Discovery, de Mike Oldfield.

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En 1984 Mike Oldfield publicó el álbum Discovery. Acababa el artículo de Crises diciendo que tras él comenzaba la caída, pero la verdad es que no puedo evitar tener sentimientos encontrados con este disco. Durante mucho tiempo fue uno de mis favoritos. Lo escuchaba a todas horas, hasta casi quemar la cinta donde lo tenía grabado. Es el típico caso de nostalgia galopante, pero como a mí me gusta luchar contra ella, tengo que decir que sí: con Discovery empieza el declive. O, quizás, con Discovery uno se da cuenta de que había un declive desde hacía tiempo. Y no es mal disco. Pero significa una especie de punto de no retorno en su música, el hito en el que se echa la vista atrás y se ve que poco a poco, de forma progresiva y nada traumática, Oldfield había ido simplificando su música, acomodándose en fórmulas de las que antes huía. No fue brusco. Five Miles Out aún tenía elementos del mejor Oldfield. Crises, menos. Con Discovery se hace patente que aquel músico insolente y ambicioso que hacía música para no volverse loco estaba en un segundo plano. El Oldfield de los setenta no entendía el mundo y se construía el suyo propio, y sus discos eran ventanas desde las que asomarnos a él. Ahora Oldfield quería vivir en el mundo de todos. Aceptaba la fama, se reinventó, sí, pero en cada disco se perdía un poquito más de su esencia.

En 1984, para el aficionado a Mike Oldfield, era obvio que las grandes obras instrumentales no iban a volver. El elemento pop, la radiofórmula, estaba, progresivamente desde Platinum, tomando el protagonismo. Los resultados distaban mucho de ser malos, pero como vengo diciendo en esta serie de artículos, no admiten comparación con lo que mejor sabía hacer. Músicos capaces de hacer Discovery hay muchos; pero capaces de componer Ommadawn, no tantos. No es lo que él pensaba, supongo. Parecía un hombre nuevo. Salía a disco por año, hacía giras interminables, parecía hasta sociable. Viraba al pop/rock sin complejos, sabiendo que su talento le bastaba para hacer trabajos profesionales y atractivos para el gran público, que ahora lo conocían por Family man, Moonlight Shadow o Shadow on the Wall más que por sus primeros discos.

Es muy significativo que en Discovery, aunque todavía perdura el instrumental “largo”, éste quede relegado a la cara B, dejando claro que su importancia era ya secundaria desde el punto de vista comercial frente a la colección de canciones que llenaban la cara A del vinilo, destinados a ser éxitos.

Dichos temas, cantados por Maggie Reilly y Barry Palmer —que curiosamente comparten ser excelentes cantantes de estudio pero irregulares de directo—, no es que sean malos. Responden a parámetros pop/rock de los ochenta, aunque en los arreglos de guitarra y bajo siempre se nota, afortunadamente la mano de Oldfield. Cuentan también con la batería de Simon Phillips, que no es poca cosa. Los temas cantados por Reilly van descaradamente tras la estela dejada por Moonlight Shadow, y por ello tienen el mismo aire nostálgico y mágico de aquélla, y Reilly las canta con el mismo registro de voz. La mejor es To France, canción que a mí según el momento y el estado de ánimo hasta me gusta más que Moonlight Shadow, y que consiguió bastante éxito en la época. Talk about your Life es una especie de reprise de To France, y Crystal Gazing, aún siendo la peor, es agradable. Las canciones de Palmer, intercaladas con las de Reilly, tiran más al hard rock, y aprovechan las posibilidades del cantante en ese campo. Me gustan menos porque me parecen más estándar, porque veo menos el toque de Oldfield, aunque Poison Arrows es un gran tema rock y tiene uno de los mejores solos del disco. Discovery no está mal pero me resulta demasiado acartonada, y nunca he podido con Saved by a Bell. En el ecuador de la cara A se cruzan ambas voces y protagonizan un interesante dueto que supone el mejor tema del disco junto cono To France: Tricks of the Light. Excelentes arreglos de guitarra, que aparece con pequeñas píldoras durante toda la canción, un gran bajo y las dos voces en su mejor interpretación. Sé que estoy juzgando siguiendo criterios excesivamente subjetivos, pero es que son lo que son: música comercial. Si la juzgara con rigor tendría que decir que sí, los temas consiguen en mayor o menor medida su objetivo —tienen ritmo, son pegadizos, los estribillos molan—, pero evidentemente no soportan la comparación. Enfrentar las épicas secciones de guitarra de Tubular Bells o Incantations con los solos de estos temitas es absurdo. Son cosas distintas, están en distintos niveles.

Queda una chispita de consuelo para la vieja guardia en The Lake¸ buen instrumental que se hace corto —sólo doce minutos—, y que sin ser excesivamente complejo ni rebuscado, está a la altura de las circunstancias y tiene un gran final. En él Oldfield sigue desarrollando las posibilidades del sintetizador Fairlight, de una manera distinta a Crises, pero interesante, y nos regala buenas guitarras, lejos de su mejor momento pero aún aceptables. De largo lo mejor del disco, aunque es cierto, no voy a negarlo, que a veces el cuerpo lo que pide es un To France o un Tricks of the Light.

Discovery, lo diré una vez más, no es un mal trabajo. Si somos capaces de valorarlo de forma totalmente independiente incluso es un más que decente disco de pop/rock. Pero en el contexto de toda su discografía es la constatación de que la tendencia hacia lo comercial y hacia la tecnología no era algo puntual. Era el nuevo Oldfield, el Oldfield de los ochenta, cansado de sufrir y de no ser comprendido. Y si el vulgo quería pop, pues pop le daría.

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