Buñuel en el laberinto de las tortugas, de Fermín Solís.

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A Fermín Solís lo descubrí hace ya unos cuantos años, cuando era un autor joven que se lanzaba a un mercado inexistente, el del cómic español —de producción propia, se entiende—. Empezó con un tebeíto muy breve, No te quiero pero te amo un poco, en el que hacía un slice of life bastante convencional, en el que no pasaba prácticamente nada y no había apenas historia. A pesar de eso tenía cierta habilidad para hacer que esa nada fuera medianamente interesante, y sus diálogos captaban bien la lengua oral de la generación que retrataba —la suya, la de los que entonces eran treintañeros o casi—. Me llamó la atención ya entonces y pensé que era un autor que algún día podría hacer algo realmente bueno.

Pero pasaron los años y Solís, como le pasa a Sergio Córdoba, seguía ensimismado en el costumbrismo vacío, sin reflexión, simplemente detallando la anécdota hueca, recurriendo a la nostalgia facilona de contar historias de su niñez, la forma más obvia y menos meritoria de llegar al público de tu generación. El título de uno de sus cómics es tremendamente revelador acerca de a dónde está mirando el autor cuando los escribe: Las pelusas de mi ombligo. Pese a todo aún le encontraba algo. El problema es que se iba encaminando peligrosamente a ser una eterna promesa, un autor del que esperas que un día estalle, pero que no lo llega a hacer nunca. Parecía cómodo en su nicho, siempre haciendo lo mismo, y siempre, además, por detrás de sus principales influencias, Dupuy y Berberian y, sobre todo Seth, que hacen lo mismo que él pero mejor. Y estaba yo ya a punto de darme por vencido y dejar de pedirle peras al olmo, cuando se anunció Buñuel en el laberinto de las tortugas. Y me dio muy buenas vibraciones, tanto por el título —cojonudo— como por el tema: un acercamiento al director de cine surrealista Luis Buñuel y el rodaje de la película documental Las Hurdes, tierra sin pan. Al fin parecía que Solís se había decidido a cambiar de registro y de género, a dar un salto en su carrera. Y creo que no me equivocaba.

Aunque fue publicado el año pasado a nivel regional en Extremadura, no ha sido hasta el mes pasado, cuando Astiberri lo ha publicado con distribución nacional, que he podido leerlo. Y es un buen cómic, innegablemente. Probablemente de lo mejor que ha dado en los últimos años el tebeo español. Viendo la obra anterior de Solís, me ha sorprendido mucho la evolución tan radical que ha tenido, no sólo en su estilo gráfico, en el que, aunque se siguen rastreando fácilmente sus influencias, se nota que ha hecho un esfuerzo por encontrar también rasgos propios, una personalidad que vaya más allá de la imitación, sino también por la forma de narrar y lo que narra. Es un cambio muy brusco pasar de escribir historias intimistas a hacer una biografía para la que, es obvio, se ha tomado en serio la documentación, pero sale muy bien parado. La recreación de la figura de Buñuel es, si no veraz —no conozco yo mucho de la vida y el carácter de este hombre— sí convincente y tremendamente atrayente. Solís lo presenta como un tipo original y creativo, de muy mal genio cuando se le lleva la contraria, contradictorio y epatante de un modo casi infantil. En la primera de las partes del cómic a través de la conversación con su amigo Ramón Acín y su paseo por París borrachos como cubas, Solís construye al personaje, lo sitúa en su momento histórico y en el contexto cultural, de una forma muy natural. Y eso además de tener una pequeña floritura técnica —básicamente que Acín y Buñuel entran en un bucle en la conversación a la vez que dan vueltas en círculo por las calles— de las que hacen ver que este tío está maduro como autor y conoce el lenguaje del medio en el que se expresa más allá de hacer dibujos “bonitos”.

De todas formas, a mí me parece superior la segunda parte, la grabación del documental en la región desolada de Las Hurdes. Una de las zonas más miserables de la España de principios del siglo XX, de gente hundida en la pobreza a los que la endogamia y la enfermedad habían convertido en una especie de tribu salvaje en medio de Extremadura. Solís muestra todo eso a la perfección, al igual que el habla y las costumbres de una gente que a los acompañantes de Buñuel les causan casi repugnancia, a pesar de que a él le fascinan. Su modo de vida está contado con una crudeza reforzada por el trazo descuidado y confuso que usa cuando dibuja escenas en las que sólo intervienen los habitantes del pueblo, aunque, también hay que decirlo, no acaban de hacer justicia al compararlas con las del documental, que es terrible, porque el estilo de dibujo de Solís tampoco pretende ser realista.

En todo caso funciona perfectamente como una especie de making of de la película de Buñuel, y está lleno de momentos brillantes, como, por ejemplo, los sueños e imaginaciones del director, que Solís integra con maestría en la trama creando un ambiente onírico que encaja perfectamente con Las Hurdes. Ya digo, me ha parecido un tebeo excelente a todos los niveles, de lejos lo mejor del autor hasta el momento. Eso sí, no hagan como yo y si lo van a leer háganlo después de ver el documental, que está en youtube, y merece la pena. Y después, como alivio cómico, se puede ver el reportaje del amigo Iker Jiménez, que también está en youtube, y en el que el flipado periodista asegura que los hurdanos “no eran conscientes de que más allá de los montes de Las Hurdes hubiera otros hombres”… Cuando dos minutos antes había escuchado en el documental de Buñuel que iban con frecuencia a pueblos de Castilla y Andalucía a trabajar y mendigar. Épico.

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