Paracuellos, de Carlos Giménez.

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Toda la vida leyendo tebeos y nunca había leído Paracuellos. Ya me vale. Había leído otras cosas de Carlos Giménez, sus historias de la transición, tremendas, valientes, militantes cuando era peligroso serlo, cuando había que serlo. A veces solo y a veces con guiones de Ivá, esas páginas que se publicaban en El Papus eran rabiosas y sinceras, y ponían en evidencia las miserias y carencias de un proceso político que después unos y otros han convenido en calificar de modélico y en consecuencia intocable.

Paracuellos es otra cosa. Bien puede ser el mejor y más importante tebeo que se ha publicado en España, porque a sus valores artísticos, innegables, se une el de ser un testimonio histórico rotundo. Mientras que en las historias cortas de la transición, leídas hoy, se hace necesario cierto trasfondo histórico para entenderlas plenamente, las historias de Paracuellos son completamente universales. En ese microcosmos que son los colegios del auxilio social de la posguerra española —sobre todo el de Paracuellos, que da nombre a la obra, pero también otros— se refleja a escala el paradigma de la España franquista, y se rescatan los usos y maneras de la Iglesia y los falangistas, los mecanismos de control mental, la crueldad que intentan negar los repugnantes revisionistas que inexplicablemente —o no— están hoy de moda. Los colegios del auxilio social, cárceles para niños que en su mayoría fueron hijos de represaliados del bando republicano, tenían como objetivo inculcar los principios del movimiento y educar a los españoles del mañana, mitad monjes y mitad soldados. La crueldad que traspasa el sadismo de los instructores falangistas, la instrucción, el catecismo que con sangre entra, su deformada idea de la educación —en los hogares del auxilio social estaban prohibidos los libros: con eso está todo dicho—, la brutalidad de las monjas que se saben impunes cuando golpean a los críos, todo lo retrata Giménez con una maestría incomparable, en planos siempre cortos, sin girar la vista, pero sin caer nunca en la escatología —y creanme que ocasiones no le faltan—, con esas viñetas pequeñas, casi sin fondos, que se centran en las vivencias de esos niños que son él, que son varias generaciones de españoles que, pasaran o no por uno de estos hogares, sufrieron la educación asfixiante, los rezos constantes, las hostias sin consagrar, las palizas, las humillaciones, las mentiras impuestas y aprendidas de memoria.

Todo esto está en Paracuellos, pero, por encima de todo, está el hambre. El hambre, siempre presente, en el día a día, plasmada de una forma magistral, en las caras de esos niños que se comen lo que pillan, que trafican en el patio con trocitos de pan duro —cuánto recuerda en esto Paracuellos a las historias de los campos de concentración nazis—, que se han acostumbrado, a la fuerza, a convivir con ella siempre. Es un retrato tan patético y tan perfecto de la necesidad que entronca con la literatura española, con la picaresca. Los niños de Paracuellos soñaban que comían.

Y qué niños, por cierto. Giménez tiene una sensibilidad muy especial para escribirlos y dibujarlos. No son, pese a todo lo que se les cae encima, angelitos, ni mártires. Son… niños. Para bien y para mal. Y un niño puede ser cruel un instante y tierno al siguiente, puede comportarse con solidaridad o ser un cabrón con sus compañeros. Y pueden ser corrompidos: los niños a los que el instructor falangista da poder como sus ayudantes son terribles. En una de las historias más sobrecogedoras, uno de los chicos, que siempre protege a los más débiles y se encara con los abusones, es ascendido a ayudante —y lleva desde entonces el cinturón con hebilla de Falange—, y entonces descarga toda la rabia y toda la frustración en sus propios compañeros, propinándoles palizas. Cuando se le pregunta por qué hace ahora lo mismo que antes odiaba en los demás, el niño se toma un momento para pensar y contesta: “Porque se puede”.

Pese a todo, Giménez evita caer en el melodrama barato y esquiva la lágrima fácil recurriendo al humor. Y es que los niños siguen siendo niños, y hasta en Paracuellos hay momentos de alegría y de juegos, y de ingenuidad. Todo lo que se cuenta, por duro que sea, tiene siempre su contrapunto de alegría infantil con las ocurrencias de los críos. Se aleja además con todo esto de la tribuna y el panfleto: Giménez no hace política por la boca de sus personajes. Simplemente retrata su propia niñez y la de sus compañeros, con sus momentos buenos y sus momentos malos, con la asfixiante disciplina castrense, con el abuso y el miedo. Y rescata también del olvido y para la historia la manera en la que hablaban, las palabras que usaban, la jerga, las canciones, los juegos, los tebeos que leían, en una labor de minuciosidad casi documental de incalculable valor.

Se ha acusado, por parte de los de siempre, evidentemente —los alegres muchachos de “centro”— a Carlos Giménez de ser parcial. Y claro que lo es. Como ellos. Como todos. Giménez reconoce y declara sin problemas su filiación política: es rojo. O le hicieron rojo a hostias, vaya. Pero eso no debe nunca servir para restar validez a su discurso, al contrario, es una prueba de honradez. Además lo ha sido de verdad y con todas las consecuencias. Lo ha sido aún a riesgo de su vida —recordemos que la extrema derecha en su día puso una bomba en la redacción de El Papus— y lo ha sido de cara a su profesión, luchando siempre por que se reconocieran los derechos de autor de los que hacían tebeos y se respetara la integridad de su trabajo. Y dejémonos de monsergas: convengamos —como conviene el propio Giménez en su obra— en que en la guerra ambos bandos hicieron barrabasadas. Pero a partir del 39, todo lo que pasó, todo lo que se cuenta en Paracuellos, que sucedió, pese a quien pese, fue cosa de uno solamente.

Más allá de eso, Carlos Giménez me parece un autor ante todo inteligente. El mejor y el más relevante de los españoles. Sólo Luis Durán creo que algún día podrá llegar tan lejos como él, y en campos radicalmente distintos, de todas formas. Buscador incansable de nuevas formas de expresión, pionero en géneros antes inexplorados en España, inventor de recursos gráficos, creyente del tebeo como medio cultural único —Paracuellos no sería lo mismo en película o novela; no valdría lo mismo—, parió, a finales de los setenta, con los dos primeros volúmenes, y después, veintitantos años más tarde, con el resto de ellos, una obra imprescindible, que explica una parte de nuestra historia, incómoda, pero cuya recuperación es necesaria, precisamente por incómoda. Paracuellos encierra la esencia del ser humano, con sus miserias y sus grandezas. Enseña valores sin ser didáctica, pone mal cuerpo en una viñeta y te hace reír en la siguiente. Y si el mundo, o al menos este país, estuviera bien hecho, sería lectura obligada en los colegios.

PS: Recomiendo encarecidamente la lectura de esta entrevista. Es larga, pero merece muchísimo la pena para cualquier aficionado al cómic, con una lección magistral e imprescindible de la historia del medio en España.

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