Red Rocket 7, de Mike Allred.

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Red Rocket 7 es un tebeo extraño. Tiene, para empezar, un formato apaisado y casi cuadrado atípico en el comic-book americano, y además incluye un CD con música del grupo al que pertenece el autor, Mike Allred. Más extraño si cabe es encontrarse un cómic así en los años 90, dominado por otras temáticas y sobre por estéticas radicalmente distintas a las de Allred. Por eso siempre me ha llamado la atención, por ir contracorriente. Su dibujo, de trazo limpio y grueso, complementado siempre por colores fuertes y simples, sin degradados, tiene un aire pop y una personalidad única que se agradece en un mercado saturado de clones de clones de Jim Lee o Rob Liefeld. Tal vez por eso aunque ha coqueteado con las grandes editoriales casi siempre se ha mantenido en el circuito independiente y en editoriales como Dark Horse, que publicó la obra más conocida de Allred, Madman, y este Red Rocket 7.

La historia a un primer vistazo responde a los parámetros de la ciencia ficción más pulp: los duplicados inmortales de un alienígena llegan a la tierra en los años 50 y se ocultan entre los terrestres, pero pronto empiezan a ser perseguidos por otros extraterrestres, malvados, que buscan el cuerpo del alienígena del que fueron clonados. Uno de los clones, el número siete, sintiéndose especialmente atraído por la música popular, va a convertirse en testigo y protagonista de la historia del rock’n’roll durante sus cincuenta años de historia. Esto es con diferencia lo más interesante y más conseguido del tebeo, que es, por decirlo de forma cursi, un canto de amor al rock. Por Red Rocket 7 desfilarán Elvis Presley, The Beatles, The Rolling Stones, Jimi Hendrix, Led Zeppelin, David Bowie… así hasta llegar al rock independiente de los años 90 en los que se editó. A través de las décadas, Allred da su visión personal de una forma de entender la música y la vida, que inevitablemente está sesgada por sus filias y sus fobias y por ello cae en omisiones importantes —¿dónde están Deep Purple, Black Sabbath, Grateful Dead…?—, y reflexiones cuanto menos discutibles —¿el rock progresivo desemboca en el heavy metal?— pero que no por ello deja de ser una delicia para el aficionado a la música, gusten más o menos las bandas que aparecen. La manera en la que Allred entrelaza la historia de su personaje, ese Siete obviamente inspirado en Ziggy Stardust, con la historia del rock, haciéndole partícipe de los momentos claves de la misma, influyendo en los músicos, poniéndolos en contacto, tiene ingenio y es francamente divertida. Al igual que lo es jugar a ir reconociendo caras —muy conseguidas, por cierto— de músicos y detalles sutiles, ya desde la cubierta del recopilatorio, un homenaje a la del disco de The Beatles Sgt. Pepper Lonely Hearts Club Band.

¿Lo peor del cómic? Pues casi que todo lo demás, lamentablemente. La historia de los extraterrestres, que sucede mayoritariamente en el presente de la narración, no está bien encajada con los recuerdos de la vida de Siete, hasta el punto de que son aburridas y lo que uno está esperando es que vuelvan a ese divertido recorrido por el rock. Las persecuciones, los raptos interestelares, si bien al principio del tebeo no molestan demasiado, pronto se vuelven tediosos y sin sentido. Lo entiendo: es pulp, y como tal no se le puede buscar los tres pies al gato. Pero el problema está en que Allred intenta abarcar demasiado, y sobre todo, en la historia de tintes mesiánicos en la que acaba desembocando todo, con un tufillo religioso que le sienta como a un santo dos pistolas a la otra parte del tebeo, llena, lógicamente, de músicos de vida licenciosa —por decirlo suavemente—. La idea de los alienígenas que cree en la inmortalidad del alma y en la llegada algún día de un ser superior, que se marchan de su planeta ante la persecución de otros —malvados— que han conseguido la inmortalidad física, que se van a predicar por ahí en diez naves a lo tribus de Israel, da rubor. No digo que rock y religión no se puedan mezclar —que se lo digan al cansino de Carlos Santana—, pero aquí simplemente no pegan ni con cola. No viene a cuento que mezcle un divertimento con ese intento un poco burdo, si no de adoctrinar, sí de darle una trascendencia metafísica al final de la historia, que se dispersa como una aspirina efervescente en agua —¡dios, soy un puto poeta!— al llegar al final, cuando tiene lugar una especie de apocalipsis espiritual en la que todos los muertos resucitan y se van felices a algo parecido al cielo. Además, al estar todo eso completamente desconectado de la trama de Siete y la música, queda en conjunto una historia inconsecuente, deslabazada, artificiosa, en la que, en realidad, lo mismo habría dado que el alienígena se inmiscuyera, no sé, en la historia de la sopa de sobre.

Confieso que le tengo alergia a la catequesis —por lo menos en los casos en los que es tan pueril y descarada—, pero incluso aunque la obviara, creo que el tebeo sigue sin funcionar, y ése es el verdadero problema, más allá de ideologías o creencias. El final es confuso y fallido, y la mezcla de las dos tramas, indigesta. Lo cual no impide que le vea cualidades a Red Rocket 7, pese a todo. Me quedo con la diversión, con el rock, con el gran dibujo y las composiciones de página de Allred. La salvación de mi alma, que me perdone, me importa un carajo.

Actualización: Acabáramos: acabo de descubrir buscando en internet que la última obra de Allred es una adaptación al cómic del libro del mormón. Ya me empieza a cuadrar la cosa. Madre mía, están por todas partes…

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