De nazis y esquijamas.

Ya ni me cabrea ni asombra el éxito comercial de libros como este El niño con el pijama de rayas, penúltimo pelotazo editorial con película incluida, que recauda un quintal y nadie recordará en cinco años o menos. Pero hay un motivo, ya se verá cuál más adelante, por el que me apetece hablar de él, aunque sea a destiempo —porque los cinco minutos de gloria de novela y autor pasaron hace tiempo—. Los fans del libro, por cierto, pueden empezar a lapidarme ya: no lo he leído. Gracias a Eragon sólo lo he hojeado por encima, y para lo que voy a decir, no hace falta más.

El niño… es una mala novela, digámoslo claro. Sé que el tema del holocausto es uno de los que tiene patente de corso en literatura y cine, pero no me vale. Ejemplos mejores de acercamientos al tema hay varios —tampoco voy a decir que muchos, pero sí los suficientes—, pero aunque no los hubiera, mostrar “la barbarie nazi” no puede ser nunca un valor literario per se, y muchos menos si como aquí, de barbarie más bien hay poco. Todo está dulcificado en exceso, y no me sirve la excusa de que es un libro infantil si lo que se dice pretender es concienciar al lector, y menos cuando se vende, o se intenta vender, como un libro que pueden leer los niños pero es para adultos —o al revés, qué más da—. Todo rezuma moralina de la más barata, y nada funciona. Por ejemplo, no funciona, de pura tontería que es, la maniobra publicitaria ejecutada en la contraportada y repetida por el boca a boca de “no te decimos de qué va el libro, que es mucho mejor descubrirlo poco a poco”: por dios, miren el título, miren las rayas de la portada. ¿De verdad no saben de qué trata?

El narrador omnisciente pero que narra las cosas desde el punto de vista infantil no funciona tampoco. Para empezar porque el niño de nueve años es demasiado ingenuo para su edad unas veces, y otras el narrador argumenta con demasiada complejidad, porque, en realidad, el autor usa al niño de excusa para soltar su discurso moral, y en todo momento suena de forma falsa y como un adulto intentando, sin conseguirlo, razonar como cree que razona un niño. Éste es el motivo por el cual El Principito está a años luz de esta novela —y la comparación viene al caso porque el aparato publicitario de El niño… la ha usado sin rubor alguno—: escribir una voz infantil es algo muy jodido. Hay que ser tremendamente bueno para hacerlo bien, y me temo que el autor, un señor llamado John Boyne, no llega al nivel necesario. Ayuda, supongo, el hecho de que escribiera la novela en un par de días, pero de todos modos, en realidad no tiene mucho sentido que me cebe en esto. Es pedirle peras al olmo. Pero sí, me jode que la simpleza de un texto, su puerilidad argumental, se justifiquen con la etiqueta de “literatura infantil”. Oigan, no, que no es eso. Un libro infantil puede y debe ofrecer más de lo que da El niño…, que no pasa de ser un cuento moral obvio y ñoño del principio al final.

Cuento excesivamente alargado, además. Echando un vistazo por encima se da uno cuenta de que hay demasiadas peripecias anecdóticas que no aportan nada, y que la excusa para la reflexión final, de parvulario —que todos somos iguales— no precisaba de tantas páginas para funcionar, si se hubiera hecho bien. Todo puede resumirse en que el hijo de un nazi se hace amigo de un niño judío en Auschwitz, el padre es muy malo, y al final su hijo cruza el agujero que hay en la alambrada y muere en una cámara de gas, y así el padre comprende que ha sido muy malo y vive atormentado hasta que llegan los buenos y, suponemos, lo condenan a pena de muerte. Para esto no hacen falta doscientas páginas, ni siquiera con el tamaño de letra de éstas. Toda la paja de El niño… lo único que aporta son diálogos de besugos en los que el autor queda en evidencia, personajes planos y poco creíbles, y un estilo literario que, en fin… Yo es que a estas alturas de la vida si leo en un libro actual “ojos anegados de lágrimas” suelto la carcajada, no puedo evitarlo. Igual me pasa con tanto “repuso”, “musitó” y otros verbos de habla que los malos escritores usan como sinónimos de “decir” cuando no procede. Por no hablar de la cursilería de la que hace gala durante toda la novela, buscando siempre la lágrima fácil y tramposa, en el final, por ejemplo, totalmente fallido. Cuánto más efectivo y conmovedor es el final de La vida es bella, cuando el niño grita “¡hemos ganado, hemos ganado!”.

Argumentalmente, por otro lado, se nota demasiado que el tal Boyne fuerza en exceso las cosas y falsea la historia más allá de la licencia para conseguir lo que quiere. Es demasiado tramposo. Para empezar, como decía antes, los niños no son creíbles. Pero nada. Alguien debería encerrar a este señor con un par de niños de nueve años para que se dé cuenta de que no son gilipollas. El niño nazi no se da cuenta absolutamente de nada. No sabe qué pasa. Pero es que el otro no le va a la zaga. ¿Un niño de nueve años no sabe que está preso, que matan a la gente a su alrededor, que se está quedando en los huesos porque no come? Venga ya. Además, Boyne demuestra que el concepto de documentación como que no lo acaba de comprender. Un niño de esa edad en la Alemania nazi sabía perfectamente quién era Hitler. A esas alturas les salía el nacionalsocialismo por las orejas, porque precisamente una de las bases del mismo era la educación de los jóvenes en su ideales desde muy pequeños. De la misma forma se les enseñaba quiénes eran los judíos y por qué debían despreciarlos, y por qué debían estar confinados en campos de concentración. El niño nazi de esta historia ni siquiera sabe quién es Hitler. De coña. Que sí, que si Boyne tiene eso en cuenta se le jode el rollo, tan bonito, de la inocencia infantil, de que los niños no entienden de razas ni de política y todo eso. Pero que no, que no se pueden hacer así las cosas. Tal vez si los niños tuvieran cuatro años no sería tan inverosímil, pero eso limitaría las posibilidades de usarlos como vehículo de la enseñanza moral, de ahí que los hiciera más mayores. Demasiado. Joder, que durante todo el tiempo que están hablando los dos niños hay un agujero en la alambrada, ¡y el niño judío no se lo dice a nadie! Es absurdo.

Y si el libro no funciona a ese nivel, tampoco lo hace en el que hay por debajo, y que de puro obvio da pudor. Es evidente, simplemente leyendo algunos de los pensamientos del niño alemán, que el autor pretende que éste sea una metáfora de todos los alemanes. Y por ahí sí que no paso. Qué fácil, qué tranquilizador, pensar que los nazis eran monstruos y Hitler un loco. Pues no. Los nazis eran HOMBRES, y conviene recordarlo, hombres como nosotros los responsables de todo aquello. Y los alemanes lo sabían, evidentemente. Y callaron. Por miedo a veces, sí, pero también por estar de acuerdo. El antisemitismo iba en el programa del partido cuando ganó las elecciones del 33. Los campos estaban siempre situados cerca de pueblos, por motivos de abastecimiento, y los alemanes, digan lo que digan después, veían llegar los camiones y los trenes. Veían las columnas de humo subir desde los hornos. Olían la carne quemada. Es muy tentador considerar el holocausto como una pesadilla culpa de unos tipos que engañaron al pueblo alemán. Muy adecuado para limpiar conciencias. Fueron los nazis, los nazis nada más. Y un niño que lea esta novela —o un adulto que ignore el tema— es esto lo que va a pensar, al ver a ese oficial nazi malvado, cuya mujer no sabe en qué consiste su trabajo, que no le dice a su hijo que mata judíos, cuando eso, evidentemente, era un orgullo, no una vergüenza. Es más, si el libro fuera fiel a la realidad, probablemente el niño alemán se habría entretenido torturando judíos con su padre, como de hecho pasaba. ¿Perturbador? Mala suerte. Es la verdad. Los alemanes fueron cómplices silenciosos de todo aquello, y por duro que sea, la higiene histórica exige que no se falseen los hechos para acomodarlos a lo moralmente soportable desde el punto de vista actual. Las obras que caen en esta visión del holocausto son tan peligrosas como el negacionismo. O más, porque mientras que éste es un disparate que sólo creen cuatro imbéciles, aquél parece plausible. Y el éxito de El niño… me hace pensar que ha tenido cierta aceptación, y eso es preocupante, porque igual que pienso que los judíos no tienen derecho a explotar el sentimiento de culpa de occidente, Boyne no puede ser tan condescendiente ni abordar el holocausto con tanta ligereza. Se debe ser siempre crítico, poner el dedo en la llaga, y que cada palo aguante su vela, pese a quien pese. Lo demás puede ser —puaj— políticamente correcto, pero, sencillamente, no es justo.

Igualmente críticos debemos ser con lo que leemos. Ni libro infantil ni leches. El niño con el pijama de rayas es mala literatura. Es sensiblero, tramposo, inverosímil y aburrido, y el autor no consigue lo que quiere —bueno, sí: llenarse el bolsillo—. Por enésima vez, recomiendo al que quiera una historia veraz, incómoda y apasionante sobre los campos, que lea Maus. Y con esto lo dejo, porque la verdad es que estoy acabando por sentirme algo culpable criticando El niño… Es como pegar al niño más débil del recreo. Tan fácil…

Anuncios

3 thoughts on “De nazis y esquijamas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s