Píldoras azules, de Frederik Peeters.

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

Toda historia, en cualquier medio, que toque eso que llaman “temática social” corre siempre el peligro de caer en el melodrama, de tomarse demasiado en serio. Como pasa por ejemplo en gran parte del cine español, a menudo se comete el error de hacer denuncia, de querer que el espectador, lector o lo que sea tome conciencia de algo, y a eso, casi siempre, sólo se sabe llegar con el empacho de trascendencia. Es difícil encontrar excepciones, sobre todo en temas de ésos que parece que sólo pueden abordarse desde el bajón, ya sea el cáncer, los malos tratos, las drogas, las hemorroides, o, como en Píldoras azules, el sida.

Píldoras azules es afortunadamente una de estas raras y valiosas excepciones —otra es Arrugas, del que lo mismo escribo un día de éstos—. En clave autobiográfica, Frederik Peeters cuenta su relación con su pareja y el hijo de ésta —hijo, por cierto, que es uno de los niños más convincentes y realistas que he leído nunca en un tebeo—, ambos con sida. Y lo hace con una alegría, con tal falta de dramatismo, que es imposible no leerlo con una sonrisa permanente. Y esto es así porque en lugar de buscar de forma efectista la trascendencia, aborda el tema con una completa normalidad, sin culebrón. Y desmontando de paso todos los tópicos que rodean a la enfermedad, dando una visión actual de la misma y de cómo conviven con ella los afectados. No pretende instruir ni dar sermones con esto, simplemente, expone el día a día de unos personajes que son completamente reales, que dudan, que pueden ser egoístas, que tienen miedo, pero que sobre todo viven, porque al ser tan conscientes de su mortalidad se aferran a la vida con más fuerza.

Peeters juega con fuego al usar recursos como la narración en primera persona, que en un tema así se presta a caer en la pedantería y la moralina. Pero ni por ésas: esquiva con elegancia la autocompasión que uno podría esperar de la situación a la vez que ahonda incluso en las cuestiones más incómodas —todo lo que tiene que ver con el sexo, por ejemplo— sin complejos. De la misma manera esquiva la lágrima fácil, y la cursilería, incluso en una conversación que es de lo mejor del tebeo —por natural y fresca— y que empieza con una pregunta tan peligrosa como “¿Por qué me quieres?”. Y cuando reflexiona, que también lo hace, es de una manera tan sincera, admite las dudas y las inseguridades de forma tan directa, que no molesta ni se tiene la sensación de que nos está leyendo la cartilla. El hecho de que el sida sea un problema que le toca de cerca no le sirve de excusa para situarse en una posición de víctima desde la cual, tan a menudo, muchos se sienten legitimados para dar lecciones y asumir que tienen la verdad. Pero claro, cuando el capítulo más reflexivo es una metafórica conversación del autor con su mamut interior, es difícil que eso pase.

Pero volvemos a lo mismo: en una obra, el tema por sí mismo no puede ser el mayor valor. En Píldoras azules, donde el tratamiento del sida ya justificaría el tebeo, Peeters no se queda ahí. Es un gran dibujante, con un estilo muy peculiar de trazo grueso y tembloroso, que consigue dotar a los personajes de una gran expresividad. Y sin ser un David B., se permite cierta experimentación en la narración que funciona muy bien, por ejemplo al conseguir golpes de efecto muy divertidos introduciendo elementos no realistas en el dibujo de pronto. Otro punto fuerte son los diálogos, naturales, divertidos, nada pesados, como tampoco lo son los textos de apoyo en primera persona.

Píldoras azules es uno de mis cómics favoritos, y uno de los que más releo, sin que el paso del tiempo lo haga ir cayendo, como sí pasa con otros, aunque duela reconocerlo. Y eso que ya tiene unos añitos. Es un tebeo redondo que se lee del tirón, que transmite emociones sin ser ñoño, que desdramatiza la enfermedad y desde ella es tremendamente vitalista. Supongo que es también uno de esos tebeos que puede leer cualquiera, aunque para mí eso irrelevante. Simplemente me importa que es cojonudo en lo que cuenta y en cómo lo cuenta. Es uno de los mejores tebeos europeos de la década, y estando por ahí genios como Sfar o David B., no es precisamente poco mérito ése, aunque no llegue a la altura de las mejores obras de esos dos monstruos. Imprescindible, sin más.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s