Dándole vueltas, de Frederik Peeters.

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Este mes de junio ha salido a la venta, en impecable edición de Astiberri, una de las novedades del año que esperaba con más ganas: Dándole vueltas, de Frederik Peeters. Se trata de una recopilación de historias cortas publicadas en revistas entre 1998 y 2007. Así que aparte de poder decir la obviedad de que es una excelente ocasión para apreciar su evolución como autor, diré que también lo es para comprobar cómo un autor que en la distancia larga —Píldoras azules, Lupus— es extraordinario en el relato corto no lo es menos.

Tengo que decir llegado a este punto que me encanta el relato corto. Tengo debilidad por el género tanto en literatura como en cómic. Tiene una estructura y unos mecanismos imprescindibles, y hay que ser muy bueno para innovar en ellos y a la vez hacer que funcionen. Peeters consigue ambas cosas sobradamente. Siempre ha destacado el autor por su tendencia a la experimentación, a la investigación del medio y sus recursos, pero al contrario que otros, jamás ha descuidado por eso la historia. Siempre cuenta algo interesante, sin ligarse nunca a un solo género, sin complejos. Y eso es lo que encontramos en esta recopilación de veintitantas historias. La obra de un autor libre que hace lo que le da la gana. Tenemos historias futuristas, otras de género negro, alguna genialmente surrealista —significativamente dos sin título, de las mejores del tomo—. En otras roza el slice of life intimista y habla de sus propias experiencias, pero siempre de ese modo particular que puede verse en Píldoras azules con el que sin renunciar a la emotividad del género desdramatiza siempre con una suave ironía y un tratamiento único del mismo. Quizás ésa sea la clave para entender a este autor: ya sea en experimentos narrativos más o menos radicales como Upsidedown —donde juega con la ley de la gravedad para girar las viñetas— o Laetitia no existía —en la que no hay viñetas, sino fotografías pegadas a una pared—, historietas mudas o únicamente con iconos o onomatopeyas —Ay, una de mis favoritas de la selección, o Blood & Guts, donde cuenta un genial origen apócrifo para las pinturas rupestres—, o en relatos con estructura de manual y final sorprendente —Alvin y sobre todo La Merde, una pequeña joya en la línea del mejor Adrian Tomine—, Peeters siempre mantiene su personalidad y una voz única en el panorama actual, además de un sentido del humor muy particular —para muestra este blog que mantuvo durante varios meses, sensacional—. Convertirse a sí mismo en un personaje más de sus historias obviamente ayuda a que el lector empatice con ellas, pero esto por sí solo no sería suficiente. Peeters tiene cosas que contar y las cuenta muy bien, y prueba de ello es que para sus mejores historias de este Dándole vueltas no necesita de demasiado alambique formal. En el país de la alegría es un desolador relato contado desde el punto de vista de un perro que en ningún momento pretende Peeters que hable como tal, y Desfase es un cuento que de no ser por la mala leche, podría haber firmado en prosa Borges: una paradoja temporal muy particular y un sicario filósofo obsesionado con los números que podría ser una especie de Funes el memorioso a poco que le echáramos imaginación.

Es lo más destacable de un volumen en el que no puede decirse que ninguna historia sea mala. Las más flojas siguen siendo interesantes y dignas de estar en la antología. Ni cuando toca el tema político aburre este hombre —Una botella al mar, donde critica la política de inmigración de Suiza, u otra sin título donde defiende una política abierta en torno a las drogas—. Es además un maestro con el blanco y negro que cuando se decide por el color lo hace igualmente bien. Dándole vueltas es la constatación de que Peeters es uno de los mejores autores europeos de la actualidad. Su relativa juventud —treinta y cinco años— hace pensar que en el futuro ofrecerá obras aún mejores, en cualquier género, porque como Sfar, como Blain, parece dominarlos y sentirse a gusto con todos. Una de las novedades del año, ya digo. Luego el premio popular del Salón del Cómic se lo llevará, no sé, la serie de Superman y Batman, pero es que eso está a otro nivel, que no se alcanza fácilmente. Ni queriendo.

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