The Wrestler.

AVISO: El que tenga la más ligera intención de ver la película que se abstenga de seguir leyendo: la destripo de principio a fin.

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Siempre he sentido una especial atracción por las historias de héroes acabados, por las historias crepusculares que cuentan los finales de personajes que alcanzaron la gloria pero viven el final de sus vidas, sabiendo que su tiempo ha pasado pero aún así conservando algo de su grandeza. A todo esto me olía The Wrestler; intuía que por estética y concepto la película exploraría precisamente eso: la miseria de un ídolo caído. Uno, que cada vez va menos al cine, o no va, directamente, tiende a tener mucho cuidado con las películas que ve. La cosa está cara, y la posibilidad de que sea una mierda es alta. Ni siquiera me vale ya que sea entretenida —adjetivo que muchas veces no deja de ser un eufemismo de “anodina”—: para eso me quedo en casa leyendo tebeos de mutantes, que también son malos pero al menos ya pagué por ellos hace años. Sin embargo, de vez cuando me animo y me arriesgo, y curiosamente lo hago intentando no saber demasiado de la película. Afortunadamente, The Wrestler, o El luchador, ha sido todo lo que esperaba y más.

Es una película cojonuda, buena de verdad. Y me importan muy poco los premios que se ha llevado o los que se pueda llevar. Con Oscar o sin él, la actuación de Rourke se recordará durante mucho tiempo. En realidad, la pregunta que surge es si en realidad es tan difícil hacer buen cine, si lo que hace The Wrestler es tan excepcional o el problema es que los demás son mediocres, porque, con lógicas excepciones, el cine comercial está llegando a niveles patéticos. La historia que cuenta, ahora la vamos a ver, no puede decirse que sea original, pero es el tratamiento de la misma, la visión personal, lo que diferencia obras como ésta de productos sin personalidad hechos con plantilla de los que hacen que las masas abarroten los cines, y lo que hizo que al salir del cine estuviera realmente tocado por lo que acababa de ver.

El director, Darren Aronofsky, que ya demostró en Pi su inteligencia y buen hacer, imprime a la película un toque pseudocumental, de cámara temblorosa que sigue al luchador —muchas veces sólo vemos su espalda, y de hecho tardamos en verle la cara como cosa de cinco minutos cuando empieza la película—, de ambientes sucios y desdibujados, alejados de cualquier glamour, al igual que los personajes de reparto, que parecen, y posiblemente lo sean, sacados de la calle. La clave está, claro, en que no es una película de gran presupuesto —seis millones de dólares, una miseria para los estándares actuales—, y en que al mantenerse en el sector independiente, Aronofsky ha tenido libertad para hacer cosas que en una película mainstream no podría hacer jamás, como sus experimentos con las elipsis en ciertas secuencias o la prácticamante total ausencia de banda sonora, al margen del heavy de los ochenta que escucha el luchador y poco más, lo cual le permite ofrecer escenas espectaculares, donde, en un silencio sepulcral, sólo oímos los quejidos y la respiración fatigada del protagonista, con la cámara fija.

Un sobrecogedor Mickey Rourke interpreta a Randy “The Ram” Thompson, un luchador de lucha libre, eso que los americanos llaman wrestling y que aquí conocimos en los años noventa como Pressing Catch. Ram llegó a lo más alto, fue campeón, ganó dinero, tuvo su merchandising… Veinte años después de aquello, no le queda nada. Vive en la miseria, en un parque de caravanas, trabajando descargando camiones y viviendo aún en el mundo aparte del wrestling, en la fantasía en la que era alguien importante, un ídolo. Lo grande del personaje es que desde fuera es, sencillamente, patético: un niño eterno que se niega a enfrentarse a la realidad, que no se da cuenta de que está acabado e intenta seguir viviendo su sueño. Está anclado en los ochenta, en los año de la gloria, pasa sus días escuchando a los Guns’n’Roses y Accept, lleva su figura de acción decorando la guantera de su furgoneta, y ¡hasta tiene una NES con el videojuego en el que salía! Y sigue, con sus casi sesenta años, enfundándose las mallas para luchar en gimnasios de poca monta, metiéndose de todo para poder mantener el tipo y aguantar además el continuo dolor con el que tiene que convivir tras años de llevarse hostias. Necesita audífono y hasta le tiembla ligeramente una mano, viste como un mendigo pero se gasta el dinero en teñirse de rubio platino y darse baños de rayos uva para agarrarse desesperadamente a su pasado, para no reconocer que está envejeciendo. Es ridículo. Pero Rourke, tremendo, consigue con su actuación que en ese patetismo atisbemos una grandeza real. En sus movimientos en el ring, en sus rituales, en sus cicatrices, se adivina un pasado mítico que hasta los que no somos seguidores del wrestling podemos intuir y entender, desde la brillante secuencia inicial hasta la camaradería entre luchadores y el respeto con el que todos lo tratan, a pesar de que fuera del mundillo nadie lo haga. Por eso, para seguir siendo alguien, Ram se conforma con las migajas. Y hasta eso se acabará pronto, como se ve en la mejor escena de la película, una firma de autógrafos de viejas glorias de la lucha, donde el luchador, que aún firma a un par de fans, comprende al ver a los que son mayores que él que muy pronto nadie lo recordará y caerá en el olvido, destrozado física y mentalmente por la vida que ha llevado.

Tras una pelea especialmente salvaje —los combates están amañados, pero no por ello dejan de salirse de madre—, su cuerpo destrozado no aguanta más y sufre un ataque al corazón. De golpe, Ram tiene que renunciar incluso a esa ilusión que estaba viviendo si no quiere morir. Es la parte más dura de la película. Ram intenta dejar la lucha e integrarse en una vida normal. Intenta recuperar a la hija que abandonó por su carrera, intenta, torpemente, encontrar el amor con una bailarina de striptease que, al igual que él, descubre que pronto será demasiado vieja para su trabajo. Nada le sale bien. Ram se da cuenta de que es un dinosaurio que no puede cambiar, que es incapaz de dejar de luchar porque eso es lo único que sabe hacer y lo único que tiene. Sin la lucha, su vida sí es una mierda. Por eso se niega a ser olvidado y elige morir en un último combate que le deparará la inmortalidad al convertirle el leyenda, y que emula el que le alzó a la cima, contra el mismo rival, de acertadísimo nombre, el Ayatolá. Y en una última secuencia brutal, impecablemente rodada, se desata todo el fatalismo que impregnaba la historia, y entendemos, y ésa es la grandeza de The Wrestler, que en el fracaso también hay épica.

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