Héroes, ahora sí.

Pues al final, y contra todo pronóstico, o contra mi pronóstico al menos, Héroes remonta el vuelo en su cuarta temporada. Lo ha hecho después de vagar sin rumbo durante dos, y lo ha hecho principalmente porque alguien ahí dentro ha sabido coger el toro por los cuernos y dar un paso adelante. Se han obviado en la medida de lo posible todas las tramas e incluso los personajes nuevos de las temporadas dos y tres, hasta el punto de que es perfectamente posible ver ésta habiendo visto sólo la primera, a poco que se haga un resumencillo de media hora para explicar que Ando y Mohinder ahora tienen poderes y que Nicky ya no es Nicky, sino su hermanita largo tiempo perdida. Y al fin han dejado de repetir una y otra vez el mismo esquema argumental, recuperando aquello que hacía que Héroes destacara: la capacidad de sorprender al espectador. De nuevo sabemos que puede pasar cualquier cosa. Y aunque no sea ya lo mismo, porque quien da primero siempre da dos veces y la primera temporada es difícilmente superable, estos tres episodios que llevo vistos han conseguido recordarme por qué me gustaba esta serie y por qué fui capaz de tragarme siete episodios seguidos un día, y ha conseguido lo más importante para una serie de televisión, que es algo tan sencillo como estar deseando que llegue otra vez el martes para ver el siguiente capítulo y cómo avanza la cosa. Porque sí, la cosa vuelve a avanzar. La serie vuelve a dar la sensación de que los guionistas saben, al menos en líneas generales, qué están haciendo y a dónde quieren llegar. Los giros del guión siguen estando ahí, son fundamentales en Héroes, pero vuelven a ser lógicos. Se han acabado los bandazos sin sentido, los cambios a mitad de camino, los personajes yendo de un lado a otro sin que los guionistas tuvieran ni puta idea de qué hacer con ellos.

Vuelve a haber una dirección, y una idea que sin ser original —en Héroes muy pocas lo han sido, y nunca ha sido un problema— sí supone un cambio en la tónica de las tres temporadas anteriores. La situación de partida, el gobierno persiguiendo a la gente con poderes como a ratas, tiene mucho potencial, con Nathan Petrelli y un cabronazo implacable dispuesto a todo al frente de la operación y un Noah Bennet que, como en sus mejores momentos, tiene la manga llena de ases y juega con sus propias reglas. La escena del primer episodio en la que vemos a todos los protagonistas con el mono naranja y capuchas negras, drogados para que no escapen, es escalofriante, y además lleva implícita cierta crítica, en referencia clara a Guantánamo y las retenciones sin juicio mediante, que si bien es ventajista —con Obama es más fácil que con Bush, me temo—, se agradece, porque recuerda a lo que los buenos tebeos de superhéroes siempre ha tenido de reflejo de su tiempo. Y al conseguir escapar, Mohinder, aparentemente curado de su estupidez galopante, Peter, Parkman, Ando y Hiro deben al fin actuar como un grupo, si quieren escapar del gobierno, y el nuevo statu quo, además de remitir a algunas de las mejores historias de los X-Men —el odio mutante, aquellos Días del futuro pasado—, promete emoción y por lo menos, supone un cambio en muchos de los personajes, que tendrán que ser mucho más expeditivos si quieren seguir libres. Destaca también la genialidad de darle un sidekick a Sylar, algo que a priori podría parecer absurdo pero que está dando muchísimo juego, y ya que ha quedado bien claro que Sylar no morirá mientras el actor que lo interpreta quiera seguir en la serie, se agradece al menos que hagan algo con él más allá de cambiarlo de bando cada diez minutos y mostrar lo sádico que es.

Se nota, me temo, que le hayan dado la patada a Jeph Loeb. Reconozco que como guionista de cómics lo tengo atravesadísimo, pero es innegable que todas las incoherencias argumentales de las dos temporadas anteriores, especialmente de la tercera, que llega a extremos ridículos, llevan su firma. Loeb hace unos tebeos palomiteros que no valen más que para pasar el rato apagando el sentido crítico, y a veces ni eso. Cuando ha querido hacer algo más serio, como El largo Halloween, el resultado es aún peor, por pretencioso. No es el más adecuado, ni lo era tampoco al principio —pero Tim Kring estaba entonces mucho más involucrado en los guiones—, para dar en la dirección correcta la vuelta de tuerca del género que debe ser Héroes.

Sea por lo que sea, la verdad es que he vuelto a disfrutar como un enano con la serie. Han vuelto los diálogos ingeniosos, han vuelto las situaciones que lejos de verse venir dejan con la boca abierta. Hasta han vuelto esos finales de episodio tan cojonudos. No es, como decía al principio, ni de lejos como la primera temporada. Tampoco puede serlo. Planea además siempre la sombra del miedo a que vuelvan a cagarla, a que, en cualquier momento, pierdan el norte. No tiene pinta, la verdad. La sensación que tengo es que saben cuál es el final de esta historia, y teniendo claro el final es difícil ver según qué chorradas. En todo caso, ya se verá qué acaba pasando con Héroes. De momento, a disfrutar lo que hay.

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