Las diez portadas de discos más horribles de la historia.

O por las menos las diez de peor gusto de todas las que conozco, ya sea por cutres, por horteras o por ambas. Sé que hay horrores que es mejor dejar olvidados y no volver a contemplar, pero es domingo por la mañana, me aburro, y me siento un poco cabrón también. Así que pasen y vean la galería de los horrores de la música contemporánea.

10. Love Beach, de Emerson, Lake & Palmer (1978).

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Ver a tres genios de la música como eran éstos, autores de auténticas obras maestras del rock progresivo, ataviados como chulitos de playa tardosetenteros, es una de las cosas más traumáticas que puedo imaginar. Camisas abiertas, pecho palomo, cadenas de oro, pantalones por el sobaco… La muerte de un mito. ¿Por qué, además? ¿Por qué tanto odio? ¿Era una estrategia para venderle el disco a algún fan despistado de los Bee Gees? Fijénse además en la cara del de la izquierda —creo que Palmer—: realmente lo está disfrutando, el cabrón. Me da hasta miedo escuchar el disco, viendo está carátula. Encima fue el último de la formación, tras él Palmer se fue del grupo, quién sabe si al ver el resultado de aquella sesión fotográfica en las tiendas de discos de todo el mundo.

9. Lovedrive, de Scorpions (1979).

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Me habría valido cualquiera de la banda en realidad, porque son todas chunguísimas. No da tanta grima como la anterior, pero es… inquietante. Luego el disco es de lo mejorcito del grupo, antes de rendirse a las baladas comerciales a lo Still Loving You, pero la portada es delirante. La insistencia de la discográfica o del propio grupo por las portadas fotográficas con modelos raros —por llamarlos algo— se tradujo en un montón de caspa que invita a cualquier cosa menos a comprarse los discos. Mítica también es la carátula de Animal Magnetism, con la chica arrodillada a la altura del paquete de un tiarrón y el perro mirando con cara de póker, pero me quedo con la de Lovedrive, más bizarra aún si cabe, con el careto del tío, el peinado de permanente de la mujer, y el chicle pegado a su pecho, que conforman una imagen surrealista digna de Dalí. Por lo menos.

8. Saxon, de Saxon (1979).

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Primer disco de Saxon. En un alarde de originalidad, deciden llamarlo Saxon. Ya tenían nombre, y tenían la música. Faltaba la portada. Pero las portadas profesionales tienen un problema: son caras. Y se ve que la discográfica no tenía mucha fe y pasaba de pagarla ampliamente. Así que probablemente uno de los miembros de Saxon tuvo una feliz idea: llamó a ese amigo que todos hemos tenido alguna vez, el flipado de los cómics de bárbaros que dibuja “que te cagas”… literalmente. Sólo así puede explicarse esta portada que tiene un tufo amateur que tira de espaldas, con el Conan apócrifo sosteniendo, sin perspectiva ni nada que se le parezca, un espadón de ésos que compensan ciertas carencias bajoventrales. Ni para un fanzine de quinceañeros da el nivel.

7. Devil Came to me, de Dover (1997).

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El segundo disco de Dover, aquel grupo de finales de los noventa especialista en cantar en inglés con impecable acento de Cuenca y en desafinar y gallear sin piedad en directo, contó con una de las portadas más deprimentes que se vieron por la época. La hizo el batería, supuestamente diseñador gráfico —wikipedia dixit—, que se ve que cuando la hizo tenía el mac en el técnico y se apañó con un spectrum o algo así… porque qué cosa más fea y más desfasada técnicamente, ya incluso en 1997. Si vas a hacer un dibujo con ordenador, por lo menos asegúrate de que sea lo suficiente potente la herramienta que uses como para que no quede anticuado en dos días. Y suele ser recomendable no usar a un yonqui de modelo, que es lo que parece el supuesto demonio que mira a cámara con una expresión de “dame aaargo, que peor es robar” y unos cuernos superpuestos que cantan muchísimo. ¿De verdad nadie les dijo que se dejaran de hostias de diseño gráfico y contrataran a un dibujante profesional, o es que les pasó como a Saxon?

6. Shadowland, de Dark Moor (1999).

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Si la carátula de Saxon era de fanzine, ésta ya es directamente de carpeta de quinceañero empachado de Dragonlance y partidas de rol tópicas y típicas. Nulos conocimientos de anatomía y perspectiva, sobredosis de lugares comunes de la fantasía heroica más chunga —ese Gandalf, el enano mazas, la tía buena élfica—, el cráneo tirado por el suelo para que se note que el grupo es muy heavy, la sospecha de que está pintada con plastidecor y sobre todo ese huevo dibujado a ojo, hacen de esta carátula una de las más sublimes de ese género de vanguardia que es el power metal español, y miren que hay donde escoger. Ésta les gana a todas porque ninguna otra reune tantas genialidades juntas ni tiene ese aire a dibujo hecho en una tarde por un flipadillo sin puta idea de dibujo. Le falta sólo un detalle para ser la número uno de la lista: estar hecha en una hoja de cuadros. Una pena…

5. Gaia II, de Mago de Oz (2005).

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Como con la de Scorpions, me habría valido casi cualquier carátula de Mago de Oz, el conocido grupo de rock humorístico con más miembros que la Filarmónica de Viena. Obras todas de un tal Gaboni, la de Gaia II creo que es el colmo de todos los defectos de este flipado: todo lleno de chorradas, sin orden ni concierto, sin la más elemental composición, con un montón de monigotillos que se van acumulando portada tras portada. Alusiones a las drogas para escandalizar a los papás de los niños fans del grupo —halaaaaa, se ésta haciendo una raya sobre una Biblia, tío, qué pasote— y pollas por todas partes completan una portada psicotrópica que encima cuenta como figura central con un tío rarísimo y más feo que Picio. La única forma de que las portadas de Mago de Oz fueran más chungas es que saliera en ellas el cansino de Txus di Fellatio —sic— ataviado con sus cada vez más ridículas y achuecadas pintas. Demos gracias.

4. Dejarse la piel, de Obús (1986).

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Escalofríos me da contemplar esta portada de Obús, típico grupo de heavy tronado español de los ochenta, cuyos seguidores más fieles han acabado hoy deambulando por Gran Vía con mallas desgastadas marcapaquetes y entrándole a góticas de quince años a voces —porque se han quedado todos sordos—. La pinta de tirillas de los cuatro, los cuatro pelos en el pecho, la pose de culturista del primero, el bigotillo del segundo, la pinta de macarra de recreativos de barrio del cuarto —el tercero es el típico al que se le nota cierta vergüenza ajena y propia—, los colgantes, la propia composición, hacen de esta portada la más horrenda de la música española. Y mira que hay donde elegir.

3. Speak of the Devil, de Ozzy Osbourne (1982).

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A partir de aquí me desentiendo de cualquier problema mental derivado de la visión de estos tres engendros que quedan. Ozzy siempre ha tenido tendencia a lo hortera, la verdad —aunque últimamente aunque sea por ir siempre de negro ha encontrado una sobriedad que su edad agradece—, pero cuando se fue de Black Sabbath, el cantante zampamurciélagos se desató. Esta pesadilla hecha carátula pertenece a la época en la que iba teñido de rubio platino, y sólo por eso ya merece este tercer puesto. Pero es que además podemos “disfrutar” de esos colmillos de plástico, del maquillaje de carnaval, del tatuaje de pega, del gesto supuestamente aterrador de Osbourne. De pura grima que da es hipnótico: si le miras a los ojos es imposible despegar la vista en un buen rato. La pura definición del mal gusto y el despendole heavy-satánico de los ochenta.

2. Anthology, de Manowar (1997).

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Si la expresión no estuviera más sobada que el We Are the Champions, diría que esta carátula requiere una tirada de cordura. Es, simplemente, el horror hecho carne. Las poses del flipado de DeMaio y sus colegas y sus atuendos —cuero, taparrabos, botazas de bárbaro de serie B italiana— son escalofriantes, al igual que sus musculitos de gimnasio, aceitados para incrementar su capacidad de seducción. Es curioso cómo esto era hace una década el paradigma de la hombría y hoy es probablemente una de las fotos más gays que pueden verse, digna de usarse como publicidad de alguna sauna. Pero sí, esta banda alardeaba de lo machos y folladores que eran y se mostraban en sus conciertos en todo su musculoso esplendor, para disfrute de sus fans, que eran casi todos hombres. Hum. Me parece que ya lo voy entendiendo.

1. The Millenium Bell, de Mike Oldfield (1999).

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A primera vista podría pensarse que las tres últimas portadas ganan de calle a nuestra campeona en sordidez y horror, pero eso es sólo porque son más obvias. Si observamos detenidamente la carátula de The Millenium Bell, haremos frente a la mayor pesadilla del diseño que ha imaginado jamás hombre alguno. Todo puesto de cualquier forma, sin ton ni son, a base de copiar y pegar con photoshop, en torno a la sempiterna campana tubular -cuarta vez que aparecía sin contar reediciones o recopilatorios, y al igual que el título del disco, sin venir a cuento-. Un delfín, unos astronautas, más campanitas de las narices, fósiles, dados (¿?)… ¡Todo porque sí! ¡No tiene ningún sentido! Una auténtica locura carente de cualquier sentido del gusto, llena de colorines chirriantes y formas incómodas a la vista. Puede que no provoque la carcajada y la arcada a un tiempo —pedazo de rima me acaba de salir— como las anteriores, pero como diseño, es insuperablemente nefasto. Cuenta la leyenda que si te pones bizco y miras atentamente la carátula durante dos segundos, puedes ver un mensaje oculto de los templarios que revela el objetivo de la civilización occidental. Pero nadie ha tenido huevos a mirar tanto tiempo seguido este terror cuadriculado.

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