Amarok, de Mike Oldfield.

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Seamos sinceros: en 1990 Mike Oldfield parecía completamente acabado. Tras Islands, tras Earth Moving, aparentemente ya no quedaba nada del genio que en los años setenta había parido cuatro obras maestras seguidas. Años de presión para que su música fuera comprensible y fácilmente digerible por el gran público parecía que habían cumplido su objetivo. Oldfield estaba completamente domesticado. Producía música insustancial e irrelevante con el automático puesto, concedía entrevistas, protagonizaba vídeo clips estúpidos. De repente, fue como si algo dentro de él se hubiera roto. Como si hubiera tenido algún tipo de epifanía y se hubiese dado cuenta de hasta qué punto se había degradado. Y se hartó. Arrancó de un tirón las cadenas de Virgin. Y parió Amarok.

Su germen estuvo en la trampa que llevaba oculta Earth Moving: “De acuerdo, Branson, te doy un disco sin temas instrumentales de pop/rock facilón. A cambio, el siguiente álbum es mío. Quiero libertad total”. Y Branson aceptó. El resultado fue Amarok, el disco menos vendido de su discografía, el más desconocido, el más incomprendido.

Amarok es una genialidad absoluta. El único disco que está a la altura de sus cuatro primeras obras. Pero además, y no menos importante, es un grito de rabia, un golpe en la mesa de alguien que quiere demostrar que sigue siendo uno de los músicos más grandes de la música contemporánea. Da la impresión de que Oldfield quería dejar bien claro de qué era capaz, de qué seguía siendo capaz. Quería demostrar que si hacía mierda era porque le obligaban. Al margen de que yo considere que la presión de Virgin probablemente tampoco fue tan dura como parece y que en aquellos años él cedió de buena gana, hemos de tener en cuenta que Oldfield es prácticamente ciclotímico: de la noche a la mañana ejecutó una vuelta a los orígenes radical, yendo a las antípodas de lo que estaba haciendo hacía tan sólo un año. Amarok consta de un único tema de sesenta minutos de duración sin pausas, con cambios entre melodías conscientemente bruscos, para evitar en lo posible la extracción de singles radiables. Es un disco que haría explotar los oídos de aquellos que se habían aficionado a Oldfield a partir de Moonlight Shadow y llorar de alegría a los de la vieja guardia de las obras progresivas. Volvió a grabar todos los instrumentos él solo, como en los viejos tiempos, en sesiones de grabación interminables, y contó únicamente con contados colaboradores, todos además venidos del pasado: el grupo de percusión africana que aparecía en Ommadawn, los Jabula, y el legendario Paddy Moloney a las flautas.

El resultado es un trabajo completamente libre, en el que Oldfield, desatado, despreocupado de qué pueda pensar el mercado de Amarok, rompe con todas las reglas. Todo en este disco es imprevisible. Es una montaña rusa vertiginosa que lleva al oyente por caminos nunca transitados en la música anteriormente. Todo vale. En la lista de instrumentos que se usó en la grabación, conviven junto a guitarras y teclados un motor eléctrico, un vaso rompiéndose contra el suelo, un cepillo de dientes frotando unos ídem. Hay momentos incomprensibles, cacofónicos, chirriantes. Si habláramos de una novela, diría que hay oraciones agramaticales. El contraste entre momentos agresivos y relajados, entre momentos armoniosos y disonantes, siempre presente en sus obras clásicas, es aquí aún más acusado. Al igual que en Hergest Ridge, a través de un hilo argumental —un día en su propia vida— Oldfield da vida a una música sincera y desagarradora que provoca, otra vez, ese torrente de sensaciones que, con esta intensidad, no se había sentido en su música desde Incantations. Una escucha activa —¿acaso es posible otra con Amarok?— es agotadora, supone pasar por estados de ánimos contrapuestos en una espacio de tiempo brevísimo. Puede ser optimista y luminoso en un momento y deprimente y oscuro al siguiente.

Amarok es, sobre todo, un caos ordenado. Porque en ese frenético ritmo, en esos cambios constantes que son la seña de identidad del álbum, hay un patrón muy trabajado detrás. No es ni mucho menos un disco improvisado: tiene una estructura férrea basada en seis o siete temas dentro del tema, que se repiten, que van y vienen durante los sesenta minutos. Uno oye una melodía de guitarra en el minuto cinco, por ejemplo, y media hora después reaparece con variaciones, esas variaciones que Oldfield sabe hacer tan bien. Al contrario que en sus cuatro primeros discos, donde las melodías tenían largos desarrollos, en Amarok las secciones duran un minuto, dos a lo sumo. Juega constantemente con los clímax y anticlímax, que se suceden vertiginosamente uno detrás de otro. No es un disco que podamos calificar de “épico”, pero tiene una intensidad inigualable porque el pulso que se le echa al oyente se mantiene durante toda una hora, una emocionante hora que suponen una experiencia única, sin una sola sección floja, sin solo momento de relleno. Amarok contiene más ideas musicales, más hallazgos, que la carrera entera de muchos músicos; también más que en todos sus propios discos posteriores a éste.

Y pese a que hay un hilo invisible que conecta de alguna forma Incantations con Amarok, como si hubiera una continuidad entre ambas, hay diferencias notables y lógicas por los catorce años que separan una y otra. Ya he comentado la diferente manera de encarar el desarrollo de los temas; otra diferencia, y no precisamente pequeña, está en su forma de tocar la guitarra eléctrica. De hecho en Amarok estrena un “nuevo” estilo en el que, a pesar de que su mano sigue siendo plenamente reconocible, hay una evolución sustancial. Es igualmente virtuoso, aunque también más lento —pese a que en este álbum se permite arranques estásicos que remiten a los mejores momentos de Ommdawn o Tubular Bells, por ejemplo el que hay alrededor del minuto 37:00—, e introduce efectos con cierta frecuencia —aquí comedidos y puntuales, con el tiempo, excesivos y amanerados, pero eso es otra cuestión—. Con la acústica y la española ofrece aquí algunos de los mejores momentos de su carrera con ellas, demostrando que es mejor guitarrista de lo que se suele creer. Otra diferencia sustancial: mientras que en el inicio de su carrera las influencias musicales eran reconocibles —minimalismo, rock, sinfónica, folk, jazz, blues…— el eclecticismo que caracteriza a Oldfield se manifiesta en Amarok de una manera muy distinta. Salvo algún fragmento aflamencado, el resto de la música no tiene, aparentemente, referencia alguna. Ése es el motivo de que para muchos sea un disco incomprensible e incómodo de escuchar: no hay nada a lo que agarrarse, no puede compararse con nada. Es Oldfield en estado puro, es la música que le sale a él de la cabeza y de los huevos. Es la obra de alguien que durante años ha interiorizado todo lo que ha ido escuchando y ahora lo usa para crear algo completamente nuevo, que no se parece a nada y que no volverá a repetirse jamás. Una obra maestra que tiene más valor si cabe sabiendo que Oldfield estaba muy lejos de estar en un estado de gracia, tras años de hacer pop.

No puedo, y me gustaría, ponerme en la piel de un aficionado de cierta edad que en 1990, sin saber absolutamente nada de Amarok previamente —no sólo porque sin internet todo tenía más misterio, sino porque Virgin no invirtió ni un duro en su promoción—, esperando, posiblemente, encontrarse un puñado de baladas pop y dándose de bruces contra esta maravilla, esta locura anacrónica que recupera el espíritu de las grandiosas obras, no sólo de Oldfield, sino de todo el rock progresivo, cuando éste llevaba una década muerto y enterrado.

Queda tras escucharlo, y más desde hoy, con perspectiva, cierta sensación agridulce, de quema de naves definitiva. Como si en Amarok Oldfield vomitara todo lo que le quedaba dentro y se quedara vacío, como si quisiera dar un último y glorioso grito para después simplemente dejarse llevar por la corriente. En Amarok incluyó melodías y secciones de guitarra que llevaban en su cabeza desde que era un adolescente; alguna incluso fue descartada de las demos originales de Tubular Bells. Parece, y de haberlo sido no habría sorprendido, un último disco de alguien que después va a retirarse de la música, y quiere decir todo lo que aún tiene que decir antes de callarse, incluir todo lo que le rondaba la cabeza porque después ya no tendría donde hacerlo. No fue así. Tuvimos muchos discos más. Pero aunque duela admitirlo, Amarok fue el último verdaderamente grande, la última obra maestra que se unía a Tubular Bells, Hergest Ridge, Ommadawn e Incantations. No son pocas.

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