¿Leen los niños de hoy cómics?

Una pregunta de calado filosófico sólo comparable a ¿sueñan los androides con ovejas eléctricas? Desde hace bastantes años mucha gente en el mundo del tebeo tiene por axioma que los niños no leen cómics, y señalan esto como uno de los principales problemas del medio. Y no sin cierta lógica, porque si una persona lee tebeos de pequeño es evidentemente más fácil que lo siga haciendo de mayor. Lo que ocurre es que de un tiempo a esta parte hay un gran sector de aficionados que creo que cometen dos errores importantes al valorar el estado del mercado. El primero es pensar que el microuniverso de los foros en internet y las librerías especializadas abarca todo ese mercado, y extrapolar de su experiencia personal en esos espacios y de lo que ve a su alrededor leyes universales que no tienen por qué estar ajustadas a la realidad. El otro error me temo que está en el desconocimiento o desinterés, o ambos, de gran parte del cómic. Dicho de otro modo, que muchos cuando hablan del cómic realmente están hablando del cómic de superhéroes. Y claro, ahí es evidente que hay pocos niños. Por no decir ninguno.

Así que antes de intentar responder a la pregunta, lo que hice fue buscar datos. No opiniones, ni impresiones personales. Datos estadísticos. Y me cogí el informe de hábitos de lectura del año 2008 que encarga la Federación de Gremios de Editores de España. Y con todos los peros y matices que se le puedan y se le deban poner a este tipo de encuestas, he encontrado datos significativos —otros son completamente increíbles: imposible que El Quijote sea el tercer libro más leído por los menores de catorce años—. Para empezar, que la franja de edad en la que más cómics se leen es la de 10-13 años: un 59’1%. La de 14-24 años ofrece un porcentaje del 21’8%, y la franja que más me interesa, la de 25-34 años, que es a la que según mucha gente pertenece el grueso de los aficionados, sólo tiene un 16’6%. Es decir, que el porcentaje de los chavales entre los diez y los trece años que lee cómics casi cuadruplica al de la franja de edad que predomina aplastantemente en las librerías especializadas. Menos mal que los niños no leían tebeos, según muchos. Estamos hablando, por cierto, de un porcentaje de 74’1% de lectores en general para los 10-13 años, que es más alto también que en las demás franjas. Todo esto, por supuesto, hay que cogerlo con pinzas: para empezar no se ofrecen datos del grupo de edad que a mí más me interesa: los niños de menos de diez años. Y para continuar, un 18% de esos niños lee menos de un tebeo al mes —aunque ese porcentaje es aún mayor en la gente de más edad—, así que se les considera lectores meramente ocasionales. Pero en todo caso, la cosa no está tan mal como muchos creen. Y a pesar de ello, tampoco está bien.

Habría que tener datos de los años ochenta y noventa para compararlos con éstos, y datos de los niños menores de diez años, los que están aprendiendo a leer, pero mucho me temo que de tenerlos, sí mostrarían un descenso en el porcentaje. Porque probablemente ese 59’1% de lectores de diez a trece años en los ochenta ascendía a más del 90%. Y para los críos más jóvenes, por el estilo. Porque es cierto que entonces leer tebeos era realmente un hábito, algo inherente a ser niño, igual que jugar o ver la televisión. Así que sí, pese a que la situación no es tan tremenda, ha empeorado con toda seguridad. Y mucho. Además, el problema es que de esos niños que leen cómics hasta los trece, dejan de hacerlo más de dos terceras partes al crecer, mientras, y aquí está lo llamativo, el porcentaje de lectores de libros no desciende apenas. La minoría de lectores de tebeos son los mayores, lo que pasa es que parecen mayoría porque hacen —hacemos— más ruido, porque nos dejamos ver, porque vamos a librerías especializadas. Somos un núcleo duro de aficionados fieles, que nos dejamos además un pastón al mes, si podemos. Pero ahí fuera hay aún muchos niños anónimos que compran tebeos, aunque, obviamente, no van a librerías especializadas. Compran en otros circuitos, y, sobre todo, no compran apenas ciertos géneros.

También suele aceptarse con rotundidad otra cuestión: que los niños no leen tebeos porque no hay tebeos para niños. Es evidente que apenas hay hoy publicaciones orientadas a un público infantil, pero creo que hay que darle la vuelta al razonamiento, y preguntarnos si no será al revés: no hay tebeos para niños porque los niños no leen tebeos. Y pienso que esto es más lógico porque dudo que de venderse se hubiera dejado de editar material infantil, y aunque tengo una pobre opinión de los editores en general, ni ellos son tan gilipollas. Además, es que su naturaleza es justo la contraria: los editores son dinosaurios lentos y estúpidos, animales de costumbres que luchan con todas sus fuerzas contra el cambio. Si los tebeos para niños se vendían, no van a cerrar las colecciones porque sí.

En los años ochenta, la oferta era muy amplia. Teníamos Don Miki, teníamos infinidad de revistas —Mortadelo, Zipi Zape, Fueraborda, Garibolo—, cómics que adaptaban series de dibujos animados y películas de éxito, y suplementos dominicales en casi todos los periódicos. A mediados de los noventa no quedaba prácticamente nada. Las revistas desaparecieron de los quioscos poco a poco. La editorial Bruguera, cuyos tebeos eran prácticamente todos infantiles, cerró. Hace dos días, El País anunciaba el fin de su suplemento El pequeño País. Y la causa de todo esto no fue el capricho, sino la falta de ventas. Hubo un momento en el que los niños dejaron de comprar tebeos, así de simple. Muchos niños, no todos, pero sí dejó de ser un entretenimiento generalizado y ya no fue rentable. Y encontrar el porqué de esto es la madre del cordero si se quiere recuperar ese sector del mercado, si es que se puede. Porque lo que yo creo es que sí, es posible que los tebeos dejaran de conectar con los chavales y por eso dejaran de interesarles; pero también, me temo, es posible que el desinterés sea hacia el medio en general.

Analicemos un poco esto. Para empezar, hay que tener en cuenta un factor obvio que sin embargo es ignorado casi siempre: la demografía. La natalidad cae en ese época bastante, hasta el punto de que España se convierte en el país con el crecimiento vegetativo más bajo de la Unión Europea. Luego hay menos niños. Menos compradores potenciales. Si lo pensamos detenidamente y hacemos memoria, la segunda mitad de los noventa es la época en la que empiezan a desaparecer los dibujos animados por las tardes en las televisiones en favor de los programas de cotilleo: programación para una audiencia envejecida. Y luego hay que entender y conocer a la infancia actual. Conocerla de verdad, no como la conocen la mayoría de los que opinan en internet sobre qué hay que ofrecerles para engancharles —que piensan en función del niño que fueron—. Es que lo mismo no se les puede ofrecer nada. Los niños de hoy en día quieren dejar de serlo cada vez antes. Fijémonos otra vez en los porcentajes de los que leen cómics: cómo caen espectacularmente en el paso de los trece a los catorce. Es muy significativo. Los niños a esas edades, aparte de entrar en el pavo como toda la vida, tienen intereses radicalmente distintos a los nuestros a su edad. Son una generación educada en lo audiovisual. Pasan la mayor parte de su tiempo de ocio en internet o viendo la televisión. Perciben la lectura —pese a las cifras del estudio— como algo que hacían sus padres o sus abuelos. El aumento del fracaso escolar incide necesaria y negativamente en todo lo que tenga que ver con el consumo de cultura, el tebeo incluido. Un chaval de catorce años piensa en tatuajes y piercings, no en tebeos. En una amplia mayoría, claro. Y si hablamos de los más pequeños, pasa algo parecido. High School Musical, Hanna Montana y algún libro de forma eventual, que no crea tampoco afición: en cuanto pasan a la adolescencia suelen olvidarse de la lectura. Pero no cómics, o no demasiados. Hay alguna cosa. La revista de Witch vende mucho para los estándares actuales, y hay alguna revista más que incluye cómics. Y los clásicos siguen vendiendo bien: Asterix, Tintin, Mortadelo —el más vendido de España con diferencia—, pero mucho me temo que éstos no los compran ya los niños, precisamente. Los pocos y tímidos intentos de reactivar el tebeo infantil han sido fracasos, como la revista que puso a la venta hace unos años la editorial El Jueves, Mister K.

Venga, ahora toca la parte constructiva: ¿qué creo que se puede hacer para cambiar esto? Difícil. Lo mismo no tiene solución. Hay batallas que se saben perdidas antes de empezar. Luchar contra la inmediatez de la imagen, con el facebook y el myspace, con los politonos, lo mismo es una pérdida de tiempo. Además las editoriales tienen muy poco margen de acción para cambiar la dinámica del mercado. No tienen dinero para hacer publicidad, y es imposible sin ella dar a conocer un producto. Pueden ponerlo donde se vea, eso sí. Pero el tebeo hace tiempo que, salvo alguna excepción, desapareció del mejor escaparate que tenía, el quiosco. Y pienso lo mismo que con la desaparición del cómic para niños: si se dejó de vender masivamente tebeos en los quioscos por algo sería. Si hubiera sido el negocio del siglo allí seguirían. El hecho de que ahora puedan encontrarse en las grandes superficies tipo Fnac o Casa del Libro demuestra que el cómic ya no es un producto popular. Y eso necesariamente cambia el modelo de explotación. Antiguamente un padre le compraba a su hijo una revista de Mortadelo por una miseria. Cuando yo empecé a comprar tebeos, uno de grapa de veinticuatro páginas de Forum valía 150 pesetas; hoy cuesta 1’90 euros. Por eso pienso que ni los tebeos de grapa ni las revistas son la solución, porque ya no son populares ni pueden serlo. A un padre le parece un disparate pagar los precios que una editorial pone a esos productos —además de que concretamente los superhéroes hace mucho que no están hechos para niños, pero ése es otro tema—. los tomos en cambio son otra cosa. La presentación es diferente. La percepción del comprador también. Es un libro, y vale más o menos lo que un libro. Siempre pongo el ejemplo de Bone, que me parece un acierto tanto por su formato como por su presentación, ideal para captar la atención de un chaval y de buen precio para que sus padres se lo compren.

Hay también una cuestión de temáticas. Creo que las revistas tuvieron que cerrar en gran medida porque el material que ofrecían era obsoleto. No conectaba con los niños de entonces. Zipi y Zape no pueden decirle nada a un chaval de hoy, es de cajón. Tal vez se podría atacar con productos basados en series de televisión, o en cualquier cosa que les mole, aprovechar modas de forma vil y sin complejos, haciendo malos tebeos sin rubor alguno. Pero falta, al menos en España, industria para hacerlo. No hay estudios de dibujantes anónimos como había en otras épocas, a excepción del Estudio Fénix, que pudieran asumir ese trabajo, y, por otro lado, tampoco soy muy optimista respecto a esto. Un fan de Hanna Montana se compraría su colección de cómics como un producto más de su merchandising, no como un cómic en sí mismo. Dudo mucho que le creara afición o interés por el medio. Al menos, y volvemos a lo mismo, no a un número suficiente.

Y es que me cuesta ser optimista en este asunto. Se da la paradoja de que un producto percibido como la gran mayoría de la gente como infantil es cualquier cosa menos infantil. Y no sé si eso tiene marcha atrás. Ni siquiera estoy seguro de que importe. Tal vez hay mejores formas de aumentar el mercado, de llegar a gente que normalmente no lee cómics. Conseguir que aparezca un nuevo perfil de comprador: el ocasional, el que se compra cinco tebeos al año. Es un suicidio que el coleccionista compulsivo soporte todo el negocio, y eso es lo que está pasando, lo que lleva pasando muchos años. Hace falta venderle tebeos al lector no especializado, y eso creo que poco a poco se va consiguiendo, publicando en otros formatos, historias completas, llegando a otros puntos de venta, eliminando complejos del comprador. Pero los niños… Como mucho se va a pegar algún pelotazo puntual. Pero a largo plazo, francamente, es malgastar esfuerzos. Las nuevas generaciones cada vez leerán —tebeos o lo que sea— menos que las anteriores. Y no está en manos de cuatro editoriales minúsculas cambiar esa tendencia.

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