Gran Torino.

AVISO: Spoilers a tutiplén.

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Dos veces al cine en menos de un mes: estoy que lo tiro. Pero la verdad es que me interesaba ver a Clint Eastwood interpretando a un héroe crepuscular —sí, son mi debilidad—, diferente al de The Westler, pero igualmente atractivo en principio.

Eastwood es un gigante. Un actor enorme cuya presencia es la misma en Gran Torino, cono ochenta años, que en los spaghetti westerns de los 60, si no mayor. Es el más duro entre los duros, y su rostro impertérrito, de malo o de bueno o de todo lo contrario, transmite más con un guiño, con un labio alzado, que la mayoría de los actores con sus expresiones y gestos amanerados.

Dicho esto, también tengo que decir que Gran Torino no es una gran película. Arranca muy bien, presentando a un personaje épico, un viejo desagradable, veterano de Corea, racista, parco en palabras, nostálgico de una América que ya no existe y que en realidad nunca existió. La sola construcción del personaje basta para sostener el interés y la intensidad de la película en su primer tramo. Es un personaje redondo, y Eastwood lo borda en cada escena, cuando echa a su hijo de su casa, cuando bebe una cerveza en su porche, cuando escupe, simplemente cuando anda por su casa. Es evidente que Eastwood dirige la película para mayor gloria de este Walt Kowalski, que no es sino una vuelta de tuerca al arquetipo de macho con dos huevos bien puestos que era Harry el Sucio. Una inteligente vuelta de tuerca, además —si no lo fuera esta película no tendría mayor interés—. Hay un punto de ironía en el tratamiento del viejo veterano, cuando no directamente de humor, que hace que sea obvio que el Eastwood director se desmarca de la ideología del personaje. Por eso hay tanta crítica a la América actual —pone el dedo en la llaga, por ejemplo, al mostrar el problema de las bandas de inmigrantes— como a la actitud del propio protagonista. Primero se le glorifica: un tipo duro, exmilitar, de inquebrantable moral y desfasados valores de auténtico americano —banderita en el porche, el Gran Torino que da nombre a la película en el garaje—, malhablado… Más seco que la carne salada que come continuamente, fumador, con armas por toda la casa, Walt Kowalski es incapaz de mostrar sus sentimientos, ni siquiera en el funeral de su mujer. Sólo es agradable con su perra.

El problema viene en la segunda parte de la película, cuando, una vez construido el arquetipo de tipo más chulo que un ocho, se nos muestra que también tiene su corazoncito. Era previsible, y forma parte de la deconstrucción, pero creo que habría quedado mucho más redonda la trama si Kowalski hubiera sido un cabrón hasta el final. Porque mucho racismo, mucho comentario despectivo, pero al final se encariña con su vecino coreano y acaba tratándolo como a una especie de discípulo. Y ya digo, no es que no tenga cierto interés —hay muy buenos diálogos entre los dos, por ejemplo—, pero era mucho más difícil, y más valioso, conseguir que el espectador empatice con un perfecto cabrón sin buen fondo, como de hecho yo hice durante la primera hora de película. Aún así, es una gozada cómo un viejo de ochenta años echa a patadas a cuatro pandilleros coreanos de su jardín o acojona a tres negros enormes sin que le tiemble el pulso. Y eso contrasta poderosamente con el hecho de que es consciente de que es viejo y que le queda ya muy poca vida. Eastwood tosiendo sangre es casi tan grande como Eastwood apuntando con la mano como si fuera una pistola a un pandillero coreano de por lo menos ciento cincuenta kilos.

A la vez que se va humanizando el personaje, la película se convierte por momentos en una comedia que saca provecho al choque cultural entre Kowalski y sus vecinos coreanos, que en algunos momentos es demasiado forzado —pasa casi de golpe de odiarlos a amarlos, sin demasiado sentido salvo que su racismo sea impostado, cosa que ya digo que le resta valor al personaje más que dárselo—, y, al final se convierte en un drama, que, francamente, si no es por la presencia de Eastwood, pasaría perfectamente por una película de ésas que ponía Antena 3 después de comer, de chica violada y tal. Lo grande es que simplemente la presencia de Eastwood salva ese último tramo excesivamente melodramático. Este señor es cine: en cada gesto, en cada palabra, rezuma una fuerza que hace que te dé prácticamente igual qué está pasando en la película. Incluso con el personaje matizado, humanizado y hasta venido a menos, aún cautiva poderosamente.

De todas formas, lo mejor de la película es su final, una jugada que demuestra lo inteligente que es Eastwood y las tablas que tiene en esto de hacer cine. Una magistral inversión de valores y de curso de acción: donde el espectador espera que el viejo héroe coja su fusil por última vez y vengue a la coreana violada a la vez que libra a sus nuevos amigos del peligro de la banda, Kowalski los provoca para que lo maten delante de testigos y de esta forma vayan a la cárcel. Esa última secuencia, que cobra más valor aún sabiendo que probablemente sea también la última vez que Eastwood aparezca en una película, es grandiosa, precisamente por el golpe durísimo que supone para el espectador acostumbrado a las soluciones radicales de los westerns, sin ir más lejos de Sin perdón, donde precisamente lo que tenemos es justo lo contrario, un personaje que cree que ha cambiado pero que al final cuando tiene que vengarse recurre a la masacre. Aquí en cambio, se rompe el ciclo de violencia, el viejo es consciente de que no puede matar a tiros a cuatro pandilleros armados, y opta por usar la cabeza y hacer precisamente lo contrario que ha hecho durante toda su vida. Sólo una pega al clímax: habría sido más duro de no estar Kowalski muriéndose de cáncer, porque su sacrificio habría sido más valioso.

Ya decía que no es una gran película. Es honrada, eso sí, y la interpretación de Eastwood y el gran final, asistir al crepúsculo no sólo de él como actor sino de todo un arquetipo, justifica de sobra echar un rato viéndola. Y volvemos a lo que decía con The Wrestler: Gran Torino, rodada con cuatro duros, tres escenarios y unos cuantos actores desconocidos, es más película, emociona más y tiene más contenido, que casi cualquier superproducción actual. Películas así demuestran que el cine es otra cosa, y que lo que algunos directores a los que llaman visionarios pretenden hacer pasar como verdad absoluta —a saber, que DEBE contener ciertos elementos, que debe cumplir ciertas reglas que a ellos les convienen— no son más que gilipolleces. Por poner un ejemplo claro: las peleas de Watchmen no son como son porque sea cine: son así porque es una superproducción americana, punto. Es un cine hecho para un público masivo, que además lo entiende de una manera muy particular. Los yanquis prácticamente exigen que el héroe no falle, que al final se quede con la chica, salve el día y el modo de vida americano. Aplauden los chistes y las banderas americanas, y abuchean a los malos. Van a las salas de cine como van al football o a la lucha libre: a gritar y a comer. Y aquí hace ya unos añitos que vamos por el mismo camino. Por eso las grandes superproducciones cuenten siempre lo mismo, de la misma manera, todo mascadito, todo explícito, todo lineal. Un director como Aronofsky jamás romperá la taquilla porque en sus películas uno tiene que pensar e interpretar, hacer un esfuerzo intelectual que además, sin cierto bagaje, no sirve de nada. Pero ese otro cine existe, aunque sea cada vez más escaso. Sólo es cuestión de buscar y ser un poco exigente, y dejar de comulgar de una vez con ruedas de molino.

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