Platinum, de Mike Oldfield.

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Platinum (1979) fue el primer trabajo de Mike Oldfield en el que éste cambiaba de forma sustancial de estilo y estructura. Fue también el primer álbum que Oldfield concibió conscientemente como un trabajo menor, dicho esto sin ningún ánimo peyorativo: todo artista —músico o no— tiene obras mayores y obras menores, y no tiene nada de malo, siempre que esas obras menores ofrezcan un mínimo de calidad y se sepa bajo qué parámetros hay que analizarla. Porque Platinum por intención y resultados es un disco evidentemente más modesto que los cuatro que lo anteceden en la producción de Oldfield, pero eso no impide que sea el perfecto ejemplo de lo que un disco menor de éste debe ser: un trabajo profesional, con implicación con su parte, reconocible como suyo siempre. Es evidente que no es una obra maestra, pero es que Oldfield no lo pretendía. Y pese a que creo que en el momento de su lanzamiento para muchos seguidores fue una decepción, es un álbum que ha envejecido relativamente bien, y que, comparándolo con ciertos trabajos de los últimos tiempos, gana muchos enteros.

Los motivos de este cambio son varios. Primero, la propia época. El mercado de la música asistía al ocaso de las grandes obras del rock progresivo, de esos temas largos y experimentales con los que bandas como Pink Floyd o Emerson, Lake and Palmer llenaban sus discos, y otros géneros musicales empezaban a copar las listas de ventas: es la época de la irrupción del punk, por ejemplo, estilo del que Oldfield abominaba. Hasta entonces, las excelentes ventas de sus discos habían legitimado sus ideas musicales y servido de escudo frente a la insistencia de Richard Branson, que desde el principio de la carrera de Oldfield había intentado que su música fuera más comercial, que llevara letras, canciones cortas más poperas, más radiables. Pero ya Ommadawn, pese a ser enorme, no vendió tan bien como los dos álbumes anteriores. E Incantations vendió menos todavía. Quizás en otro momento de su vida Oldfield habría luchado con más fuerza por defender su modelo, pero en aquella época, tras la Exégesis, era radicalmente distinto a como era unos años antes. Este Oldfield aceptaba con gusto la fama, y con Platinum buscó deliberadamente llegar a un público más amplio, a una nueva juventud a la que nada decía el rock sinfónico. De la misma manera, buscaba el asalto al mercado americano, que siempre se le había resistido —y se le resiste aún: nunca consiguió del todo su objetivo más allá de éxitos moderados y puntuales—, y para ello se trasladó a EE UU para grabar allí gran parte de la música. Por último, Oldfield quiso componer música que pudiera llevarse más fácilmente al directo, con menos músicos, dado que la gira de ese mismo año, si bien fue excelente, supuso una pérdida brutal de dinero, debido a la gran cantidad de personal y equipo que era necesaria para interpretar Tubular Bells e Incantations de forma digna.

Por todo esto, es lógico encontrarnos en Platinum una música mucho menos compleja que la que había compuesto hasta ahora. Tras una de las portadas más bonitas de su discografía, encontramos una colección de temas que, si bien es irregular, no puede decirse que sea mala. Al contrario, esto es lo mínimo que puede exigírsele a alguien con el talento de Oldfield. La suite instrumental en cuatro partes, Platinum, es lo mejor del álbum. En ella Oldfield simplifica su estilo sensiblemente, reduciendo la exploración de las melodías e incorporando sonidos de la música disco y percusiones más contundentes, que se unen a los sintetizadores y guitarras de discos anteriores. Incluye una versión del minimalista Philip Glass —que tanto le influyó en trabajos como Incantations—, North Star, que contiene el mejor solo de guitarra del disco. Es una música, como decía, mucho más sencilla, más marchosa e incluso alegre que la que podemos encontrar en las cuatro opus. Ya no es fruto de la depresión y la angustia, es una música optimista, abierta a los demás, con la que Oldfield huye del hermetismo e intenta dar una imagen más sociable, concediendo entrevistas y dando muchos más conciertos, donde, por cierto, Platinum me gusta más que en la versión de estudio.

El resto del disco, los temas que completan la cara B, me parecen inferiores. Woodhenge es una pieza instrumental de carácter ambiental que pasa desapercibida, Into Wonderland —listada erróneamente como Sally, tema que Branson sacó del disco porque no le gustaba— es una canción normalita que más allá de la voz de Wendy Roberts y el jugueteo de sintetizador no ofrece mucho, Punkadiddle es una parodia del punk que aunque me deja frío en el disco, en directo se presta a improvisaciones y cambios apoteósicos.

Poco más que comentar, salvo destacar la extraordinaria producción, que consigue un sonido genial, y la excelente selección de músicos con la que se rodeó Oldfield, más que nunca, entre los que destacan los provenientes de la banda Gong —el genial Pierre Moerlen, Nico Ramsden, Peter Lemer, Hansford Rowe— y Morris Pert.

En definitiva, un buen disco, aunque muy lejos de la excelencia de los anteriores, que marca el inicio de una nueva época para Oldfield que, si bien en general es inferior, ofrecerá cosas muy notables. Ya las iremos viendo aquí.

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