Hablando de Val.

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Lo estaba viendo venir. Hace unos días, Rafael Marín daba un toque de atención en su Crisei, y contaba que de los famosos trescientos que seguían la edición en castellano de Príncipe Valiente restaurado por Manuel Caldas para el último tomo sólo habían aparecido doscientos. Daba un toque de atención y de paso les llamaba muy elegantemente por su nombre. Pero sí, me lo estaba temiendo. Lo he visto ya otras veces. La gente por internet es como el típico amigo que se toma dos cervezas una noche y se apunta para la mañana siguiente a un partido de fútbol, a ir al monte, o a China, si se tercia. Pero luego hay que hacerlo. Es muy fácil decir que sí a todo, poner mensajes peloteros llenos de exclamaciones y de buenas intenciones, apoyar de palabra toda iniciativa que nos parezca digna de apoyo, e incluso las que no, si nos dejamos llevar por la masa. Luego esa palabra tiene que refrendarse con hechos. Y en este caso, con los cuartos de cada uno. Y ahí la cosa ya cambia.

Ojo, me parece excepcional que a estas alturas alrededor de doscientos cabezones sigamos apoyando a este señor y su labor, que no puede pagarse con dinero. Nunca se dirá suficientes veces: Manuel Caldas no gana un puto duro con su edición en castellano de la serie de Hal Foster. Ni uno. Pero lo que tampoco puede hacer es perder dinero de su bolsillo, eso es evidente. No sé cuántos ejemplares tirará —imagino que muchos más de trescientos, porque tal y como funcionan las imprentas le saldría aún más caro si hace tiradas reducidas—, pero para cubrir gastos necesita vender trescientos. Cada tomo sale por treinta y cinco euros incluyendo gastos de envío y posibles comisiones del banco. A cambio, Caldas ofrece incalculables horas de trabajo de restauración, un cuidado excepcional a la hora de empaquetar y enviar cada ejemplar, y un montón de regalos y sorpresa en cada números —láminas, sobre todo—. Salen más o menos tres tomos al año, así que la cosa cuesta unos cien euros.

Supongo que no por tópica la crisis económica dejará de ser el motivo de algunos para haberse bajado del carro. Si uno está parado y tiene dos hijos y treinta años de hipoteca —como los padres de Shin-Chan— posiblemente sea cierto que literalmente no puede hacer el esfuerzo de pagar ese dinero, por mucho que le guste la colección. Pero estoy convencido de que hay muchos, más de la mitad y más de tres cuartas partes seguramente, que se gastan sólo en un mes más de esos cien euros en cómics. Porque esto no son Mortadelos: es una obra que hoy por hoy conoce y valora el aficionado al medio de cierto nivel. El nostálgico de su infancia ya tiene otras ediciones mucho más accesibles, ya sea la de Planeta o ésa que suelen vender en las ferias del libro con tapa gorda y precio de estafa. No, la edición de Caldas es para sibaritas, para gente que se mueve en internet —si no difícilmente se han podido enterar de que ahora sólo se vende por correo— y entiende algo de tebeo. Y que se deja, ya digo, mucho dinero al mes. Y en la inmesa mayoría de los casos, en productos editados con desidia y desprecio por el material y por el comprador, llenos de erratas, de fallos de imprenta, de traducciones tarugas y maquetaciones de chiste. Productos, además, que mañana se van a seguir encontrando en las tiendas, y pasado mañana, y dentro de un año. Pero esto no. Y parece que por la simple molestia de tener que pedirlo por correo y pagarlo por transferencia bancaria muchos han preferido pasar y seguir llenando su casa de basura que, eso sí, puede comprarse cómodamente en tu librería especializada más cercana.

Es verdad que todo parece ir contra Caldas. Primero, de forma casi mafiosa, Planeta consigue que no pueda vender en librerías. Ahora parece que ha salido en EE UU una edición restaurada y a color, pero que, por lo que he podido ver, ni es tan buena como muchos dicen ni le hace sombra a la de Caldas. El hecho de que los dos primeros tomos estén agotados hace muy difícil que gente nueva pueda engancharse, y esto lo entiendo: no todo el mundo tiene ya la colección en otro formato y a lo mejor yo tampoco querría tenerla incompleta. Pero precisamente por lo complicado de la empresa, es más necesario no ser tibios, no poner excusas gilipollas y apoyar al doscientos por cien a un señor que no se rinde, que sigue erre que erre con la intención de completar como sea su trabajo con todo el Príncipe Valiente dibujado por Foster, que serían veintidós tomos, según he leído. Se están proponiendo soluciones: que cada uno de los doscientos compre dos tomos, que se suba el precio, que se pague previamente. Sinceramente, no lo veo factible. Y parece que Caldas tampoco. No puede pedirse a nadie que compre dos tomos, ni sería justo que lo hicieran unos pocos y otros no, y subir el precio acabaría por ser contraproducente. Supongo que lo mejor que puede hacerse ahora es esperar, intentar promocionar la serie y hacer que nuestros conocidos que compran cómics la conozcan y se enganchen. No vería mal que se congelara la edición hasta que Caldas recuperara el dinero con las ventas que puedan tener los números atrasados, e incluso que los que estamos comprometidos adelantáramos el dinero del siguiente número, aunque tardara en salir un año. Pero sí, tiene mala pinta. Puede que sea una causa perdida. Y precisamente por eso, ahí me va a tener Caldas, hasta el final, sea cual sea, porque su trabajo no puede pagarse, y Príncipe Valiente es una obra maestra absoluta.

Lo cual me lleva a otro tema relacionado con ella: la “restauración” que de la obra está llevando a cabo Adolfo García, al que he ubicado en estos días como el dibujante de una maravilla de historia llamada San Juanín de la Lumbre —una cosa no quita la otra—, pero que en su trabajo con Príncipe Valiente se está equivocando terriblemente. Parte de ese trabajo se pudo ver en los tres primeros tomos de Planeta, quien por cierto vendió la obra como “restaurada” sin avisar que sólo eran tres tomos de veintiséis. No me cabe duda de que García realiza este trabajo desde la admiración por Foster, y no me gustaría por ello faltarle al respeto, pero realmente lo que ha hecho tiene mucho delito. El problema es que parte de un error de base. García se llama a sí mismo restaurador pero tiene un concepto de la restauración terriblemente desviado. No es ya que usar Photoshop con Príncipe Valiente es vestir a un santo con dos pistolas, ni su tendencia a llenarlo todo con colores saturadísimos que se comen el dibujo y con brillitos y detalles innecesarios, es que no respeta el material original. Restaurar no es poner nubes y montañitas digitales donde antes no había nada. Restaurar no es redibujar ni añadir volúmenes con el color que no existían en el original. Y sobre todo, y por mucho que él crea que sí, restaurar NO es corregir fallos. Porque una obra maestra lo es con sus aciertos y con sus errores, y la labor del restaurador no puede ser enmendarle la plana al dibujante cuando se equivoca, sino conservar en su conjunto la integridad de la obra. Recuperar la línea donde se haya perdido, limpiar, quizás en algún caso reforzar con el lápiz propio algún detalle que el paso del tiempo haya podido borrar. Pero García, por ejemplo, dibuja una capa entera en una viñeta en la que Foster había incurrido en lo que en cine se llama un error de racord, y se permite el lujo de corregirle hasta perspectivas. ¿Qué hará cuándo Foster equivoque la pierna de palo del armador de barcos, Gundar Harl? ¿Redibujar ambas piernas? No tiene sentido. Por esa regla de tres, ¿qué debe hacer cualquier editor al abordar la reedición de cualquier dibujante? ¿Corregirle todos los fallos? ¿A Liefeld también? Cien años de soledad tiene varios errores de continuidad. ¿Los corregimos? O, como me han dicho hoy mismo, el rucio de El Quijote desaparece por arte de magia. Lo ponemos. O en el cine, filmamos de nuevo cualquier secuencia que contenga un fallo de racord —y no hay película que no tenga uno— o de continuidad. A las películas de ciencia ficción de los años cincuenta, les ponemos efectos especiales hechos por ordenador. Hay mil ejemplos de por qué está equivocado García.

Él defiende su labor, como es lógico. Dice que donde Foster pone un verde, él pone un verde. Como si no hubiera millones de verdes, como si no supiera perfectamente que además del color añade cosas de cosecha propia que exceden totalmente lo que debería ser su labor. No le corresponde ni a él ni a nadie añadir volúmenes y texturas a la obra de ningún dibujante, y menos aún al que es por derecho propio el mejor que ha dado el cómic de escuela realista. Y se equivocaba, claro que sí. Era humano. Y no pasa nada; por olvidársele una capa no es menos grande. Pero esos errores —cuidado, tanto en dibujo como en guion— son parte de un todo que debe ser conservado tal cual para las generaciones venideras. Dicho de otro modo: en el trabajo de García, lo que vemos es a Harold Foster según Adolfo García. Pero la restauración —sin comillas— de Manuel Caldas no es Foster según Caldas: es el maestro en toda su grandeza. Por eso, para que podamos tener toda su etapa completa y no tengamos que conformarnos con ediciones mediocres y con materiales de reproducción desastrados, hay que apoyar a Caldas. No dejando mensajes en foros y blogs, sino pasando por caja. Como con casi todo en esta vida.

Dirección de correo electrónico de Manuel Caldas:

mcaldas59@sapo.pt

Página web de sus ediciones:

http://www.manuelcaldas.com/

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