La montaña mágica, de Jiro Taniguchi.

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Jiro Taniguchi es el único autor japonés al que sigo casi incondicionalmente. Como dibujante hace gala de un estilo propio y un gusto por el detalle que combina a la perfección con la sencillez narrativa y una claridad de la que deberían aprender muchos de sus colegas mangakas. La reconocida influencia europea en su trabajo posiblemente le haya permitido desprenderse de la mayoría de los tics del manga comercial que con frecuencia lastran los tebeos de muchos autores —como también pasa en el cómic americano de superhéroes, cuidado—. Y como argumentista y/o guionista es donde Taniguchi me tiene ganado para la causa, porque en gran medida sus obsesiones como autor son las mías como lector: relación del hombre con la naturaleza, el mundo animal, la nostalgia, el conflicto intergeneracional de padres e hijos. Tanto en sus historias menos personales, normalmente en colaboración —como esa maravilla de serie que es Seton, el naturalista viajero— como en las que sí lo son, Taniguchi demuestra que tiene algo especial, una sensibilidad y un talento únicos para tratar situaciones intimistas sin caer en el melodrama, cosa que no es nada fácil. Conmueve y llega al lector, sí, pero no lo hace por ser ñoño o cursi, sino por ser realmente duro. Algunas de sus historias duelen, tanto que muchas sólo las he leído una vez. Y cuando no llega a ser duro, como mínimo es incómodo. Nunca deja indiferente, siempre incita a la reflexión, siempre recalca la importancia de las pequeñas cosas del día a día tanto como la de las grandes. A veces encontramos una honda melancolía que aqueja a sus personajes, casi siempre alter ego de sí mismo o un aspecto de sí mismo, hombres silenciosos y tranquilos, muchas veces fuera de época, fascinados por un mundo que no es el que les ha tocado vivir. Es frecuente que los personajes de Taniguchi abandonen todo para seguir un sueño, una obsesión: el hechizo de la montaña, de la vida en el campo, la persecución febril de un animal mítico… Siempre la naturaleza o el pasado como motor de la historia.

Su última obra, publicada impecablemente por Ponent Mon, La montaña mágica, abunda en todo esto y además añade un toque fantástico que pocas veces ha aparecido en sus tebeos, pero, lamentablemente, queda muy lejos de las mejores obras de Taniguchi. Veamos por qué.

Uno de los problemas que tiene es la extensión. Taniguchi ha demostrado sobradamente que se mueve bien tanto en el relato corto, por ejemplo los que se encuentran en sus antologías El olmo del Caúcaso y Tierra de sueños —con una de las historias que más me ha costado terminar de leer en mi vida: Tener un perro—, como los largos, El almanaque de mi padre o Barrio lejano, quizás sus dos mejores cómics. Sin embargo, el intento, no sé si por su parte o impuesto por la editorial, de acercarse en formato al álbum francés, obtiene como resultado una historia que no es ni corta ni larga, y que se queda por tanto en una tierra de nadie que no beneficia en nada al ritmo de la historia. Por intención, La montaña mágica pide más páginas. Las setenta y dos que tiene se le quedan muy cortas a Taniguchi, a pesar de que se nota su esfuerzo por sintetizar. La sensación que se tiene cuando se termina de leer es que es un cómic descompensado, en el que el nudo es demasiado breve, como si faltaran peripecias, y el desenlace es precipitado. Quizás por todo eso también se echa en falta que los hermanos protagonistas pasen por algún peligro, por alguna prueba, ya que no deja de ser una historia de rito de paso, de transición. Pero todo transcurre con demasiada facilidad, sin incidentes, sin sobresaltos, sin emoción.

Al margen de éste, hay otro problema que no es precisamente pequeño. Involuntariamente o no —yo creo que no, pero es eso, una opinión—, la premisa inicial del álbum es la misma que la de Mi vecino Totoro, de Hayao Miyazaki. Y aunque después la trama diverge bastante de la de esta película, es inevitable leer el tebeo recordándola y comparando ambas historias. Y por mucho que me guste Taniguchi, hablar del maestro Miyazaki son palabras muy mayores. Y nadie resistiría una comparación con él, y menos jugando en su campo, y por eso es un error entrar en él.

Pese a todo, La montaña mágica tiene cierto interés para los incondicionales del autor. Su marca de fábrica está ahí: el lirismo, la sensación de maravilla ante la naturaleza, su dibujo preciso —acompañado además por el color de Walter, con buenos resultados, a pesar de que se hace raro ver a Taniguchi en color—, el melancólico final. Quizás la clave está en que es un Taniguchi light, como para todos los públicos, haciendo una obra menor dentro de su producción. No pasa nada, todos los autores tienen obras mayores y menores; el problema aquí es que La montaña mágica es una obra menor con pretensiones de ser mayor. Y por eso decepciona.

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