la de muchos otros—, y se encerró aún más en sí mismo. Necesitaba ayuda, pero Oldfield no confiaba en los psiquiatras. Su madre había muerto en 1974, y en sus últimos años había tenido problemas mentales que los médicos no supieron tratar más allá de atiborrarla de pastillas, así que el joven Oldfield acabó interesándose por una terapia alternativa, la Exégesis, una especie de comuna hippy niujera de la que Oldfield salió renacido, aparentemente curado de su misantropía y con una confiaza en sí mismo que era nueva para él, hasta el punto de que, al año siguiente, saldría de gira, algo a lo que se había negado durante años.

El resultado de este nuevo yo fue un doble LP, más de una hora, con una música fruto del nuevo estado de ánimo de un Oldfield pletórico y soberbio, que se sabía el mejor. Hace años yo pensaba que a Incantations le sobraban algunos minutos para ser perfecto, pero estaba equivocado: debe ser así, excesivo, arrogante, extraño, hermético incluso. Es su naturaleza, que lo hace el disco de más difícil escucha de Oldfield, el que más tarda en entrar junto con Amarok, probablemente. Y en gran medida, es debido a que se basa en la repetición, en el interés —o a veces obsesión— que tenía él desde que tocaba con Kevin Ayers de la música entendida como un ciclo, como algo que fluye y se repite en bucles hasta el infinito, una y otra vez, como sucede en la naturaleza. Esta idea, que se encuentra en una de las influencias más tempranas de Oldfield, Sibelius, y que el músico minimalista Philip Glass lleva a sus últimas consecuencias en esa obra excelente que todos los que piensan que Oldfield es raro deberían escuchar, Einstein on the beach, es la que actúa de motor de Incantations. A pesar de esto, el disco es a nivel compositivo el más complejo de toda su discografía. Cuadrar todas esas secuencias, los bucles de percusión y teclados, las melodías en las que la última nota es la primera, que pueden repetirse hasta el infinito, que no nos importaría de hecho que se repitieran hasta el infinito, es algo tremendamente complicado, mucho más de lo que pueda parecer. Ya habíamos visto algo de esto en partes de sus tres anteriores trabajos, pero es aquí cuando se encuentra con la fuerza y la inspiración adecuadas para ir un paso más allá, sin importarle ni público ni crítica. Y con ello crea una atmósfera en la que sí, es cierto, puede costar entrar si se viene desde fórmulas musicales más simples, pero que una vez dentro atrapa al oyente y lo conduce por pasajes que ponen la piel de gallina, que tienen la fuerza de la música tribal, también eminentemente repetitiva, y la épica del mejor Oldfield.

En Incantations introduce nuevos instrumentos y da mayor protagonismo a otros ya utilizados pero de forma puntual. Ya desde el principio de la parte uno asistimos a un pulso entre las maravillosas flautas traveseras de Sebastian Bell y el propio hermano de Oldfield, Terry —excepcional intérprete pero mediocre como compositor de música new age para dormir a las ovejas— y la sección de cuerda dirigida por el gran David Bedford. Es un torrente de energía y fuerza que apabulla por todo lo que pone en juego a la vez, todas las melodías, los distintos ritmos que se pueden ir encontrando si escuchamos atentamente. Si te dejas llevar ahí, si conectas entonces con la propuesta de Oldfield, entonces se escuchan las cuatro partes del tirón, embobado, maravillado por el increíble poder hipnótico de la música del álbum, y hasta llega a parecer corto. Teclados y secuenciadores juegan un importante papel en Incantations, y sus bucles son el armazón de muchas secciones. Oldfield jugó muchísimo con ellos, hasta el punto de increíble genialidad de componer una melodía que puede programarse al derecho y al revés. La percusión espectacular del grupo africano Jabula, que ya había aparecido en Ommadawn, y los vibráfonos de Pierre Moerlen son elementos sin los cuales Incantations sería algo totalmente distinto. Hasta tal punto llega el protagonismo de todos estos instrumentos, que de hecho la guitarra eléctrica de Oldfield no aparece en muchas secciones, y otras es un elemento secundario que acompaña a otros. A pesar de ello, las espectaculares guitarras que mete en la parte tres y en la cuatro compensan con creces esa ausencia, que por otra parte no se nota demasiado ni puede servir para ponerle un pero al disco: simplemente, cada cosa se utiliza donde debe hacerse. No quiero olvidarme de la grandiosa voz de Maddy Prior, vocalista del grupo de folk/rock Steeleye Span, que aquí, en dos de los más bellos fragmentos vocales de toda la discografía de Oldfield, adopta un registro muy particular, que les da un aire solemne, pagano, totalmente mágico. Era la primera vez, con la excepción de On Horseback, que introducía letra en sus temas, y para Incantations eligió dos poemas, el Himno a Diana de Ben Jonson y La canción de Hiawatha de Longfellow, que son recitados más que cantados por la vaporosa voz de Prior, sobre bases que se repiten incesantemente, el mejor ejemplo y resumen de la idea de todo el disco, con los tambores y el vibráfono como conductores de la voz solista en el caso de Hiawatha, que aparece al final de la parte dos. Concretamente, el Himno a Diana, que pone punto y final al disco, es tremendamente evocador. Viene además precedido por un clímax que pone los pelos de punta y que, si estás haciendo una audición activa, te estremece y te deja en un estado de ánimo completamente alterado —uno de los placeres de este mundo es escuchar ese clímax con el volumen al máximo y los bajos a tope—, ideal para caer bruscamente en la deliciosa melodía de piano y guitarra y dejarse llevar hacia el final de Incantations.

Tras este artículo es innecesario decir que Incantations es uno de mis discos favoritos. Quizás es el que más escucho de Mike Oldfield, al menos de un tiempo a esta parte. Es un álbum especial por muchos motivos. Por los músicos que participaron, excelentes y cruciales para entender el resultado final —Bedford, por ejemplo, compartía la obsesión por el minimalismo con Oldfield y a buen seguro Incantations le debe mucho a la relación de amistad entre ambos—, por el hecho de ser el único disco doble de su carrera, por dar pie a su primera gira, y sobre todo por ser el fin de una época, la mejor, la de las obras instrumentales épicas, la de lo que los aficionados llaman las cuatro opus. Tras Incantations la música de Oldfield nunca volverá a ser lo mismo, aunque aún resten muchos, muchísimos, grandes momentos y grandes temas.

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