Las calles de arena, de Paco Roca.

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Tenía muchas ganas de echarle el guante al siguiente tebeo de Paco Roca, autor que se llevó el año pasado el Premio Nacional de Cómic con Arrugas. Se habló muchísimo de Arrugas, y posiblemente con razón. Es un buen tebeo, sin duda, de dibujo impecable, excelente narrativa y algún caprichito experimental bien ejecutado y que además demostró que Roca es un buen historietista y sabe lo que hace. Y sin embargo… cuando lo leí —tarde— me dejó la sensación de que no era para tanto. No porque no me gustara, ya digo. La historia me llegó, me agradó mucho el tono con el que se acercaba a la vejez y al alzheimer, sin dramatismo, sin melodrama. Pero también me pareció lejos de ser una obra maestra.

Por eso tenía interés en leer Las calles de arena: porque Roca me pareció un autor muy prometedor que algún día iba a hacer algo realmente grande. Este nuevo cómic no va a tener la repercusión y la fama de su predecesor, eso está claro. Arrugas se benefició de su temática. Tratar un tema social, comprometido, siempre atrae atención mediática, y eso que en Arrugas yo vi más descripción que reivindicación. Las calles de arena es fantasía pura y por eso pasará más desapercibido e incluso puede que defraude a los lectores del anterior tebeo, pero a mí me ha parecido mucho mejor. Vaya por delante que tampoco lo considero una obra maestra. No pasa nada, tampoco va a salir una todos los días. Pero se acerca más que Arrugas. Roca está desarrollando su potencial de forma evidente y pronto va a parir algo grande, estoy convencido.

El autor podría haber sido cuco y tirar por el mismo camino de la obra que le ha traído fama, dinero y mujeres vírgenes sin número —no hay nada que atraiga más a las mujeres que un dibujante de tebeos, lo sabe todo el mundo— y ofrecernos un relato acerca del cáncer, o el sida, o las almorranas. Dentro del mundillo se le habría acusado de acomodarse y repetirse, pero en los medios se habría seguido hablando de él, las fundaciones de cada enfermedad le habría premiado y recomendado el tebeo, y él a vivir que son dos días. Pero en lugar de eso, Roca se ha desmarcado de cualquier tipo de comparación con un tebeo totalmente diferente.

Las calles de arena bebe de muchas fuentes. Hay algo de películas como Laberinto y sobre todo El viaje de Chihiro —el hotel enorme, la sala de las calderas, el hecho de que el protagonista tenga que trabajar en ellas y pierda el nombre—, y obviamente hay mucho de la inspiración de todas ellas, Alicia en el País de las Maravillas, nada disimulada desde el momento en el que la cita que abre la historia pertenece a ese libro. De alguna manera Las calles… sigue el esquema de Alicia: protagonista que se pierde y llega a un mundo distinto al nuestro donde las reglas de la lógica son otras, y que va teniendo encuentros con los habitantes de ese mundo buscando la forma de volver al suyo.

La novedad está en el tratamiento, que remite directamente al realismo mágico. La manera de introducir los elementos fantásticos en un ambiente cotidiano, narrándolo sin artificios y sin centrar la atención en ellos, manteniendo siempre una ilusión de normalidad incluso en las situaciones más surrealistas. Especialmente obvia es la influencia de Borges y su obsesión con el laberinto, con el espacio y el tiempo. El barrio de las Calles de Arena es en sí mismo un laberinto del que no puede salirse por mucho que se camine, a menos que se tenga un mapa —no cualquiera, sino el tuyo— para hacerlo. Además el propio nombre del álbum casi con toda seguridad es un guiño a El libro de arena, y en la historia aparece un hombre que intenta hacer un mapa del barrio que sea el propio barrio, idea borgiana aparecida en uno de sus cuentos. Roca no cae en la pedantería porque todas estas referencias nunca se hacen explícitas ni se llega a la autocomplacencia. Son simplemente influencias que el lector no necesita. Si se pillan bien y si no también. Al contrario, es un cómic divertido y tremendamente imaginativo, con una historia contada con un ritmo a ratos pausados y a ratos ágil muy adecuado para conseguir el ambiente fantástico realista que creo que Roca quiere conseguir —si no quiere, o él o yo tenemos un problema—. El protagonista, del que nunca llega a saberse el nombre, es, como corresponde al tipo de historia, un inadaptado. En una breve conversación telefónica con su novia se nos describe magistralmente su personalidad: despistado, amante de los tebeos, resistente a crecer y hacerse adulto, con su hipoteca y su coche y su pareja formal. La novia le da un ultimátum que luego resultará profético: si quieres vivir en la luna será sin mí. El resto del reparto es igualmente atractivo: un montón de personajes atrapados en el barrio, resignados, atrapados por una obsesión, o por un pasado. El vampiro que necesita verse continuamente retratado, el hombre que vive toda su vida preparando su muerte, el argentino que escribe mapas, el viejo compañero de habitación del protagonista que cada día prepara la mochila para marcharse del barrio, y cada día lo deja para el siguiente porque se le va el tiempo asegurándose de que lo lleva todo. Es un desfile sorprendente y apasionante, y sobre todo fresco y muy divertido.

El final de la historia es desconcertante. No acabo de decidir si me gusta o no. En todo caso me parece, en comparación con el resto, más flojo. Roca se dispersa un poco y resuelve la trama por métodos que no quedan del todo explicados. Básicamente, un sueño del protagonista —o el simple hecho de que se le cae un papel, no queda claro— rompe la rutina en la que todos los habitantes del barrio viven permitiendo que consigan encontrar el motivo para salir de las calles de arena. Eso, tener un motivo, y no un mapa, es lo que parece que hacía falta para salir. Y digo “parece” porque todo es ambiguo llegados a este punto, quizás demasiado. Otra cuestión importante: el protagonista, al contrario que Alicia, que Chihiro, Sarah o Bastian, no vuelve. Se queda en el mundo imaginario, viviendo, precisamente, en la luna, con la chica que ha conocido en las calles de arena. Es bonito, para qué lo voy a negar. Y me ha llegado mucho, como le habrá pasado a cualquier devorador de ficciones y mundos imaginarios al ver que por una vez la realidad fantástica es la que gana. Pero después, en frío, uno reflexiona. Y me doy cuenta de que hay un motivo para que Alicia vuelva del País de las Maravillas. Que estas historias funcionan mejor, son más valiosas, si acaban “mal”. Si se vuelve, y se enfrenta la vida sin renunciar a la fantasía, habiendo madurado a través de ella y guardándola siempre como un tesoro. En todo caso, esto seguramente también lo ha pensado Roca. Probablemente le costó decidirse y optó por el final menos incómodo, o el que el cuerpo le pedía.

Ojo, esa decisión no le quita ni un ápice de valor a este tebeo: si acaso a la reflexión posterior y lo que sacamos de él. Pero lo recomiendo totalmente. Es un tebeo muy bien hecho y muy bien contado, que no experimenta tanto en lo gráfico como Arrugas pero que a cambio ofrece una narrativa impecable, además de una paleta de colores excepcional. Es una historia para releer con atención y perderse en ella, descubriendo conexiones y guiños que en un primer momento pasan desapercibidos. La edición de Astiberri, correcta, pero la reproducción del color presenta algunos problemas, no sé si por el tipo de papel o por otro motivo. Pese a eso, parece que han echado el resto con Las calles de arena. Espero que la apuesta les salga redonda. Y espero, con más ganas que antes, el próximo tebeo del señor Paco Roca.

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