El genio de Ibáñez.

Que Francisco Ibáñez es un “genio” o un “maestro” es algo que se repite hasta la saciedad tanto dentro del mundo del cómic como fuera —en este caso sin haber leído mucho más que a él, evidentemente—. Yo de pequeño, como toda mi generación, una en la que todos los niños leían tebeos, leí Mortadelo y Filemón, igual que leí Zipi y Zape y otros muchos personajes de Bruguera, pero muy pronto pasé a otras cosas, y cuando con catorce o quince años cogía un Mortadelo, no le encontraba demasiado interés, igual que ahora tampoco lo hago. Siempre preferí Superlópez. Pero al margen de mis gustos personales, creo que tengo cierta capacidad para separar éstos del análisis de la obra y el autor. Al menos lo intento. Y ni así entiendo el estatus del que disfruta Ibáñez. Y menos cuando uno investiga un poco y va descubriendo cosas un tanto oscuras. Cosas que, claro, el gran público desconoce, y el seguidor más fiel y conocedor de la obra del autor tiende a disculpar. Lo que voy a hacer en este post es simplemente recopilar y resumir hechos. Repito: hechos. No opiniones. No pretendo destrozar el mito de nadie ni atacar porque sí al autor —tampoco tengo repercusión para hacerlo, precisamente—. Sólo que se sepan ciertas cosas que son ciertas y que forman parte de la historia del cómic español. Veamos:

Ibáñez comienza a trabajar en la editorial Bruguera en 1957. En sus inicios su estilo imitaba al que entonces era el autor más popular de la editorial: Vázquez. Sus primeras historias de Mortadelo y Filemón en 1958 así lo demuestran. Ya entonces el editor de Ibáñez le sugiere que se inspire en la escuela franco-belga: Peyo, Morris, Uderzo y sobre todo Franquin. Años después esta influencia se hace aún más clara al cambiar Ibáñez radicalmente su estilo de dibujo para adoptar uno que imitaba al de Franquin, y de la misma forma empieza a realizar historias con la estructura típica del álbum francés. En estas dos primeras etapas, más allá de influencias estilísticas, Ibáñez plagia sin rubor alguno viñetas, argumentos y gags de los autores franco-belgas citados. No una vez ni dos; a espuertas. En este foro hay suficientes ejemplos como para desechar la casualidad como causa de esto. Él mismo lo ha reconocido, así que no hay ni debate. Plagiaba porque el ritmo de publicación era brutal, porque Bruguera exprimía a los autores salvajemente y había que dibujar a toda leche, sin que el autor pudiera excusarse diciendo que no tenía ideas. Si no tenía, se cogían, y ya está. No puede culparse exclusivamente al autor de estos calcos, evidentemente. La situación era ésa, y cuando el mismo editor te daba los tebeos franceses y te animaba a copiarlos sin rubor —igual que casi obligaba a otros autores a copiar el estilo de Ibáñez—, no había mucha opción. Pero copió. No es lo mismo que plagiar hoy en día, pero es plagiar. Y además, otros autores de su época, Escobar o el propio Vázquez, aparentemente no necesitaron nunca plagiar o lo hicieron en mucho menor medida que Ibáñez. Y también producían toneladas de páginas al mes. Este recurso se encuentra incluso en los que tradicionalmente se han considerado los mejores álbumes de Ibáñez, como El sulfato atómico o Valor y al toro. En la primera época de El botones Sacarino, personaje que de hecho ya es en su concepción una mezcla de dos personajes de Franquin, Spirou y Gaston Lagaffe, Ibáñez fusila sin miramientos historietas del autor belga prácticamente en todas las suyas.

En los años setenta el deseo por parte de Bruguera de explotar el creciente éxito de Mortadelo y Filemón lleva a la editorial a emplear multitud de negros que producían páginas a destajo. Incluso hubo todo un equipo, el Bruguera Equip, que armado de calcadoras de su propia invención producían material nuevo a partir de antiguas historias de Ibáñez. Nombres como Martínez Osete o Casanyes son bien conocidos por los expertos en la obra de Ibáñez y realizaron historias de Mortadelo y otras creaciones del autor hasta entrada la década de los ochenta, sin que llevaran la firma de Ibáñez pero sin ser tampoco debidamente acreditadas con sus auténticos autores. De esto sí que no tiene culpa él, porque los derechos de sus personajes pertenecían a Bruguera. De hecho cuando Ibáñez se fue, en 1985, se siguió produciendo material. Él, a su vez, creo nuevas series que hoy poca gente recuerda. 7, Rebolling Street fue un autoplagio de 13 Rue del Percebe, y Chicha, Tato y Clodoveo fue un intento de crear personajes más modernos, pero no tuvo demasiado éxito. Contó, por cierto, con varios negros obviamente consentidos por Ibáñez, que se cree que apenas dibujó nada en la serie.

En 1987 recupera el control de sus personajes y es contratado por Ediciones B, que previamente había adquirido todo el fondo editorial de Bruguera. Desde ese año y hasta 1990 se publican una buena cantidad de álbumes que se sabe que no son de Ibáñez a pesar de que lleven su firma, y que los entendidos llaman, un poco eufemísticamente, la verdad, apócrifos. La utilización de negros en esta etapa me parece mucho más criticable. No hablamos de los años sesenta, cuando la situación de los autores y sus derechos era muy distinta. Esto es tan reprobable como el famoso error informático de Ana Rosa, y el cariño que pueda tenérsele al autor o su obra no debería suponer quitarle importancia a esto.

De su obra a partir del 90 y hasta hoy es difícil decir hasta qué punto es suya al 100%. Es sabido que tiene ayudantes, y evidentemente la sospecha de que sean algo más que ayudantes siempre está ahí… Pero en general esta producción es tan mala que da igual. Con el paso de los años Ibáñez se ha vuelto más y más repetitivo, hasta el punto de copiarse a sí mismo gags de forma literal, y de la misma forma vuelve una y otra sobre lo mismos temas. Su humor tiene un mal entendido carácter adulto que abusa de la escatología y de unas alusiones sexuales propias de un viejo verde, francamente. Bajo el bramido del trueno, álbum que supuestamente homenajea al Capitán Trueno, es uno de los tebeos más vergonzosos y malos de los últimos tiempos. Los últimos títulos son tan ingeniosos como Por Isis, ¡llegó la crisis!.

Sabiendo todo esto, yo me pregunto: ¿dónde está la genialidad de Ibáñez? No niego que es un autor importante y que sus momentos tendrá en algún álbum… pero de eso a considerarlo un genio, un maestro, o el mejor autor español, va un mundo. La actitud de algunos de sus seguidores, que saben todo esto que he contado mejor que yo, me recuerda bastante a aquello de los Monty Python de “¿qué han hecho los romanos por nosotros?”. Es lo mismo: aparte de los plagios, aparte de usar negros, aparte de más de una década de historias pésimas… ¿qué ha hecho Ibáñez para no ser un genio? Y en ese caso la respuesta es que nada, claro.

Pero las cosas no son así. No puede mantenerse la genialidad de un autor sólo basándose en la nostalgia y en lo mucho que uno se ha reído con él. Eso vale a nivel personal, pero nada más. El análisis riguroso de su obra debe estar disociado de todo eso. Y cuando se analiza la obra de Ibáñez, encontramos a un dibujante limitadillo, que se ha repetido hasta la extenuación y que ha recurrido en demasiadas ocasiones a manos anónimas, y cuya creatividad no es precisamente desbordante. Yo lo considero un artesano cumplidor más de tantos que tiene el cómic español, que fue víctima —pero también causa al final— de una industria muy particular, pero que tampoco supo salir de su fórmula cuando tuvo la oportunidad, y cayó demasiado pronto en la rutina, precisamente cuando mejores condiciones había para que desarrollara las historias que le viniera en gana con total libertad. No pudo, no supo, o no quiso. Eso sí, el mérito de ser el autor de tebeo que más vende en España desde hace un montón de tiempo lo sigue teniendo. Pero eso no tiene nada que ver con la calidad. A nadie se le ocurre decir que Ken Follet es un genio…

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