Secret Wars, de Jim Shooter, Mike Zeck y otros.

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Hoy voy a hablar de un cómic que hizo historia, que marcó un antes y un después en la industria americana, y que creo que merece una reflexión libre de nostalgia y fetichismo, una valoración real de su calidad. Secret Wars fue un tebeo importantísimo para Marvel, y por extensión para todo el cómic de superhéroes. Fue una maxiserie de doce números publicada en 1984 y 1985, en la que la editorial reunió a sus personajes más importantes del momento: los Vengadores, los Cuatro Fantásticos, Hulk, por supuesto la Patrulla-X y Spiderman… Aunque no fue el primer cross-over —ya había habido varios, si no recuerdo mal el primero fue en los 60, entre los Vengadores y los Defensores—, fue el primer megaevento editorial, el que creó las pautas para todos los que vendrían después. Esto, naturalmente, no tiene nada que ver con la calidad del cómic.

Decir que son tebeos muy malos es quedarse corto. Desde la misma concepción de la serie, todo apuntaba a que sería una auténtica chapuza. La idea se le ocurrió al editor de entonces, Jim Shooter, y, agárrense, el objetivo principal de la serie era forrarse vendiendo muñecos de acción que iba a comercializar Mattel. Para ello se lanzó de forma precipitada a editar una serie donde los pesos pesados de Marvel se darían de hostias con los villanos más importantes. ¿El argumento? Hombre, eso ya se iría viendo sobre la marcha, tampoco estaban para pensar mucho, que había prisa. Shooter mismo se encargó del guión de Secret Wars. Digo guión por decir algo, porque en realidad no es más que una sucesión de peleas sin sentido e idas de olla a cual más demencial, por no hablar de los diálogos, tan tontos que habrían hecho sonrojarse al Stan Lee más grandilocuente. Y eso que Shooter tenía cierta experiencia guionizando: sus primeros guiones los firmó con sólo trece años, aunque paradójicamente eran más maduros que éstos. Para el dibujo, necesitaba a un autor rápido, y quizás por eso no pudo contar con alguno de los que por entonces podían considerarse los dibujantes estrellas de la casa, John Byrne y un John Romita Jr. que ya apuntaba alto, y se conformó con Mike Zeck, autor que después demostraría que es mejor de lo que parece aquí, pero que, agobiado por las fechas de entrega, realiza un trabajo esquemático que en algunos momentos llega a extremos absurdos, con muñecos de palotes que hay que adivinar qué personaje son. Ni aún así pudo Zeck llegar a tiempo siempre, y un par de números tuvieron que ser dibujados por Bob Layton, típico profesional cumplidor de la época, pero poco más. El último número además tuvo un par de negros no acreditados, entre los que estaba Art Adams, y en otros se sabe que John Romita, entonces director artístico de Marvel, tuvo que adecentar mínimamente los desastrosos lápices de Mike Zeck.

Con estos mimbres Shooter saca adelante doce números delirantes, que ya desde el principio no tienen ningún sentido. La historia empieza cuando un misterioso personaje sacado de la manga, Beyonder —literalmente “el que viene de más allá”, en España traducido imaginativamente como el Todopoderoso—, que secuestra a un puñado de héroes y villanos terrestres para que se den de hostias. Porque sí, sin más historias. Como necesita un escenario para el reparto de galletas, previamente crea un planeta usando una galaxia entera. En serio, no es coña: Beyonder destruye una galaxia para crear un único planeta. Por increíble que parezca, tras este genial inicio la cosa, lejos de decaer, se convierte en una colección de salidas de tiesto y situaciones tan fuera de madre que, por lo menos, hacen reír. La Patrulla-X apalizada por Spiderman, la Patrulla-X apalizada por ¡la Avispa!, Magneto creando un peine para la Avispa, la Avispa diciendo tras estrellarse en una nave “¡Oh, no! ¡Me rompí una uña!” —sí, la Avispa es el personaje clave de la serie—, Hulk soportando sobre los hombros una montaña de, textualmente, “billón y medio de toneladas”, con el resto de los héroes metiéndose con él para que se cabree y se haga más fuerte, Lobezno soltando una macarrada cada vez que abre la boca —y da igual lo que le hayan dicho, él amenaza con rajarte hasta si le pides la hora—, los villanos peleándose entre ellos más que con sus enemigos… Y la que es sin duda una de las imágenes más psicotrópicas de toda la historia del tebeo: Ojo de Halcón y la Cosa jugando con Klaw y el Lagarto… a palmas palmitas. ¿No se lo creen? Pues tengo pruebas:

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Y nada más empezar el primer número, una muestra del “sutil” tratamiento de personajes del amigo Shooter que quedó para la historia. El guionista necesita dejar claro al lector desde el principio que Hulk es inteligente. ¿Cómo solucionar esta papeleta de forma rápida y sin frenar el vertiginoso ritmo de la narración? Muy fácil: según aparecen los héroes en una nave Reed Richards suelta lo siguiente: “Ese ingenio causó una disociación subatómica, reduciéndonos a protomateria, almacenándola y teleportándola aquí, a unas coordinadas preestablecidas en el espacio, donde fuimos reconstruidos en un sistema regenerador de vida”. Toma ya. Ante semejante muestra de capacidad de deducción, Hulk responde con un “¡Era obvio, Richards!”. Con dos cojones. Pero es que poco después, mientras todos intentan averiguar qué está pasando, la Avispa hace la primera de su espectacular serie de intervenciones: “Sugiero que primero hagamos algo más fácil. Por ejemplo, un recuento”. Y van todos y se presentan mirando a cámara, aunque se conocen de antes. Acojonante la sutileza de Shooter.

A pesar de todo esto, Shooter estaba decidido a que la maxiserie fuera algo más que una maniobra comercial, y programó consecuencias para varios de los personajes. El problema es que estaba todo tan mal planificado que carecía de sentido. Atención a la jugada: un mes veíamos a todos los héroes desaparecer por un portal dimensional en Central Park en sus propias colecciones, y al siguiente estaban de vuelta, quedando reventadas así TODAS las sorpresas de la serie limitada… ¡antes de que saliera a la venta el segundo número! El chaval que leía Secret Wars ya sabía por tanto que Spiderman cambiaría de traje por primera vez en su historia, que la Cosa se quedaría en el planeta del Beyonder y sería reemplazado por Hulka en los Cuatro Fantásticos, que Coloso le pondría los cuernos a la pobre Kitty Pryde, que se quedó en casa, o que el profesor Xavier volvería a andar. Por no hablar de todas las muertes de mentira que hay durante la serie, que son absurdas por haber visto a los personajes volver sanos y salvos, y sobre todo, el momento en el que, en pleno desfase final, parece que el Doctor Muerte, con los poderes del Beyonder, se carga de un plumazo a todos los héroes, y encima tiene Shooter los huevos de hacerlo al final del número once y dejar la intriga del qué pasará, mientras que los personajes llevaban de vuelta en sus series desde hace diez meses.

Es evidente que Jim Shooter no pretendía hacer una obra maestra. Lo que quería era hacer un tebeo que vendiera como churros. Y eso lo consiguió. Batió récords de ventas en su época, y aunque el tiempo lo ha tratado muy mal, aún venden algo las reediciones. Tampoco nos engañemos: ya en la época era una mierda. Ni siquiera pensando que se quería hacer un producto atractivo para los críos que eran los potenciales compradores de los muñecos de Mattel, se puede justificar semejante embrollo sin pies ni cabeza, de personajes yendo de un lado para otro y manteniendo conversaciones delirantes entre ellos. Y esto precisamente en la década en la que los superhéroes se estaban haciendo adultos, o tan adulto como puede ser un superhéroe. Las Secret Wars fueron un anacronismo, una chorrada infantiloide hecha de cualquier manera que no venía a cuento en una Marvel que por entonces tenía o iba a tener en breve a John Byrne en Los Cuatro Fantásticos y Alpha Flight, a Chris Claremont en La Patrulla-X, a Roger Stern en Amazing Spider-man, a Frank Miller en Daredevil. Se estaba llevando a los superhéroes un pasito más allá, no sólo en madurez sino en calidad. Lo que sí que caló fue la idea de juntar cada equis tiempo a todos los personajes de la casa para el pertinente reparto de hostias. Pronto salieron las Secret Wars II, con números de todas las colecciones implicados en el evento, algo que se convertiría en costumbre casi anual. De estos cross-overs los hay malísimos y los hay decentes, pero en todo caso evidencian la tremenda influencia de Secret Wars —más importante aún si tenemos en cuenta que traspasó las fronteras de Marvel y fue imitada por el resto de editoriales—, pese a que, ya se ha visto, era malísima.

Y para cerrar el artículo, les regalo una última joya. La frase de portada más épica que he leído en mi vida, la del número ocho: “Y en medio del caos llega… ¡un traje!”. Los pelos como escarpias, oigan.

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