Crises, de Mike Oldfield.

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Tras una de las mejores carátulas que ha tenido jamás un disco —obra de Terry Illot— se encuentra el álbum con el que Mike Oldfield conmemoró el décimo aniversario del inicio de su carrera en solitario: Crises. Aviso desde el principio de que con este disco descubrí a Oldfield hace unos quince años, así que me cuesta mucho ser imparcial con él. Pese a ello, creo que es uno de sus mejores trabajos, en la década de los ochenta sólo por debajo de Five Miles Out y muy por encima de lo que ha hecho en los últimos años. No fue un trabajo perfecto, pero yo mataba ahora mismo por que Oldfield hiciera algo la mitad de bueno que Crises.

Si Five Miles Out fue un trabajo de grupo, Oldfield, demostrando lo voluble que puede llegar a ser, deja atrás todo aquello del Mike Oldfield’s Group y acomete casi en solitario la composición de Crises. Del viejo grupo sólo queda Maggie Reilly. A cambio, emergerá uno de los músicos colaboradores de Oldfield más importantes de la década: el batería y productor Simon Phillips. Su batería es fundamental para el sonido final del disco, que lleva un paso más allá el endurecimiento del que hablaba en Five Miles Out. De Crises suele decirse que está influido por el heavy metal de la época; a mí me parece excesivo hablar de metal, pero sí hay una evidente presencia de guitarras y percusiones rockeras que hacen que este disco sea diferente al anterior. A esto contribuyen músicos como el bajista Phil Spalding o el guitarrista Ant Glynne, ambos acompañantes en la gira del 83.

Dicho esto, hay que observar también la presencia de todo tipo de sintetizadores, sobre todo el Fairlight, con el que ya había coqueteado previamente pero que tendrá aquí su mejor uso en un disco de Oldfield, que en 1983 aún usaba la tecnología con cabeza. Este disco, junto con Discovery, marca un antes y un después en su relación con ella, que ya habrá tiempo de analizar en el futuro.

El tema instrumental que ocupa la cara A —el disco sigue el esquema de Five Miles Out al pie de la letra—, Crises, es el ejemplo perfecto de cómo equilibrar la tecnología más avanzada de la época con los instrumentos acústicos y eléctricos de siempre. Nunca los ha conjugado mejor Oldfield, nunca le ha sacado tanta música y tanta alma a los sonidos sintéticos, tan mal usados en los discos del final de su carrera. En Crises es el músico el que domina la tecnología, y no al revés. Con ella crea en este tema pasajes muy complejos, a veces protagonistas y a veces fondo para la guitarra, pero siempre inconformista, sin caer en fórmulas fáciles y vacías. Crises tiene sintetizadores pero no por ello está menos trabajado, y ésa es la clave para que este tema suene mucho más auténtico e incluso actual que los que, con tecnología muy superior, ha perpetrado Oldfield en los últimos años. Me gusta especialmente porque tiene un tono que rara vez se encuentra en sus instrumentales largos: sobrio, sin clímax pronunciados, melancólico, con un ambiente especial que hechiza, sobre todo en la sección final de sintetizadores y batería salvaje y en la, evidentemente, parte favorita de aquí un servidor: The Watcher and the Tower waiting hour by hour. Simple, sí, pero cargada de significado y de misterio, con el eco de la voz de Oldfield arropado por la tremenda batería de Phillips y una guitarra y bajo mínimos, sutiles, que dejan el protagonismo a la voz por una vez en todo el tema. Esto fue lo primero que yo escuché de Oldfield, y recuerdo quedar absolutamente flipado. Sí, evidentemente está muy lejos de sus mejores momentos en los años setenta, pero aún así tiene algo, una capacidad de llegar al oyente, una sinceridad, que hoy no encuentro en él.

La cara B del LP, al igual que en Five Miles Out, contenía un ramillete de temas cortos que principalmente respondían al deseo de Virgin de tener pop comercial que ofrecer a radios y televisiones. Y vaya si dio en el clavo Oldfield en esta ocasión: contenía la archiconocida Moonlight Shadow, junto con Tubular Bells lo más conocido por el gran público, un hito pop de los ochenta y número uno en varios países durante muchas semanas. ¿Es realmente tan buena? Es difícil tener perspectiva con ella, pero, como producto, la considero sencillamente perfecta. Es el paradigma de canción pop, y dificilmente se va a encontrar una canción mejor que ésta en ese sentido. Todo está donde tiene que estar, cada instrumento está medido, la voz de Reilly, etérea y lejana, la batería, los arreglos acústicos… El solo puede ser simple, efectivamente, pero volvemos a lo mismo: es pop. Y engancha, se pega como debe hacerlo el pop, el estribillo es perfecto para eso. Es una canción inolvidable, mágica, que pese a la cantidad de veces que la he escuchado en mi vida, aguanta aún. Ahora bien, separando el valor sentimental y el icónico que pueda tener, es también evidente que a nivel puramente musical está muy por debajo de lo que Oldfield es capaz de hacer, e incluso diría que por debajo de varias otras canciones de su discografía. Por intención y dimensión artística, el pop más perfecto siempre estará por debajo de un Ommadawn o un Incantations, de la misma forma que el mejor best-seller siempre estará por debajo de Cien años de soledad.

De las que quedan, mi favorita es In High Places, musicalmente para mí superior a Moonlight Shadow. Cuenta con la voz andrógina del vocalista de Yes Jon Anderson, y, sorprendentemente, la guitarra es testimonial, basando todo su poder en una amalgama sólida de sintetizadores, batería y, una agradable sorpresa, el vibráfono del maestro Pierre Moerlen. Sigue la estela del tema Crises y está injustamente olvidada por el gran público, el propio Oldfield y hasta me atrevería a decir que por sus seguidores, pero es una pequeña delicia que sólo por escuchar por última vez el jugueteo de Moerlen al vibráfono contraponiéndose a la batería de Phillips ya merece estar en lo más alto de sus canciones cortas.

En cambio, Foreign Affair y Shadow on the Wall gozan de un reconocimiento excesivo. La primera es una canción machacona y repetitiva hasta el punto de que el estribillo se repite por lo menos siete veces en su final, y la segunda, siendo mejor, no pasa de ser un intento un tanto fallido de hacer hard rock o incluso, aquí sí, heavy metal. Las guitarras distorsionada de Oldfield en el solo y la impresionante voz de Roger Chapman salvan los muebles, pero le falta personalidad y detalles que hagan de ella una canción a la altura de las mejores de Oldfield. Prefiero con mucho el aflamencado Taurus III, un tema agradable basado en guitarras acústicas y mandolina que cierra, auque sin ninguna conexión melódica o estructural, la trilogía Taurus que empezó en QE2.

Con Crises Oldfield consolidó el cambio de sonido cuyo proceso inició en Platinum, a la vez que ofrece un disco único en el que vuelve a reinventarse a sí mismo —casi por última vez, ya—. Es un álbum trabajado y original, que como siempre hacía Oldfield, bebía de muchas músicas pero sonaba como nada más podía sonar, con su sello inconfundible, ése que hace que incluso sabiendo como sé, como sabían aquellos que seguían su carrera “en directo”, que está por debajo de los ambiciosos trabajos largos instrumentales, lo valore y escuche con mucha frecuencia. Crises cierra diez años casi perfectos. Tras él, me temo, comienza la caída.

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2 thoughts on “Crises, de Mike Oldfield.

  1. Te pongo esta canción de Moorhouse que no tiene nada que ver con Oldfield, como no sea que es británico también y porque la portada del disco con la pegatina blanca me ha recordado tu Watcher a the Tower. La canción es de 1970, y tiene su gracia llamándose “pop mandolin”. Una asociación tonta pero bueno…

    Y muy bueno tu último post sobre la industria del cómic.

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