QE2, de Mike Oldfield.

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En 1980, un año después de Platinum, apareció QE2. Llamado así por el transatlántico Queen Elizabeth II —cuyos colores del casco recuerda la portada del disco—, es, de nuevo, un excelente álbum menor de Mike Oldfield. Sigue la tónica de su precedesor de ofrecer composiciones más comerciales, más breves, manejables en las radios y en las televisiones mediante actuaciones promocionales o videoclips, y como Platinum, relativamente fácil de llevar al directo. Esto no significa que el estilo de ambos álbumes sea similar. En QE2 se ve una palpable evolución de la música de Oldfield hacia nuevos caminos, cada vez más lejos de sus grandilocuentes composiciones de los setenta, pero con mucha sustancia aún.

QE2 es también un disco plagado de colaboradores, a pesar de que Oldfield sigue reservándose la mayoría de los instrumentos. Además de clásicos como David Bedford, encontramos por primera vez a la vocalista Maggie Reilly, proveniente de la banda Cado Belle, que aquí simplemente hace coros, y el teclista Tim Cross, una auténtica máquina que en los conciertos del 80 y el 81 prácticamente se encargaba del 50% de la música, y que aporta al disco sintetizadores y piano en un tema y la invención de las letras sin sentido que pueden oírse en varios. Como parte del intento de hacer atractivo el álbum a nivel comercial, aparece el célebre Phil Collins, por entonces aún un poco lejos de su máxima popularidad en solitario, pero ya bastante conocido por Genesis.

Parte de ese intento es también la inclusión de dos versiones, una de ABBAArrival— y otra de The ShadowsWonderful Land— que en su momento fueron la mayor apuesta de la discográfica, que grabó videoclips de ambas, pero que el tiempo ha puesto en su sitio como lo más flojo de QE2. Oldfield no pega ni con cola versionando pop, como tampoco pegaba haciéndolo años después, independientemente de la calidad de los resultados, de los que ya hablaré cuando toque.

Pese a esto, el disco en conjunto siempre me ha gustado. Es quizás uno de los que más y mejor percusión tiene, no sólo clásica, como venía siendo habitual, sino también batería. En la síntesis de esa percusión con el sonido de los sintetizadores más modernos de la época está la mayor seña de identidad del disco, que, pese a ser menor, casi un trabajo de transición en busca de un nuevo sonido, tiene personalidad propia: se siente al escucharlo que Oldfield creyó en él, por lo menos lo suficiente como para imprimirle potencia y al menos parte de su garra. Otro hallazgo del disco: el maravilloso Vocoder, un cacharro que filtra la voz y permite darle todo tipo de efectos, y que, si bien hoy en día puede parecer desfasado a los oídos de las nuevas generaciones, si se encuadra en su momento, es genial. Curiosamente, la que pasa desapercibida es la guitarra eléctrica. No porque sea floja, que en esta época y por mucho que estemos ante un Oldfield menor no podía serlo, sino porque cede demasiadas veces el protagonismo a percusión y sintetizadores. No es un problema, en todo caso: aparece cuando debe y es buena, aunque no ofrezca lo que mejor sabe hacer con ella Oldfield, esos largos desarrollos épicos que no sabías jamás dónde o cuándo podían acabar, casi como si fueran improvisaciones. Aquí está comedida, mesurada, y por eso no hay ningún solo memorable, ningún momento que pueda mencionarse como cumbre con la guitarra en su discografía.

El mayor problema del disco es que hay demasiados temas: no es casualidad que los dos mejores sean también los más largos. Taurus I —con una hermosa introducción con mandolina— y QE2 son dos piezas de unos diez minutos que encabezan las dos caras del vinilo, y que permiten por su extensión cierto desarrollo siempre agradecido en la música de Oldfield, cierta exploración en los temas que aporta algo de la complejidad que encuentro en sus mejores discos, además de ser también donde mejor funciona la fórmula de QE2 —percusión potente más sintetizador—. Temas como Sheba, Mirage o Celt no es que no sean buenos, simplemente saben a poco, porque intentan imitar en duración a una canción pop sin serlo. Destaca, eso sí, Conflict, una de mis debilidades. Una joya cortita, pero brutal, con una percusión espectacular, con ese toque de los grandes clímax de Ommadawn o Incantations, con guiño a su admirado Bach incluido. Una pequeña maravilla tremendamente épica que en directo —como el resto de los temas cortos, por cierto— suena incluso mejor, con hasta ¡tres! percusionistas dándole vida. Queda Molly, una breve pieza de carácter más intimista, con una guitarra acústica casi desaparecida en el resto de álbum, dedicado a su hija.

En resumen: buen disco. Obra menor, sí, pero con calidad y buenos momentos. Si en lugar de tantos cortes hubiera hecho cuatro largos, habría sido mucho mejor, incluso usando las melodías de los ya existentes y desarrollándolas más. Con su flirteo con la música electrónica del momento y el tono alegre y optimista —reflejo de su vida por aquel entonces, con pareja estable y descendencia— consigue un soplo de aire fresco en su discografía, un trabajo que no pasó a la historia de la música pero que los aficionados solemos recordar agradablemente. Pese a ello, si me sitúo en la época, eran ya cuatro años desde Incantations sin un disco de peso, ambicioso. Ya veremos si el siguiente lo fue.

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